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Full text of "Relación de su primer viaje alrededor del mundo durante los años 1768, 1769 ..."

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DATE 8/31/73 

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LACED-ON [ ] 

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SPECIAL PAM. [ ] 




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AUTHOR AND TITLE 

Cook, James, 1728-1779# 

Ralación de su primer viaje al- 
rededor del mundo durante los años 
1768, 1769, 1770 y 1771. 



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CATALOGUE DEPT. BINDING INST. 



VIAJES CLASICOS 

EDITADOS Y ANOTADOS 
BAJO LA DIRECCIÓN DB 

J. DANTÍN CERECEDA 



SE HAN PUBLICADO: 

1 y 2.— Speke (J. H.): Diario del descubrimiento 

de las fuentes del Nilo. Con grabados y un 

mapa. Tomos I y II. 
3 y 4.— BouoAiNViLLE (L. A. de): Viaje aire' 

dedor del mundo. Con grabados y mapas. 

Tomos I y II. 
6 y 6.~Bebnieb (F.): Viaje al Gran Mogol 

Indostán y Cachemira, Con grabados y un 

mapa. Tomos I y II. 
7.— La Condamine (C. de): Viaje a la América ' 

meridional. Con una lámina y un mapa. 

Un volumen. 
8.— Matthews (J.): Viaje a Sierra Leona, en 

la costa de África. Con un mapa. Un tomo. 
9 y 10.— Dabwin (C): Diario del viaje de un 

naturalista alrededor del mundo. Dos tomos , 

con grabados y mapas. 
11, 12 y 13.— CooK (J.): Relación de su primer 

viaje alrededor del mundo. Tres tomos, con * 

grabados, láminas y mapas. 
1*. ¡15 y 16,— CooK (J.): Viaje hacia él Polo 

Sur y alrededor del mundo. Tres tomos, con 

grabados, láminas y mapas. 
17. — NúÑEZ Cabeza de Vaca (ALVAR): 

Naufragios y Comentarios de,„ Un volumen. 
18.— FebnAndez de Navabbetb (M.): Viajes 

de Cristóbal Colón, Un volumen, con un 

mapa del derrotero de los cuatro viajes 

del inmortal navegante. 
19 y 20.— HebnAn Cobtés: Cartas de relación 

de la conquista de Méjico, Dos tpmos, con 

grabados. 
21 y 22.— LÓPEZ de Gomaba: Historia general 

de las Indias, Dos tomos. 
23.--PiOArETTA: Primer viaje en tomo del Qlobo, 
Un tomo. 

EN PRENSA: 

Ross (JOHN): Narración de un segundo viaje en 
busca del paso del Noroeste, Dos tomos. 



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RELACIÓN DE UN VIAJE 
ALREDEDOR DEL MUNDO 



TOMO II 



LOS GRANDES VIAJES CLASICOS 



VOLÚMENES PUBUCADOS POR «CALPE» 

1 y2. — SranCJ- H.), Diario d«l dMeaVrinüMrto d* 1m ftiOBtM áéí 
■filo* — Dos tomos, con pvbadosy vn mapa. Cada tomo, 4 pesotas. 

3 y 4. — BouQAiNViLLB (L. A. db), Vii^« «Irododor d«l oftWido. — Dos temos, 
eon cartas y sfrabados. Cada tomo, 3,50 pesetas. 

5 y 6. — BBRNiBit (F.). Yím$mm al Gran MmoI, iadoatán j Cachamlra. — 
Dos tomos, con grabados, láminas y cartas. Cada tomo, 3 pesetas. 

7. — La Condamins (C. ds), Vü^a a la América aftaridlomaL — Un tomo, oon 
una lámina y nn mapa, 3 pesetas. 

8. — Matthsws (J*)* ^'^^ * Slarra Laona* aa la costa da AMca. — Un 
volumen, con un mapa, 2,50 pesetas. 

9 y 10. — Darwin (C), Diario dal vUJa da «a aataraliata alradadar dal 
anuido* — Dos tomos, eon grabados y mapas. Gsda tomo, 4 pesetas. 

11, 12 y 13. — CooK (J.)f RalaclÓB da cv primar viaja alrodador dal man- 
do. — Tres tomos, oon láminas fuera de texto y mapas. El tercero está en prenaa. 

14, 15 y 16. — CooK (J*)i Vli||o hada al Polo Bar j alrododor dol man- 
do. — Tres tomos, eon 32 grandes láminaw fuera de texto y mapas. Cada tomo, 
4 pesetas. 

17. — NúüBz Cabbza db Vaca (Alvak), Naafragloc y Comoatarioa do^. — 
Un tomo, eon mapas, 4,50peseta3. 

18. — F. DB Navarrbtb, Vii^oa do Cristóbal Colón. — Un tomo, eon «n 
mapa, 4 pesetas. 



EN PRENSA 



Ross (John), NarraclÓB do aa aogaado vli^* *b basca dal paco dal 

Noroccto. — Dos tomos. 
MuNQO Park, VIi^oc por lac rogioacc latorioroc do AMca. 
LÓPEZ DE Gomara (F.), Historia (•^•'•l '• I** Indias. — Dos tomos. 
Hernán Cortís, Cartas do rdactóa acarea do la coaqalsta do tUJI- 

co. — Dos tomos. 
CiEZA DE León (Pedro), La crónica dol Pord. 
PiOAFBTTA, PriÜBMr irlajo alrododor dol mando. 
DuMONT D'Urville, VImo alrododor dol mando. 
Cambrón, A travos dol AMca. 
ScHWEiNFURTH, Bb ol coroBÓB Óol AMca. 
BuRTON (R.)f Aventaras an al Dahomoy. 

Clavuo (Rut González de). Vida y hasaftas dol Gran TaaaorlóB. 
BoNNBviLLE (B. L. E.) Los Montanas Rocosas. 
Hernández (Luis), Rdaclón do Omogaa j El Dorado. 
Clapperton, VI^o al AMca contraL 
WooD Rogers, Vli^o alrododor dol mando. 
La Perouse, Vli^o alrododor dol mando. 
Carver (Ionathan), Víalos por ol interior do Amórica soptontrio- 

nal, 176Ó-17Ó8. 
Caillií (Renato), Diario do an vli^* * Tanibncta y a Toona» an al 

AMca cantraL 
Dampier (Guillbrmo), Nnovo vli^* alradodor dol nri^nd^ 1C97. 



Gráficas Renm'das, S. A. — Madrid. 



i 



JAMES COOK 

CX)MANDANTE DEL «ENDEAVOUR» 



RELACIÓN DE SU PRIMER VIAJÉ 
ALREDEDOR DEL MUNDO 

DURANTE LOS AÑOS 1768, 1769, 1770 Y 1771 

TRADUCIDO DEL INGLÉS 
POR 

M. ORTEGA Y GASSET 

Tomo II 
Con dos láminas. 



^ 



MADRID 
C A L P E 



ES PROPIEDAD 
COPYRIGHT BY CALPE« MADRID, 1922 



Papel fobrieado ezpreMmente por La Papilbra EspaAola. 



UNIVERSAL BOOKBINDERY Ordcr No. 

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Below Indicating: Title, Vol. 
No., Year, Date, Part No., Cali 
No., and Imprints if Desiicd. 

COOK 

RELACIÓN 
DE SU 
PRIMER 



TTÍJB 

ALREDEDOR 

DEL 

MONDO 



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420 
C 6718 
LAC 
V. 2 



Special Instruetioiifl! 



Stamp ¡n White D 
Stamp in Black O 
Stamp in Goid B: 



islas y vuelta a Cabo Turnagain.— Horrible costumbre 
de los habitantes. — Sin^rular melodía de los pájaros.— 
Visita a un heppah, y otras muchas cosas 



113 






Papel fábrieado expresamente por La PaF*<' 



ESPAfiOLA. 



ÍNDICES 



A) De los libros y capítalos* 



LIBRO SEGUNDO 



Capítulo primero. — Travesía de Oteroah a Nueva Zelan- 
dia. — Incidentes ocurridos al desembarcar y durante la 
permanencia del barco en la Bahía de la Pobreza 1 

Capítulo ii. — Descripción de la Bahía de la Pobreza y 
aspecto de la comarca adyacente. — Recorrido desde la 
bahía al Cabo de Tuma^ain (vuelve otra vez) y vuelta a 
Tola^a. — Descripción de la ^ente y del país y relación 
de los incidentes que ocurrieron en aquella parte de la 
costa 17 

Capítulo iil — Viaje costero de Tola^a a Bahía Mercurio, 
con relación de los muchos incidentes ocurridos a bordo 
y en tierra. — Descripción de diversos paisajes y de los 
hippaha, o ciudades fortificadas 45 

Capítulo iv. — Viaje desde Bahía Mercurio a la Bahía de 
las Islas. — Excursión por el río Támesis. — Breve noti- 
cia de los indios que habitan sus márgenes y de la her- 
mosa madera que en ellas se produce. — Entrevistas con 
los naturales en diversos puntos de la costa y relación de 
la escaramuza que con ellos tuvimos en una isla 73 

Capítulo v. — Recorrido desde la Bahía de las Islas al Ca- 
nal de la Reina Carlota, doblando el Cabo Norte y des- 
crípción de esta parte de la costa 97 

Capítulo vl — Relato de nuestra estancia en la Sonda de 
la Reina Carlota. — Paso del estrecho que separa las dos 
islas y vuelta a Cabo Turna j^ain. — Horrible costumbre 
de los habitantes. — Sin^fular melodía de los pájaros. — 
Visita a un heppah, y otras muchas cosas 113 



VI ÍNDICES 

Páginas. 

Capítulo vil — Viaje hacia el S. desde el Cabo Turna^ain 
por la costa oriental de Poenammu, rodeando el Cabo 
Sur y volviendo a la boca occidental del Estrecho de 
Cook, con lo cual se completa la circunnavefi^ación de 
esta tierra. — Descripción de la costa y de la oahia del 
Almirantaz^^o. — Partida de Nueva Zelandia y otros par» 
ticulares 141 

Capítulo vih. — Descripción g'eneral de Nueva Zelandia. — 
Situación, clima y producciones de esta isla 167 

Capítulo ix. — ^^ Descripción de los habitantes de Nueva Ze- 
landia. — Viviendas. — Vestidos, adorno. — Alimentos, 
cocina y modo de vivir 179 

Capítulo x. — De las canoas y de la navegación de los ha- 
bitantes de Nueva Zelandia. — Agricultura. — Armas y 
música. — Gobierno. — Religión. — Lenguaje de estos in- 
sulares. — Objeciones contra la existencia de un conti- 
nente meridional 197 



LIBRO TERCERO 

Capítulo primero. — Travesía desde Nueva Zelandia a Ba- 
hía Botany (Botánica), en la costa oriental de Nueva Ho- 
landa, llamada hoy Nueva Gales del Sur; incidentes que 
allí ocurrieron, y descripción del país y sus habitantes. . 219 

Capítulo ii. — Recorrido desde Bahía Botany a Bahía Tri- 
nity, continuando la descripción del país y de sus habi- 
tantes y producciones 245 



B) De las láminas* 

LÁMINA I. — Cabeza de un neozelandés, con una peineta en su ca- 
bello, un adorno de piedra verde en la oreja y otro de diente 
de un pez pendiente de su cuello. 

Lámina II. — Canoa de ^erra de Nueva Zelandia y vista de Ga- 
ble End Foreland. 



JAMES COOK 



RELACIÓN DE SU PRIMER VIAJE 
ALREDEDOR DEL MUNDO 



LIBRO SEGUNDO 



CAPÍTULO PRIMERO 



Travesía de Oteroah a Nueva Zelandia. — Incidentes ocurridos al 
desembarcar y durante la permanencia del barco en la Bahía de 
la Pobreza. 



Agosto de 1769. — Martes 15. — Viernes 25. 

Zarpamos de Oteroah el 15 de agfosto, y el vier- 
nes 25 celebramos el aniversario de nuestra salida de 
Inglaterra sacando un queso de Cheshire de una alace- 
na en que habia estado fardado como un tesoro para 
esta ocasión, y destapamos un tonel de cerveza, que 
resultó muy buena y perfectamente conservada. El 
día 29 uno de los marineros se embriagó de tal mane- 
ra, que murió a la mañana siguiente; sospechamos al 
principio que hubiera cometido alguna sustracción ilí- 
cita de licor; pero supimos luego que el segundo con- 
tramaestre, que era su jefe inmediato, le había obse- 
quiado con parte de una botella de ron. 

Miércoles 30. 

El 30 vimos un cometa; a la íina de la madrugada 
levantábase un poco sobre el horizonte por la parte de 
Oriente; a las cuatro y media pasó por el meridiano y 
su cola subtendía un ángulo de 42^. Nuestra latitud era 
de 38° 20' S.; nuestra longitud, por la corredera, de 
147*^ 6' O., y la declinación de la aguja, por el acimut, 
7** 9' E. Entre los que vieron el cometa figuró Tupia, 
que empezó a gritar diciendo que tan pronto como 
fuera visto por los de Bolabola matarían a los de Ulie- 
tea, los cuides huirían precipitadamente a las montañas. 

JAMES COOK: PRmXR VIAJE.-— T. II 1 



2 JAMESCOOK LIB. II 

Septiembre. — Viernes 1. 

El 1 de septiembre, hallándonos en la latitud de 
40** 2T S. y en la longitud de 174^ 29' O., sin divisar 
señales de tierra, con dura marejada del O. y fuertes 
vendavales, viré en redondo y volví hacia el N., rece- 
lando que pudieran sufrir nuestras velas y jarcias hasta 
el punto de dificultar la continuación del viaje. 

Sábado 2, — Domingo 3. 

Como al dia sigfuiente soplaran fuertes ramalazos 
del O., atravesé el navio, poniendo la proa al N.; pero 
habiendo amainado el viento en la mañana del 3, sol- 
tanxos el rizo de la mayor, izamos los juanetes y viré 
hacia el O. 

Martes 19. — Domingo 24. 

Continuamos nuestra ruta hasta el 19, alcanzando la 
latitud de 29''y con una longfitud de 159'' 29' y obser- 
vando una declinación de 8*" 32' E. El dia 24, en la la- 
titud de 33"" 18' y en la longfitud de 162"* 51', vimos un 
pequeño trozo de algias y un pedazo de madera cubier- 
to de mariscos; la declinación fué entonces de 10"* 48' E. 

Miércoles 27. — Jueves 28. — Viernes 29. — Octu- 
bre* — Sábado 1. 

El 27, en la latitud de 28^ 29' y en la longitud de 
169"* 5', vimos una foca dormida sobre el agua y varios 
hierbajos de algas. Al otro día vimos más algas, y 
el 29 un ave que presumimos fuera de tierra; parecíase 
algo a la agachadiza, pero tenia el pico corto. El 1 de 
octubre vimos innumerables pájaros y otra foca dormi- 
da en el agua. Es creencia general la de que las focas 
nunca salen de las zonas sondeables ni se alejan de 
tierra, pero las que encontramos en estos mares des- 
mienten esta opinión. Las algas, sin embargo, parecen 
indicar que la tierra no se halla muy distante. 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 3 

Lañes 2. — Martes 3. — Miércoles 4. 

Ai día sigfuientep que fué de calma, echamos el bote 
al agua para comprobar si había corrientey pero no 
advertimos ninguna. Nuestra latitud era de 37^ 10' y la 
longitud, de 172° 54' O. El día 3, hallándonos en la 
latitud de 36° 56' y en la longitud de 173° 27', vimos más 
algas y otro madero cubierto de mariscos. Al día si- 
guiente vimos otras dos focas y un pájaro de color 
castaño, del tamaíio de uh cuervo y con algunas plu- 
mas blancas debajo de las alas. Nos dijo Mr. Gore 
que se ven muchos pájaros de esta especie en las in- 
mediaciones de las islas de Falkland, y nuestra gente 
los designó con el nombre de gallinas ,de Puerto Eg- 
mont (1). 

Jueves 5. 

El 5 nos pareció que el agua cambiaba de color; 
pero echamos el plomo y no dimos fondo con ciento 
ochenta brazas. En la tarde de este mismo día la decli- 
nación fjué de 12° 50' E., y luego de avanzar diez le- 
gfuas aumentó a 14° 2'. 

Viernes 6, 

Al día siguiente, viernes 6 de octubre, divisamos tie- 
rra al NO. desde el mayor, y hacia ella enfilamos inme- 
diatamente; por la tarde se distinguía ya desde cubier- 
ta, y parecía muy extensa. La declinación observada 
aquel día por acimut y amplitud fué de 15° 4* y me- 
dio E. Por observaciones del Sol y de la Luna, la lon- 
gitud del barco resultó ser de 180° 55' O., y tomando 
la media entre ésta y otras que se calcularon después 
se apreció un error en la longitud desde la salida de 
Taiti de 3° 16' de sentido O. con relación a los datos 



(1) Es la especie MegaUaim antárctica, hallada en las rejfio« 
nes subecuatoriales. (Nota de la edición española.) 



4 jAMESCOOK LIB. II 

de la corredera. A media noche nos atravesamos y 
sondeé; pero no hallamos fondo con ciento setenta 
brazas de cable. 

Sábado 7. — Domingo 8. 

El 7 tuvimos calma y nos acercamos a tierra poco a 
poco; cuando saltó la brisa por la tarde aun estábamos 
a siete u ocho leguas. Nos parecía más dilatada a me- 
dida que la veíamos más distintamente, y distinguimos 
cuatro o cinco cadenas de montañas escalonadas, a 
cuyo fondo se alzaba una gran cordillera que nos pa- 
reció de enorme elevación. Esta tierra fué motivo de 
empeñadas conversaciones; mas la opinión general fué 
la de que habíamos encontrado la Terra australis in- 
cógnita. A eso de las cinco vimos abrirse ante nosotros 
una bahía que parecía internarse mucho en la tierra; 
ceñimos el viento y navegamos hacia ella; también vi- 
mos elevarse humaredas en distintos puntos de la cos- 
ta. Al cerrar la noche, sin embargo, nos pusimos a la 
capa hasta romper el día, en cuyo momento nos hallá- 
bamos a sotavento de la bahía, con viento del N.; en- 
tonces pudimos observar que los montes estaban cu- 
biertos de bosque y que algunos árboles de los valles 
eran muy corpulentos. A mediodía tratamos de entrar 
ciñendo la punta suroeste; pero no pudiendo doblarla, 
viramos de bordo y nos alejamos de ella. En aquel mo- 
mento vimos varias canoas en medio de la bahía, que 
al poco tiempo se fueron a la costa, sin darse cuenta 
al parecer de la presencia del barco; vimos también 
varias casas que nos parecieron pequeñas, pero bien 
construidas, y junto a una de ellas se reunieron muchos 
indios, sentándose en la playa, que nos parecieron los 
mismos que viéramos en las canoas. Sobre una reduci- 
da península situada hacia la punta nordeste divisa- 
mos perfectamente una alta y regular empalizada, que 
cercaba a la cúspide de un cerro; también esto fué mo- 
tivo de discusión, pues creían unos era un parque de 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 5 

ciervos y otros un aprisco para vacas y ovejas. (1) A las 
cuatro de la tarde fondeamos en la parte noroeste de 
la bahía, frente a la desembocadura de un pequeño río, 
en diez brazas, con buen fondo arenoso y a media ie- 
gua de la costa. Las márgenes de la bahía eran blancos 
acantilados de gran altura; la parte media, una tierra 
baja, tras de la cual se levantaban paralelas series de 
colinas, apoyadas unas en otras y dominadas todas por 
la cadena de montañas, que parecía avanzar tierra 
adentro. 

Por la tarde fui a tierra acompañado de Mr. Banks y 
el Dr. Solander, a más de un grupo de hombres, distri- 
buyéndonos entre la pinaza y la yola. Desembarcamos 
frente al barco, en la margen oriental del río, que tenía 
por este sitio cuarenta yardas de anchura; mas divisan- 
do algunos indios en la ribera occidental y deseando 
hablar con ellos, en vista de que el río no era vadea- 
ble, mandé atracar la yola para que nos llevara un poco 
al interior y dejé la pinaza en la desembocadura. Cuan- 
do nos acercamos al sitio en que estaban reunidos los 
naturales, todos echaron a correr; desembarcamos, sin 
embargo, y dejando la yola al cuidado de cuatro gru- 
metes, nos encaminamos hacia unas chozas que había a 
trescientas yardas del agua. En cuanto nos alejamos un 
poco del bote, cuatro hombres armados con largas lan- 
zas salieron a escape de los bosques y corrieron con 
intención de atacar al bote; y habríanle seguramente 
arrebatado si los de la pinaza no los hubieran descu- 
bierto y llamado a los grumetes, mandándoles huir 
aguas abajo; obedecieron al instante los grumetes; mas 
como fueran perseguidos de cerca por los indios, el 
contramaestre de la pinaza, que tenía el mando de los 
botes, disparó un mosquete al aire; en esto se detuvie- 
ron y miraron en derredor; pero a los pocos minutos 



(1) Era un kippah, especie de fortaleza maorí. (Nota de la edi" 
ción españoku) 



6 JAMESCOOK LIB. II 

reanudaron la persecución, blandiendo sus lanzas én 
actitud amenazadora; el contramaestre disparó enton- 
ces un segfundo mosquete al aire, pero no hicieron casa 
ninguno, y uno de ellos, levantando su lanza, hizo in- 
tento de atacar al bote, en vista de lo cual se hizo otra 
disparo de mosquete, que le dejó muerto. Cuando cayó,, 
los otros tres quedáronse suspensos unos minutos, como 
petrificados por el asombro; no bien se recobraron em- 
pezaron a marchar en sentido contrario, arrastrando el 
cadáver, que pronto hubieron de abandonar para que 
no los embarazase en sü fuga. Al oír el primer disparo 
de mosquete, todos nosotros, que íbamos andando algo 
distanciados unos de otros, nos reunimos y volvimos 
hacia el bote ló más dé prisa posible; al cruzar el río 
vimos al indio muerto tendido en el suelo. Le recono- 
cimos, y comprobamos que tenía atravesado el cora* 
zón; era un hombre de estatura mediana y de tez cas- 
taña, pero no muy obscura. Uno de los lados de su ros- 
tro estaba tatuado en líneas espirales formando una 
figura muy regular; hallábase cubierto con un fino paño 
de manufactura completamente nueva para nosotros,, 
que estaba atado de la manera que se representa en 
los dibujos de la relación del viaje de Abel Tasman, 
hecha por Valentyn, volumen III, parte segunda, pági- 
na 50; sus cabellos estaban recogidos en un moño sobre 
la coronilla, pero no tenía plumas en ellos. Regresamos 
inmediatamente al barco, desde donde pudimos oír 
cómo charlaban los indios en tono muy elevado, pro- 
bablemente acerca de lo que había ocurrido y de la 
que deberían hacer. 

Lunes 9. 

Por la mañana vimos a varios indios en él mismo si- 
tio en que estuvieran la noche precedente, y algunos 
dirigíanse a buen andar hacia el lugar en que habíamos 
desembarcado. Casi todos iban sin armas, con excep- 
ción de tres o cuatro, que llevaban largas picas. Coma 



GAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 7 

yo deseaba establecer una comunicación con ellos, or- 
dené que fueran tripulados tres botes con marineros 
y soldados y nos dirigimos a tierra, acompañados de 
Mr. Banksy el Dr. Solander, Tupia y algunos más. Un 
grupo de indios, que se compondría de cincuenta, pa- 
recía esperar nuestro desembarco en la otra margen 
del río, lo que juzgué un signo de temor; poco después 
se sentaron en el suelo. Míster Banks, el Dr. Solander, 
Tupia y yo desembarcamos del pequeño bote y nos 
dirigimos hacia ellos; pero no habíamos avanzado mu- 
chos pasos cuando todos se levantaron y sacaron picas 
largas y tinas pequeñas armas de talco verde admira- 
blemente pulimentadas, como de un pie de largas y de 
un grueso tal que podrían pesar cuatro o cinco libras. 
Tupia les habló en el lenguaje de Taiti; pero ellos sólo 
respondieron blandiendo sus armas y haciéndonos sig- 
nos de que nos marcháramos. Disparóse entonces un 
mosquete, procurando que la descarga no les tocara, y 
la bala cayó en el agua, pues aun estaba el río entre 
nosotros. Al ver el efecto abandonaron sus amenazas; 
pero nosotros consideramos prudente retirarnos hasta 
que desembarcaran los soldados. Pronto se hizo esto, 

Í empezaron a marchar, llevando delante una bandera, 
acia un pequeño banco situado a unas cincuenta yar- 
das del borde del agua. Detuviéronse allí formados y 
Ío avancé de nuevo con Mr. Banks, el Dr. Solander, 
upia, Mr. Green y Mr. Monkhouse. Otra vez se diri- 
gió a ellos Tupia, y observamos con gran complacencia 
que le entendían perfectamente, pues él y los naturales 
hablaban dialectos del mismo lenguaje (1). Díjoles Tupia 
que necesitábamos provisiones y agua y que les daría- 
mos en cambio hierro, cuyas propiedades hubo de ex- 



(1) Como pertenecientes los maories a la raza polinesia. Véase 
el relato del se^fundo viaje de Cook, Viaje hacia el Polo Sur y al- 
rededor del mundo, en la colección de Viajes clásicos editada por 
Cálpe. (Nota de la edición española.) 



8 JAMESCOOK LIB. II 

plicarles lo mejor que pudo. Mostráronse dispuestos a 
com^ciar y manifestaron el deseo de que fuéramos 
hacia ellos con tal objeto; consentimos en esto con tal 
de que ellos abandonaran sus armas; pero de esto no 
hubo manera de convencerlos. Durante esta conversa- 
ción Tupia nos advirtió que permaneciéramos en guar- 
dia porque no eran amigos nuestros; entonces los ins- 
tamos para que vinieran hacia nosotros, y al fín uno de 
ellos ^e desnudó y se echó a nadar sin armas. Pronto 
le siguieron otros dos, y no tardaron en agregársele los 
demás, hasta formar un número de veinte o treinta; pero 
estos últimos vinieron con sus armas. Les regalamos 
objetos de hierro y cuentas; mas parecían dar poco va- 
lor a todas estas cosas, y al hierro menos que a nada, 
pues carecían de toda noción acerca de su uso. Como 
consecuencia de esto sólo obtuvimos en cambio algu- 
nas plumas; expresaron deseos de cambiar sus armas 
por las nuestras, y al negarnos a ello trataron de arre- 
batárnoslas de las manos. Tan pronto como se acerca- 
ron a nosotros Tupia repitió su declaración de que no 
eran amigos y nos advirtió de nuevo que nos mantu- 
viéramos en guardia. Su intento de arrebatarnos las 
armas no tuvo éxito, y les dimos a entender por medio 
de Tupia que nos veríamos obligados a matarlos si nos 
hacían otra violencia. A los pocos minutos, como se le 
ocurriese a Mr. Green volverse de espaldas, uno de 
ellos ie arrebató el cuchillo y, retrocediendo unos pa- 
sos, empezó a agitarlo sobre su cabeza con aire de 
triunfo; entonces empezaron los demás a mostrarse ex- 
tremadamente insolentes y vimos venir a otros varios 
de la opuesta margen del rio. Todo esto hacía necesa- 
rio emplear la represión, y Mr. Banks disparó hacia el 
que había tomado el cuchillo, con carga de perdigo- 
nes, a unas quince yardas de distancia; al recibir el tiro 
cesó de gritar; pero en vez de devolver el cuchillo con- 
tinuó agitándolo sobre su cabeza, al mismo tiempo que 
se retiraba a mayor distancia. Al ver esto Mr. Monk- 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 9 

house, le hizo un disparo de bala, que le abatió ins- 
tantáneamente. Entonces el grueso de los indiosi que 
a la primera descarga se habia retirado a una roca si- 
tuada en medio del río, empezaron a volver; dos hom- 
bres que se hallaban al lado del que había caído se 
acercaron al cuerpo, y uno le cogió el arma de talco 
verde y el otro trató dt apoderarse del cuchillo, lo que 
Mr. Monkhouse tuvo tiempo de impedir. Como todos 
los que se habían retirado a la roca avanzaban hacia 
nosotros, disparamos tres nuestras armas, cargadas con 
perdigones, con lo cual se volvieron a tierra, y adver- 
timos al verlos llegar que habia dos o tres heridos. In- 
ternáronse poco a poco en el país y nosotros volvimos 
a embarcar en nuestros botes. 

Oomo teníamos la desdichada experiencia de que 
nada podíamos hacer con aquella gente, y observando 
que el agua del río era salada, empezamos a recorrer la 
bahía con los botes en busca de agua dulce y con el 
propósito de sorprender a algunos de los naturales, 
si era posible, y llevarlos a bordo, donde por medio 
del buen trato y de regalos pudiéramos obtener su 
amistad y establecer por este procedimiento una amis- 
tosa relación con los demás. 

Con gran contrariedad observé que no había sitio 
bueno en que desembarcar, pues no cesaba de batir la 
costa un oleaje peligroso. Pero vi venir del mar dos 
canoas, una a la vela y la otra a remo. Presumí que se 
ofrecía una oportunidad favorable para apoderarme de 
algunos sin hacerles daño, ya que los de la canoa de- 
bían ser pescadores sin armas y que yo disponía de tres 
botes llenos de hombres. Dispuse los botes de modo 
que les interceptaran su camino hacia la costa; pero la 
gente de la canoa que iba a remo nos vio tan pronto 
que, dirigiéndose hacia la tierra más cercana remando 
con todas sus energías, lograron escapar de nosotros; 
la otra piragua siguió navegando hasta situarse en me- 
dio de nosotros, sin distinguir quiénes eramos; pero en 



10 JAMESCOOK LIB. II 

el momento de descubrirnos arriaron la vela y se apli- 
caron a los remos con tanto afán^ que dejaron atrás al 
bote. Como se hallaban al alcance de la voz, les dijo 
Tupia que sé acercaran a nosotros y les prometió ae 
nuestra parte que no recibirían daño alguno; prefírie- 
ron, sin embargo, confíar más en sus remoá que en 
nuestras promesas, y prosiguieron su fuga con todas 
sus energías. Entonces ordené que se hiciera un dispa- 
ro al aire, juzgando que sería el mejor medio para rea- 
lizar mi propósito, pues sospechaba que al oírlo habrían 
de rendirse o de saltar al agua. En cuanto se hizo la 
descarga cesaron de bogar, y todos ellos, que eran sie- 
te, empezaron a desnudarse, según supusimos para 
arrojarse por la borda; pero no fué esto lo que ocurrió. 
Formaron inmediatamente la resolución de no huir y de 
luchar, y cuando el bote se aproximó a ellos comenza- 
ron a atacar con los remos, con piedras y con otras ar* 
mas ofensivas tan vigorosamente, que nos vimos obli- 
gados a disparar sobre ellos en defensa propia; cuatro 
cayeron, desgraciadamente, y los otro tres, que eran 
muchachos, el mayor de unos diez y nueve años y de 
once el menor, saltaron al agua al momento; el mayor 
empezó a nadar con gran vigor y resistió las tentativas 
que hicieron los nuestros para recogerle en el bote, 
empleando todas sus fuerzas; pero fué al fin dominado, 

a los otros dos se los capturó con menos dificultad. 

a me doy cuenta de que los sentimientos de humani- 
dad habrán de impulsar a todos los lectores a censurar- 
me por haber disparado sobre esta gente infeliz, y es 
imposible que en estado de calma merezca tal acto mi 
aprobación. No merecían la muerte, en verdad, por 
desconfiar de nuestras promesas ni por resistirse a en- 
trar en nuestro bote, aunque no recelaran peligro al- 
guno; pero la naturaleza de mi servicio exigía que ob- 
tuviera yo un conocimiento de su país que no hubiera 
podido adquirir de otra manera que procurando intro- 
ducirme en forma hostil o ganándome la confianza y 



V 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 11 

buena voluntad de la ^ente. Habla ensayado ya, sin re' 
sultadóy el efecto de los regalos, y se me imponía, para 
evitar posteriores hostilidades, la necesidad de apode- 
rarme de alguno de ellos, ya que era el único método 
que tenia para convencerlos de que no tratábamos de 
hacerles daño y de que nos hallábamos en disposición 
de agradarlos y favorecerlos. Mis intenciones no eran, 
por tanto, criminales, y aunque en defínitiva pudiera 
haber sido nuestra la victoria sin sacrificar ninguna 
vida, cosa que no tenía razones para presumir, hay que 
tener en cuenta que en tales situaciones, cuando se ha 
dado la voz de ¡fuego!, no hay hombre que pueda re- 
primirse ni a quien le sea posible medir previamente 
los efectos. 

Tan pronto como los pobres hombres a quienes ha- 
bíamos sacado del agua estuvieron en el bote se arró* 
jaron al suelo, esperando que de un momento a otro 
les diéramos muerte. Apresurámonos a convencerlos 
por todos los medios de lo contrario; les proveímos de 
ropa y les ofrecimos todos los testimonios de amistad 
que pudieran desvanecer sus temores y excitar su bue- 
na voluntad. Para aquellos que conocen bien la natura- 
leza humana no ha de ser extraño que la alegría de 
aquellos jóvenes salvajes al ver alejarse el temor de la 
muerte y advertir el trato afable que les dedicaban los 
mismos de quienes suponían que habían de ser sus ver- 
dugos sobrepujara al dolor ocasionado por la pérdida 
de sus amigos y se manifestara poderosamente en sus 
rostros y en su conducta. Antes de llegar al barco, des- 
pejados ya por completo todos sus recelos, parecieron 
no sólo acomodarse a su situación, sino extremada- 
mente contentos, y cuando at llegar a bordo se les 
ofreció pan, lo devoraron. Respondieron a muchas pre- 
guntas y formularon ellos varias, denotando placer y 
curiosidad, y cuando llegó la hora de nuestra comida 
mostráronse deseosos de gustar todo lo que veían; pa- 
recían preferir el cerdo salado a los otros manjares que 



12 JAMES COOK LIB. U 

había sobre la mesa. Hicieron otra comida al atardecer» 
manifestando gran voracidad, comiendo una gran can- 
tidad de pan y bebiendo un cuarto de pinta de agua. 
Les preparamos camas en los almacenes y se fueron a 
dormir completamente satisfechos. Pero habiendo re- 
mitido en el curso de la noche su excitación mental, 
que hubo de ceder el paso a la reflexión» comenzaron 
a dar frecuentes suspiros. Tupia» que permanecía vigi- 
lante» se levantó para reanimarlos» y a fuerza de re- 
flexiones consoladoras» no sólo los tranquilizó» sino que 
les hizo concebir alegría; tanto se animaron» que em- 
pezaron a cantar una canción en la que se advertía un 
gusto que hubo de sorprendernos: el tono era solemne 
y suave» como el de nuestros salmos, y contenía melo- 
diosas modulaciones. Sus rostros eran inteligentes y 
expresivos» y el mediano» que parecía tener quince 
años» mostraba un aire de franqueza y una desenvol- 
tura notables. Nos enteramos de que los dos mayores 
eran hermanos y de que sus nombres eran Taahourange 
y Koikerange; el nombre del menor era Maragovete. 
Al dirigirnos al barco después de tomar en el bote a 
estos muchachos recogimos un trozo de piedra pómez 
que flotaba sobre el agua: signo cierto de haber o de 
haber habido un volcán en aquellas cercanías. 

Martes 10. 

A la mañana siguiente todos parecieron contentos e 
hicieron una copiosa comida; los vestimos después y 
los adornamos con brazaletes, collares y zarcillos» se- 
gún su propia usanza» y echando al agua el bote se les 
dijo que íbamos a ponerlos en tierra; esto les produjo 
un transporte de alegría; pero al advertir que nos diri- 
gíamos al sitio de nuestro primer desembarco» cerca 
del río» demudáronse sus semblantes y nos suplicaron 
con gran afán que no los lleváramos a dicho punto» 
porque dijeron que se hallaba habitado por sus enemi- 
gos» los cuales habrían de matarlos y de comérselos» 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 13 

Esto me produjo gran contrariedad, porque espera- 
ba qu6 la relación que hicieran los muchachos y su as- 
pecto de alegría y tranquilidad habría de procurarnos 
una favorable acogida. Había yo mandado ya un oficial 
a tierra con soldados y unos cuantos hombres para cor- 
tar leña y había determinado desembarcar cerca de 
aquel lugar, proponiéndome, sin embargo, no abando- 
nar a los muchachos si al llegar a tierra se resistían a 
dejarnos; pero pensaba enviarlos en un bote por la 
tarde a la parte de la bahía que ellos señalaban y en la 
que decían que estaba su casa. Fueron conmigo míster 
Banks, el Dr. Solander y Tupia, y al desembarcar con 
los muchachos y cruzar el río parecieron al principio 
desear quedarse con nosotros; pero al cabo cambiaron 
de idea, y, aunque no sin cierta vacilación y luego de 
derramar algunas lágrimas^ se despidieron de nosotros; 
cuando se hubieron alejado nos dirigimos hacia una 
laguna con objeto de tirar a los patos, que había en 
gran cantidad, y cuatro soldados nos defendían mar- 
chando paralelamente a nosotros por un ribazo que 
dominaba el terreno. Cuando ya habíamos avanzado 
cosa de una milla nos llamaron los soldados y nos di- 
jeron que un fuerte grupo de indios se hallaba a la vis- 
ta y avanzaba rápidamente. Al enterarnos de esto nos 
agrupamos y decidimos regresar a los botes lo más 
pronto posible. Apenas habíamos empezado a poner 
por obra esta decisión salieron de repente de la male- 
za los ti'es muchachos indios, que habían estado escon- 
didos, y de nuevo nos pidieron protección. Los acogi- 
mos otra vez y, dirigiéndonos a la playa, como lugar 
más despejado, continuamos a buen paso hacia los bo- 
tes. Los indios se hallaban divididos en dos grupos; 
los que componían uno de ellos corrieron por el riba- 
zo por que acababan de pasar los soldados y los otros 
rodearon la laguna para que no pudiéramos verlos; al 
percatarse de que nos habíamos reunido moderaron su 
paso, pero aun nos siguieron; esta lentitud con que 



14 JAMESCOOK LIB. II 

continuaron andando fué una suerte tanto para ellos 
como para nosotros, porque cuando llegamos a la orilla 
del rio, donde esperábamos hallar los botes que debian 
conducirnos a los bosques, nos encontramos con que 
estaba la pinaza a más de una milla del sitio en que la 
habíamos dejado, por haber sido enviada a recoger un 
pájaro que había matado el oficial, por lo cual tuvo que 
hacer la yola tres viajes para incorporarnos al resto de 
la partida. No bien nos hubimos congregado en la otra 
margen del rio bajaron los indios, no en grupo^ como 
esperábamos^ sino de tres en tres, todos armados, y en 
poco tiempo llegaron a juntarse unos doscientos. Como 
desconfiábamos de hacer entonces las paces con ellos» 
viendo que no servia para mantenerlos a distancia el 
miedo a nuestras pistolas y que el barco estaba dema- 
siado lejos para poder cañonear aquel lugar, decidimos 
volver a embarcarnos, por temor a que nuestra per- 
manencia nos deparase alguna otra contienda y se sa- 
crificasen más vidas de indios. Avanzamos, pi^es, hacia 
la pinaza, que ya regresaba, cuando uno de los mucha- 
chos empezó a gritar diciendo que su tío se hallaba 
entre los que habían bajado hacia nosotros, y nos su- 
plicó que nos detuviéramos para hablar con ellos. Ac- 
cedimos a esto, e inmediatamente comenzaron a co- 
municarse con Tupia, y durante la conferencia los mu- 
chachos levantaban sus manos mostrando todas las 
cosas que se les habían dado, como pruebas de nues- 
tra amistad y largueza; pero ni los muchachos querían 
acercarse a los otros ni los otros a los muchachos. El 
cuerpo del hombre que había sido muerto el día antes 
aun yacía sobre la playa; al verle los muchachos, acer- 
cáronse a él y le cubrieron con algunas de las prendas 
que les habíamos dado. Poco después un hombre solo, 
desarmado, que resultó ser el tío de Maragovete, el 
menor de los chicos, se echó a nado hacia nosotros, 
trayendo en su mano una rama verde, que supusimos 
que, así como ocurría en Taiti, fuera un emblema de 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 15 

paz. Tomamos la rama de manos de Tupia, que la ha- 
bía recordó, e hicimos al indio muchos regalos; invi- 
tárnosle también a venir al navio, pero él rehusó; dejá- 
rnosle en vista de esto, creyendo que su sobrino y los 
otros dos jóvenes querían quedarse con él; i^ero, con 

Sm extrañeza nuestra, preRríeron venir con nosotros, 
ando nos retiramos se distanció un poco el indio y 
cogió otra rama verde, con la cual se aproximó al ca- 
dáver que cubriera el muchacho con parte de sus ves- 
tiduras, y haciendo un círculo en torno del cuerpo, con 
muchas ceremonias, arrojó la rama sobre él. Hecho 
esto se incorporó a sus compañeros, que se habían 
sentado sobre la arena para observar la marcha de su 
negociación. Rodeáronle inmediatamente después y 
permanecieron juntos más de una hora, sin parecer pa- 
rar su atención en nosotros. Como sentíamos más cu- 
riosidad que ellos, los observamos desde el barco con 
nuestros anteojos; los vimos cruzar el río en una espe- 
cie de almadía y advertimos que cuatro de ellos se lle- 
vaban el cadáver que el muchacho cubriera y sobre el 
eual había ejecutado su tío la ceremonia de la rama, 
transportándolo sobre un féretro; al otro cadáver se le 
dejó donde había quedado desde el principio. 

Después de comer dijimos a Tupia que preguntara a 
los muchachos si tendrían ahora algún inconveniente 
en ir a tierra, y al sitio en que había quedado su tío, 
pues habiéndose llevado el cadáver consideramos que 
se había hecho una ratifícación de paz; dijeron hallar- 
se dispuestos, y botada que fué la lancha, se metieron 
en ella con gran presteza. Cuando el bote, en el que 
había yo mandado a dos suboficiales, llegó a tierra des- 
embarcaron de muy buen grado; pero al alejarse la 
embarcación echaron a correr hacia las rocas y, zambu- 
lléndose en el agua, nuevamente pidieron que se los 
condujera a bordo; mas como los del bote tenían órde- 
nes expresas de dejarlos, no pudieron complacerlos. 
Entretanto no dejamos de observar lo que ocurría en 



16 JAMESCOOK LIB. II 

la orílla, y vigfilando constantemente con nuestros ante- 
ojos vimos a un hombre cruzar el rio en otra balsa y 
transportarlos a un lugar en que se habían reunido cua- 
renta o cincuenta indios, que se arremolinaron en tor- 
no de eljos, permaneciendo de esta manera hasta que 
anocheció. Al mirar otra vez y verlos ponerse en mo-r 
vimiento distinguimos a nuestros tres prisioneros, que, 
separándose de los demás, bajaron a la orilla, y luego 
de agitar sus manos por tres veces con dirección al 
barco se volvieron tranquilamente para reunirse con 
sus compañeros, encaminándose luego todos pacíBca- 
mente hacia la parte que los chicos nos habian señala- 
do como su -residencia. Teníamos, pues, razones para 
creer que no se les había hecho ningún daño; tanto 
más, cuanto que advertimos que conservaban las ropas 
que les habíamos dado. 

Después de obscurecer oímos altas voces al extremo 
de la bahía, como de costumbre; pero nunca pudimos 
saber el significado de aquellas manifestaciones. 



CAPITULO II 



Deacripoion de la Bahia de la Pobreza y aspecto de la eomarea 
adyacente. — Recorrido desde la bahia al Cabo de Tuma^ain 
(vuelve otra vez) y vuelta a Tola^. — Descripción de la jfente y 
del pais y relación de los incidentes que ocurrieron en aquella 
parte de la costa. 



Miércoles 11. 

A las seis de la mañana siguiente levamos anclas y 
salimos de este lugar inhospitalario y desdichadoi al 
que dimos el nombre de Bahia Pobreza y al que llaman 
los naturales Taoneroa, o playa larga, ya que en ella no 
habíamos podido proporcionarnos un solo artículo de 
los que necesitábamos, como no fuera un poco de ma* 
dera. Hállase en la latitud de 38"" 42' S. y en la longi- 
tud de 181"* 36' O.; afecta la forma de una herradura y 
se reconoce por una isla situada al pie de su punta nor- 
te; las dos puntas que forman la boca son altas, con 
abruptos acantilados blancos, y distan legua y media o 
dos leguas una de otra, y al NE. E. y SO. Ó. La pro- 
fundidad del agua en la bahía es de cinco a doce bra- 
zas, con fondo arenoso y buen anclaje; mas por su si- 
tuación se halla abierta a todos los vientos del cua- 
drante SE. Los botes pueden salir y entrar en el rio 
con cualquier marea en buen tiempo; pero como hay 
una barra en la entrada, ninguna embarcación puede 
salir ni entrar cuando hay mar gruesa. El mejor sitio 

Kara intentar la maniobra es la parte nordeste, siendo 
I única practicable cuando no se puede hacer por nin* 

JAMES COOK: primer VIAJE. — T. II 2 



18 JAMESCOOK LIB. 11 

guna otra parte. La costa de la bahiai conforme se avan- 
za un poco hacia el interior, es una playa baja» tras de 
la cual, a poca distancia, se ofrece un paisaje bellamen- 
te accidentado de montes y valles cubiertos de bosque 
y tapizados de verdura. El país aparece bastante habi- 
tado, especialmente por los valles que vierten a la bahía, 
en los cuales parajes vimos levantarse todos los días 
nubes de humo en una gran distancia, hasta perderse 
la vista en una lejanía montañosa de estupenda altura. 

La punta suroeste de la bahía recibió el nombre de 
Cabeza del Joven Nick, por haber sido Nicolás Young 
el grumete que vio primero la tierra; al mediodía nos 
hallábamos al NO. O., a tres o cuatro leguas de la 
punta, y estábamos entonces a unas tres millas de la 
costa. La tierra se extendía de NE. N. al S., y yo pro- 
puse seguir costeando hacia el S. hasta alcanzar la lati- 
tud de 40^ ó 41^, con idea de volver hacia el N. si no 
encontrábamos nada que nos indujese a proseguir el 
primer rumbo. 

Por la tarde tuvimos calma, y al darse cuenta de ello 
la gente de tierra salieron varías canoas, que se acer- 
caron hasta un cuarto de milla del barco; pero no pu- 
dimos persuadirlos de que se aproximaran más, aunque 
Tupia ejercitó todo el poder de sus pulmones y toda su 
elocuencia en aquella ocasión, gritando y prometién- 
doles que no se les haría daño. Entonces vimos venir 
otra canoa de Bahía Pobreza, con sólo cuatro tripulan- 
tes, uno de los cuales nos era conocido desde nuestra 
primera entrevista sobre la roca. Esta canoa, sin dete- 
nerse ni parar la menor atención en las otras, llegó eñ 
seguida hasta el barco, y con poco trabajo de persua- 
sión logramos que los indios subieran a bordo. Pronto 
siguieron su ejemplo los de las otras canoas, y se re- 
unieron en torno nuestro siete canoas con unos cincuen- 
ta hombres. A todos les hicimos regalos con mano 
pródiga; mas a pesar de nuestra largueza mostraron 
tatito afán por disfrutar de las cosas que teníamos, que 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 19 

todo cuanto ellos poseían^ hasta las ropas con que se 
cubrían y los remos, se empeñaban en que lo tomára- 
mos en cambio. Entre todos no traían más que dos ar- 
mas, que eran los instrumentos de talco verde, cuya 
forma recordaba la 4^ una raqueta acabada en punta, 
y que tenian man^o corto y bordes afílados; llamában- 
los ellos paiu'patu, y parecían ser muy a propósito 
para la lucha cuerpo a cuerpo, pues bastaban para hen- 
dir de un solo golpe el cráneo más duro. 

Cuando la gente se hubo recobrado de la primera 
impresión de temor, que, no obstante su resolución de 
subir a bordo, habíalos tenido ostensiblemente confu- 
sos, les preguntamos por nuestros pobres muchachos. 
El hombre que primero había venido a bordo nos con- 
testó que estaban en su casa sanos y salvos, y añadió 
que él se había aventurado a llegar al barco por lo que 
ellos le habían contado, la amabilidad con que los ha- 
bíamos tratado y las maravillas que contenía el barco. 

Mientras permanecieron en el barco no cesaron de 
demostramos amistad, y nos invitaron muy cordialmen- 
te a volver a la antigua bahía o a una pequeña ensena- 
da que nos señalaron, y que estaba más cerca; mas pre- 
ferí continuar mis descubrimientos a volver hacia atrás, 
por abrigar la seguridad de encontrar un puerto mejor 
que todos los que había visto hasta entonces. 

Una hora antes de ponerse el Sol partieron las ca- 
noas con los pocos remos que se habían reservado, que 
apenas eran suficientes para llevarlos a tierra; mas no 
sabemos por qué medios quedáronse tres indios reza- 
gados; tan pronto como los descubrimos avisamos a 
108 otros, pero ninguno quiso volver para embarcarlos. 
Esto nos sorprendió grandemente; pero aun nos extra- 
ñó más observar que los indios que habían quedado 
abandonados no parecían sentir inquietud alguna por 
su situación; antes al contrario, nos obsequiaron con 
danzas y canciones, comieron y se fueron tranquila- 
mente a la tama. 



20 JAMESCOOK LIB. II 

Miércoles 1h — Jueves 12, 

Poco después de obscurecer saltó una libera brisa 
y gobernamos a lo largo de la costa a buena marcha 
hasta media noche, hora en que nos pusimos a la capa, 
sobreviniendo la calma poco después. Hallábamonos 
entonces a varias leguas del lugar en que nos dejaron 
las canoas, y cuando al romper el dia advirtieron esto 
los indios, llenáronse de consternación y de terror, y 
deploraron su situación en altas lamentaciones, con lá- 
grimas y gestos de desesperación. Logró apaciguarlos 
Tupia con gran dificultad, y volviendo a saltar la brisa 
hacia las siete de la mañana continuamos bordeando la 
costa con rumbo SO. Afortunadamente para nuestros 
pobres indios, vinieron hacia nosotros entonces dos ca- 
noas; detuviéronse, sin embargo, a cierta distancia, y 
parecieron resistirse a acercarse más. Sintiéronse nues- 
tros indios grandemente agitados por esta incertidum- 
bre, y suplicaron a sus compañeros con voces y gestos, 
y poseídos de la mayor impaciencia, que se aproxima- 
ran al barco. Tupia nos tradujo lo que dijeron, y nos 
sorprendió extraordinariamente saber que, entre otros 
argumentos, aseguraban a los de las canoas que nosotros 
no nos comíamos a los hombres. Entonces empezamos 
a creer seriamente que entre estas gentes prevalecía 
esta horrible costumbre, pues lo que nos habían dicho 
los muchachos habíamoslo considerado como expre- 
sión hiperbólica de su espanto. Al cabo se aventuró 
una de las canoas a llegar hasta el barco, y subió a 
bordo un viejo que por el lujo de su ropa, así como 
por la superioridad de su armamento, que era vmpatw 
patu de hueso de ballena, según nos dijo, parecía ser 
un jefe. Permaneció a bordo poco tiempo, y cuando se 
marchó llevó consigo a nuestros huéspedes, con gran 
satisfacción tanto suya como nuestra. 

Al hacernos a la vela nos hallábamos frente a tina 
punta, desde la cual extendíase la tierra en dirección 



CAP. il PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 21 

SS. 0.9 y a la que por su figura dimos el nombre de 
Cabo de la Mesa. Esta punta está a siete leguas y al sur 
de Babia Pobreza, en la latitud de 39^ r S. y en la 
longitud de 181 "* 36' O.; es de considerable altura, for- 
ma un ángulo agudo y parece ser plana por la parte 
superior. 

Al navegar costeando hacia el sur del cabo, a la 
distancia de dos o tres millas, acusaron nuestras sondas 
de veinte a treinta brazas, y pudimos observar que ha- 
bía una cadena de rocas entre la tierra y nosotros, que 
aparecía sobre el agua a diferentes alturas. 

Isla de Portland. 

A mediodía marcaba el Cabo Mesa N. 20^ E. a unas 
cuatro leguas, y una pequeña isla situada en el extre- 
mo visible del S. marcaba S. 70^ O. a la distancia de 
tres millas. A esta isla, llamada por los naturales Tea- 
howray, la llamamos nosotros Isla de Portland, por su 
gran semejanza con Portland del Canal Inglés; hállase a 
una milla de una punta de la tierra, pero parece haber 
una corrida de rocas que se extiende casi de una a 
otra. Al N. ST" E. y a dos millas de la punta sur de 
Portland hay una roca sumergida, sobre la que rom- 
pe el mar con gran violencia. Pasamos entre esta 
roca y la tierra con una profundidad de quince a veinte 
brazas. 

En tanto que navegábamos a lo largo de la costa vi- 
mos a los naturales reunidos en grandes grupos, tanto 
en la isla Portland como sobre tierra; también pudi- 
mos distinguir varias manchas de terreno cultivado; al- 
g-unas parecían recién labradas y surcadas, cual si sobre 
ellas hubiera pasado el arado. Vimos en ellas plantas 
en diversos estados de desarrollo. También divisamos 
en dos sitios altas empalizadas sobre los cerros, análo- 
g-as a la que viéramos sobre la península del nordeste 
de Bahía Pobreza; mas como estaban dispuestas en li- 
nea y sin cerrar extensión alguna, no pudimos adivinar 



22 JAMESCOOK LIB. II 

SU objeta, y sospechamos que fueran obra de la su- 
perstición. 

A mediodía vimos aparecer una canoa tripulada por 
cuatro hombres; acercóse a un cuarto de milla de nos- 
otroSy y parecían ejecutar diversas ceremonias; uno de 
^lloSy que se hallaba en la proa, hacía unas veces ma- 
nifestaciones de paz y otras de guerra, blandiendo un 
arma que llevaba en su mano; luego empezó a bailar y 
a cantar; Tupia habló mucho con él, pero no logró 
persuadirlo de que subiera a bordo. 

Entre una y dos de la tarde descubrimos tierra al 
oeste de Portland, que se extendía hacia el S. hasta 
perderse de vista. Cuando el barco estaba bordeando 
la punta sur de la isla advertimos que navegábamos 
sobre un bajo; la profundidad era siempre de más de 
siete brazas; pero no se hacían dos sondeos iguales, 
pues bruscamente se pasaba de siete a once brazas. No 
tardamos, sin embargo, en salir del peligro, navegan- 
do de nuevo sobre aguas profundas. 

Por entonces estábamos a una milla de la isla, en la 
que se veían blancos acantilados y una lengua de tie- 
rra baja que corría desde ella a la costa. Sobre las ro- 
cas de la isla vimos en distintos puntos numerosos gru- 
pos de indios que nos miraban con gran atención, y es 
probable que advirtiesen algo de la confusión que rei- 
naba a bordo y cierta irregularidad en la maniobra del 
barco mientras que salíamos del bajo, por lo que de- 
bieron inferir que estábamos alarmados e inquietos. 
Pensamos que querían aprovecharse de nuestra situa- 
ción, porque zarparon de la costa a toda prisa cinco 
canoas llenas de hombres bien armados; acercáronse 
tanto y se mostraron en disposición tan hostil, vocife- 
rando, blandiendo sus armas y produciendo gestos de 
amenaza, que entramos en cuidado por nuestro peque- 
ño bote, que aun estaba sondando. Disparóse un mos- 
quete al aire; pero al ver que no les hacía daño mani- 
festáronse más bien provocativos que intimidados. En 



CAP. II PRIMER VÍAJÉ ALREDEDOR DEL MUNDO 23 

vista de ello mandé disparar un cañonazo de cuatro li- 
bras carsfado de metralla^ procurando que no los alcan- 
zara la descarga. Esto produjo mejor efectot al oír el 
estampido todos se levantaron y empezaron a gfritar, y 
en vez dé proseguir la caza se unieron y se alejaron 
pacifícamente, después de breve conciliábulo. 

Doblada la isla de Portland nos dirisfimos a tierra en 
dirección NO. a favor de una brisa del NC. que cayó 
a las cinco» viéndonos obligfados a anclar. Teníamos 
veinte brazas, con buen fondo de arena; la punta sur de 
Portland marcaba SE» 45^ S a dos leguas de distancia, 
y una punta baja de tierra señalaba N. 45^ E. En la di- 
rección misma de esta punta baja corre una bahía que 
se interna bastante tras de la tierra cuya extremidad 
constituye Cabo Mesa, hasta el punto de formarse en 
esta parte una península unida por una estrecha y baja 
lengua de tierra a la masa principal. De esta penínsu- 
la, a la que llaman los naturales Terakaco, forma Cabo 
Mesa la punta norte y Portland el extremo sur. 

Mientras estábamos anclados, otras dos canoas vinie- 
ron hacia nosotros: una armada, y la otra, de pesca, 
con sólo cuatro hombres. Acercáronse tanto, que enta- 
blaron conversación con Tupia; contestaron con gran 
deferencia a todas las preguntas que él hubo de hacer- 
les, pero no pudo convencerlos de que entraran a bor- 
do; aproximáronse, sin embargo, lo suficiente para re- 
cibir diversos regalos que se les echaron desde el bar- 
co, de los que parecieron quedar complacidos, y se 
alejaron. Durante la noche vierónse muchas hogueras 
en la costa, tal vez con objeto de demostrar que los 
habitantes estaban demasiado en guardia para ser sor- 
prendidos. 

Viernes 13. 

A las cinco de la mañana del 13 saltó una brisa del N.; 
levamos anclas e hicimos rumbo a tierra. Por aquella 
parte se forma una amplia bahía, de la que Portland 



24 jAME^CÓOR LtB, il 

constituye la punta norte y un brazo la bahía que se in- 
terna por detrás de Cabo Mesa» Me senti inclinado por 
aljfunos momentos a reconocerla porque parecía haber 
en ella anclaje seguro; mas como no tuviera certeza de 
ello y el viento nos fuera desfavorable, no quise gastar 
tiempo. La profundidad mayor que comprobamos junto 
a Pordand fué de veinte brazas, pero el fondo estaba 
claro por todas partes. La tierra que bordea la costa es 
de altura mediana, con blancas rocas y arenosas playas; 
más adentro comienza el terreno a accidentarse, resul- 
tando en conjunto montuoso, cubierto en general de 
bosque y ofreciendo a la vista un panorama grato y fér- 
tiL Por la mañana siguieron al barco nueve canoas; mas 
no podríamos decir si traían intenciones pacíficas u 
hostiles, porque las dejamos atrás muy pronto. 

Por la tarde enfilamos hacia un lugar en que parecía 
haber una abertura, pero no encontramos puerto; sali- 
mos de nuevo hacia fuera, y no tardamos en ver que 
nos seguía una gran canoa con diez y ocho o veinte 
hombres, todos armados, que aunque no pudieron dar- 
nos alcance prorrumpieron en gritos de desafío y blan- 
dieron sus armas haciendo gestos de insulto y amenaza. 

Sábado 14. 

A la mañana siguiente observamos bien las monta- 
ñas del interior, que aun se hallaban nevadas; el país 
presentábase en las inmediaciones de la costa en forma 
de tierras bajas y poco a propósito para el cultivo; mas 
advertimos una mancha amarilla en cierta zona que te- 
nía la apariencia de un campo de trigo, pero que no 
debía de ser más que un terreno de espadañas secas, 
muy frecuentes en los lugares pantanosos. Un poco más 
lejos vimos pequeños boscajes formados por árboles 
altos y puntiagudos, y hallándonos a dos leguas próxi- 
mamente del recodo suroeste de la gran bahía que ha- 
bíamos costeado durante los dos últimos días mandé bo^ 
tar la pinaza y la falúa para salir en busca de agua dulce; 



Cap. ñ priMer viAjé alrededor del mundo i5 

mas en el preciso momento en que partían las dos em- 
barcaciones vimos varios botes llenos de siente, que 
venían de tierra, y no juzgué prudente dejar que se se- 
pararan aquéllos ael barco. A eso de las diez, luegfo de 
congregfarse cinco de aquellos botes como para deli- 
berar, dirigiéronse al navio trayendo a bordo de ochen- 
ta a noventa hombres y seguidos a cierta distancia por 
otras cuatro canoas, que parecían proponerse apoyar el 
ataque. 

Cuando la primera de las cinco canoas estuvo a 
cien yardas del navio, empezaron a entonar su can- 
ción de guerra y a blandir sus picas en actitud de em- 
peñar combate. No teníamos tiempo que perder, por- 
que de no evitar el ataque habríamos de vernos en la 
desdichada necesidad de usar nuestras armas contra 
ellos, cosa que deseábamos eludir a toda costa. Orde- 
nóse a Tupia, por tanto, participarles que poseíamos 
armas que, como el rayo, podían destruirlos en un mo- 
mento; que los convenceríamos inmediatamente de su 
poder usándolas de modo que no les hicieran daño; 
mas que si persistían en su agresivo propósito íbamos 
a vernos obligados a empleabas en nuestra defensa. 
Disparóse entonces un cañón de a cuatro cargado de 
meb'alla, de manera que la descarga pasara sobre ellos, 
que produjo el efecto apetecido: el estampido, el fogo- 
nazo, y, sobre todo, la descarga, que se esparció mucho 
en el agua, los intimidó de tal manera, que empezaron 
.a huir remando con todas sus fuerzas. Tupia, sin embar- 
go, los llamó, asegurándoles que si venían desarmados 
se los recibiría amistosamente, y entonces la gente de 
uno de los botes depositó en otro sus armas y se acercó 
a nuestra popa. Hicímosles varios regalos, y habríamos 
logrado hacerlos entrar a bordo de no haberse aproxi- 
mado los de otra canoa amenazándonos de nuevo, gri- 
tando y blandiendo sus armas; al ver esto los que ha- 
bían venido desarmados, manifestaron gran contrarie- 
dad y al cabo se alejaron todos. 



% jAMESCOOit LIB. II 

Domingo 15^ 

Por la tarde nos dirigfimos hacia la punta sur de la 
bahía; pero habiendo obscurecido antes de llegar a ella, 
pastamos la noche haciendo bordadas. A las ocho de la 
ma&ana siguiente, hallándonos frente a la punta» acerca- 
ronsenos varias canoas de pesca y nos vendieron pes- 
cado podrido; pero era lo mejor que tenían, y nosotros 
deseábamos establecer con ellos tráfíco fuera como 
fuera. Esta gente se condujo muy bien, y nos habría- 
mos separado en términos amistosos a no ser por una 
gran canoa, tripulada por veintidós hombres armados, 
que llegó audazmente al costado del navio. Pronto ad- 
vertimos que este bote no traía nada con qué traficar; 
pero les dimos, sin embargo, tres piezas de paño, ar- 
ticulo al que parecían muy aficionados. Observé que 
uno de los hombres se hallaba cubierto por una piel 
negra semejante a la del oso, y deseando saber a qué 
animal había pertenecido, le ofrecí por ella un trozo de 
bayeta roja. Pareció sumamente complacido del trato: 
despojóse inmediatamente de la piel, y alzándola des- 
de el bote se mostró dispuesto a cambiarla; no quería, 
sin embargo, desprenderse de ella hasta haber tomado 
posesión del paño, y como no habría habido posibili- 
dad de transferencia de insistir yo en la misma condi- 
ción, ordené que se le entregara el paño, inmediata- 
mente después de lo cual, con asombroso cinismo, en 
vez de entregar la piel empezó a empaquetarla, con la 
bayeta que había recibido a cambio, en una cesta, sin 
conceder la menor atención a mis reconvenciones, y 
poco después se alejó del navio en unión de los pesca- 
dores. Cuando se hallaron a cierta distancia se congre- 
garon, y volvieron después de una breve consulta; los 
pescadores ofrecieron más pescado, que se les compró, 
aunque para nada servía, y se reanudó el tráfíco. Entre 
los que se hallaban en la borda del navio para recibir 
lo que habíamos comprado fíguraba el pequeño Taye- 



CAP. n PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 27 

toy el muchacho de Tupia; y uno de los indios, aprove- 
chando la oportunidad, apoderóse de él bruscamente y 
le hizo bajar a la canoa; sujetáronle en ella dos de los 
hombres, mientras que los otros se pusieron a remar 
con gran presteza, siguiéndolos las demás canoas lo 
más rápidamente que pudieron. Al ver esto, los solda- 
dos que estaban armados sobre cubierta recibieron or* 
den de hacer fuego. Dirigióse la descarga hacia la par^ 
te de la canoa más distante del muchacho, procurando 
alargar el tiro, pues queríamos mejor marrar a los de- 
más que herir al muchacho; ocurrió, sin embargo, que 
cayó uno de los hombres, con lo cual soltaron los otros 
al muchacho, que saltó al agua instantáneamente y em- 
pezó a nadar hacia el navio. Inmediatamente empezó a 
perseguirlo la gran canoa; pero disparando sobre ella 
algunos mosquetes y un cañón de los grandes desistió 
de la persecución, rusimos el navio a la capa, echóse 
al agua un bote, y se recogió ileso al muchacho, aunque 
tan aterrado que permaneció algún tiempo privado del 
sentido. Los que siguieron con sus anteojos a las ca- 
noas dijeron haber visto que fueron desembarcados 
tres hombres que parecían muertos o completamente 
inutilizados por las heridas. 

Bahía Hawke. 

Dimos el nombre de Cabo Kidnappers (ladrón de 
muchachos) a la punta junto a la cual había tenido efec- 
to la desdichada transacción. Se halla en la latitud de 
39^ 43' y en la longitud de 182^ 24' O. Se hace notar 
por dos rocas blancas que semejan dos niaras y por los 
altos acantilados que se descubren a uno y otro lado. 
Dista trece leguas en dirección OSO. de la isla de 
Portland, y entre uno y otra se halla la bahía, de la que 
forma la punta sur el cabo, y a la cual, en honor de sir. 
Edward Hawke, entonces primer lord del Almirantaz- 
go, dimos el nombre de Bahía Hawke. Encontramos en 
ella de veinticuatro a veintisiete brazas y buen anclaje. 



^ JAMES QOÓk Llft. it 

Desde el Cabo Kidnappers se extiende la tierra en di- 
rección SSO.y y en ese rumbo seguimos costeando a 
una legua de tierra, con buena brisa y tiempo claro. 

Tan pronto como Tayeto se recobró de su espanto 
trajo un pescado a Tupia y le dijo que deseaba hacer 
con él una ofrenda a su eatua, o dios, en acción de gra- 
cias por haber escapado; Tupia encomió su piedad y le 
ordenó tirar el pescado al agua, lo que hizo inmedia- 
tamente. 

Lunes 76. 

Hacia las dos de la tarde pasamos una pequeña, aun- 
que alta, isla blanca, muy cercana a la costa, sobre la 
que vimos muchas casas, piraguas y gente. Dedujimos 
que se trataba dé pescadores, porque la isla era total- 
mente estéril; vimos también algunos isleños en la pla- 
ya de una pequeña bahía que se abre en la tierra prin- 
cipal por la parte de adentro de la isla. A las once nos 
pusimos a la capa hasta el alba, y entonces nos hicimos 
a la vela hacia el S. costeando. A eso de las siete do- 
blamos una alta punta de tierra que se halla al SSO. y 
a doce leguas del Cabo Kidnappers; desde esta punta 
se extiende la tierra tres cuartos de cuadrante más ha- 
cia el O.; a las diez vimos más tierra hacia el S., y a 
mediodía la tierra más meridional que se hallaba a la 
vista marcaba S. 39^ O. a ocho o diez leguas, y un 
alto promontorio de amarillos acantilados divisábase 
en dirección O. a dos millas; la profundidad del agua 
era de treinta y dos brazas. 

Martes 17. 

Por la tarde tuvimos fresca brisa del O. y durante la 
noche frecuentes cambios de viento y caima; por la ma- 
ñana saltó una brisa entre el NO. y el NE», y habiendo 
navegado hasta entonces hacia el S. sin hallar probabi- 
lidades de encontrar un puerto, y observando que el 
aspecto del pais empeoraba cada vez más, juzgué que 



CAP. II PRIMER VIAJE AIREDEDOR DEL MUNDO 29 

seguir en aquella dirección no había de acarrear venta- 
ja algfuna y* que, por el contrarío, habría de hacernos 
perder un tiempo que podría emplearse con más eape* 
ranza de éxito en reconocer la costa hacia el N. Viré, 
por tanto, a la tarde y tomamos rumbo N. con fuerte 
brisa del O. El alto promontorio de amarillos acantila* 
dos frente al que nos hallábamos al mediodía recibió el 
nombre de C^^o Turnagain porque allí dimos vuelta. 
Se halla en la latitud de 40"* 34' o. y en la longitud de 
IST" 55' O.y a ocho leguas en dirección SSO. y S. S. 
45^ O. del Cabo Kidnappers. La tierra entre ambos 
cabos es de altitud desigual; preséntase levantada en 
algunos lugares junto al mar, con blancos acantilados, 
y en otros baja con arenosas playas; el aspecto del país 
no es tan agradable ni se halla tan cubierto de vegeta- 
ción como en las inmediaciones de la Bahía Hawke, 
sino que más bien recuerda nuestras altas dunas dé In- 
glaterra» Según todas las apariencias, sin embargo, se 
halla bastante habitado, porque en nuestra ruta costera 
vimos varios pueblos, no sólo en los valles, sino en las 
cumbi^cs y en las laderas de las montañas, asi como 
también humaredas en otros muchos puntos. La cadena 
de montañas que se ha mencionado antes extiéndese 
hacia el S. más allá del alcance de la vista y hallábase 
por todas partes cubierta de nieve. Por la noche vimos 
dos fuegos en el interior tan grandes, que supusimos 
habrían sido producidos con objeto de limpiar la tierra 
para la roturación; pero sea lo que fuere, constituye una 
demostración de que la parte del país en que aparecían 
se halla habitada. 

Miércoles 18. — Jueves 19. 

El 18 a las cuatro de la mañana marcaba Gibo Kid- 
nappers N. 32^ O. a dos leguas de distancia; en esta si- 
tuación teníamos sesenta y dos brazas, y cuando el cabo 
marcó ON. a tres o cuatro leguas teníamos cuarenta y 
cinco; en la mitad del camino entre la isla de Portland 



30 JAMESeOOK LIB. II 

Íel cabo tuvimos sesenta y cinco brazas. Por la tarde, 
aliándonos a la altura de la península por el interior 
de la isla de Portland, llamada Terakaco, destacóse una 
canoa de la costa, que alcanzó al barco con mucha di- 
ficultad; hallábase tripulada por cinco hombres, dos 
de los cuales parecían jefes, y servidores los otros tres; 
los jefes subieron a bordo después de una sencilla in- 
vitación y ordenaron a los demás que permaneciesen 
en su canoa. Tratámoslos con gran cortesía y no estu- 
vieron remisos para demostrar su satisfacción; bajaron 
a la cámara, y al cabo de un rato nos dijeron que habían 
resuelto no tomar a tierra hasta la mañana sigfuiente. 
Como el honor de que durmieran a bordo no lo espe- 
rábamos, ni lo deseábamos, protesté enérgicamente de 
ello y les dije que no les convenía porque el navio ha- 
bría de hallarse por la mañana muy distante del lugar 
en que a la sazón se encontraba; persistieron, sin em* 
bargo, en su resolución, y como era imposible despren- 
derse de ellos sin arrojarlos del barco a viva fuerza, 
acabé por consentir. Propuse, sin embargo, como pre- 
caución conveniente, tomar a bordo también a sus ser- 
vidores y meter la canoa en el navio; no hicieron obje- 
ción alguna, y se hizo lo que yo había determinado. El 
rostro de uno de estos jefes era de lo más franco e in- 
genuo que he visto nunca, y no tardé en alejar toda 
sospecha de que abrigaran algún siniestro designio. 
Ambos examinaron con gran curiosidad y atención todo 
lo que veían y recibieron muy agradecidos los peque- 
ños obsequios que se les hicieron; pero a ninguno de 
los dos hubo manera de persuadirlos de que comieran 
o bebieran, mientras que sus servidores devoraron todo 
lo que estuvo a su alcance. Supimos que estos hombres 
habían oído hablar de nuestra amabilidad y largueza a 
los naturales que estuvieran a bordo, sin embargo de 
lo cual estimamos la confianza que pusieron en nos- 
otros como una prueba extraordinaria de su entereza. 
Por la noche nos pusimos a la capa hasta la llegada 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 31 

del día, en cuyo momento desplegamos las velas; a las 
siete de la mañana volví a ponerme a la capa, frente al 
Cabo Mesa, y envié a nuestros huéspedes en su canoa, 
manifestando ellos alguna sorpresa al encontrarse tan 
lejos de su residencia; pero desembarcaron por frente 
del barco. Entonces vi zarpar de la costa a otras ca- 
noas; pero me hice al mar con rumbo N. sin esperar 
su llegada. 

A las tres pasé frente a un notable promontorio, al 
que llamé Promontorio del Alero por la gran semejan- 
za que presentaba el blanco acantilado de la punta con 
el alero de una casa; no es más notable por su figura 
que por una roca que se levanta a cierta distancia y que 
semeja un campanario. Se halla a unas doce leguas de 
Cabo Mesa, en dirección N. 24° E. La costa forma en- 
tre ellos un golfo, dentro del cual se abre Bahía Pobre- 
za, a cuatro leguas del promontorio y a ocho del cabo. 
Allí vinieron a nosotros tres canoas, subiendo un hom- 
bre a bordo; dimosle algunas chucherías, y no tardó en 
volver a su bote, que se alejó con los demás. 

Viernes 20. 

Por la mañana enfilé hacia tierra con objeto de ob- 
servar dos bahías que me pareció se abrían a cosa de 
dos leguas al norte del promontorio; no pude encon- 
trar las más meridional, pero anclé en la otra a eso de 
las doce. 

En esta bahía nos invitaron los tripulantes de varias 
canoas a dirigirnos a un lugar en que decían había abun- 
dancia de agua dulce; no me pareció aquél tan buen 
refugio marítimo como esperaba; pero los naturales que 
se nos acercaron mostráronse en tan amistosa disposi- 
ción, que determiné intentar adquirir algún conoci- 
miento del país antes de seguir más hacia el N. 

En una de las canoas que se nos acercaron tan pron- 
to como fondeamos vimos a dos hombres que por su 
ropaje parecían ser jefes: uno llevaba una túnica ador*- 



32 JAMESCOOK LIB. II 

nada según su estilo, con piel de perro; la del otro es- 
taba cubierta casi por completo con pequeños ramille- 
tes de plumas rojas. Los invité a pasar a bordo y entra- 
ron sin vacilar; di a cada uno cuatro yardas de percal 
y un tornillo; agradóles mucho el percal, mas parecie- 
ron no dar a los tornillos valor alguno. Nos dimos cuen- 
ta de que se hallaban enterados de lo ocurrido en Bahía 
Pobreza y no teníamos, por tanto, razones para dudar 
de que vinieran en son de paz; para ínayor seguridad, 
sin embargo, se ordenó a Tupia participarles lo que allí 
nos llevaba, así como que no habría de hacérseles nin- 
gún daño si no intentaban ellos hacérnoslo a nosotros. 
Entretanto los que quedaron en las canoas traficaron 
con nuestra gente con todo lo que entonces poseían; 
los jefes, que eran ancianos, permanecieron con nos- 
otros hasta las dos de la tarde, hora en que salimos con 
los botes provistos de hombres y armas, con objeto de 
desembarcar en busca de agua dulce, y los dos jefes 
entraron en mi bote. Era la tarde tempestuosa, llovía 
mucho, y por todas partes batía tan fuerte el oleaje 
que, aunque recorrimos bogando casi toda la bahía, no 
encontramos lugar en que poder desembarcar; resolví, 
por tanto, volver al navio, al enterarse de lo cual los 
jefes llamaron a la gente de tierra y les ordenaron man- 
dar una canoa para ellos; cumplióse la orden, y nos de- 
jaron prometiéndonos volver a la mañana siguiente y 
traernos pescado y batatas. 

Por la tarde, habiendo abonanzado el tiempo, man- 
dé echar al agua los botes y desembarqué acompaña- 
do de Mr. Banks y el Dr. Solander. Acogiéronnos con 
Írandes manifestaciones de amistad los naturales, que 
ubieron de mantenerse escrupulosamente atentos para 
no ofendernos lo más mínimo. Tuvieron especial cui- 
dado de no presentarse en grupos nutridos: una fami- 
lia, o los moradores de dos o tres casas solamente, eran 
los que se agrupaban, formando un número de quince 
O veinte, que se componía de hombres, mujeres y ni* 



CAt>. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 33 

ños. Estas pequeñas agrupaciones sentábanse en el sue- 
lo sin avanzar hacia nosotros, e invitándonos a que 
fuéramos hacia ellos por medio de señales corteses, 
que consistían en llevarse la mano al pecho. Hicímos- 
les varios presentes, y en nuestro paseo alrededor de 
la bahía encontramos dos arroyos de agua dulce. Este 
hallazgo y la amable conducta de la gente me determi- 
nó a quedarme un día por lo menos, con objeto de lle- 
nar algunos de los toneles que estaban vacíos y de dar 
a Mr. Banks ocasión para examinar las producciones 
naturales del país. 

Sábado 21. 

En la mañana del 21 envié a tierra al teniente Gore 
para que vigilara la aguada, con un fuerte destacamen- 
to, y pronto le siguieron Mr. Banks y el Dr. Solander, 
con Tupia, Tayeto y otros cuatro. 

Sentáronse los naturales junto a los nuestros y pare- 
cieron observarlos complacidos, pero sin mezclarse 
con ellos; comerciaron, sin embargo, sobre paños prin- 
cipalmente, y al cabo de un rato se dedicaron a sus 
ocupaciones habituales, cual si no hubiera extranjeros 
con ellos. Foco antes de mediodía salieron a pescar 
varios de sus botes, y a la hora de comer todos se re- 
tiraron a sus respectivas viviendas, de las que volvie- 
ron al cabo de alsfún tiempo. Estas risueñas aparien- 
cias animaron a Mr. Banks y al Dr. Solander a hacer 
el recorrido de la bahía sin emplear grandes precaucio- 
nes, hallando muchas plantas y matando algunas aves 
de exquisita belleza. Durante su paseo visitaron varias 
casas indias y vieron algo de sus costumbres, porque 
eRos mostraron sin reserva alguna todo lo que los ex- 
ploradores desearon ver, Hallóseles algunas veces co^ 
miendo, y no interrumpieron la operación al llegar los 
extranjeros. Su alimento en aquella época consistía en 
pescado, al que acompañaban, en vez de pan, con la 
raíz de una especie de helécho muy parecido a los que 

JAJAES coqk: prim^ viaje. — T. II 3 



34 JAMESCOOK LIB. 11 

se hallan en aljfunos prados de Ingfiaterra. Tostaban 
aquellas raíces al fuego y las machacaban con un palo 
hasta que se desprendía la corteza seca exterior; lo que 
queda es una substancia blanda algo pastosa y dulce, 
no del todo desagradable al paladar, pero mezclada 
con gran cantidad de fíbras que resultan muy desagra- 
dables; algunos se las tragaban, pero la mayor parte 
las escupían, recogiéndolas en cestos que tenían de- 
bajo, recordando este despojo al tabaco mascado. En 
otras épocas tenían abundancia de especies vegetales; 
pero no se vieron animales domésticos como no fueran 
perros, muy pequeños y feos. Míster Banks vio algunos 
de sus plantíos, en los que el terreno aparecía trabaja- 
do con tanta perfección como en los más curiosos jar- 
dines de nuestro país; en aquellos lugares había bata- 
tas, cocos o cedas, que son muy conocidos y estimados 
en las Indias orientales y occidentales, y algunas cala- 
bazas; las batatas se hallaban plantadas sobre pequeños 
cerros, dispuestas unas en líneas y otras en quinconce 
con extraordinaria regularidad; los cocos estaban plan- 
tados en terreno llano, pero ninguno había salido to- 
davía, y las calabazas se hallaban sembradas en peque- 
ños hoyos, lo mismo que en Inglaterra. Los plantíos te- 
nían extensiones diferentes: desde uno a dos acres (1) 
hasta diez; en conjunto parecía haber en todos los te- 
rrenos circundantes de la bahía de 150 a 200 acres de 
cultivo, aunque no llegamos a ver cien personas. Cada 
parcela estaba cercada con cañas yuxtapuestas tan cer- 
ca una de otra que apenas si había sitio para que pasa- 
ra un ratón. 

Las mujeres eran feas, y les aumentaba esta condi- 
ción la costumbre de pintarse la cara con aceite y ocre 
rojo, que, manteniéndose generalmente húmedo y fres- 
co sobre la frente y mejillas, transmitíase fácilmente a 
las narices de aquellos que se determinaban a besarlas^ 



(1) Medida agrari^ equivalente a 40,46 áreas* 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 35 

y que no les contrariaba en absoluto esta familiaridad 
testimoniábase eficazmente por las narices de varios de 
los nuestros; eran, sin embargo, tan coquetas como las 
más distinguidas damas europeas, y las jóvenes, de lo 
más retozonas y pizpiretas; todas llevaban un corpino, 
en cuya parte inferior había un volante formado de 
hierbas muy perfumadas, y en el volante se sujetaban 
pequeños racimos de hojas de plantas aromáticas, que 
guardaban su honestidad. Las caras de los hombres no 
estaban pintadas en general, pero vimos algunos cuyos 
cuerpos, y vestiduras se frotaban constantemente con 
ocre, del que siempre llevaban un trozo en la mano, y 
por medio del cual renovaban a cada minuto el tinte 
de aquellas partes que suponían haberse despintado. 
El aseo personal de estas gentes no era comparable al 
de nuestros amigos de Taiti, porque la frialdad del cli- 
ma no los invitaba a bañarse con tanta frecuencia; pero 
vimos entre ellos un detalle de limpieza en que los 
aventajaban y del que tal vez no haya ejemplo en ningu- 
na otra nación salvaje. Todas las casas o todo grupo de 
tres o cuatro casas hallábanse provistas de una privada 
o silo, de manera que el suelo estaba limpio por todas 
partes. Los despojos de los alimentos u otras basuras 
amontonábanse en pilas, que probablemente se em- 
plean en tiempo oportuno como abono. 

En este detalle de higiene pública mostrábanse ade- 
lantados con relación a una de las más importantes na- 
ciones de Europa, pues sé de origen fidedigno que 
hasta el año 1760 no hubo cosa que se pareciera a una 
letrina en Madrid, la capital de España, a pesar de ha- 
llarse abundantemente dotada de agua. Antes de esta 
época era práctica universal arrojar por la ventana las 
inmundicias a la calle durante la noche, de donde las 
recogían con palas los encargados de esta operación, 
las arrastraban de las partes más altas de la ciudad a 
as bajas, en las cuales permanecían hasta que se seca- 
ban, siendo luego transportadas Qn carros y deposita-' 



i 



36 JAMES COOK LIB. II 

das en las afueras. Habiendo resuelto S. M. Católica 
actual librar a su capital de tan gran daño, ordenó por 
medio de pregones que los propietarios de todais tas 
casas construyeran privadas y que se hicieran con car- 

Eó al erario público acequias, muladares y albañalés. 
os españoles, a pesar de hallarse habituados a un 
Gobierno arbitrario, rebeláronse con gran energía fren- 
te a este mandato, por considerarlo atentatorio a los 
derechos comunes» y lucharon vigorosamente contra 
su ejecución. Todas las clases sociales expusieron sus 
objeciones en contra, pero los médicos fueron los que 
más trabajaron cerca del rey en defensa de los antiguos 
privilegios dé su pueblo; porque argumentaban qué de 
no arrojarse la basura, como de costumbre, a ms ca- 
lles, habría de derivarse fatalmente una epidemia por- 
que las partículas fermentadoras del aire, que las ba- 
suras atraían, serían absorbidas por el cuerpo huma- 
no. Pero este recurso, así como todos los que hubieron 
de ejercitarse, resultaron infructuosos, y el desconten- 
to popular subió de tal manera que a punto estuvo de 
estallar una insurrección; S. M. triunfó al cabo y Ma- 
drid está ahora tan limpio como las mejores ciudades 
de Europa. Pero muchos de los ciudadanos, fundándo- 
se tal vez en las ideas preconizadas por sus lúédicos, 
de que los montones de basura evitaban qué tas par- 
tículas del aire se fijaran sobre las substancias situadas 
en tas inmediaciones, para conservar sus alimentos en 
buen estado han construido junto al hogar dé la coci- 
na sus privadas. 

Por la tarde, como se hallaran todos los botes em- 
pleados en el transporte del agua a bordo, y presumien- 
do Mr. Banks y su compañero que habría de dejárselos 
en tierra hasta después del obscurecer, cóñ lo qué se 
les irrogaba una pérdida de tiempo que ellos deseaban 
emplear en coleccionar plantas que habían recogido, 
solicitaron pasaje de los indios en una de siís éanoas; 
accedieron éstos inmediatamente, y se botó una canoa 



CAP. ti PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 37 

a tal objeto. Todos entraron a bordo, siendo ocho en 
ioisl; pero como Ips nuestros no estaban acostumbra- 
dos a una embarcación que requería tan perfecto equi- 
librio» tuvieron la mala fortuna de hacer volcar la canoa; 
no hubo desgracias, sin embargo» pero se juzf ó conve- 
niente que se quedaran la mitad en espera de otro via- 
je. Mister Bauksy el Dr. Solander, Tupia y Tayeto se 
embarcaron de nuevo, y sin niagún otro accidente lle- 
garon f^l barco, muy satisfechos de la bondad de sus 
amigos indios, que se habían prestado de muy buena 
gana a llevarlos por segunda vez, no . obstante haber 
experimentado lo poco adecuado que resultaba el car- 
gamento para tal embarcación. 

Mientras que estos señores estuvieron en la costa 
fueron al barco varios naturales y traficaron cambiando 
sus panos por los de Taiti; mostráronse aficionados por 
algún tiempo a este artículo, prefiriendo el paño mdio 
al europeo; pero antes de que llegara la noche habíase 
depreciado el género en un quinientos por ciento. En- 
traron a bordo muchos indios, y les enseñamos el bar- 
co y sus instalaciones, de todo lo cual se manifestaron 
satisfechos y asombrados. 

Domingo 22. 

Haciéndose extraordinariamente difícil transportar el 
agua. a bordo a causa del olea|e, resolví no permanecer 
más tiempo en este lugar, y a la mañana siguiente, a eso 
de las cinco, levamos anclas y nos hicimos a la mar. 

Esta bahía, llamada por los naturales Tegadu, se halla 
en la latitud de 38^ 10' S.; pero como no hay en ella 
nada que ofrezca conveniencias para los barcos, se hace 
innecesario describirla. 

Habíame propuesto navegar hacia el N. desde esta 
bahía; pero como el viento se nos puso en contra, no 
pudimos avanzar. Mientras estuvimos haciendo viradas 
contra el viento vinieron a bordo algunos indios y me 
dijeron que en una bahía que se halu un poco más ha- 



38 f JAMESCOOK LIB. II 

cia el S., que era la misoia que yo no había podido en- 
contrar el día en que fondeamos en Tegadu, existía un 
ag-ua excelente y podían los botes atracar sin oleaje. 
Juzgfué más conveniente, por tanto, entrar en esta bahía, 
donde podía completar mi provisión de a^a y estable- 
cer nuevas conexiones con los indios, que permanecer 
en el mar. Con este designio me dirigí a ella y mandé 
salir dos botes con hombres armados para que recono- 
cieran el lugar de la aguada, y habiéndome confirmado 
al volver las noticias de los indios, anclé a eso de la 
una, en doce brazas con buen fondo de arena, marcan- 
do la punta norte de la bahía NE. y SE. la sur. El lugar 
de la aguada, que se hallaba en una pequeña rada jun- 
to a la punta sur de la bahía, marcaba SE. y distaba de 
ella cosa de una milla. Muchas canoas zarparon inme- 
diatamente hacia nosotros y traficaron honradamente, 
tomando paño de Taiti y botellas de vidrio, hacia las 
cuales manifestaban una afición desapoderada. 

Lunes 23. 

En la tarde del 23, tan pronto como fué amarrado el 
barco, me dirigí a tierra para reconocer el lugar de la 
aguada, acompañado de Mr. Banks y el Dr. Solander. 
Atracó el bote en un punto de la pequeña ensenada 
donde no había el menor oleaje; el agua era excelente 
y su situación muy ventajosa; había abundancia de leña 
junto a la línea de pleamar y la actitud de la gente fué 
por todos conceptos inmejorable. 

Habiendo hecho con Mr. Green varías observaciones 
del Sol y de la Luna, dieron por resultado medio 
180** 47' de longitud O.; pero como todas las observa- 
ciones practicadas antes excedían de este resultado, 
hice el trazado de la costa adoptando la media entre 
todas ellas. 

A mediodía tomé la altura meridiana del Sol con 
un cuadrante astronómico que se estacionó en el lugar 
de la aguada, y hallé la latitud de 38° 22' 24". 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 39 

Martes 24. 

El 24 por la mañana temprano mandé ir a tierra al 
teniente Gore para vigilar la corta de leña y la opera- 
ción de llenar de agua los toneles, con personal sufi- 
ciente para ambos objetos y con todos los soldados 
para que le dieran guardia. Después de almorzar fui yo 
mismo a tierra, y allí permanecí todo el resto del día. 

Míster Banks y el Ur. Solander, que fueron a tierra 
para recoger plantas, vieron durante su excursión varias 
cosas dignas de registrarse. Encontraron muchas casas 
en los valles que parecían totalmente abandonadas, 
pues la gente vivía en las cumbres de las montañas, en 
una especie de chozas construidas muy a la ligera. Al 
empezar a caminar por uno aquellos valles, cuyas dos 
laderas eran muy escarpadas, viéronse bruscamente 
sorprendidos con el espectáculo de una extraordinaria 
curiosidad natural. Era una roca perforada en toda su 
masa, que formaba un rústico, pero estupendo, arco y 
que se abría sobre el mar; tenía el hueco 75 pies de lar- 

5o, 20 de ancho v 45 de altura y ofrecía un panorama 
e la bahía y de las montañas de su costa frontera que 
al presentarse repentinamente a la vista por la abertura 
de la roca producía un efecto superior a ninguno de los 
que pueden conseguirse con los recursos del arte. (Véa- 
se la lámina IV.) 

Cuando regresaban por la tarde al lugar de la agua- 
da encontráronse con un anciano que los detuvo un rato 
[>ara mostrarles los ejercicios militares del país con la 
anza y el patu-patu^ que son las armas que emplean. 
La lanza tiene de diez a catorce pies y es de madera 
dura, con los bordes afilados por ambos extremos; el 
patu'patu, que se ha descrito ya, es de un pie de largo 
y está hecho de talco o de hueso, con bordes afilados, 
siendo usado como hacha de combate. Un poste o una 
estaca levantábase sobre el suelo, representando ai 
enemigo, hacia el que avanzaba el combatiente con el 



40 JAMESCOOK LIB. II 

más furioso aspecto, blandiendo su lanza, que empuña- 
ba con gran fírmeza; cuando se suponía haber sido el 
enemigo traspasado por la lanza corría hacia él con el 
patU'patu, y abalanzándose sobre la parte superior 
del poste, que representaba la cabeza de su adversario, 
descargaba el arma sobre ella, dándole varios golpes, 
cualquiera de los cuales hubiera bastado a hendir el 
testuz de un buey. Del hecho de que el campeón aco- 
metiera a su ficticio enemigo con el patu-patu luego de 
suponer que había sido atravesado por la lanza, inferían 
nuestros companeros que en las luchas de este país no 
hay cuartel. 

Aquella tarde se armó la fragua para reparar las ba- 
rras del gobernalle, que se habían roto, y prosiguió el 
acopio de agua y madera, sin que los naturales nos es- 
torbasen lo más mínimo; vinieron, por el contrario, 
hacia nosotros con varías clases de pescado, que hubi- 
mos de comprarles con paño, cuentas y botellas de 
vidrio, como de costumbre. 

Miércoles 25. 

E! 25 fueron otra vez a tierra Mr. Banks y el Dr. So- 
lander, y mientras se ocupaban en buscar plantas que- 
dóse Tupia con los aguadores; entre los indios que a 
éstos se acercaron había un sacerdote, con quien Tupia 
entabló erudita conversación. En sus nociones de reli- 
gión parecían ambos coincidir perfectamente, caso que 
no es frecuente entre los teólogos de nuestras latitu- * 
des; Tupia, sin embargo, parecía poseer mayor suma de 
conocimientos y fué escuchado por el otro con gran 
atención y deferencia. En el curso de esta conversa- 
ción, luego de haber quedado conformes acerca de im- 
portantes extremos religiosos, inquirió Tupia si era 
práctica de ellos comerse a los hombres, a lo que le 
contestaron afirmativamente, aunque diciendo que sólo 
SQ comían a los enemigos que resultaban muertos en 
la batalla. 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 41 

Jueves 26. 

El día 26 llovió tanto que no pudimos ir a tierra y 
fueron muy pocos los indios que se acercaron al barco 
y al lugar de la agfuada. 

Viernes 27. 

El 27 fui con el Dr. Solander para reconocer el ex- 
tremo interior de la bahía; pero aunque desembarca- 
mos en dos puntos» nada encontramos de notable. Los 
indios se condujeron perfectamente con nosotros, mos- 
trándonos todo cuanto deseábamos ver. Entre otras 
curiosidades insignifícantes que compró el Dr. Solan- 
der figuraba un trompo de niño cuya forma era exac- 
tamente igual a los de Inglaterra, y dieron a entender 
gue para que bailase era preciso azotarle con un látigo, 
ntretanto desembarcó Mr. Banks en el lugar de la 
aguada y subió a una montaña próxima para ver una 
empalizada que se divisaba desde el barco y acerca de 
la cual se había discutido mucho. El monte era suma- 
mente abrupto y hacíase casi inaccesible por la male- 
za; alcanzó, sin embargo, el lugar a que se proponía 
llegar, y halló en las inmediaciones muchas casas que 
por alguna razón habían sido abandonadas por sus mo- 
radores. Las estacas tenían unos diez y ocho pies de 
altura; estaban dispuestas en dos filas, guardando entre 
sí un espacio de unos seis pies, y entre cada dos esta- 
cas de una misma fila había diez pies de separación. La 
calle que formaban estaba cubierta por estacas más pe- 
queñas, que, apoyándose en las verticales, venían a jun- 
tarse sobre la línea media, como las del tejado de una 
casa. Esta empalizada, paralelamente a la cual corría 
una zanja, alargábase cien yardas monte abajo, forman- 
do algo de curva; pero no pudimos saber cuál fuera su 
finalidad. 

A instancia nuestra obsequiáronnos los indios en la 
aguada con un canto de guerra, en el que los acompa- 



f 
42 JAMESCOOR LIB. II 

ñaron las mujeres, con las más horribles contorsiones 
del rostro, volviendo los ojos, sacando la lengfua y de- 
jando escapar frecuentemente profundos y altisonantes 
suspiros; el ritmo, sin embargo, se conservaba perfec- 
tamente. 

Sábado 28. 

El 28 desembarcamos en una isla que está situada a 
la izquierda de la entrada de la bahia, junto a la cual 
vimos la canoa más grande que habíamos encontrado: 
tenía sesenta y ocho pies y medio de larga, cinco de 
ancha y tres pies seis pulgadas de elevación; la sección 
del fondo formaba un ángulo muy agudo, y componíase 
aquél de tres troncos de árboles ahuecados, de los que 
el intermedio era el más largo; las planchas del costa- 
do tenían sesenta y dos pies de longitud en una sola 
pieza y no estaban mal talladas en bajorrelieve; la proa 
hallábase también adornada con más rico trabajo de 
talla. En esta isla había una casa que era la más grande 
que habíamos visto, pero estaba inacabada y lleno el 
suelo de virutas. La madera estaba bien escuadrada y 
alisada, lo que nos dio la seguridad de que manejaban 
herramientas muy cortantes. Las caras de los postes 
estaban talladas de mano maestra, aunque siguiendo un 
gusto caprichoso, que parecía preferir las lineas espira- 
les y los rostros contrahechos: como aquellos postes 
tallados denotaban haber sido traídos de otro sitio, es 
probable que estimasen aquella obra como de gran 
valor. 

Domingo 29* 

El 29, a las cuatro de la mañana, luego de almacena- 
da a bordo el agua y la madera y abundante provisión 
de excelente apio, del que se encuentra profusión en 
el país, y que resultó ser un poderoso antiescorbútico, 
soltamos las amarras y nos hicimos a la mar. 

Esta bahía es llamada Tolaga por los naturales; su 



CAP. n PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 43 

extensión es mediana, y su profundidad, de siete a doce 
brazas, con fondo arenoso limpio y buen anclaje; hálla- 
se además al abri^fo de todos los vientos, con excepción 
del nordeste. Encuéntrase en la latitud de 38^ z2' S. 
y a cuatro leguas y media al norte del Promontorio 
del Alero. AI pie de la punta sur yace una isla pe- 
queña y alta, pero tan cerca de tierra, que no se dis- 
tinguía de ella. Junto al extremo norte de la isla, a la 
entrada de la bahía, hay dos rocas altas; una es redon- 
da como un almiar, y larg-a la otra y perforada en varios 
puntos de tal manera, que se asemeja a los ojos de un 
puente. Por la parte de adentro de estas rocas está la 
cala en que cortamos la madera y llenamos los toneles. 
Al lado de la punta norte de la bahía, conforme se sale 
al mar, hay una isla rocosa bastante alta, y una milla 
más allá, varios bancos de rocas y rompientes. La de- 
clinación de la brújula fué de 14^ 31' E. Las mareas en 
los cambios de Luna y en el plenilunio son a las seis, y 
la diferencia de las ag'uas sobre la vertical es de cinco 
a seis pies; no pudimos determinar si la marea viene 
del S. o del N. 

En el tráfico que hicimos no pudimos consegfuir sino 
un poco de pescado y algunas batatas, a más de unas 
cuantas chucherías que consideramos como simples cu- 
riosidades. No vimos cuadrúpedos salvajes ni domes- 
ticados, como no fueran perros y ratas, y aquéllos, muy 
escasos; los naturales comen perros como nuestros ami- 
gos de Taiti y adornan su ropaje con las pieles, como 
lo hacemos nosotros con el armiño y las de otros ani- 
males. Subí a muchas montañas con la esperanza de 
obtener una vista del país; pero no pude ver desde las 
cúspides sino otras montañas más altas, que se sucedían 
en serie interminable. En las cumbres de los montes se 
producen pequeños heléchos; pero las laderas se pre- 
sentan profusamente cubiertas de bosque y verdura de 
varias especies, con pequeños plantíos entreverados. 
En los bosques hallamos árboles de veinte clases dis- 



44 JAMESCOOK LIB. It 

tintas, de todas las cualejs llevamos ejempliM'es a bordo; 
pero no hubo ninguno entre nosotro3 para quien deja- 
ran de ser absolutamente desconocidos. El árbol de 
que hicimos leña se parecía a nuestro arce y exudaba 
una goma blanquecina. Encontramos otra especie de 
resina de color amarillo subido, que juzgamos podrfa 
utilizarse como tinte. Vimos también una palma, que 
cortamos para recoger los palmitos. El país abunda en 
plantas, y ios bosques, en aves de infinita variedad, de 
exquisita belleza y de las cuales no teníamos el menor 
conocimiento. El terreno, tanto en las montañas como 
en los valles, es suelto, arenoso y muy a propósito para 
la producción de toda clase de raíces; sm embargo de 
lo cual, no encontramos más que patatas y batatas* 



CAPÍTULO III 



Vi«je costero de Tola^fa a Bahía Mercurio, con relación de ios mu- 
chos incidentes ocurridos a bordo y en tierra. — Descripción de 
diversos paisajes y de los hippahs, o ciudades fortificadas. 



Octnbi^e. — Lunes 30. 

El lunes 3O9 a eso de la ana y media, iuejfo de haber 
navegado hacia el N. durante diez horas, con ligféra bri- 
sa, rodeamos una pequeña isla situada uiia milla al 
este de la punta nordeste; desde allí extendíase la tie- 
rra en direccióti NO. O. y ONO. más alta del alcance 
de la vista, siendo esta punta la más oriental dé toda 
la costa. Le di et nombre de Cabo Este, y a la isla que 
yace a su pie, el de Isfa Este. Tiene escasa circunferen- 
cia, es alta y redonda y aparece blanquecina y estéril; 
él cabo es elevado, con blancos acantilados, y se halla 
en la latitud de 37^ 42' 30" S. y en la lon^tud de 
181^ O. La tierra desde Bahía Tolagfá a Cabo Este es 
de altura moderada, pero desi)gfual; forma varias peque- 
ñas ensenadas, en las que hay playas arenosas. Del 
interior poco pudimos ver porque el tiempo estaba 
encapotado y nebuloso. Los sondeos acusaron de vein- 
te a treinta brazas a una legua de la costa. Después de 
rodear el cabo en nuestra ruta costera vimos gran nú- 
mero dé pueblos y mucho terreno cultivado; la comar- 
ca apárecia en general más fértil que antes y la tie- 
rra inmediata al mar era baja, haciéndose montuosa 
hacia el interior. Hallándonos a cuatro leguas al oeste 
del Cabo Este, a las seis de la tarde, pasamos por de- 



46 JAMESCOOK LIB. II 

lante de una bahía que fué descubierta en primer lujfar 
por el teniente Hicks, y a la que por esta razón llamé 
Bahía Hicks. A las ocho de la noche, a ocho leguas al 
oeste del cabo y a tres o cuatro millas de la costa, 
acortamos las velas y nos pusimos a la capa para pasar 
la noche, soplando un fuerte y borrascoso vendaval 
del SSE.; pero pronto amainó, y a las dos de la maña- 
na nos hicimos a la vela con rumbo SO., que era la di- 
rección que se^ía la costa, y a las ocho de la mañana 
vimos una tierra que parecía formar una isla por el O., 
en tanto que teníamos al SO. la tierra principal. Hacia 
las nueve vimos zarpar no menos de cinco canoas, en 
las cuales venían unos cuarenta hombres, todos arma- 
dos de picas y hachas, gfritando y amenazando atacar- 
nos; prodújonos esto gran inquietud y era una cosa 
realmente inesperada, porque presumíamos que la fama 
de nuestro poder y clemencia debía haberse propaga- 
do en una gran extensión. Cuando una de aquellas ca- 
noas había casi alcanzado al navio, otra enorme, la 
mayor que habíamos visto hasta entonces, atestada de 
hombres también armados, zarpó de la costa y bogó 
hacia nosotros a gran velocidad; conforme se nos iba 
aproximando vimos que recibía señales de la canoa 
que estaba más cerca de nosotros, y pudimos distin- 
guir que tenía diez y seis remeros por banda, a más de 
la gente que se hallaba sentada y de otros que perma- 
necían de pie, formando una fila de proa a popa, sien- 
do en total sesenta hombres. Como navegaban en di- 
rección al navio, deseábamos prevenir el ataque ofre- 
ciéndoles una prueba de lo que podíamos hacer, y dis- 
paramos un cañonazo de metralla por encima de ellos; 
esto los hizo detenerse, pero no retirarse; hízose otro 
disparo, con bala, y al verla caer en el agua, empuña-» 
ron de nuevo sus remos y emprendieron el regreso a 
la costa con tal precipitación que apenas se daban 
tiempo para respirar. Por la tarde salieron tres o cua- 
trp ganofis más, sin armas^ pero no se atrevieron a acer- 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 47 

carse a un tiro de mosquete del navio. Al cabo desde 
donde se nos habia amenazado, en vista de la precipi- 
tada fuga del enemiffOy le llamamos Cabo Runaway. Se 
halla en la latitud de 37** 32' y en la longitud de ISr 48'. 
Durante la navegación de este día vimos que la tierra 
que nos parecía formar una isla por la mañana y que 
marcaba el O. era realmente una isla, y le dimos el 
nombre de Isla Blanca. 

Noviembre. — Miércoles /. 

Al romper el día 1 de noviembre vimos venir de 
tierra hacia el navio nada menos que cuarenta canoas; 
siete de ellas acercáronse a nosotros y» después de ha- 
blar un poco con Tupia, nos vendieron varias langos- 
taS| mariscos y dos anguilas. El tráfico de esta gente se 
realizó con normalidad; pero al irse ellos vinieron otros 
que procedían de lugar diferente, y que también empe- 
zaron a comerciar regularmente; mas al cabo de un 
rato comenzaron a tomar lo que se les daba sin entre- 
ga nada en cambio; uno de ellos, que así procedía y al 
que hubo de amenazársele, empezó a reírse y a des- 
afiamos con gestos de burla al tiempo que^se alejaba 
del barco; disparóse al aire un mosquete, lo que le hizo 
volver en actitud más comedida, y el tráfico siguió con 
toda regularidad. Cuando ya la cámara y el departa- 
mento de armas estuvieron arreglados, permitióse a los 
hombres venir al entrepuente y comerciar por si mis- 
mos. Por desdicha, no se puso el mismo cuidado que 
antes para evitar el fraude, y viendo los indios que po- 
dían engañarnos impunemente volvieron a mostrarse 
insolentes y a tomarse grandes libertades. Una de las 
canoas» después de haber vendido todo lo que trajera 
a bordo, se dispuso a marchar, y la gente que en ella 
estaba, viendo colgada alguna ropa sobre el costado 
del barco para secarse, la desprendió uno de ellos sin 
ceremonia alguna y la empaquetó para llevársela; 11a- 
XDÓsele inmediatamente y 3e Jíe rec[uirió p^a que la de- 



48 JAMESCOOK LIB. 11 

Volviera; pero en vez de esto viró y se rió de nosotros; 
disparósele un tiro de mosquete al aire, que no puso 
término a sus burlas; disparóse otro sobre él con per- 
digones, que le fué a dar en la espalda; encogióse un 
poco al recibir el tiro, pero no le hizo más caso del 
que haría un hombre a quien se da un palo: continuó 
empaquetando con gran tranquilidad la ropa que había 
robado. Todas las canoas colocáronse entonces a cien 
yardas de nosotros y todos comenzaron a entonar su 
canción guerrera, prosiguiendo hasta hallarse el barco a 
cuatrocientas yardas. Como no parecían tener intención 
de atacarnos, no quise que se les hiciera daño; mas 
perneé que alejarse dejando impune la bravata habría 
de producir mal efecto ^i cundía entre los de tierra. 
Para haceries ver, por tanto, que estaban aún bajo nues- 
tro poder, aunque mucho más allá del alcance de las 
armas arrojadizas que ellos conocían, hice virar al bar- 
co y lancé por encima de sus cabezas un cañonazo de 
a cuatro. Rompió el agua el tiro y siguió a ras de la 
misma hasta llegar a gran distancia de las canoas; esto 
les impuso terror, y comenzaron a huir bogando sin 
volver la cabeza una sola vez. 

Hacia las dos de la tarde vimos una isla bastante 
alta por el O., y a las cinco, más islas de rocas al oeste 
de la anterior. Ceñimos el viento con objeto de salvar^ 
las todas, pero no nos fué posible doblarlas antes de 
anochecer. En vista de esto enmendamos el rumbo y 
navegamos entre ellas y la tierra. A las siete nos hallá- 
bamos a la altura de la primera, de la que vimos venir 
una doble canoa, o mejor dicho, dos canoas acopladas 
a un pie de distancia una de otra y cubiertas de tablo- 
nes que formaban un puente. No bien zarpó comenzó 
a navegar a la vela con dirección al barco; era la prime- 
ra embarcación de esta clase que habíamos visto desde 
que saliéramos de los mares del S. Cuando llegó a nos- 
otros entraron en seguida los de a bordo en conversa- 
ción con Tupia, y nos pareció que se presentaban en 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 49 

amistosa disposición; pero en cuanto obscureció acer- 
caron la canoa al costado del barco, lanzaron una gra- 
nizada de piedras sobre nosotros y regresaron a la cos- 
ta a remo. 

Supimos por Tupia que los de la canoa conocían a 
la isla por el nombre de Mowtohora; es de escasa cir- 
cunferencial aunque alta/y dista seis millas de la tierra; 
por el S. hay fondeadero en catorce brazas de agua. 
Sobre la tierra, al SO. O. de esta isla y aparentemeste 
no lejos del mar, hay una alta montaña, a la que llama- 
mos Monte Edgecombe; levántase en el centro de una 
amplia llanura, por lo cual se hace muy visible; su lati- 
tud es de 37" 59', y su longitud, de 193** T. 

Jueves 2, 

Cuando navegábamos hacia el O. advertimos de 
pronto que disminuía la profundidad de diez y siete a 
diez brazas, y sabiendo que no estábamos lejos de las 
pequeñas islas y de las rocas que habíamos visto antes 
de cerrar el día, y las cuales me había yo propuesto 
doblar antes de ponerme a la capa para pasar la noche, 
juzgué más prudente virar y esperar el día junto a 
Mowtohora, donde sabía que no había peligro. Fué 
ocurrencia feliz el hacer esto, porque a la mañana, a 
poco de hacernos a la vela con rumbo O., descubrimos 
por la proa varias rocas, algunas de las cuales enrasa- 
ban el agua, en tanto que otras no llegaban a romper: 
hállanse al NNE. del Monte Edgecombe, a legua y me- 
dia de la isla Mowtohora y a nueve millas de tierra. 
Pasamos entre las rocas y tierra con siete a diez brazas 
de agua. 

Aquella mañana viéronse muchas canoas y mucha 
gente a lo largo de la costa; siguiéronnos algunas de 
ellas; pero ninguna pudo alcanzamos, con excepción de 
una de vela, que resultó ser la misma que nos apedrea- 
ra la noche anterior. De nuevo entablaron los de a 
bordo conversación con Tupia; mas recelamos una nue- 

JAMES cook: primer viaje. — T. II 4 



50 JAMESCOOK LIB. II 

va {rranizada de sus municiones, que a nada podían da- 
ñar sino a las ventanas de la cámara. Prosiguieron cosa 
de una hora paralelamente al barco y se condujeron 
muy pacíficamente; pero al cabo nos hicieron el saludo 
que esperábamos; contestárnoslos con un tiro al aire, 
e inmediatamente viraron y nos dejaron, tal vez más sa- 
tisfechos por haber demostrado su valor insultando dos 
veces a un barco tan superior al suyo que intimidados 
por el tiro. 

A las diez y media pasamos entre la tierra y una isla 
plana y baja; la distancia entre una y otra era de cua- 
tro millas y de diez a doce brazas la profundidad del 
ag^a. 

La tierra que se extiende entre esta isla baja y 
Mowtohora es de altura moderada, pero llana, sin bos- 
que y llena de plantíos y pueblos. Los pueblos, que 
eran más garandes que todos los que habíamos visto, 
hallábanse construidos sobre eminencias cercanas al mar 
y fortificados por la parte de tierra con un baluarte y un 
foso, en el que había una alta empalizada que lo circun- 
daba por completo; más allá del baluarte, foso y empa- 
lizadas parecía haber en algunos trabajos de defensa. 
Tupia tenía lá idea de que los pequeños cercados o 
empalizadas, así como un foso que habíamos visto an- 
tes, eran moráis^ o lugares de culto; pero nosotros éra- 
mos de opinión que se trataba de fuertes, y dedujimos 
que aquellas gentes tenían enemigos en la vecindad y 
vivían siempre expuestos a sus ataques; a las dos dobla- 
mos una pequeña isla alta situada a cuatro millas de un 
elevado y redondo promontorio de la tierra. Desde 
este promontorio extiéndese la tierra al NO. más allá 
del alcance de la vista, siendo el terreno quebrado y 
montuoso. 

Como el tiempo estaba brumoso y soplaba el viento 
fuerte sobre la costa, viramos con rumbo a la isla más 
occidental que se hallaba a la vista, y que marca- 
ba NNE. a seis o siete leguas de nosotros. 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 51 

Viernes 3. 

Frente a esta isla, a la que llamé El Mayor, pasamos 
la noche. A las siete de la mañana marcaba S. 47^ E. a 
seis le^aSy y una agrupación de rocas y pequeñas islas 
que se hallaba a una legua marcaba N. 45^ E.; a esta 
agrupación le dimos el nombre de Corte de Aldermen 
(Corte de los Corregidores). No ocupa más de media 
legua en todas direcciones y se halla a cinco de tierra; 
entre ambas existen otras islas, desnudas y estériles la 
mayor parte de ellas; algunas tienen circunferencia tan 
escasa como el Monumento de Londres, pero se levan- 
tan mucho más sobre el agua, y otras se hallan habita* 
das. Su latitud es de 36^ 51\ y marcaban a mediodía 
S. 60^ E. a tres o cuatro leguas. Una roca que parece 
un castillo, próxima a tierra, marcaba N. 40^ O. a una 
legua de distancia. El país por el que habíamos pasado 
la noche antes parecía hallarse bastante poblado; había- 
mos visto muchos pueblos y varios cientos de grandes 
canoas varadas en la playa; pero aquel día, luego de 
haber avanzado unas quince leguas, presentábase el te- 
rreno inhospitalario y desnudo. Todo el territorio que 
habíamos costeado desde el Cabo Turnagain hallábase 
bajo el dominio de un jefe llamado Teratu, cuya resi- 
dencia nos señalaron hacia un punto que nos pareció 
hallarse muy hacia el interior, aunque luego supimos 
que no era así, 

A eso de la una vinieron tres canoas de tierra con 
veintiún hombres. La construcción de estas embarca- 
ciones parecía más sencilla que las de aquellas que ha- 
bíamos visto antes, pues no eran otra cosa que troncos 
de árboles ahuecados por la acción del fuego, sin nin- 
guna obra interior ni adorno. La gente de a bordo ve- 
nía casi desnuda y parecía de tez más bronceada; pero 
desnudos y míseros como se presentaban, entonaron su 
canto de reto y parecieron emplazarnos con fatal des- 
trucción; quedáronse, sin embargo, algún tiempo fuera 



52 J A M € S C Oi o K LIB. n 

del alcance de las piedras, y aventurándose lue^fo a 
acercarse más con menos demostraciones de hostilidad, 
asomóse uno de nuestros hombres al costado del barco, 
coa intención de echarles un cable; juzgaron oportuno, 
sin embarg^Oy devolver esta cortesía arrojando sobre él 
ima lanza, que hubo de marrarles; inmeaiatamente lan- 
zaron otra sobre el barco; en vista de esto se disp^'ó 
un tiro de mosquete, que los hizo huir al instante. 

Hacia las dos vimos abrirse una ría, hada la cual nos 
dirigimos; temamos entonces cuarenta y una brazas, que 
fueron decreciendo gradualmente hasta nueve cuando 
nos hallábamos a milla y media de una alta roca en for- 
ma de torre que yace junto a la punta sur del brazo de 
mar; esta roca y la más septentrional de la Corte de Al- 
dermen se hallan en la misma dirección S. 62"* E. 

A las siete de la tarde anclamos en siete brazas, jun- 
to a la punta sur de la bahía y en el interior de la mis- 
ma: a este lugar nos acompañaron varias canoas y gen- 
tes análogas a las que acabábamos de ver, que se con- 
dujeron muy politicamente. Mientras que rondaban en 
tomo de nosotros se mató desde el barco un pájaro que 
iba nadando por el agua; manifestáronse al ver esto 
menos sorprendidos de lo que esperábamos, y reco- 
giendo el pájaro, lo ataron a un sedal que colgaba de 
popa; en señal de agradecimiento por este favor les di- 
mos una pieza de paño; pero a pesar de esta demostra- 
ción del poder de nuestras armas de fuego y del inter- 
cambio de amabilidades, tan pronto como obscureció 
prorrumpieron en su canto bélico y trataron de llevar- 
se la boya del ancla. Disparáronse al aire dos o tres 
mosquetes, pero esto más pareció irritarlos que asus- 
tarlos, y se alejaron amenazándonos con volver a la 
mañana siguiente con refuerzos y matarnos a todos; 
al mismo tiempo enviaron un bote con dirección a 
otro punto de la bahía para pedir auxilio, según nos 
dijeron. 

Había cierta apariencia de generosidad, asi como de 



III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 53 

viifer^ ea el hecho de anwciarnoii el momento on que 
pensabao atacarnos; mas todo el crédito que eato pudo 
valerles lo perdkroa al venir sigilosamente hacia nos- 
otros por la noche» cuando estaban seguros de hallar* 
no9 dcirmidos; al aproximarse al barco advirtieron su 
error» y relirif onse ún decir paU>ra» pensando que ha- 
bían venido demasiado temprano; volvieron a poco» y 
viéndose de nuevo chasqueados se alejaron* tan ea st- 
leneÍQ como antes. 

Sábado 4. 

No bien amaneció di^ustéronse a realizar por la 
fuerza lo que en vano intentaran sigilosos y mteros: no 
menos de doce canoas vinieron hacia nosotros, con 
ciento cincuenta hombres» todos armados con picas» 
lanzas y piedras. Como nada podían hacer hasta llegar 
junto al barco» ordenóse a Tupia que parlamentara con 
ellos y los disuadiese» si era posible» de su propósito; 
dunmte el diálogo mostráronse unas veces amigos y 
otras hostiles; por fin empezaron a traRcar» y nosotros 
tratamos de comprarles sus armas» en lo que algunos 
consintieron: vendiéronnos dos muy fácilmente; pero 
habiendo recibido la mercancía convenida en pago de 
una tercera» negáronse a entregarla si no se les daba 
alguna otra cosa además; entregóseles una segunda 
mercancía» pero aun retuvieron el arma y pidieron otra 
cosa más. Como nos negáramos a esto empleando fra- 
ses de disgusto y enojo» el indio» con burlescos adema-^ 
nes de reto y desprecio» se apartó del barco unas cuan-^ 
tas yardas. Proponiéndome permanecer cinco o seis 
días en este lugar para observar el tránsito de Mercu- 
rio» hizose imprescindible prevenir futuras agresiones 
mostrándola que no podía maltratársenos impunemen- 
te; disparáronse sobre el ladrón varios tiros de perdi- 
gones y uno de bala» que atravesó la obra de su bote; 
alejóse entonces cien yardas más» sin que» con gran ex- 
trañeza nuestra» se dieran por enterados los de las otras 



54 JAMESCOOK LIB. 11 

canoas de la herida que había recibido su compañero, 
aunque sangraba mucho; acercáronse de nuevo al bar- 
CO9 por el contrarío» y continuaron traficando con la 
mayor indiferencia y tranquilidad. Nos vendieron mu- 
chas armas, sin tratar de engranarnos otra vez; al cabo 
uno de ellos juzgó conveniente, sin embargo, separar- 
se de nosotros con dos piezas de paño que se le habían 
dado por un arma sola; cuando se hallaba a cien yar- 
das de distancia y consideraba sejrura su presa, se le 
disparó un tiro, que acertó a dar en el bote sobre la 
linea de flotación, haciendo dos agujeros en la obra; 
esto bastó para que se apresurase a tomar los remos y 
huir con gran presteza, haciendo lo mismo las demás 
canoas. 

Para acabar de demostrarles nuestra superioridad, 
disparamos sobre ellos un cañonazo, y ninguna de las 
canoas paró hasta llegar a tierra. 

A eso de las diez salí con dos botes para sondar la 
bahía y buscar un fondeadero más conveniente, yendo 
el contramaestre en uno de ellos y yo en el otro. Diri- 
jímonos en primer término sobre la costa norte, de la 
que nos salieron al encuentro varias canoas; en tanto 
que avanzábamos iban retrocediendo, sin embargo, e 
invitándonos a que los siguiéramos; pero advirtiendo 
que iban todos armados no juzgué oportuno seguir sus 
indicaciones, y continué hacia el extremo de la bahía, 
donde vi un pueblo situado en una altura, fortificado 
como los que ya se han descrito; y habiendo fijado un 
lugar de anclaje no lejos de donde se hallaba el barco, 
regresé a bordo. 

A las tres de la tarde levamos anclas, y después de 
navegar junto a la costa anclamos en cuatros brazas y 
media de agua, con fondo suave y arenoso, en un pun- 
to desde el que marcaba dirección E. el extremo sur 
de la bahía a una milla de distancia, y al S. SE. y a 
milla y media de un río en el que pueden navegar los 
botes con la marea baja. 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 55 

Domingo 5. 

Por ia mañana vinieron de nuevo ai barco los natu- 
rales y tuvimos la satisfacción de observar que se con- 
ducían de modo muy distinto que el día anterior; entre 
ellos venia un anciano que ya se había hecho notar 
antes por su prudencia y formalidad. Su nombre era 
Toiava y parecía ser persona de rango superior; en las 
transacciones de la mañana anterior habíase conducido 
honorablemente y mostrado buen sentido, habiendo 
permanecido junto al barco en una pequeña canoa y 
tratádonos como el que no se propone engranar ni sos- 
pecha que le defrauden; convencióse a este hombre y 
a otro de que subieran al barco, y accedieron a entrar 
en la cámara, donde reg'alé a cada uno una pieza de 
paño inglés y algunos tornillos. Me dijeron que los in- 
dios estaban muy amedrentados de nosotros, y por 
nuestra parte les prometimos ser sus amigos si se con- 
ducían pacíficamente, pues no era otro nuestro deseo 
que comprarles lo que pudieran vendernos, en las con- 
diciones que ellos señalaran. 

Después de separarse de nosotros fui con la pinaza 
y la falúa al río con objeto de echar la red, y envié al 
contramaestre en la yola para sondar la bahía y pescar 
con cerco de arrastre. Los indios que estaban en una 
de las orillas del río expresaron su amistad por todas 
las señales que pudieron ocurrírseles y nos invitaron a 
desembarcar donde ellos estaban; mas preferimos ha- 
cerlo en la otra margen, que tenía una situación más 
conveniente para tender la red y en la que podíamos 
matar pájaros, de los cuales veíamos gran número de 
especies diferentes; a eso de mediodía se aventuraron 
los indios a venir hacia nosotros, después de persuadir- 
los laboriosamente. Con la red tuvimos muy poco éxi- 
to, pues sólo cogimos unos cuantos múgiles, y con el 
cerco de arrastre, únicamente algunas conchas; pero 
matamos varios pájaros, 1q mayor parte de los cuales se 



56 JAMESCOOK LIB. II 

asemejaban a las agachadizas) con la diferencia de que 
tenían negro plumaje y patas y picos rojos. Durante 
nuestra ausencia del barco los que estaban en los botes 
vieron pelearse a dos indios: empezaron por luchar con 
sus lanzaSi pero se interpuso un anciano y se las quita» 
dejándolos que dirimieran la cuestión como los ingle- 
seS| es decir, con sus puños; boxearon con gran vigor 

}r obstinación algún tiempo; pero fueron retirándose a 
a espalda de una colina para que nuestra gente no pu- 
diera ver los incidentes del combate. 

Lunes 6. 

Por la mañana se envió la falúa para hacer la pesca 
de fondo en la bahía» y fueron un ofícial, varios solda- 
dos y hombres para cortar leña y tender la red* Los in- 
dios que se hallaban en la costa parecieron tranquilos 
y sumisos, y teníamos razones para creer que se halla- 
ban sus viviendas a considerable distancia porque no 
vimos casas y observamos que dormían bajo la maleza 
y los árboles; la bahía debe de ser un lugar al que acu- 
den con frecuencia en grupos para recoger moluscos, 
que abundan allí de modo increíble, porque donde- 
quiera que fuimos, lo mismo en las montañas que en 
los valles, en los bosques o en las llanuras despejadas, 
vimos grandes montones de conchas y muchos carga* 
mentoS) de los cuales parecían unos ser antiguos y re- 
cientes los otros. No vimos cultivos en este lugar, que 
tenía aspecto desolado y estéril; las cumbres de las co- 
linas eran verdes; pero nada se producía en ellas como 
no fuera una especie de grandes heléchos, cuyas raíces 
habían arrancado los naturales en grandes cantidades 
para llevárselas. Por la tarde siguió Mr. Banks el rio 
aguas arriba, y si en la desembocadura se mostraba 
hermoso y ancho, a unas dos millas no tenía profuhdi- 
dad bastante para cubrir los pies; y el país, a medida 
que se internaba en la tierra hacíase aún más estéril 
que en la ribera del mar. No tuvieron mejor éxito que 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 57 

el día anterior las redadas; pero los indios nos com*^ 
pensaron en cierto modo de este fracaso trayéndonos 
varías cestas de pescados, secos unos y fréseos ka 
otros; no eran muy buenos» pero ordené que se los 
compraran con objeto de animar el tráfico. 

Martes 7. 

El 7 tuvimos tan mal tiempo que nadie salió del bar- 
co, ni se acercó a nosotros ningún indio. 

Miércoles 8. 

El día 8 envié a tierra a varios hombres por leña y 
agua. Entretanto se nos acercaron muchas canoas» en 
una de las cuales venía nuestro amigo Toiava; apenas 
había llegado al costado cbl barco vio venir de la 
opuesta orilla de la bahía dos canoas, lo cual le hizo re- 
gresar a la costa apresuradamente con todas sus canoas» 
dícíéndonos que temía a los que llegaban. Esto fué otra 
prueba de que la gente de este país se hallaba en per- 
petuas luchas. Al poco tiempo» sin embargo» volvió 
por haber descubierto que la gente que le hiciera con- 
cebir alarma no ^a la que él había supuesto. Los natu- 
rales que vinieron al barco aquella mañana nos vendie- 
ron por unas cuantas piezas de paño tal cantidad de 
congrios que pudo gustarlos toda la tripulación» y re- 
sultaron los mejores que se habían comido. A mediodía 
observé la distancia cenital del Sol con un cuadrante 
astronómico, obteniendo la latitud de dó"" 47' 43" a la 
entrada sur de la bahía. 

Mister Banks y el Dr. Solander fueron a tierra y re- 
cogieron gran variedad de plantas completamente des- 
conocidas;: y como no regresaron hasta el anochecer» tu- 
vieron ocasión de ver la manera que tenían los indios 
de pasar la noche. No tenían otro refugio que el ramaje 
de unos arbustos; tas mujeres y los niños se acomo- 
daban en el interior o en la parte más alejada del mar; 
los hombres se colocaban en semicírculo a su aire- 



58 JAMESCOOK LIB. II 

dedor y dejaban sus annas apoyadas en los árboles, 
al alcance de su mano, en una forma que denotaba re- 
celaban el ataque de al^n enemigo no muy distante. 
Descubrieron también que no reconocían la autoridad 
de Terato ni de ningún otro; como en este particular 
diferían de todos los que habíamos visto en otras par- 
tes de la costa, presumimos que fueran una horda de 
insurrectos rebelados contra Terato, en cuyo caso era 
natural que no tuvieran viviendas ni terrenos cultivados 
en ninguna parte. 

Jueves 9. ' 

El 9 al amanecer llegáronse al barco muchas canoas 
cargadas de congrios de dos clases: una exactamente 
igual a la que se pesca en Inglaterra, y la otra, algo dis- 
tinta; sospechamos que habrían hallado algún gran ban- 
co de estos pescados y traidonos lo que les sobraba de 
su consumo, porque nos lo vendieron a muy bajo pre- 
cio. Fueron, sin embargo, muy bien acogidos por nos- 
otros; a las ocho había en el barco más pescado del 
ue podía consumir la tripulación en tres días, y antes 
e que llegara la noche había aumentado la provisión 
de tal manera, que todo el que pudo proporcionarse 
sal puso en salazón tantos como podría consumir en 
un mes. 

Después de desayunar temprano fui a tierra con mis- 
ter Green, llevando los instrumentos necesarios para 
observar el tránsito de Mercurio, agregándose a la 
expedición Mr. Banks y el Dr. Solander. El tiempo ha- 
bía estado cerrado y lluvioso varios días antes; pero 
aquél se presentó tan favorable que ni una nube em-. 
paño el cielo durante todo el tránsito. La observación 
de la inmersión se hizo solamente por Mr. Green, 
mientras que yo me ocupaba en tomar la altura del Sol 
con objeto de precisar el tiempo. Prodújose a las 7 ho- 
ras 20 minutos 58 segundos del tiempo aparente; según 
la observación de Mr. Green, el contacto interno tuvo 



a 



CAP« III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 59 

efecto a las 12-8-58; el externo, a las 12-9-55 P. M. . 
Según mis observaciones, el contacto interno se veri- 
ficó a las 12-8-54, y el externo, a las 12-9-48; la latitud 
del lugar de la observación fué 36*" 48' 5 ^l^^\ La la- 
titud observada a mediodía fué de 36^ 48' 28". La me- 
dia entre esta observación y la del día anterior daba 
36^. 48' 5 ^/s" S. para latitud del lugar de observación; 
la declinación de la brújula fué de 11^ 9' E. 

A mediodía nos alarmó el oír un cañonazo de a bor- 
do; Mr. Gore, mi segundo teniente, tenía entonces el 
mando del barco, y la explicación que me dio fué la 
siguiente: mientras estaban comerciando con nuestra 
gente los indios de varías pequeñas canoas, vinieron 
hacia el navio dos muy grandes llenas de hombres, pues 
una de ellas traía cuarenta y siete tripulantes, todos ar- 
mados de picas, dardos y piedras y animados, según 
todas las apariencias, de intenciones belicosas; parecían 
ser extranjeros y más conscientes de la superioridad 

aue sobre nosotros les daba su número que recelosos 
e la que sobre ellos pudieran darnos nuestras armas; 
E ero no iniciaron el ataque, sin embargo, tal vez por 
aberse enterado de la gente de las otras canoas, con 
la que conferenciaron inmediatamente, de la clase de 
enemigos con quienes tenían que habérselas. Al cabo 
de un rato empezaron a comerciar, ofreciendo sus ar- 
mas algunos de ellos, y cierto individuo, una pieza cua- 
drada de paño que forma parte de su vestidura, llama- 
da haahotv; compráronseles varias armas, y luego de 
convenir Mr. Gore en la compra de un haahow hizo en- 
trega del precio, que consistía en un trozo de paño bri- 
tánico, y se quedó esperando su mercancía; pero tan 
pronto como los indios se hallaron en posesión de la 
tela de Mr. Gore rehusaron desprenderse de la suya,- y 
se marcharon en su canoa; al ser amenazados por este 
fraude empezaron el defraudador y sus compañeros a 
entonar su canto guerrero con gesto provocador y em- 
puñaron sus remos; mas no iniciaron el ataque, sin em- 



6Q JAMESCOOK LIB. II 

.bargo» desafiando exclusivamente a llk. Gore para que 
tomara las medidas que estuvieran a su alcance» cosa 
que le irritó de tal manera que di^>aró un tira de bala 
sobre et ofensor, mientras que éste levantaba la pren- 
da en su mano, y le dejó muerto. Fué lástima que no 
ensayara el efecto de un tiro de perdigfones e» aquella 
ocasión, que en tantas otras había producido tan buen 
resultado. 

Al caer el indio todas las canoas se distanciaron; 
pero como no se iban se presumió que tal vez' aun me- 
ditaran un ataque. Con objeto de que el bote pudiera 
dirigirse a tierra en seguridad, disparóse un cañonazo 
al aire, que produjo el efecto apetecido y los puso ea 
fuga* Cuando llegó a tierra la noticia de lo ocurrido se 
aUó-maron nuestro indios y se congregaron, retirándose 
en un solo grupo. Al cabo de algún tiempo, sin embar^ 
go, volvieron, ya mejor enterados del asunto, y nos di- 
jeron que el hombre que había sido muerto merecía la 
suerte que había tenido. 

Poco antes de ponerse el Sol retiráronse los indios a 
cenar, y fuimos con ellos para presenciar la comida. 
Consistió en pescado de diferentes clases, en langostas 
y algunas aves de especies desconocidas para nosotros; 
estos alimentos los comían asados o cocidos; para asar- 
los los atraviesan con una vara que hincan en el suelo 
dándole una dirección inclinada hacia el fuego, y para 
cocerlos los meten en un agujero practicado en la tie- 
rra con piedras calientes, lo mismo que nuestros ami- 
gos de Taiti. 

Entre los naturales que estaban reunidos en esta 
ocasión vimos a una mujer que, a su manera, estaba la- 
mentando la muerte* de un pariente: sentábase en el 
suelo junto a los demás, que^ con excepción de algu- 
nos, parecían no fijarse en ella siquiera; las lágrimas 
deslizábanse constantemente por sus mejillas y repetía 
en voz baja, pero en tono doliente, palabras qui ni Tu* 
pia pudo comprender; al fin de cada frase se cortdba 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 61 

los brazos, ia cara o el pecho con una condia que te- 
nia en la mano: así es que se hallaba cubierta casi por 
completo de sangfre y ofrecía uno de los más conmove- 
dores espectáculos que pueden concebirse. Los cortes 
no parecíais sin embargro, ser tan profundos como los 
que se infieren cuando se trata de difuntos familiares, 
si hemos de juzgfar por las cicatrices que vimos en los 
brazos, rodillas, pechos y me|illas de muchos de ellos, 
y que, según nos dijeron, eran consecuencia de las 
heridas que se habían inferido a sí mismos en testimo- 
ñio de su pena y aflicción. 

Viernes JO, 

Al día silente salí con dos botes, acompañado de 
Mr. Banks y álgfunos otros, para reconocer un gnai rio 
que desemboca por el centro de la bahía. Bog^amos 
cuatro o cinco millas agfuas arriba, y podríamos haber 
avanzado más si el tiempo nos hubiera sido favorable. 
Era el río a esta altura más ancho que en la boca y se 
hallaba dividido en varios brazos por pequeños islotes 
planos, cubiertos de manglares y a los cuales inun- 
dan las mareas altas (1). Estos árboles exudan una 
substancia viscosa que se parece a la resina; la encon- 
tramos primero en pequeños trozos sobre la playa, y 
entonces la veíamos colg'ando de los árboles, con lo 
cual supimos de dónde procedía aquélla. Desembar- 
camos en la orilla este del río, donde vimos un árbol en 
el que habían fabricado su nido varios cormoranes (2) 
y junto al cual resolvimos comer; matironse veinte cor- 



(1) Se conoce en castellano con el nombre de manglares a for- 
maciones veg'etales consistentes en árboles de diversas familias 
(Rhizophora, Avicennia, etc.) que crecen en el fanjfo de las costas, 
y cuyas raices y partes bajas del tronco quedan cJternadamente 
somersas o emersas, se^n las mareas. Forman a veces barreras 
impenetrables. (Nota de la ecUción española,) 

(2) El cormorán o éuervo marino as especie — que Cook no 
precisa — del arenero Phalacrocorax. (Nota de la edición española.) 



62 JAMESCOOK LIB. II 

moranesy que se guisaron alli mismo y que nos propor- 
cionaron una excelente comida. Encamínamenos iue^fO 
a las montañas, desde donde creí llegar a ver el orig^en 
del río. Una y otra margen, así como los islotes de que 
se halla el río sembrado, estaban cubiertos de man- 
glares, y las islas, arenosas, abundaban en caracoles; 
había en muchos sitios bancos de ostras, y por todas 
partes aves, principalmente cormoranes, patos, chor- 
litos y ostreros, que se han descrito ya. Vimos tam- 
bién pescado en el río, pero no pudimos distinguir 
su especie. El país a uno y otro lado del río es estéril 
en su mayor parte y se halla desprovisto de bosque; 

f>ero hacia el O. presenta mejor aspecto y en algunos 
ugares se encuentran árboles, pero no ofrece en lugar 
alguno apariencia de cultivo. Por la desembocadura 
del río y dos o tres millas aguas arriba hay buen ancla- 
je en cuatro o cinco brazas y lugares muy convenientes 
para varar un bo.te, subiendo el agua, por las mareas, 
en los cambios de Luna y en los plenilunios, unos siete 
pies. No pudimos determinar si afluía alguna corriente 
importante de agua dulce; pero vimos bajar de los 
montes adyacentes gran número de arroyuelos. Junto a 
la boca del río y en la orilla este encontramos un exi- 
guo poblado indio compuesto de pequeñas chozas pro- 
visionales. Allí desembarcamos, y fuimos acogidos con 
la mayor cortesía y hospitalidad. Nos obsequiaron con 
un marisco de concha plana, de gusto delicioso, algo 
parecido a los caracoles, y que comimos recién salido 
del fuego. Cerca de este paraje hay una elevada punta 
o península, que se interna en el río, y sobre ella se en- 
cuentran las ruinas de un fuerte que ellos llaman eppah 
o heppaK El mejor ingeniero de Europa no hubiera 
podido haber elegido una situación más apropiada para 
la defensa de unos pocos contra muchos. Lo escarpado 
de las laderas le hacían completamente inaccesible des- 
de el mar, que circunda la península por tres lados, y 
por la parte de tierra se hallaba defendido por un foso 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 63 

y un terraplén levantado sobre el borde interior; desde 
lo alto del baluarte al fondo de la zanja hay veintidós 
pies; la zanja tiene por el lado exterior catorce pies de 
profundidad y una anchura proporcionada. El conjunto 
parecía haber sido ejecutado después de gran medita- 
ción, y aun se veía una fíla de pilotes formando empa- 
lizada, tanto sobre el baluarte como en el borde exte- 
rior de la zanja; los del exterior habían sido hincados 
profundamente en el terreno y estaban inclinados hacia 
el fosOy proyectándose sobre él; pero sólo quedaban 
los más gfruesosy y en ellos se advertían las señales del 
íuegOf lo que nos hizo pensar que la posición debía de 
haber sido tomada y destruida por el enemigo. Si en 
alguna ocasión atuviera algún barco que invernar y per- 
manecer algún tiempo en estos lugares, pueden levan- 
tarse tiendas, pues hay suficiente espacio y grandes ven- 
tajas estratégicas, que lo hacen inexpugnable aunque 
le atacaran todos los del país. 

Sábado 11. 

El día 11 llovió tanto y reinó tal viento que no salió 
ninguna canoa. Nosotros enviamos, sin embargo, a la 
falúa en busca de las ostras de un banco que habíamos 
descubierto el día antes; no tardó en regresar la em- 
barcación abarrotada; las ostras, que eran tan buenas 
como las mejores de Colchester y casi del mismo tama- 
ño, se depositaron sobre cubierta y la tripulación no 
hizo más que comer de ellas desde que llegaron hasta 
la noche, con lo cual dicho se está que se consumieron 
en su mayor parte; esto, sin embargo, no nos inquietó 
porque sabíamos que no sólo el bote, sino el barco po- 
día haberse cargado en el espacio de una marea, pues 
los bancos se hallan secos hasta en las aguas medias. 

Domingo 12. 

En la mañana del domingo se nos acercaron dos ca- 
noas llenas de indios desconocidos, pero que demos- 



64 JAMESCOOK LIB. II 

traban haber oído hablar de nosotros por 4a cautela 
con que se nos aproximaron. Al invitarios a ponerse 
al costado del navio haciéndoles cuantas señales de 
amistad nos fué posible mostrarles, atreviéronse al 
cabo y dos subieron al barco; los demás traficaron re- 
Ifularmente con lo que traían; una pequeña canoa vino 
de la orilla opuesta de la bahía y nos vendió algfunos 
pescados grandes, dándonos a entender que los hubie- 
ran traído el día antes, que era cuando los habían co- 
gido, a no ser porque el fuerte viento les había impe- 
dido hacerse a la mar. 

Después de almorzar fui con la pinaza y la yola,' 
acompañado de Mr. Banks y el Dr. Solander, a la cos- 
ta norte de la bahía para tomar una ^ista del país y 
contemplar dos ciudades fortificadas que habíamos di- 
visado a cierta distancia. Desembarcamos al pie de una 
de ellas, cuya situación era de lo más hermoso y pinto- 
resco que puede imaginarse; hallábase construida so- 
bre una pequeña roca destacada de la tierra y rodeada 
por el mar en las altas mareas. La masa total de esta 
roca estaba perforada por un hueco que ocupaba la 
mayor parte de ella; la clave del arco estaba a sesenta 
pies sobre el mar y en la marea alta la invadían las 
aguas hasta la cima; toda la parte superior de la roca 
sobre el arco estaba defendida en la forma habitual; 
pero el área sólo era capaz para cinco o seis casas; em 
accesible por una estrecha y empinada senda, por don- 
de bajaron los habitantes al llegar nosotros, y nos invi- 
taron a entrar; pero rehusamos, pues nos proponíamos 
visitar un fuerte mucho más importante de la misma 
clase que estaba a una milla de distancia. Hicimos, sin 
embargo, algunos regalos a las mujeres, y entretanto 
vimos a los habitantes del pueblo a que nos dirigíamos 
venir a nosotros en un grupo compuesto de hombres, 
mujeres y niños en número de ciento; cuando ya esta- 
ban al alcance de la voz agitaron sus manos y grita- 
ron: Horomailf después de lo cual se sentaron entre los 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 65 

arbustos que había cerca de la playa; aquellas cere- 
monias se DOS dijo que eran signos indudables de su 
amistosa disposición. Avanzamos hacia el lugar en que 
estaban sentados, y cuando estuvimos a su lado les ni- 
cunos alffunos regíalos y les pedimos Ucencia para vi- 
sitar su heppah; accedieron con gran alegría, que se 
patentizaba en sus semblantes, e inmediatamente nos 
marcaron el camino. El pueblo se llama Wharretouwa 
y está ñtuado sobre un alto promontorio que avanza 
sobre el mar en la ribera norte de la bahía y no lejos 
del centro de la misma; dos flancos del promontorio 
huíanse bañados por el mar y son completamente in- 
accesibles; los otros dos caen a la parte de tierra; so- 
bre uno de ellos, que es el mas escarpado, se extiende 
la avenida qu^ conduce a la playa; el otro es llano y se 
abre al país sobre una colina de estrecha cumbre; el 
conjunto está cercado por una barrera de diez pies de 
elevación, formada con fuertes pilotes atados con mim- 
bres. El flanco vulnerable, que se abre a la parte de 
tierra, está también defendido por un doble foso, en 
el más interior de los cuales se levanta un dique y una 
barrera adicional; las empalizadas interiores se alzan 
sobre el baluarte inmediato al pueblo; pero a distancia 
bastante de la cima del banco para que los hombres 
dispongan de espacio para moverse y manejar sus ar- 
mas; las barreras más exteriores se hallan entre los dos 
fosos y los pilotes, oblicuamente dispuestos con rela- 
ción al terreno, de manera que los extremos superiores 
se proyectan sobre el foso interior; la profundidad de 
este foso desde el fondo al coronamiento del banco es 
de veinticuatro pies. Junto a la empalizada más interior 
hay una plataforma de veinte pies de altura, cuatro de 
longitud y seis de anchura; apóyase sobre fuertes pos- 
tes y tiene por objeto servir de base a los que defien- 
den la fortaleza, que desde ella pueden hostilizar a los 
asaltantes con dardos y piedras, de los que hay abun- 
dante (NTovisión en grandes montones. Otra plataforma 

JAMES COOKt PRlMn VIAJE.— T. II 5 



66 JAMESCOOl^ LIB. 11 

de ia misma clase domina la empinada avenida de la 
playa y se halla también dentro de la empalizada; so- 
bre este lado de la colina hay algfunas pequeñas trin- 
cheras y guaridas, no como aefensas avanzadas, sino 
Eara servir de refugio a las gentes que, necesitando ha- 
itación, no pueden ser acomodadas en el interior de 
la fortaleza, pero que desean colocarse bajo su protec- 
ción. Las empalizadas, como ya se ha observado, circun- 
dan toda la colina tanto por la parte de mar como por 
la de tierra; pero como el terreno que encierran fué de 
monte, no ha sido nivelado, sino dividido en bancales 
escalonados que forman anfiteatro, hallándose cada 
cual defendido por su respectiva empalizada; comuni- 
can unos con otros por estrechas sendas que pueden 
interceptarse fácilmente, de manera que;ii un enemigo 
forzase la barrera exterior tendría que llevarse por de- 
lante otras varias antes de que pudiera invadir la tota- 
lidad de la fortaleza, suponiendo que estos niveles es- 
calonados se defendieran con tenacidad sucesivamen- 
te. La única entrada es un estrecho paso de doce pies 
de longitud, que comunica con la empinada rampa de 
la playa; pasa por debajo de una de las plataformas 
defensivas, y aunque no vimos nada que se pareciese 
a una puerta o a una verja, puede cortarse fácilmente 
de un modo tal que el intento de forzarlo habría de 
constituir una empresa difícil y arriesgada. En definiti- 
va, debe ser considerado este lugar como una posición 
muy -fuerte en la que unos pocos hombres resueltos 
pueden defenderse contra toda la fuerza que puede 
desplegar un pueblo que cuenta con armas de la clase 
que se na descrito. Parece hallarse la fortaleza suficien- 
temente provista para un sitio de todo cuanto pueda 
precisar, con excepción de agua; vimos grandes canti- 
dades de raíces de helécho, que ellos comen en vez de 
pan, y de pescado seco apilado en montones; pero no 
pudimos percibir que tuvieran cerca más agua dulce 
que la de un arroyuelo que corre al pié del monte; y 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 67 

si disponea de medios para tomar el agua desde la pía* 
za durante un sitio o si poseen aigún sistema para al- 
macenarla en calabazas o en otras vasijas dentro de 
las obras» no pudimos saberlo; tienen, desde luego, al- 
gún recurso para proporcionarse este artículo tan indis- 
pensable y necesario a la vida, porque de otra suerte 
carecería de objeto aquel almacén de provisiones se- 
cas* Al expresar el deseo de ver su método de ataque 
y defensa, uno de los muchachos subió a una de las 
plataformas de combate, que ellos llaman porooQ^ y 
otro se situó en el foso; tanto el que defendía la plaza 
como el que la atacaba entonaron su canción guerrera 
y bailaron con las mismas espantosas gesticulaciones 
que estábamos acostumbrados a ver en más serías cir- 
cunstancias, a fin de alcanzar un grado de furor que en 
todas las naciones salvajes es necesario preludio de la 
batalla; porque el valor sereno, la energía espiritual 
capaz de sobreponerse a la sensación del peligro, sin 
un acceso de rabia animal que la domine, parece ser 
privilegio de los que se inspiran en altas miras y con- 
ciben proyectos de importancia duradera, y arguyen 
un sentido del honor y de la desgracia más fino que el 
que pueden formar o abrigar hombres que experimen- 
tan escasas penas o placeres fuera de los peculiares a 
una vida exclusivamente animal, y no conciben otro 
propósito que el de procurarse lo necesario para el día 
corriente, efectuar un robo o vengar un insulto; mar- 
chan uno contra otro a sangre fría, ciertamente, pero 
necesitan encenderse en ira antes de empeñar comba- 
te; asi como entre nosotros ha habido muchos ejemplos 
de hombres que se han embriagado deliberadamente 
para ejecutar un designio concebido, cuando estaban 
serenos, pero que en tal situación nunca se hubieran 
atrevido' a emprender. 

En uno de los flancos de la colina, cerca de la empa- 
lizada, vimos medio acre de terreno plantado de ca- 
labazas y batatas, que era el único cultivo de la ba- 



68 JAMESCOOK LIB. II 

hía; al pie del promontorio en que se levanta esta 
fortaleza hay dos rocas, separada la una de tierra y no 
completamente destacada la otra; son ambas pequeñas 
y parecen más a propósito para ser habitadas por pá- 
jaros que por hombres; hay, sin embargó, en ellas ca- 
sas y obras de defensa. Vimos otros muchos trabajos 
de esta especie sobre pequeñas islas y rocas, asi cobu> 
en las cimas de las colinas, en diferentes p«ies de la 
costa, a más de otros pueblos fortificados, que pareciaB 
muy superiores al que se ha descrito* 

La perpetua hostilidad en que tienen que vivir por 
necesidad estos pobres salvajes, que han hecho un fuer- 
te de cada pueblo, viene a explicar el que tendrán tan 
poco terreno en estado de cultivo; y como se infieren 
reciprocamente frecuentes daños, es posible que la es- 
casez del terreno cultivado que poseen explique el he- 
cho de que vivan en perpetua hostilidad. Pero es extra- 
ño que la inventiva y diligencia que han empleado en 
la preparación de estos lugares tan admirablemente 
adaptados a la defensa, casi sin instrumentos, no les 
hayan valido, mirando a la misma necesidad, para pro- 
porcionarse una sola arma arrojadiza, como no sea la 
lanza, que tiran con la mano; carecen de arcos con que 
disparar los dardos, asi como de hondas para lanzar pie- 
dras; cosa tanto más sorprendente cuanto que la inven- 
ción de las hondas, arcos y flechas es mucho más fácil 
que la de las obras que esta gente construye, y que 
estas dos clases de armas se encuentran en naciones 
mucho más primitivas y en casi todas las demás partes 
del mundo. Además de la larga lanza y del patu'patu, 
que ya se han mencionado, usan una maza de cinco 
pies de longitud, a veces apuntada como una alabarda 
y otras sólo aguzada por uno de sus extremos y ensan- 
chada por el otro afectando la forma de la pala de un 
remo. Tienen también otra arma, un pie más corta que 
ésta, apuntada en un extremo y afilada por el otro en 
forma de hacha. Las puntas de las largas lanzas se ha- 



CAP* III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 69 

Han dentadas, y las empañan con tal fuerza y agilidad 
que, armados eon ellas, sólo podríamos hacerles frente 
con nn mosquete carg^ado. 

Después de tomar a la ligera una vista del país y 
de cargar los dos botes de apio, que encontramos en 
gran abundancia en la playa, volvimos de nuestra ex'- 
civsión y a eso de las cinco de la tarde regresamos a 
bordo. 

Miércoles 75, 

EX 15 salimos de la bahia, con varias canoas a los 
costados del barco, en una de las cuales iba nuestro 
amigo Toiava, el cual nos dijo que tan pronto como se 
alejara de nosotros tenía que guarecerse en su fuerte, 
parque los amigos del hombre a quien matara Mr. Gore 
el día 9 le habían amenazado con vengar en él aquella 
muerte, a más de vituperarle por ser nuestro amigo. 
Junto a la punta norte de la bahía, por la parte de fue- 
ra, vi gran número de islas de variada eictensión, que 
se hallan esparcidas hacia el NO. paralelamente a tie- 
rra y hasta perderse de vista. Puse rumbo NE. enfilan- 
do la más nordeste de las islas; pero el viento NE. que 
soplaba nos obligó a salir mar afuera. 

A la bahía que acabábamos de dejar le di el nombre 
de Bahía Mercurio, con motivo de la observación que 
en ella habíamos hecho del tránsito de este planeta so- 
bre el Sol. Se halla en la latitud de 36^ 47' S. y en la 
longitud de 184'' 4' O.: hay varias islas al norte y al 
sur de ella y una pequeña isla o roca en el medio de La 
entrada; por la parte de adentro de esta isla la profun- 
didad del agua no excedía de nueve brazas; el mejor 
anclaje está en una cala arenosa que se halla hacia el 
interior del recodo que forma la punta sur, en cuatro y 
cinco brazas, y debe ponerse el barco en la línea que 
determina una elevada roca que se halla situada al exte- 
rior de la punta, con esta punta, o guarecerse detrás de 
eHa. Este lug*ar es muy conveniente tanto por Ja made- 



70 J A M E S C o o K LIB. f f 

ra como por ia aguada, y en el río hay una inmensa can- 
tidad de ostras y otros moluscos; por esta razón le he 
dado el nombre de Río de las Ostras. Pero si un barco 
ha de permanecer en este sitio algún tiempo» el lugar 
mejor y más seguro se halla en el río de la punta de la 
bahiai rio al que por el número de manglares que crecían 
en sus islotes y márgenes di el nombre de Río de los 
Manglares. Para navegar hacia el interior de este rio es 

f>reciso bordear constantemente la orilla sur. El país de 
a margen oriental del río y de la bahía e^ muy estéril» 
consistiendo en heléchos su única producción y en unas 
cuantas especies propias |del terreno pobre. La tierra 
de la costa noroeste se halla cubierta de bosque, y sien* 
do el suelo mucho más fértil ha de producir todo lo 
necesario a la vida dándole el cultivo adecuado; no es 
tan fértil, sin embargo, como las tierras que habíamos 
visto hacia el S., ni los habitantes, aunque numerosos, 
tienen tan buen aspecto; no existen plantaciones; las 
canoas son mediocres y carecen de adorno; loa natura- 
les duermen al aire libre y dicen que si Teratu, cuya 
soberanía no reconocen, se acercara a ellos le matarían. 
Esto vino a corroborar nuestra opinión de que eran in- 
surgentes; dijéronnos, sin embargo, que tenían heppahs 
o fuertes, a los que se retiraban cuando se veían en pe- 
ligro inminente. 

Encontramos sobre la costa, en diferentes partes de 
la bahía, grandes cantidades de arena ferruginosa, que 
viene transportada por todos los pequeños arroyos de 
agua dulce que por allí circulan; esto constituye una 
demostración de que existe mineral de esta clase en el 
interior; pero ni los habitantes de esta parte ni ninguno 
de los que habíamos visto en otros puntos de la costa 
conocen el uso del hierro ni le atribuyen el menor 
valor; todos prefieren el objeto menos valioso, no 
sólo aun clavo, sino a cualquier instrumento de ese 
metal. 

Antes de dejar la bahía grabamos en uno de los ár- 



CAP. III PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 71 

boles próximos al lug^ar de la aguada el nombre del 
barco y el del capitán, con la fecha del año y del mes 
en que allí estuvimos; y después de desplegar la ban- 
dera inglesa, tomé posesión solemnemente de la bahía 
en nombre de S. M. Británica el Rey Jorge III. 



CAPÍTULO IV 



Viaje desde Bahía Mercurio a la Bahía de las Islas. — Excursión 
por el rio Támesis. — Breve noticia de los indios que habitan 
sus márjrenes y de la hermosa madera que en ellas se produ- 
ce. — Entrevistas con los naturales en diversos puntos de la cos- 
ta y relación de la escaramuza que con ellos tuvimos en una isla» 



Noviembre de 1769. — Sábado 18. 

Continué ciñendo el viento dos días para mantenerme 
cerca de tierra, y el 18 a eso de las seis de la mañana 
nos hallábamos frente a un promontorio muy visible, 
en la latitud de 36^ 23' y en dirección N. 48"* O. con 
la punta norte de Bahía Mercurio o Punta Mercurio, 
que se hallaba a nueve legfuas; sobre el jM'omonto- 
rio había mucha gfente, que parecía no fijarse en nos* 
otros, pero que hablaba muy animadamente. A la media 
hora destacáronse varías canoas de diversos puntos 
con dirección al barco; al ver esto, los que había en la 
punta embarcaron también y en número de veinte di- 
rigiéronse hacia nosotros. Cuando dos de las canoas, 
en las que podría haber sesenta hombres, se acercaron 
bastante para que se oyera la voz, entonaron su canto 
de gfuerra; pero viendo que no les hacíamos el menor 
caso nos arrojaron unas cuantas piedras y tornaron a 
tierra. Abrígamos la esperanza de habernos librado de 
ellos; pero no tardaron en volver con la intención re- 
suelta de provocamos a la lucha, animándose con su 
canto, cual antes hicieron. Tupia, sin que nada se le di- 
jera, situóse en la popa y empezó a dirígiríes la palabra; 



74 JAMESCOOK LIB« II 

dijoles que teníamos armas capaces de destruirlos en 
un momento y que si se aventuraban a atacarnos ha- 
bríamos de vernos obligados a usarlas. 

En esto empezaron a blandir sus armas y gritaron en 
su lengua: «Venid a tierra y os mataremos a todos.» 
«Bien — dijo Tupia — ; pero ¿por qué nos molestáis, 
cuando estamos en el mar?; nosotros no queremos lu- 
char y no aceptaremos vuestro reto de ir a tierra; aquí 
no hay motivo de contienda porque el mar es tanto 
vuestro como del barco.» Esta elocuencia de Tupia, 
que hubo de sorprendernos porque no le habíamos 
inspirado los argumentos que empleó, no hizo efecto a 
nuestros enemigos, que no tardaron en renovar sus pro- 
vocaciones; disparóse un mosquete contra una de sus 
canoas, y esto fué un argumento de suRciente peso, 
porque inmediatamente viraron y nos dejaron. 

Desde la punta frente a la cual hos hallábamos a la 
sazón se extiende la tierra en dirección O. 45^ S. en 
una legua, y luego hacia el S. SE., hasta perderse de 
vista. Además de las islas que había entre nosotros y 
el mar pudimos divisar tierra por el SO. y en redondo 
hasta el NO.; pero no nos fué posible determinar si lo 
que veíamos eran islas o pertenecía a la masa princi- 
pal de tierras: el temor de perder éstas, sin embargo, 
me decidió a seguir su dirección. Con esta mira doblé 
la punta y tomé rumbo S.; pero como soplaban ligeros 
vientos variables, apenas avanzamos. A eso de la una 
saltó una brisa del E. que se corrió al NE., y fuimos 
costeando con rumbos SE. y SSE. con diez y ocho a 
veinte brazas de agua. 

Poco después de las siete y media de la tarde, des- 
pués de haber avanzado siete u ocho leguas desde 
mediodía, anclé en veintitrés brazas, renunciando a 
seguir en la obscuridad, pues tenía tierra por ambos 
lados, que parecía formar la entrada de un estrecho, 
bahía o río que llevaba dirección SE., porque en este 
rumbo no pudimos divisar tierra. 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 75 

Domingo 19, 

Al romper el dia 19, siéndonos aún favorable el 
viento, levamos anclas y nos diríamos con buen viento 
hacia el brazo de mar, manteniéndonos lo más cerca 
posible de la costa oriental. A poco yjinieron de tierra 
dos garandes canoas: sus tripulantes dijeron conocer 
muy bien a Toiava, y llamaron a Tupia por su nombre. 
Invité i algunos a subir a bordo, y como sabían que 
nada tenían que temer de nosotros mientras se condu- 

{*eran noble y pacíficamente, accedieron en segfuida; 
üceles alanos presentes y se despidieron muy satis- 
fechos. Luegfo vinieron otras canoas, procedentes de 
otro punto de la bahía, y también mencionaron los de 
a bordo el nombre de Toiava y enviaron al barco a 
un joven que nos dijo ser su nieto, y al que también se 
le hizo un obsequio. 

Después de navegar seis o siete leguas desde el 
sitio en que habíamos anclado la noche antes empezó 
a decrecer la profundidad hasta seis brazas, y no que- 
riendo exponernos a que la profundidad continuara 
disminuyendo, y en vista de que subía la marea y el 
viento soplaba hacia el interior del brazo, anclé en 
medio del canal, que viene a tener once millas; des- 
pués de lo cual mandé dos botes para que sondaran 
por los dos lados. 

Como el resultado de estos sondeos fué no encon- 
trar profundidades que excediesen en más de tres pies 
a la que se ha indicado, resolví no avanzar más con el 
barco y reconocer el fondo de la bahía valiéndome de 
los botes, porque como parecía internarse bastante, 
juzgué que se presentaba una ocasión favorable para 
estudiar el interior del país y su producción. 

Lunes 20. 

AI amanecer, pues, salí con la pinaza y la falúa, 
acompañado de Mr. Banks, el Dr. oolander y Tupia» 



76 JAMESCOOK UB. II 

y encontramos que el brazo de mar terminaba en un 
ríOy a unas nueve millas de donde estaba el barco; pe- 
netramos en el rio con el principio de la marea, y tres 
millas ascuas arriba advertimos que el agrua era com- 
pletamente dulce. Antes de avanzar a la tercera parte 
de esta distancia vimos un pueblo indio construido 
sobre un reducido banco de arena seca, pero comple- 
tamente rodeado por un fang'al, que es probable que 
considerasen los habitantes como una defensa. Tan 
pronto como la gente nos vio se apresuró a ganar las 
alturas próximas y nos invitó a desembarcar. Acepta- 
mos la invitación, y les hicimos una visita, a pesar dá 
fango. Nos recibieron con los brazos abiertos, pues 
habían oído hablar de nosotros al buen viejo Toiava; 
pero no pudimos permanecer mucho tiempo, porque 
solicitaban otros objetos nuestra curiosidad. Seguimos 
remontando el río hasta cerca de mediodía, hora eñ 
que nos hallábamos a catorce millas de su desembo- 
cadura, y observando entonces que el aspecto del pais 
continuaba siendo el mismo y sin alterarse lo más míni- 
mo en el curso del río, que no podíamos abrigar la es- 
peranza de recorrer hasta su origen, desembarcamos 
en la orilla occidental para ver los corpulentos árboles 
que por todas partes adornaban sus márgenes. Perte- 
necían a una especie que ya habíamos visto gantes, 
aunque sólo a distancia, tanto en Bahía Pobreza como 
en Bahía Hawke. No habíamos avanzado cien yardas 
en el bosque cuando nos encontramos uno que tenia 
diez y nueve pies y ocho pulgadas de circunferencia 
a seis pies de altura; con un cuadrante, que llevaba yo, 
medimos su altura desde la raíz a la primera rama, y 
resultó ser de ochenta y nueve pies la longitud com- 
prendida entre las raíces y la primera rama; era recto 
como una flecha y apenas si guardaba proporción con su 
altura lo que se estrechaba hacia el extremo superior: 
asi es que calculé que podría contener, prescindiendo 
de las ramas, trescientos sesenta y seis pies de madera 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 77 

sólida. Ai segfuír avanzando vimos otros muchos más 
corpulentos aún; cortamos uno joven y la madera re* 
sultó ser pesada y solida, inadecuada para los másti- 
lesy pero muy buena para tablas de obra. Nuestro car- 
pintero» que nos acompañaba, dijo que aquella made- 
ra se parecía a la del pino, que se hace más ligfera por 
medio de un sistema de incisiones, v es probable que 
un método semejante sirviera para ali^ferar aquélla, en 
cuyo caso podrían hacerse masteleros como no se 
producen en ningún país de Europa. Como el bosque 
era pantanoso, no pudimos penetrar más, pero encon- 
tramos muchos gprandes árboles de otras especies com- 
pletamente desconocidas para nosotros, y de los cuales 
nos llevamos ejemplares. 

A la altura en que nos hallábamos el rio es tan an- 
cho como el Támesis por Greenwich y tan sensible 
como en éste la marea; no es, ciertamente, tan profun- 
do; pero hay calado bastante para los barcos de más 
que mediano porte y un fondo cenagoso tan suave que 
no hay que temer averías al acercarse a la orilla. 

Martes 2U 

Embarcamos de nuevo a las tres de la tarde, con ob- 
jeto de regresar aprovechando el reflujo desde el prin- 
cipio, y pusimos al río el nombre de Támesis por la 
semejanza con el nuestro. A nuestra vuelta, los habi- 
tantes del pueblo en que habíamos desembarcado, al 
vemos tomar otro canal se acercaron a nosotros en sus 
canoas y traficaron amistosamente hasta que hubieron 
agotado las pocas menudencias que llevaban. El reflujo 
nos sacó de la angostura del río, llevándonos al canal 
que viene del mar, antes de obscurecer, y bogamos con 
afán para llegar al navio; pero como sobreviniese la 
marea alta y una fuerte brisa del NNO. con chapa- 
rrones, vfmonos precisados a desistir; hacia media no- 
che nos acercamos a tierra, y echamos el rezón en un 
sitio en que descansamos como pudimos, dada nuestra 



78 JAMESCOOK LIB. II 

situación. Al amanecer del día sigfuiente nos pusimos 
en marcha de nuevo, y eran más de las siete cuando 
llegfamos al barco. Estábamos sumamente fatigfados» 
pero nos considerábamos felices por hallarnos a bordo, 
pues antes de las nueve empezó a soplar el viento con 
tal fuerza que el bote no hubiera podido avanzar y nos 
hubiéramos visto precisados a desembarcar o a refu- 
gfiarnos en algún remanso. • 

Miércoles 22, 

A las tres, con el comienzo de la bajamar, levamos 
anclas, viramos y comenzamos a navegar río abajo has- 
ta las siete de la tarde, en que anclamos de nuevo; por 
la mañana temprano nos hicimos a la vela con el primer 
reflujo, y seguimos de bolina hasta que la otra marea 
nos obligó a anclar. Como reinaba una ligera brisa, me 
dirigí con la pinaza, acompañado del Dr. Solander, a 
la ribera occidental, pero no vi nada digno de regis* 
trarse. 

Cuando dejé el barco había muchas canoas en sus 
inmediaciones; Mr. Banks decidióse en vista de esto a 
permanecer a bordo y a traficar con los naturales; ven- 
dieron sus ropas y armas, principalmente a cambio de 
papel, y se portaron amistosa y noblemente. Pero mien- 
tras que algunos de ellos se hallaban abajo con mister 
Banks, un joven que estaba en cubierta robó un cristal 
de un anteojo y fué sorprendido en el momento en que 
iba a llevárselo. Mister Hicks, que era el oficial que 
mandaba el barco, juzgó conveniente castigarle dándo- 
le doce azotes con una cola de gato (1), y en conse- 
cuencia ordenó que le llevaran al entrepuente y le ata- 
ran a un palo. Cuando los otros indios que estaban a 
bordo vieron que se apoderaban de él intentaron res- 
catarle, y al encontrar resistencia pidieron sus armas, 
que hubieron de darles los de las canoas, y los tripu- 



(1) Disciplinas de nueve cuerdas. (N. del T.) 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 79 

lantes de una de ellas trataron de subir al navio por la 
borda. En cuanto Mr. Banks oyó el tumulto vino con 
Tupia a cubierta para ver lo que había ocurrido. Los 
indios acudieron inmediatamente a Tupia, el cual, en- 
contrando inexorable a Mr. Hicks, sólo pudo asegfurar- 
les que nada se intentaba contra la vida de su compa- 
ñero, pero que era necesario que sufriera algún castigo 
por su culpa. Al oír esta explicación parecieron los in- 
dios quedar satisfechos. Cumplióse entonces el castigo, 
y tan pronto como el criminal fué desatado, un anciano 
que se hallaba entre los espectadores, y que se supo- 
nía ser su padre, le dio una terrible paliza y le hizo 
bajar a su canoa. Entonces todas las canoas se aparta- 
ron del barco, y dijo la gente que no se atrevía a vol- 
ver; al cabo de muchas reflexiones, sin embargo, se 
aventuraron a volver, pero su risueña confianza había 
acabado y fué corta su estancia; al partir prometie- 
ron ciertamente traer algún pescado, pero no los vol- 
vimos a ver. 

Jueves 23. — Viernes 24. 

Como el día 23 se nos pusiera el viento en contra, 
continuamos de bolina río abajo, y a las siete de la tar- 
de nos hallábamos al noroeste de las islas que hay en 
la parte occidental. Teniendo en cuenta lo malo del 
tiempo, que se nos echaba encima la noche y que veía- 
mos tierra por ambos costados, juzgué más conveniente 
virar y guarecerme junto a la punta, anclando en diez y 
nueve brazas. A las cinco de la mañana del 24 levamos 
anclas y tomamos rumbo NO. con las gavias y dos ri- 
zos de los juanetes; el viento soplaba del SO. O. y 
OSO., violento y huracanado. Como el vendaval no 
nos permitía acercarnos a tierra, apenas pudimos dis- 
tinguirla desde el momento en que nos hicimos a la 
vela mientras avanzamos doce leguas, pero nunca la 
perdimos de vista. Nuestra latitud fué entonces de 
36^ 15' 20'', a menos de dos millas de una punta de la 



80 JAMESCOOK LIB. tt 

tierra principal a tres leguas y media de una isla altísi- 
ma que marcaba NE. E.; en esta situación teniamafl 
veintiséis brazas de a^ua; la punta más lejana de tierra 
que podíamos ver m»'caba NO., pero divisamos varias 
pequeñas islas hacia el norte de esa dirección. La pimta 
de tierra frente a la cual nos hallábamos, y a la que 
llamé Punta Rodney, es la extremidad noroeste del rio 
Támesis, pues en esta denominación comprendí a la 
honda bahía que termina en la corriente de a^fua dulce, 
y el extremo nordeste es el promontorio junto al cual 
pasamos al entrar en ella y al que llamé Cabo Colville, 
en honor del honorable lord Colville. 

Cabo Colville se halla en la latitud de 36^ 26' y en la 
lonsfitud de 194'' 27'; levántase desde el mar a conside- 
rable altura y es notable por una gran roca que está en 
la cima de la punta y que puede distinguirse desde ima 
gran distancia. Desde la punta sur del cabo el río corre 
en dirección SE., y hasta catorce leguas del cabo en 
ninguna parte tiene anchura inferior a tres leguas; lue- 
go se contrae en un estrecho cauce, pero sigue el mis- 
mo curso, atravesando un terreno bajo y llano, o ancho 
valle, que corre paralelamente a la costa y cuyo fin no 
pudimos ver. Por la parte este de la zona ancha del río 
la tierra es bastante elevada y montuosa; la occidental 
es más bien baja, pero se halla casi por completo cu-* 
bierta de verdura y bosque, presentando la apariencia 
de una gran fertilidad, aunque sólo se ven unas cuantas 
pequeñas manchas de cultivo. A la entrada de la parte 
angosta del río la tierra se halla cubierta de mangUL^- 
res y otros arbustos; pero más lejos se exti^iden in- 
mensos bosques, que probablemente atesoran la ma- 
dera más hermosa del mundo, de la cual se ha dado ya 
alguna noticia; en varios puntos se extiende el bosque 
hasta el borde mismo del agua, y cuando se hallan se- 
parados el espacio intermedio es pantanoso, como al- 
fuñas partes de las riberas del Támesis en Inglaterra. 
.s probable que haya en el río abundancia de pesca. 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 81 

porque vimos en muchos sitios pilotes hincados para 
tender las redes, pero no pudimos saber cuáles fueran 
las especies que hubiera. La mayor profundidad del 
agua que encontramos en este río fué de veintiséis bra- 
zas, que decrecía gradualmente hasta braza y media; 
en la desembocadura de la corriente de agua dulce 
hay de tres a cuatro brazas, pero se encuentran tierras 
llanas y bancos arenosos delante de ella. Un barco de 
mediano tonelaje puede, sin embargo, internarse bas- 
tante en este río con la alta marea, porque el agua sube 
cerca de diez pies y en los plenilunios y en los cambios 
de Luna se produce la pleamar a eso de las nueve. 

Seis leguas hacia dentro del Cabo Colville, junto a 
la ribera oriental, hay varias pequeñas islas, que con la 
tierra principal parecen formar buenos puertos. Frente 
a estas islas y junto a la ribera occidental hay otras, 
entre las cuales es posible también que se formen bue- 
nos puertos; pero si no existen en este río, hay buen 
anclaje en cualquier parte del mismo siempre que el 
agua tenga profundidad bastante, porque se halla abrí- 
gado del mar por una cadena de islas de extensión 
variada atravesadas en la boca, y a las que por esta 
razón llamé Islas de la Barrera; se extienden en direc- 
ción NO. y SE. en una distancia de diez leguas. La 
punta sur de la cadena se halla al NE. y a dos o tres 
leguas del Cabo Colville; y la extremidad norte, al NE. 
y a cuatro leguas y media de Punta Rodney. La Punta 
Kodney está situada al ONO. y a nueve leguas de Cabo 
Colville, en la latitud de SG" 13' S. y en la longitud 
de 184^ 53' O. 

Los pobladores de las márgenes de este río no pa- 
recen ser numerosos, si se considera la gran extensión 
del territorio; pero son vigorosos, bien formados y ac- 
tivos, y todos tienen el cuerpo pintado de ocre y aceite 
desde los pies a la cabeza, cosa que no habíamos 
visto hasta entonces. Sus canoas eran grandes, bien 
construidas y adornadas con trabajos de talla, deno* 

jamh cook: rkimii vi^s. — t. ii 6 



82 JAMESCOOK UB. II 

tando el mejor sfusto que habíamos observado en la 
costa* 

Continuamos bordeando la costa hasta la noche, 
con la tierra de un lado y las islas de otro. Anclamos 
en una bahía con catorce brazas y fondo arenoso. A 
poco de anclar echamos nuestras liñas, y no tardamos 
en coger cerca de cien peces, a los que llamó la úfente 
bremas de mar; pesaban de seis a ocho libras cada una 
y con la carga se podía alimentar la tripulación durante 
dos días. En vista del éxito que habíamos tenido en 
aquel punto con los sedales, le llamamos Bahía Brema; 
las dos puntas que la cierran se hallan al N. y al S., y 
a cinco leguas una de otra. Tiene buena anchura por 
todas partes y de tres a cuatro leguas de longitud; en 
el fondo parece haber un río de agua dulce. El extre- 
mo norte de la bahía, llamado Punta Brema, es una 
tierra alta y notable por las varias rocas apuntadas que 
se hallan dispuestas en fíla sobre su cima; también 
puede reconocerse por las pequeñas islas, llamadas La 
Gallina y Los Pollos, que tiene delante, una de las 
cuales es bastante elevada y termina en dos picos. Se 
halla en la latitud de 35^ 4a S. y a diez y siete leguas 
y media de Cabo Colville en dirección N. 41^ O. 

La tierra que se extiende entre las Puntas Rodney y 
Brema, que abarca diez leguas, es baja y en ella se ven 
manchas de bosque, con bancos de arena blanca entre 
el mar y la tierra firme. No vimos habitantes, pero si 
muchas hogueras por la noche; y donde hay hogueras, 
siempre hay gente. 

Sábado 25. 

Al amanecer del 25 dejamos la bahía y costeamos 
hacia el N.; la variación de la brújula fué de VT 42' E. 
Nuestra latitud al mediodía fué de W 36' S. Punta 
Brema se hallaba al S. a diez leguas, y vimos algunas 
pequeñas islas, a las que dimos el nombre de los Po- 
bres Caballeros (Poor Knights), al NE. N. y a tres leguas 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 83 

de distancia; la tierra más septentrional que teníamos 
a ia vista marcaba NNO.; entonces nos hallábamos a 
dos millas de tierra y con veintiséis brazas de agfua. 

El país aparecía bajo, pero bien cubierto de bosque; 
vimos algfunas viviendas transitorias, tres o cuatro ca- 
seríos fortificados y no lejos una gran extensión de 
terreno cultivado. 

Por la tarde se nos acercaron cinco jfrandes canoas 
con unos doscientos hombres, algfunos de los cuales 
subieron a bordo y dijeron haber oído hablar de nos- 
otros. Dos de ellos, que parecían ser jefes, recibieron 
obsequios; pero cuando salieron del barco adoptaron 
los otros una actitud insolente. Aljfunos de los que 
había en las canoas empezaron a traficar, y a engfañar, 
se^n su costumbre, nesgándose a entreg^ar lo que se 
les había comprado, después de haber recibido el pre- 
cio; entre ellos hubo uno a quien se le dio un viejo 
par de negaros pantalones, que hubo de arrojar al mar 
al disparar sobre él unos cuantos tiros de postas. Poco 
después se apartaron las canoas a cierta distancia, y 
cuando se consideraron fuera de nuestro alcance, em- 
pezaron a desafiarnos entonando su canto Sfuerrero y 
blandiendo sus armas. Juzgfué conveniente intimidarlos, 
tanto por su bien como por el nuestro, y se dispararon 
sobre ellos primero unos cuantos tiros de mosquete 
con perdigones, y uno de cañón; el último los asustó 
sobremanera, aunque no les infirió otro daño que el 
de hacerlos escapar bogando con asombrosa presteza. 

Domingo 26. 

Por la noche tuvimos vientos ligeros variables; pero 
a la mañana saltó una brisa del S., que cambió después 
al SE., con la cual seguimos con poca marcha hacia 
el N., bordeando la costa. 

Entre seis y siete vinieron a nosotros dos canoas, y 
nos dijo la gente que se habían enterado de la aven- 
tura del día anterior, no obstante lo cual subieron a 



84 JAMESCOOK LIB. 11 

bordo y comerciaron tranquila y honradamente con lo 
que tenían; poco después acercáronse otras dos canoas, 
procedentes de un punto distante de la costa; eran de 
mucho mayor tamaño y se hallaban llenas de fifente; 
cuando ya estaban a corta distancia de nosotros llama- 
ron a los de las canoas que se hallaban al costado del 
navio, y después de una breve conferencia vinieron to- 
dos juntos. Los extranjeros parecían ser personas de 
rango superior; sus canoas estaban bien talladas y ador- 
nadas con lujo y traían con ellos gran variedad de ar- 
mas; tenían patu-patus de piedra y de hueso de balle- 
na, a las que parecían conceder gran valor; también 
mostraban costillas de ballena, que ya habíamos visto 
con anterioridad, imitadas en madera, talladas y ador- 
nadas con mechones de f>elo de perro. Su tez era más 
obscura que la de aquellos que habíamos visto por 
el S. y sus cuerpos y rostros se hallaban más marcados 
de negras franjas, que ellos llaman amoco; en cada ro- 
dilla llevaban una ancha espira y las nalgas de muchos 
de ellos veíanse ennegrecidas casi por completo, pues 
sólo quedaban sin pintar algunas estrechas líneas, de 
modo que a primera. vista parecían llevar pantalones 
rayados. Con respecto al amoco, cada tribu parecía ob- 
servar una costumbre distinta, porque todos los hom- 
bres de alguna de las canoas mostrábanse casi entera- 
mente cubiertos, y a los de otras apenas si se les dis- 
tinguía una raya, si bien los labios, todos, sin excepdón, 
los llevaban pintados de negro. 

Aquellos caballeros se resistieron por algún tiempo 
a desprenderse de sus armas, cualquiera que fuese la 
mercancía que por ellas se les ofreciera; al cabo, sin 
embargo, uno de ellos sacó un instrumento de talco 
con forma de hacha y consintió en venderio por una 
pieza de paiío; fuéle entregado el paño por una de las 
bordas del navio, pero su señoría esciqpó inmediata- 
mente en su canoa con el hacha. Recurrimos a nuestro 
sistema habitual y disparamos un mosquete con bala 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 85 

sobre su canoa, que ie hizo venir de nuevo al barco y 
devolver la pieza de paño; entonces todos los botes re- 
gresaron a tierra sin realizar ningún otro cambio. 

Al mediodía extendíase la tierra firme del SE. 
al NO. O. y una punta muy visible marcaba O. a cua- 
tro o cinco millas; doblámosla a las tres, y le di el nom- 
bre de Cabo Bret, en honor de sir Piercy. La tierra de 
este cabo es bastante más elevada que ninguna de las 
adyacentes; en su cúspide hay un alto cerro, y en di- 
rección NE. N.y a cosa de una milla, se ve una pequeña 
isla alta o roca, que, como las que ya se han descrito, 
estaba perforada completamente, presentando el as- 
pecto de un arco de puente. Este cabo, o por lo menos 
alguna parte de él, se llama por los naturales Motugo- 
gogo y se halla en la latitud de 35"* 10' 30" S. y en la 
longitud de 185^ 25' O. Hacia el este del mismo ábrese 
una ancha y profunda bahía, que se extiende en direc- 
ción SO. O., y en la cual creímos ver varias pequeñas 
islas; la punta que forma la entrada noroeste hállase 
al O. 22^,5 N. a tres o cuatro leguas de Cabo Bret y la 
designé con el nombre de Punta Pococke; Hacia el 
oeste de la bahía vimos diversos pueblos, tanto sobre 
las islas cómo en tierra, y varías grandes canoas vinie- 
ron a nosotros llenas de gente de mucho mejor aspecto 
que todas las que habíamos visto hasta entonces; eran 
corpulentos y proporcionados; su cabello, que era ne- 
gro, recogíase en un moño sobre la coronilla y estaba 
guarnecioo de plumas blancas. En cada una de las ca- 
noas había dos o tres jefes, cuvos trajes estaban hechos 
con paño de la mejor calidad y cubiertos con piel de 
perro, cosa que les daba una agradable apariencia; mu- 
chos estaban marcados con el amoco, como aquellos 
que estuvieran antes al costado del barco; su manera 
de comerciar era igualmente fraudulenta; y renunciando 
los oficiales tanto a castigarlos como a intimidarlos, 
uno de los guardias marinas, que había sido engañado 
en un trato, recurrió para vengarse a una estratagema 



86 JAMESCOOK LIB. II 

tan burlona como severa: tomó un sedal, y cuando el 
hombre que le había engañado estaba en su canoa 
junto al costado del barco, levantó el plomo aquel con 
tan buen tinoy que el anzuelo enganchó por la espalda 
al defraudador; tiró entonces del sedal, y al esfuerzo 
que hizo el hombre hacia atrás se rompió el anzuelo 
por el enganche y quedó el áncora clavada en la carne. 
Aunque no recorrimos más de seis u ocho leguas de 
costa en el curso del dia, no dejamos de tener, tanto 
a los costados del barco como a bordo, de cuatrocien- 
tos a quinientos indios, lo que constituye una prueba 
de que esta parte del país está bastante poblada. 

Lunes 27. 

A las ocho de la mañana siguiente estuvimos a una 
milla de un grupo de islas próximas a la tierra, a vein- 
tidós millas de Cabo Bret en dirección NO. 45"" O. 
Como el viento era muy débil, allí permanecimos dos 
horas, durante las cuales se nos acercaron varías canoas, 
y nos vendieron algunos pescados, a los que llamé ca- 
ballas, razón por la cual di este nombre a las islas. Esta 
gente prodújose con gran insolencia, nos amenazó va- 
rias veces y nos provocó aun en medio de la opera- 
ción mercantil, y al llegar algunas otras canoas empe- 
zaron a apedrearnos. Disparáronse algunos tiros de 
perdigones, uno de los cuales hirió a cierto indio en el 
preciso instante en que tenía una piedra en la mano 
para arrojarla sobre el barco; no desistieron, sin em- 
bargo, hasta que fueron heridos varios más, en vista de 
lo cual se alejaron, haciéndonos nosotros a la mar. 

Miércoles 29. 

Como el viento nos era contrario, nos mantuvimos a 
barlovento hasta el 29, encontrándonos con que había- 
mos perdido terreno; dirigíme entonces hacia una bahía 
situada al oeste de Cabo Bret; en aquel momento se 
hallaba éste dos leguas a sotavento de nosotros, y a 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 87 

eso de las once anclamos al suroeste de una de las mu- 
chas islas que se alinean por el SE., en cuatro brazas y 
media de a^ua; encontramos muy pronto esta profun- 
didad tan reducida, de no haber ocurrido lo cual hu- 
biéramos tardado más en anclar. Envié inmediatamente 
al contramaestre con dos botes para sondar, y pronto 
descubrió que nos hallábamos sobre un banco que se 
extiende desde la punta noroeste de la isla, y que al 
borde mismo del banco la profundidad era de ocho a 
diez brazas. 

Entretanto, los naturales, en número de cuatrocien- 
tos, se arremolinaron en torno nuestro con sus canoas, 
subiendo algunos a bordo; a cierto individuo que pa- 
recía ser jete le di un gran trozo de paño y distribuí 
entre los demás unas cuantas chucherías. Dime cuenta 
de que algunos de los que allí se hallaban habían es- 
tado alreaedor del barco cuando nos hallábamos en 
alta mar y de que conocían el poder de nuestras armas 
de fuego, porque la sola vista de un cañón los llenó de 
confusión; con este ánimo, comerciaron legalmente; 
pero los tripulantes de una de las canoas aprovecharon 
la oportunidad de hallarnos comiendo para llevarse 
nuestra boya; disparóseles un tiro sin resultado; trata- 
mos entonces de alcanzarlos con otro de perdigones 
también, pero se hallaban muy distantes. Habían em- 
barcado ya la boya en aquel momento, y nos vimos obli- 
gados a tirarles con bala; como resultase herido uno de 
ellos, se apresuraron a arrojar la boya por la borda; 
disparóse entonces un tiro ae cañón, que hizo saltar el 
agua y que llegó a la costa. Inmediatamente desem- 
barcó la gente de dos o tres canoas y echaron a correr 
for la playa, según supusimos, en busca, de la bala, 
upia los llamó y les aseguró que mientras se condu- 
I'eran honradamente podían considerarse seguros, y 
uego de una corta labor persuasiva volvieron algunos 
al navio, y fué tal su conducta que nos dio motivos 
para presumir que no habrían de molestarnos más. 



88 JAMESCOOK LtB. It 

Lue^fo de empezar el barco a naveg^ar en a^as más 
profundas, ya en seguridad, salí con la pinaza y la yola, 
con hombres y armas, acompañado de Mr. Banks y el 
Dr. Solander, y desembarqué en la isla que sé hallaba 
a tres cuartos de milla de nosotros; observamos que 
las canoas que se hallaban junto al barco no nos si- 
guieron, lo que consideramos un buen síntoma; pero 
no bien desembarcamos, empezaron a venir de dife- 
rentes partes de la isla y a desembarcar sus tripulan- 
tes. Estábamos en una pequeña cala, y en pocos minu- 
tos nos vimos rodeados de doscientos o trescientos 
indios, viniendo unos de las puntas de la cala y apare- 
ciendo otros por las cimas de las colinas; todos esta- 
ban armados, pero llegaban de manera tan confusa y 
< perezosa que apenas sospechamos trataran de hacer- 
nos daño, y resolvimos que las hostilidades no comen- 
zaran en nuestro bando. Dirígimonos hacia ellos y tra- 
cé una linea en la arena, dándoles a entender que no 
debían pasarla; al principio se mantuvieron tranquilos, 
pero conservaron sus armas en actitud agresiva y pare- 
cían más vacilantes que pacíficos. Mientras permane- 
cimos en este compás de espera llegó otro grupo de 
indios, y aumentando su insolencia a medida que cre- 
cía su número, empezaron a bailar y a cantar, lo que 
constituye el preludio de una batalla; demoraron, sin 
embargo, el ataque, pero se dirigieron algunos a nues- 
tros botes y trataron de internarlos en la playa; esto 
pareció ser la señal, porque al mismo tiempo empeza- 
ron los que nos rodeaban a, aproximarse a nuestra línea; 
nuestra situación hacíase demasiado crítica para que 
conserváramos nuestra inactividad; en vista de ello dis- 
paré mi mosquete, que se hallaba cargado con postas, 
sobre uno de los más avanzados, e inmediatamente 
después dispararon Mr. Banks y otros dos hombres; 
esto les hizo retroceder un tanto confusos; pero uno 
de los jefes, que se hallaba a veinte yardas, los enar- 
deció y corrió hacia adelante blandiendo su patu-pata. 



CaK IV PRÍMÉR VtAjE ALREDEDOR DEL MUNDO 89 

y llamando con altas voces a sus compañeros los con- 
dujo a la carga. 

El Dr. Solander, cuyo mosquete no se había descar- 
gado aúui tiró sobre el campeón, que se detuvo brus- 
camente al oir el tiro, huyendo en seguida con los de- 
más; pero no se dispersaron, sino que se congregaron 
sobre un altozano, donde sólo parecían esperar un 
caudillo para renovar su ataque. Como se hallaban en- 
tonces fuera del alcance del tiro de postas, disparamos 
con bala; pero como ninguno de los tiros hubo de 
hacer blanco continuaron agrupados, y en esta situa- 
ción permanecimos cerca de un cuarto de hora; entre- 
tanto, el barco, desde donde se veía un número de 
indios mucho mayor del que nosotros podíamos des- 
cubrir dada nuestra posición, viró hasta poner de frente 
uno de los costados y los dispersó completamente ha- 
ciéndoles unos cuantos disparos. En e*sta. escaramuza 
sólo dos de los indios resultaron heridos con perdigo- 
nes y no se perdió ni una vida, cosa que no hubiera 
ocurrido de no haber yo tenido a raya la acometividad 
de los nuestros, que por temor o por gusto de hacer 
daño se mostraban tan impacientes por destruirlos 
como un cazador por matar su pieza. Ya en tranquila 
posesión de nuestra cala, dejamos nuestras armas y 
empezamos a recoger apio, que allí se producía con 
gran abundancia; al cabo de un rato recordamos haber 
visto esconderse a algunos en la concavidad de una de 
las rocas; dirigíamonos en vista de ello hacia aquel lu- 
gar, cuando un viejo indio» que resultó ser el jefe a 
auien yo había regalado por la mañana un gran trozo 
e paño, llegó a nosotros con su esposa y su hermano 
y nos suplicaron que los tomáramos bajo nuestra pro- 
tección. Hablámosles con amabilidad, y entonces nos 
dijo el anciano que tenia otro hermano, que era uno 
de los que habían sido heridos por las descargas de 
munición, y preguntó con gran solicitud y preocupa- 
ción si habría de morir. Le aseguramos que no y al 



90 JAMESCOOK LIB. II 

mismo tiempo pusimos en su mano una bala de mos- 
quete y alanos perdisfones, diciéndole que sólo aque- 
llos que recibieran herida de bala morirían, y que se 
curarían los otros; dijimosle además que si de nuevo 
nos veíamos atacados nos defenderíamos con bala, lo 
que podría herirlos mortalmente. 

Habiendo cobrado ánimos, se sentaron junto a nos- 
otros, y en señal de nuestra franca amistad los obse- 
quiamos con las pocas chucherías que por casualidad 
llevábamos. 

Embarcamos poco después en nuestros botes, y di- 
rigfiéndonos a otra cala de la misma isla subimos a un 
monte cercano, desde el cual se dominaba una gran 
extensión de tierra. El panorama era singular y pinto- 
resco; componíase de innumerables islas que formaban 
otros tantos puertos, en los que el agua se presentaba 
calmada y tersa como la de una esclusa; vimos también 
muchos pueblos, casas desparramadas y plantaciones, 
siendo aquella comarca la más populosa de cuantas 
habíamos visto. 

Uno de los pueblos se hallaba cerca, y de él salie- 
ron muchos indios hacia nosotros, afanándose por ha- 
cernos ver que estaban desarmados y expresando en 
sus gestos y semblantes gran humildad. 

Entretanto, algunos de los nuestros, que cuando se 
trataba de castigar a los indios por un fraude adopta- 
ban la inexorable justicia de un Licurgo, tuvieron a 
bien invadir sus plantaciones y desenterrar algunas ba- 
tatas; ordené que fuera castigado cada uno por esta 
transgresión con doce azotes, y una vez cumplida la 
pena mandé libertar a dos; pero como el tercero insis- 
tiera en que no constituye delito el que un inglés en- 
tre a saco en una plantación india, aunque sí comete 
un crimen el indio que engañe a un inglés en un sim- 
ple clavo, mandé que se le confinara de nuevo y 
no le di libertad hasta que hubo recibido seis azo- 
tes más. 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 91 

Jueves 30. 

Como el 30 reinase una calma absoluta y no tuvié* 
ramos probabilidades de hacernos a la mar, envié al 
contramaestre con dos botes a sondar el abra; y du- 
rante toda la mañana tuvimos a varias canoas junto al 
barco comerciando rejfular y amistosamente. Fuimos 
por la tarde a la tierra fírme, donde la úfente nos reci- 
bió muy cordialmentCy pero no encontramos nada digno 
de curiosidad. 

En esta bahia nos retuvieron varios días los vientos 
contrarios, durante cuyo «tiempo prosiguió nuestro co- 
mercio con los naturales en la mayor armonía, viniendo 
ellos con frecuencia a situarse en torno del barco, y 
yendo nosotros a tierra, tanto a la fírme como a las 
islas. En una de nuestras visitas al continente (1) nos 
enseñó un anciano el instrumento que usan para pin- 
tarse el cuerpo, que se parecía mucho al que se em- 
plea en Taiti con el mismo objeto. Vimos también al 
hombre que resultó herido en el intento de robar nues- 
tra boya: la bala había atravesado la parte carnosa de 
su brazo y rozádole el pecho; pero la herida, entrega- 
da al cuidado de la naturaleza, que es el mejor ciruja- 
no, y con la prescripción de una sencilla dieta, que es 
el mejor reconstituyente, se hallaba en buen estado y 
parecía no ocasionar al paciente dolor ni aprensión. 
Vimos también al hermano de nuestro anciano jefe, 
que había sido herido de perdigones en nuestra esca- 
ramuza: la descarga habíale atravesado oblicuamente 
la rodilla, y aunque aun tenía en la carne varios plo- 
mos, la herida no era peligrosa ni le producía dolor. 
Encontramos entre sus plantaciones la Morus papyri- 
fera^ con la que esta gente fabrica el tejido, así como 
la de Taiti; pero en este país la planta es rara y no 



(1) Cook desconoce aún la extensión de la tierra que va cos- 
teando y no puede precisar aún su carácter insular. (N. del T,) 



92 JAMESCOOK LIB. II 

vimos piezas del paño con ella fabricado bastante sfran-. 
des para que las pudieran usar sino como adorno en 
sus oreias. 

Un día que desembarcamos en un punto muy dis- 
tante de la bahía huyó la gente a toda prisa, excep- 
tuando un anciano que nos acompañó dondequiera que 
fuimos y que pareció muy complacido con los peque- 
ños obsequios que se le hicieron. Llegamos por fin a 
un pequeño fuerte construido sobre una roca a la que 
rodean las amas en la pleamar y que sólo es accesible 
por una esciua; advertimos que nos miraba con una es- 
pecie de inquieta solicitud, .tanto más pronunciada 
cuanto más nos íbamos acercando, y al manifestarle el 
deseo de entrar en ella nos dijo que su esposa estaba 
allí; comprendió que nuestra curiosidad no había dis- 
minuido con esta noticia, y luegfo de vacilar un mo- 
mento nos dijo que nos acompañaría si le prometíamos 
no realizar ningún deshonesto propósito; prometiósele 
inmediatamente lo que solicitaba y en seguida nos en- 
señó el camino. La escala consistía en unos cuantos tra- 
vesanos fijados sobre un pilote, pero encontramos el 
ascenso tan difícil como peligroso. Al entrar hallamos 
tres mujeres, que en el momento de vernos rompieron 
a llorar, llenas de terror y sorpresa; unas cuantas pala- 
bras amables y varios regalos desvanecieron pronto sus 
recelos y les volvieron el buen humor. Examinamos la 
casa de nuestro viejo amigo; luego, otras dos a instan- 
cia suya, que eran todas las que se contenían en la for- 
taleza, y luego de repartir unos pocos regalos más nos 
separamos, mutuamente satisfechos. 

Diciembre. — Martes 5. 

A las cuatro de la mañana del martes 5 de diciem- 
bre levamos anclas con ligera brisa; pero como venía 
alternada con frecuentes calmas, hicimos poco reco- 
rrido. Permanecimos hasta la tarde dando vueltas por 
la bahía, y a eso de las diez sobrevino tan bruscamente 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 93 

ia calma, que no pudo el barco naveg^ar ni estarse 
quietOi y como la marea o la corriente empujaban con 
niensay empezó el navio a ser arrastrado hacia tierra, 
tan de prisa, que antes de que pudiéramos tomar nin- 
^na medida para su seguridad hallábase a un cable de 
los rompientes; teníamos trece brazas, pero el fondo 
era tan rocoso que ni tratamos siquiera de echar el an- 
cla; botóse, en vista de esto, inmediatamente la pinaza 
con objeto de remolcar el navio, y entre el poderoso 
esfuerzo de la gente, que se daba cuenta del peligro, 
y una ligera brisa que saltó de tierra, nos percatamos 
con inefable alegría de que el barco se alejaba de tie- 
rra, después de haber estado tan cerca de ella, que Tu- 
pia, para el cual había pasado inadvertido el inminente 
riesgo, estuvo conversando mucho tiempo con la gente 
de la playa, cuyas voces se oían distintamente a pesar 
del fragor de los rompientes. Considéramenos ya fuera 
de todo peligro; pero una hora después, en el preciso 
instante en que el encargado de la sonda gritaba: «¡Diez 
y siete brazas!», dio el barco un topetazo. El choque 
sembró entre nosotros la consternación; Mr. Banks, 
que acababa de desnudarse y que iba a meterse en la 
cama, subió en seguida a cubierta, y el de la sonda 
gritó: «|Cinco brazas! >; en aquel momento, hallándose 
a barlovento de la roca en qtie habíamos chocado, 
salvó el barco el escollo sin sufrir el menor daño y la 
profundidad aumentó en seguida a veinte brazas. 

Miércoles 6. 

La roca está situada a media milla y al ONO. de la 
isla más septentrional o exterior del lado sureste de la 
bahía. Tuvimos ligeras brisas de tierra alternadas con 
calmas hasta las nueve de la mañana siguiente, en que 
salimos de la bahía y, a favor de una brisa del NNO., 
nos hicimos al mar. 

Esta bahía, como he observado ya, se halla al oeste 
de Cabo Bret y la denominé Bahía de las Islas, por el 



94 JAMESCOOK LIB. II 

^an número de las que se extienden junto a sus cos- 
taS| y forman varios puertos, segfuros y cómodos, en los 
que hay espacio y calado para cualquier número de 
barcos. El abra en que nosotros estuvimos se halla en 
la parte suroeste de la isla más SO., llamada Matuaro, 
junto a la costa sureste de la bahía. No he llevado a 
cabo un reconocimiento exacto de ella por sentirme 
desanimado al calcular el tiempo que ello habría de 
costarme; pensé también que me bastaba con poder 
afírmar que nos proporcionó buen anclaje y provisio- 
nes de toda especie. No era época de tubérculos, pero 
tuvimos pescado en abundancia, la mayor parte del 
cual hubimos de comprarlo a los naturales, porque fué 
muy poco el que pescamos con nuestras redes o seda- 
les. Cuando enseñamos a los indios nuestra red, que 
es como todas las que llevan los barcos del rey, se 
echaron a reír y mostraron la suya con aire de triunfo; 
era, ciertamente, de jfran tamaño y estaba tejida con 
una especie de hierba muy fuerte; tenía cinco brazas de 
profundidad y por el espacio que abarcaba no habría 
de tener menos de trescientas o cuatrocientas brazas 
de longitud. La pesca parece ser la principal ocupación 
en esta parte del país; vimos én todos sus pueblos 
gran número de redes dispuestas en montones como 
almiares, cubiertas con tejadillos de paja para prote- 
gerlas del tiempo, y apenas entramos en ninguna casa 
donde la gente no estuviera empleada en fabricarlas. 
El pescado que nos procuramos allí se compuso de ti- 
burones, rayas, sargos, múgiles, congrios y algunos 
otros. 

Los habitantes de esta bahía son, con mucho, más 
numerosos que en todas las demás partes del país que 
habíamos visitado; no nos pareció que obedecieran un 
mando único, y aunque sus ciudades estaban fortifica- 
das, convivían en perfecta armonía. 

En esta bahía la pleamar en el plenilunio y en el cam- 
bio de Luna tiene efecto a las ocho y el agua sube de 



CAP. IV PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 95 

seis a ocho pies. Por las observaciones que pude ha- 
cer de las mareas sobre la costa deduje que el influjo 
viene del S., y tengo razones para pensar que existe 
una corriente que procede del O. y que sigut la costa 
hacia el SE. o SSE. 



Cooh.— Viaje I, tomo II. 



CABEZA DE UN NEOZELANDÉS, CO 
DE PIEDRA VERDE EN LA OREJA 



"* • , \ 



CAPÍTULO V 



Recorrido deade la Bahía de lai Islas al Canal de la Reina Carlota, 
doblando el Cabo Norte, y descripción de esta parte de la costa. 



Di€i«flibre« —Jueves 7. — Viernes 8. — Sábado 9. 

El jueves 7 de diciembre a mediodía marc'aba Cabo 
Bret SSE. 45^ E. a diez millas, y nuestra latitud, cal- 
culada por observación, era 34^ 59' S.; poco después 
hicimos varías observaciones del Sol y de la Luna, 
como resultado de las cuales obtuvimos la longitud de 
185^ 36' O. Como el viento nos era contrario habíamos 
avanzado muy poco. A media tarde nos dirí^fimos hacia 
la costa y pasamos junto a las Caballas, desde cuyas 
islas se extiende la tierra al ON.; siguiéronnos varias 
canoas, pero como saltó una ligera brisa renuncié a es- 
perarlas. Me ceñí al ONO. y lu NO. hasta las diez de 
la mañana siguiente, en que viré y me acerqué a tierra, 
de la que estuvimos a cinco leguas. A mediodía la tie- 
rra más occidental que divisábamos marcaba OS. y se 
hallaba a cuatro leguas de distancia. Por la tarde tuvi- 
mos fuerte brisa oel O., que al anochecer se corrió 
hacia el S., continuando asi toda la noche, y empuján- 
donos al amanecer hacia tierra a siete leguas de las Ca- 
ballas en dirección O., donde encontramos una pro- 
funda bahía que se extendía al SO. O. y al OSO., cuyo 
fondo no pudimos ver y cuya costa parecía ser baja y 
llana. La entrada de esta bahía, a la que llamé Bahía 
Doubtless (indudable), está formada por dos puntas 
que señalan una dirección ONO. y ESE. y que se ha- 

JAIIES COOK: PRIIIKR VIAJE. — T. II 7 



98 JAMESCOOK LIB. II 

Han a cinco millas una de otra. El viento no nos per- 
mitió detenernos para reconocerla y tomamos el rumbo 
de la tierra más occidental que divisábamos, que mar- 
caba ONO. a tres leguas; pero antes de recorrer esta 
distancia sobrevino la calma. 

Mientras que permanecimos detenidos por la calma 
se nos acercaron varias canoas; pero como la gente 
había oído hablar de nuestros cañones no hié poco di- 
fícil persuadirlos de que se aproximaran a nuestra 
popa; después de haberles comprado algunos de sus 
trajes, asi como el pescado que traían, empezamos a 
hacerles preguntas relativas al país, y nos enteramos, 
con ayuda de Tupia, de que a tres días de navegación 
en sus canoas, en el sitio llamado Aíure-Whennua, 
formaba la tierra una vuelta rápida hacia el S., y que 
desde aquel punto no se extendía más hacia el O. De- 
dujimos que este lugar erarla tierra descubierta por Tas- 
man, a la que dio el nombre de Cabo María Van Die- 
men, y aprovechando la inteligencia que demostraba 
aquella gente les preguntamos si conocían algún país 
ademán del suyo; contestaron que nunca habían visitado 
otro, pero que sus antepasados habíanles dicho que al 
NO. N. o al NNO. había una tierra de gran extensión, 
llamada Ulimaroa, a la que había ido alguna gente en 
una gran canoa a la vela; que sólo volvieron algunos, los 
cuales dijeron que al cabo de una travesía de un mes ha- 
bían visto un país donde la gente come cerdo. Tupia les 
preguntó si los aventureros habían traído algunos cer- 
dos al resfresar; dijeron que no; entonces les replicó 
Tupia: «vuestra historia es completamente falsa, por- 
que no se concibe que unos hombres que volvieron de 
una expedición sin cerdos hayan nunca visitado un país 
en el que es posible procurárselos.» Es, sin embargo, 
digno de notarse, no obstante la sagacidad que deno- 
taba la objeción de Tupia, que al hablar de cerdos no 
se guiaban por la descripción, sino por el nombre, lla- 
mándoles buahf que es el nombre que se les da en las 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 99 

islas del S.; pero si el animal hubiera sido completa- 
mente desconocido para ellos y no había tenido aque- 
lla gente comunicación con quien los conociera, no era 
posible que supiesen el nombre. 

Domingo JO. 

A eso de las diez de la noche saltó brisa del ONO., 
con la que nos dirisfimos hacia el mar con dirección N., y 
al mediodía siguiente marcaban las Caballas SE. E. a 
ocho leguas; la entrada de Bahía Doubtless, SO. a tres 
leguas; y el extremo noroeste de la tierra que se halla- 
ba a la vista, que presumíamos fuera la firme, señalaba 
NO. O.; nuestra latitud, deducida por la observación, 
fué de 34"* 44' S. Al anochecer la declinación de la brú- 
jula fué 12^ 41' E. por acimut y 12^ 40' por amplitud. 

Lunes 1U 

Por la mañana temprano nos acercamos a tierra vein- 
te leguas al oeste de Bahía Doubtless, cuyo fondo no 
se halla distante del de otra bahía que forma la costa 
en este lugar, de la que se halla separada por una len- 
gua baja de tierra aue hacia el mar se extiende en una 
península a la que he llamado Punta Knuckle. En me- 
dio de esta bahía, a la que llamé Bahía Sandy (areno- 
sa), hay una elevada montaña que se alza sobre una 
costa cfistante, a la que di el nombre de Monte Camel 
(camello). La latitud era alli 34^ 51' S., y la longi- 
tud, 136** 50'. Teníamos de veinticuatro a veinticinco 
brazas con buen fondo; pero en esta bahía no parece 
haber nada que deba inducir a entrar, porque la tierra 
que la circunda es sumamente estéril e inhospitalaria y 
baja, si se exceptúa Monte Camel; el terreno parece 
no ser otra cosa que arena blanca amontonada en ba- 
jas e irregulares colinas y en estrechos lomos parále- 
os a la costa. Mas por muy estéril e inhospitalaria que 
sea esta zona no se halla deshabitada; vimos un pueblo 
al oeste de Monte Camel y otro al este; vimos también 






100 JAMES COOK LIB. II 

cinco canoas llenas de Sfente, que siguió al barco» 
pero que no pudo damos alcance. A las nueve vira- 
mos y tomamos rumbo N., y a mediodía marcaban las 
Caballas SE. E. a trece leguas; la extremidad norte 
de la tierra a la vista, que parecía una isla, marcaba 
NO. 22'',5 N. a nueve lesfuas, y Monte Camel, SO. S. a 
seis legfuas. 

Martes 12. 

Con viento contrarío viré hacia el N. hasta las cinco 
de la tarde del 12, logrando avanzar muy poco; viré de 
nuevo, y me dirigí hacia el NE., llegando hasta dos le- 
guas al norte de Monte Camel y a milla y media de la 
costa, en cuya ñtuacion tuvimos veintidós brazas. 

Miércoles 13. 

A las tres empezó a soplar el viento y a llover, lo 
que nos obligó a coger dos rizos de los juanetes; a las 
doce viramos y tomamos rumbo O. hasta las siete de 
la mañana siguiente, en que viramos de nuevo y toma- 
mos rumbo NE., hallándonos una milla a barlovento 
del lugar en que habíamos virado la noche antes. Poco 
después saltó un fuerte vendaval del NNE. con duras 
ráfagas y mucha lluvia, viéndonos precisados a navegar 
sólo con las gavias. La fuerza del huracán destrozó una 
de las velas y no tuvimos más remedio que desataria y 
envergar una nueva; a las diez amainó algo, en vista 
de lo cual izamos los juanetes con dos rizos; a medio- 
día, con fuertes ráfagas y tiempo duro, viramos hacia 
el O. y por primera vez desde que llegáramos a esta 
costa, dejamos de tener tierra a la vista. 

Jueves 14. — Viernes 15. 

Tuvimos fuertes ramalazos del O. y el OSO., y a las 
tres y media viramos hacia el N. Poco después divisa- 
mos una pequeña isla al S. 22^,5 E. y a media lejrua 
de Punta Knuckle. Al anochecer se nos rompiéronlos 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 101 

juanetes de trinquete y mesana, por lo que tuvimos 
que navegfar sólo con las gavias, y a media noche cam- 
biamos hacia el S. hasta las cinco de la mañana, en 
que viramos hacia el NO. y divisamos tierra por el S« a 
ocho o nueve legfuas; esto nos hizo descubrir que nos 
habíamos corrido muy a barlovento desde la mañana 
anterior. A mediodía nuestra latitud, calculada por ob- 
servación, fué 34"^ 6' S., y la misma tierra qi]» hablamos 
visto antes al NO. marcaba ahora SO. y parecía ser la 
extremidad más septentrional del país. Tuvimos un fuer- 
te <^eaje del O., que nos demostró que no nos cubria 
la tierra por aquel cuadrante. 

A las ocho de la mañana viramos hacia el O. con 
todas las velas que pudimos, y ai mediodía siguiente 
estábamos en la latitud de 34^ 10' y ea la longitud de 
185^ 45' O., y según el cálculo, a unas diez y seis le- 
guas de tierra, a pesar de los esfuerzos que hicimos por 
conservamos cerca de ella« 

Sábado 16. — Domingo 17. 

El 16, a las seis de la mañana, se descubrió tierra 
desde el mayor, al SSO., y a mediodía marcaba SO. a 
catorce leguas; mientras navegábamos hacia tierra hici- 
mos varios sondeos, pero no dimos fondo con noventa 
brazas. A las ocho viramos en ciento ocho brazas y a eso 
de tres o cuatro millas de la costa, teniendo a nuestro 
frente la tierra que viéramos por el NO. antes de que 
el viento nos empujara hacia fuera. A mediodía marca; 
ba SO. a tres millas; Monte Camel marcaba SO. a once 
l^fuas, y S. IS^ O. la tierra más occidental que se ha- 
llaba a la vista; la latitud, por observación, fué 34'' 20' S. 
A las cuatro viramos hacia tierra, y al hacerlo vimos que. 
el mar se rizaba y que el barco se veía arrastrado a so- 
tavento, cosa que atribuímos a una corriente hacia el E. 
A las ocho viramos, y navegamos hasta las ocho de la 
mañana siguiente, con rumbo hacia fuera; entonces 
viramos hacia tierra, hallándonos a diez leguas de ella; 



102 JAMES COOK LIB. II 

a mediodía marcaba SSO. a cinco leguas la punta fren- 
te a la cual estuvimos el dia anterior. El viento conti- 
nuaba, soplando del O., y a las siete viramos en treinta 
y cinco brazas, en ocasión en que la punta mencionada 
marcaba NON. a cuatro o cinco millas^ de manera que 
no habíamos ganado una pulgada hacia barlovento en 
las últimas veinticuatro horas, lo que vino a confirmar 
nuestra opinión de que había una corriente hacia el E. 
La punta llamada Cabo Norte es la extremidad septen- 
trional de este país. Se halla en la latitud de 34^ 22' S., 
en la longitud de 186^ 55' O. y a treinta y una leguas 
de Cabo Bret en dirección N. 63° O. Forma la punta 
norte de Bahía Sandy, y es una península que sobre- 
sale dos millas al NE. y termina en un gran promonto- 
rio de cima plana. El istmo que une este promontorio 
con la tierra firme es muy bajo, y por esta razón la tie- 
rra del caboi vista desde puntos diferentes, toma la 
apariencia de una isla. Es aún más notable cuando se la 
mira desde el S. por una alta isla que aparece al sur- 
este del cabo; pero esto constituye también una ilusión, 
porque lo que parece ser una isla es una montaña uni- 
da al cabo por una estrecha y baja lengua de tierra. So- 
bre el cabo vimos un heppah, o pueblo, y unos cuan- 
tos indios, y al SE. parece haber un fondeadero bien 
abrigado de los vientos O. y NO. 

Jueves 2U — Sábado 23. — Domingo 24. — Lunes 25, 

Acercándonos a tierra y alejándonos de ella perma- 
necimos navegando con rumbo NO. hasta el 21, día en 
que el Cabo Norte marcaba S. 39° E. a treinta y ocho 
leguas. Nuestra situación sólo varió unas cuantas le- 
guas hasta el 23, en que a eso de las cinco de la tarde 
vimos tierra desde el mayor al S. 45° E. A las once de 
la mañana siguiente la vimos de nuevo al SSE., a ocho 
leguas; dirigímonos al SO., y a las cuatro marcaba la 
tierra SE. S. a cuatro leguas, tierra que resultó ser una 
pequeña isla con otrai| islas o rocas mucho más peque- 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 103 

• 

ñas que se extendían por su extremo suroeste, y vimos 
otra por el extremo nordeste, que fué la que descubrió 
Tasman, y a la que llamó de los Tres Reyes. La isla 
principal se halla en la latitud 34^ 12' S., en la longi- 
tud 187^ 48' O. y a catorce o quince leguas de Cabo 
Norte en dirección O. 14^ N. A media noche viramos 
al NE. hasta la mañana del día siguiente, que era el de 
Navidad; entonces viramos hacia el S. A mediodía los 
Tres Reyes marcaban E. 8^ N. a cinco o seis leguas. La 
declinación por acimut aquella mañana fué de ll^ 25' E. 

Martes 26. 

El 26 nos ceñimos el viento hacia el S. y a mediodía 
estábamos en la latitud 35"* 10' S., longitud 188^ 20' O., 
marcando los Tres Reyes N. 26"* O. a veintidós leguas. 
En esta situación no tuvimos tierra, a la vista; y, sin em- 
bargo, según la observación, estábamos en la latitud de 
la Bahía de las Islas, y, según mi cálculo, sólo a veinte 
leguas al oeste de Cabo Norte; de esto parece des- 
prenderse que la región norte de esta isla |es muy es- 
trecha, pues de otra suerte hubiéramos divisado alguna 
parte de su zona occidental. Enfilamos al S. hasta las 
doce de la noche, hora en que viramos y tomamos 
rumbo N. 

Miércoles 27.— Jueves 28. — Viernes 29. — Sábado 30. 
Domingo 31. 

A las cuatro de la mañana arreció el viento, y a las 
nueve se convirtió en borrasca tan fuerte que nos vimos 
obligados a navegar sólo con la gavia mayor. Nuestra 
marcha eficaz entre este a mediodía y el anterior fué 
de once millas en dirección SSO. 45^ O. Los Tres Re- 
yes marcaban N. 2T E. a setenta y seis millas. Ef ven- 
daval siguió todo el día y hasta las dos de la siguiente 
madrugada, en que cayó, empezando a correrse al SO., 
rumbo en que vino a fijarse a eso de las cuatro; nos- 
otros desplegamos velas entonces y tomamos rumbo E, 



104 JAMES COOK LIB. II 

hacia tierra con las gavias mayor y de trinquete; como 
el viento arreciase, transformándose en huracán a las 
ochoi, con tremenda marejada, nos vimos obligados a 
arriar la mayor; entonces cruzamos el barco con la proa 
al NO. 

A mediodía amainó un poco el viento, pero aun te- 
níamos fuertes ráfagas. Nuestro avance de este día fué 
de veintinueve millas con dirección N. y ligera tenden- 
cia E. La latitud, por el cálculo, fué 34"" 50' S», y la 
longitud, ISS"" 27' Ó.; los Tres Reyes marcaban N. 41'' £• 
a cincuenta y dos millas. A las siete de la tarde, soplan- 
do el viento del SO. y del SO. O., con fuertes ráfagas, 
viramos de bordo frente al viento, y a las seis de la ma- 
ñana siguiente aumentamos las velas. Nuestra mucha 
desde el día anterior fué de veintinueve millas. Por la 
tarde tuvimos fuertes ráfagas del SO. y a las ocho vira- 
mos dirigiéndonos al NO. hasta las cinco de la siguien- 
te mañana, en que viramos hacia el S. A las seis vimos 
tierra al NE. a seis leguas y presumimos que fuese el 
Cabo María Van Diemen, que correspondía con las 
indicaciones que nos habían dado los indios. A media 
noche viramos hacia el SE., y al mediodía siguiente 
el Cabo María Van Diemen marcaba NE. N. a dnco 
leguas. 

A las siete de la tarde viramos contra viento y en- 
filamos al O. con brisa moderada del SO. S. y del 
SO. Monte Camel marcaba entonces N. 83^ E., y la tie- 
rra más septentrional, o sea el Cabo María Van Die- 
men, N.; distábamos en aquel momento unas tres le- 
guas de la tierra más próxima, y tuvimos algunas veces 
más de cuarenta brazas de agua. Debe observarse que 
Monte Camel, que visto del otro lado no parecía dis- 
tar más de una milla del agua, se nos ofrecía desde 
este lado situado a la misma distancia del mar; lo que 
constituye una demostración de que la tierra no dehe 
tener por esta parte más de dos o tres millas d^ an- 
chura. 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 105 

Enero de 1770. — Lunes 1. 

A las seis de U mañana del 1 de enero de 1770, 
día de A90 Nuevo, viramoa hacia el E., marcando los 
Tres Reyes NO. N. Viramos de nuevo a mediodía y 
nos diríjpmos al O., pasando la latitud 34^ 37' S.; los 
Tres Reyes marcaban entonces NO. N« a diez u once 
leguas, y Cabo María Van Diemen, N. 31^ E« a cuatro 
ieifuas V media; en esta situación teníamos cincuenta y 
cuatro brazas de ajfua. 

Durante este período de nuestra navegación obser* 
vamos dos cosas muy notables: en la latitud de 35^ S« 
y en medio del verano nos sopló un viento del S« con 
una fuerza y una continuidad nunca vistas por mi, y 
empleamos tres semanas en avanzar diez leguas al O. 
y cinco en hacer cincuenta leguas, pues era el tiempo 

§ue había transcurrido desde nuestro paso por Cabo 
ret Durante el ramalazo tuvimos la fortuna de hallar- 
nos a distancia considerable de la costa; de otra suerte 
es muy probable que no hubiéramos vuelto para con- 
tar nuestras aventuras. 

A las cinco de la tarde, con fuerte brisa del O., 
viramos hacia el S.; en aquel momento marcaba 
Cabo Norte E. 67^,5 N. y nos hallábamos frente a 
una punta que distaba de él tres leguas en direc* 
ción ON. 

Este cabo, según he observado ya, es el extremo más 
septentrional del país y la punta más oriental de una 
península que se extiende hada fuera diez v siete o 
diez y ocho leguas en dirección NO. y NO. N., y de la 
cual el Cabo María Van Diemen es la punta más occi- 
dental. 

Cabo María se halla en la latitud de 34^ 30' S., en 
la longitud de 187'' 18' O., y desde esta punta se ex- 
tiende la tierra al SE. S. y SÉ. más allá de Monte Ca- 
mel; es por todas partes estéril y está constituida por 
bancos de arena blanca. 



106 JAMES COOK LIB. II 

Martes 2. — Miércoles 3, 

El día 2 a mediodía estábamos en la latitud 35^ 17' S. 
y Cabo María marcaba N. a unas diez y ocho legfuas, 
sesfún lo que pudimos colegir, pues no teníamos tie- 
rra a la vista ni osábamos acercamos a ella por la bri- 
sa, que soplaba hacia la costa, y el -gran oleaje que 
reinaba. El viento continuaba soplando del OSO. y 
del SO.| con frecuentes ráfagas; por la noche acorta- 
mos las velas y viramos luego, navegando al NO. hasta 
las dos de la madrugada, en que viramos hacia el S. 
Al romper el día desplegamos velas y navegamos con 
el intento de acercarnos a tierra. A las diez la divisa- 
mos al NO. Parecía ser alta, y a mediodía extendíase 
del N. al ENE. en una longitud de ocho o diez leguas, 
según la estimación que hicimos. Cabo María marcaba 
entonces N. 2^ 30' O. a treinta y tres leguas; nuestra 
latitud, por observación, fué de x" 2' S. A las siete de 
la tarde estábamos a seis leguas .de él; pero como so- 
plara una fuerte brisa del mar con oleaje, ceñimos el 
viento al SE. y seguimos este rumbo aproximadamente 
toda la noche, sondando varias veces, pero sin dar 
fondo con ciento y ciento diez brazas de cable. 

Jueves 4. — Viernes 5. 

A las ocho de la siguiente mañana nos hallábamos a 
cinco leguas de tierra y frente a un lugar cuya latitud 
es de 3a* 25' y que parece una bahía o un brazo. Mar- 
caba E., y con objeto de verle mejor conservamos nues- 
tro rumbo hasta las once, llegando hasta menos de tres 
leguas, y entonces descubrimos que no era un brazo 
ni una bahía, sino una depresión limitada por altas tie- 
rras a uno y otro lado, que producían aquella ilusión. 
Entonces viramos al NO., y a mediodía sólo distaba la 
tierra tres o cuatro leguas. Estábamos en la latitud de 
36^ 3r S. y en la longitud de 185^ 50' O. Cabo María 
marcaba N. 25"^ O. a cuarenta y cuatro leguas y media, 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 107 

de manera que ia costa debe de extenderse en linea 
recta seg^ún la dirección SSE. 67*,5 E. y NNO. ^yjS O. 
aproximadamente. 

En la latitud de 35^ 45' hay una elevada tierra próxi- 
ma al mar, a cuyo este se eleva la costa y presenta el 
aspecto más desolado e inhospitalario que puede ima- 

{ finarse. No se ve otra cosa que montes de arena, en 
os que apenas se encuentra un palmo de verdura; y un 
mar vastísimo, impulsado por los vientos del O., rom-* 
piendo sobre ella con espantosa resaca, la hace no sólo 
desierta, sino aterradora, uniendo la idea del peligfro a 
la de desolación y produciendo una impresión de tris- 
teza y de muerte. Desde este lug^ar navegamos hacia 
el N., resolviendo no acercamos jamás tanto a la costa 
a menos de que el viento se hiciera muy favorable. 
Navegamos con bastante vela todo el día, esperando 
la pleamar del mediodía siguiente, e hicimos una mar- 
cha de ciento dos millas en dirección N. 38^ O. Nues- 
tra latitud, por observación, fué de 35^ 10' S. y Cabo 
María marcó N. 10"* E. a cuarenta y una millas. Por la 
noche cambió el viento del SO. o. al S. y sopló con 
fuerza. Nuestro recorrido hasta mediodía del 5 fué de 
ocho millas en dirección N. 75^ O. 

Sábado 6, — Domingo 7. 

Al amanecer del 6 vimos tierra, que hubimos de to- 
mar por Cabo María, al NNE. y a ocho o nueve leguas, 
y el 7 por la tarde marcaba la tierra E.; algún tiempo 
después vimos una tortuga sobre el agua, pero estaba 
despierta; se sumergió al instante y no pudimos apo- 
deramos de ella. A mediodía la tierra alta que se aca- 
ba de mencionar extendíase de N. a E. en cinco o seis 
leguas y dos depresiones que vimos ofrecían la apa- 
riencia de brazos o bahías. La marcha de las últimas 
veinticuatro horas había sido de treinta y cinco millas 
en dirección S. 33** E.; Cabo María marcaba N. 25° O. 
a treinta leguas. 



108 JAMES COOK LIB. II 

Lunes 8. 

Navegamos todo el día a vista de tierra^ con fuertes 
brisas del NE. NO.» y a mediodia sigfuiente ,habiamos 
avanzado sesenta y nueve millas en dirección S. 37** E.; 
nuestra latitud, por observación, fué de 36"* 39' S. La 
tierra que tomáramos por una bahía el día 4 marcaba 
entonces NE. N. a cinco legruas y media, y Cabo María, 
N. 29^ O. a cuarenta y cinco le^as. 

Martes 9. 

El 9 continuamos hacia el SO. hasta las ocho de la 
noche, habiendo avanzado siete legfuas desde mediodía 
con viento del NNE. y del N. y a tres o cuatro leguas 
de la tierra, que aparecía baja y arenosa. Me dirigí en- 
tonces hacia el SE. S., guardando paralelismo con la 
costa, con una profundidad de treinta y cuatro a cua- 
renta y ocho brazas y fondo obscuro arenoso. Al ama- 
necer del día siguiente nos hallábamos a dos o tres le- 
guas de tierra, y su aspecto empezaba a mejorar. Levan- 
tábase en suaves declives y veíase cubierta de árboles 
y praderas. Vimos una humareda y unas cuantas casas, 
pero no debía de estar muy poblada. A las siete toma- 
mos rumbo SE. y luego SO., que era la dirección que 
llevaba la costa. A las nueve nos encontramos frente 
a una punta que se levanta gradualmente desde el bor- 
de del agua a considerable altura; esta punta, que se 
halla en la latitud de 37'' 43', fué designada con d nom- 
bre de Punta Woody (del Bosque). A once millas de 
esta punta, en dirección SO. 45"^ O., hay una pequeña 
isla, sobre la que vimos gran número de patos, y a la 
que por esto denominamos Isla Gannet (1). Al me- 
diodia una elevada y escarpada punta marcaba ENE. 



(1) El gannet, que los portugueses llaman ganso patola, es ave 
palmípeda suloide, afín a los pelicanos. (Nota de la edición es- 
pañota,) 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 109 

a lesfua y media, y le di el nombre de Punta Alba- 
tros; está en la latitud de 38"" 4' S.» en la lon^tud de 
184'' 42' O. y a siete leeuas de distancia de Punta 
Woody en dirección S. 17'' O. Por el flanco norte de 
esta punta forma la costa una bahía, en la que parece 
haber buen fondeadero y refugfio para los barcos. La 
distancia recorrida en las últimas veinticuatro ho- 
ras había sido de sesenta y nueve millas en dirección 
S. S?"* £•! y a mediodía Cabo María marcaba N. 30^ O. 
a ochenta y dos legfuas. Entre las doce y la una cambió 
el viento bruscamente del NNE. al SSO., y nos diri- 
gimos al O., conservando el rumbo hasta las cuatro de 
la tarde, hora en que viramos y nos dirigimos hacia 
tierra; viramos de nuevo y nos dirigimos hacia el O., 
con viento flojo. En tal momento marcaba Punta Alba- 
tros NE. a dos leguas, y la tierra mas meridional que 
divisábamos, SSO. 45* O., y era un elevado monte que 
mostraba gran semejanza con el Pico de Tenerife. En 
esta situación tuvimos treinta brazas, y como el viento 
siguiera flojo durante toda la noche viramos a las cua- 
tro de la mañana, dirigiéndonos hacia la costa. Poco 
después sobrevino la calma, y hallándonos en cuarenta 
y dos brazas de agua pescó la gente un sargo. A las 
once saltó una brisa ligera del O. y navegamos hacia 
el S.; seguimos luego con los rumbos oO. y SSO. 
bordeando la costa a unas cuatro leguas de distancia, 
con buena brisa del NO. y del NNE. A las siete de la 
tarde vimos hacia el S. el vértice del pico destacándo- 
se sobre las nubes que envolvían su falda. Entonces la 
tierra más meridional que se hallaba a la vista marcaba 
SO. y la declinación, por varios acimutes que se to- 
maron por la mañana y por la tarde, resultó 14* 15' E. 

Viernes 12. 

El 12 al mediodía distábamos tres leguas de la costa 
del pico, pero éste hallábase casi oculto por las nubes. 
Juzgamos conveniente tom»" rumbo SSE., y algunas is- 



lio JAMES COOK UB. II 

lus picudas muy visibles que se hallan junto a la costa 
marcaban ESE. a tres o cuatro le^fuas. A las siete de la 
mañana fondeamos con cuarenta y dos brazas, a dos o 
tres lesfuas de la costa; nos pareció que el pico mar- 
caba E. y al obscurecer vimos hogueras en la costa. 

Sábado 13. 

A las cinco de la mañana vimos por breves minutos 
el vértice del pico saliendo de las nubes, y cubierto de 
nieve. Entonces marcaba NE.; se halla en la latitud 
de 39^ 16' S. y en la longitud de 185' 15' O.; le di el 
nombre de Monte Egmont, en honor del conde. Parece 
tener una ancha base y alzarse en subida gradual; está 
próximo al mar y rodeado de una tierra baja de grato 
aspecto, pues se halla cubierta de bosque y pradera, 
cosa que lo hace más visible aún. La costa vecina forma 
un ancho cabo, al que llamé Cabo Egmont. Se halla 
al SSO. 45' O., a veintisiete leguas de Punta Albatros, 
y en su flanco norte hay dos pequeñas islas situadas 
junto a una punta visible que se levanta a gran altura 
afectando la forma de un pilón de azúcar. Ai sur del 
cabo extiéndese la tierra por SE. E. y SSE., y pa- 
rece ser bastante brava. A mediodía marcaba Cabo 
Egmont NE., y en esa dirección, a cuatro leguas de tie- 
rra, tuvimos cuarenta brazas de agua. El viento que 
reinó por todo el resto del día fué del O. al NO. O., y 
seguimos navegando con rumbo SSE. v SE. E. a lo lar- 
go de la costa y a dos o tres leguas de ella. A eso de 
las siete y media vimos otra vez fugazmente el Monte 
Edgecombe, que marcaba N. 17' O. a diez leguas. 

Domingo 14. 

A las cinco de la mañana siguiente gobernamos 
al SE. S., pues la costa se inclinaba más hacia el S., y a 
la media hora vimos tierra por SO. S., y a ella nos di- 
rigimos. A mediodía el extremo noroeste de la tierra 
visible marcaba S. 63' O., y una tierra elevada que tenía 



CAP. V PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 111 

la apariencia de una isla próxima a la costa marca- 
ba SSE. a cinco leguas. Estábamos entonces en una 
bahía cuyo limite no pudimos ver, aunque el horizonte 
se ofrecía claro por aquella parte. Nuestra latitud, por 
observación, fué 40** 27' S., v la longitud, 184* 39' O. 
A las ocho de la tarde estábamos a dos leguas de la 
tierra que habíamos descubierto por la mañana, habien- 
do caminado diez leguas desde mediodía: la tierra que 
entonces marcaba S. 63** O. señalaba ahora N. 59** O. 
a siete u ocho leguas y parecía una isla. Entre esta tie- 
rra y Cabo Egmont se abre la bahía, junto a cuya costa 
occidental nos hallábamos en aquel momento, y la tie- 
rra que la circunda es bastante elevada, ofreciendo va- 
riados paisajes de montes y valles. 



CAPÍTULO VI 



Relato de nuestra estancia en la Sonda de la Reina Carlota. — Paso 
del estrecho que separa las dos islas y vuelta a Cabo Tumas^ain. 
Horrible costumbre de los habitantes. — Singular melodía de los 
pájaros. — Visita a un heppah, y otras muchas cosas. 



Enero* — Domingo 14. 

La costa parecía formar en esta regfión diversas ba- 
hías, en una de las cuales propuse que entrara el barco, 
pues le encontrábamos perezoso en la navegación y era 
preciso carenarlo, reparar alg^unos defectos y repostar- 
nos de agua y madera. 

Lunes 15. 

Con este objeto permanecí toda' la noche haciendo 
bordadas, con una profundidad de sesenta y tres a 
ochenta brazas. Al amanecer del día siguiente nos di- 
rigimos a un brazo de mar que lleva dirección SO., y 
a las ocho cruzamos la boca, que puede reconocerse 
por una sirte que se extiende desde su punta noroeste 
y por unas cuantas islas rocosas que yacen bajo su pun- 
ta sureste. A las nueve, con poco viento, y variable, fui- 
mos arrastrados por la marea o la corriente hasta dos 
cables de la orilla noroeste, donde tuvimos cincuenta 
y cuatro brazas de agua; mas con la ayuda de nuestros 
botes logramos distanciarnos. En aquel momento vimos 
un león marino, que se mostró dos veces cerca de la 
orilla, y cuya cabeza era muy semejante a la del macho 
que se describe en la Relación del viaje de lord An- 

jAMU cook: primu viaje. — T. II 8 



114 JAMES COOK LIB. 11 

son. Vimos también cruzar la bahía en una canoa a va- 
rios indios, y un pueblo enclavado en la punta de una 
isla que se halla siete u ocho millas hacia dentro. A 
mediodía nos hallábamos frente a esta isla; pero como 
había poco viento ordené que los botes nos remolcaran. 
A eso de la una nos acercamos al extremo suroeste de 
la isla, y los vecinos del caserío tomaron las armas in- 
mediatamente. A las dos anclamos en una segfura cala 
situada en la orilla noroeste de la bahía y que da frente 
a la punta suroeste de la isla, en once brazas con fon- 
do suave, y amarramos con el ancla de bauprés. 

Estábamos a la distancia de cuatro tiros de cañón 
del pueblo o heppah, del cual se nos enviaron cuatro 
canoas, según supusimos, para practicar un reconoci- 
miento y apoderarse de nosotros si les era posible. 
Todos los hombres estaban armados y vestidos según 
se representan en el dibujo de Tasman; dos puntas de 
la prenda que envuelve su cuerpo pasábanles desde 
atrás sobre los hombros y se unían por delante al bor- 
de superior de la misma, ajustándose en el pecho; pero 
pocos o ningfuno tenían plumas en el cabello. Dieron 
varias vueltas en torno del navio con sus habituales de- 
mostraciones de reto y amenaza, y al fín empezaron a 
atacarnos arrojándonos varias piedras; Tupia parlamen- 
tó con ellos, pero con poca eficacia, y empezábamos a 
temer que nos obligfaran a disparar sobre ellos, cuando 
un anciano de una de las canoas manifestó deseos de 
subir a bordo. Animámosle en su designio, tendimosle 
un cable a la canoa y no tardó ésta en hallarse al cos- 
tado del barco. Levantóse el viejo y se disponía a tre- 
par al navio, pero los demás trataron de disuadirle con 
gran vehemencia, acabando por sujetarlo; insistió él, sin 
embargo, en su empeño con serena y fírme perseve- 
rancia, y logrando desasirse subió al barco. Recibírnos- 
lo con todas las posibles atenciones y cortesías y al 
cabo de un rato se despidió de nosotros llevándose 
muchos regalos para sus compañeros. No bien regresó 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 115 

a SU canoa, los tripulantes de todas las demás empeza- 
ron a bailar; pero no pudimos determinar con certeza 
si lo hacían como demostración de amistad o de ene- 
miga, porque advertimos en su danza síntomas de una 
y otra cosa. Retiráronse a poco, sin embargo, a su for- 
taleza, y en seguida me dirigí a tierra con casi todos 
mis compañeros, desembarcando en la parte más inte- 
rior de la cala frente a la cual se hallaba el navio. Ha- 
llamos un buen arroyo de excelente agua y madera en 
la mayor abundancia porque la tierra formaba allí un 
extenso bosque. Como llevábamos la red, la tendimos 
una o dos veces, con tal éxito que cogimos cerca de 
tres cwt. (1) de diferentes pescados, que se distribuyen- 
ron equitativamente eqtre la tripulación. 

Martes 16. 

Al romper el día, mientras que nos hallábamos ocu- 
pados en carenar el barco, acercáronse tres canoas, 
que traían más de cien hombres con varias mujeres, lo 
que nos agradó, por constituir en general un signo de 
paz; pero no tardaron en manifestar inquietud, dándo- 
nos razones para recelar que trataran de hostilizar a la 
gente de nuestros botes que se hallaban a los costados 
del navio. En esta situación vino a tierra la falúa con 
toneles vacíos, y como algunas de las canoas trataran 
de seguirla, juzgamos necesario intimidarlos con dispa- 
ros de postas. Hállábamonos a tal distancia que era 
imposible hacerles daño, pero nuestro recurso resultó 
eficaz y desistieron de su intento. Tenían en sus canoas 
algún pescado, que nos ofrecieron entonces y que a 
pesar del hedor que despedía accedimos a comprarles; 
a este objeto enviamos a un hombre en un bote y se 
efectuó el tráfico regularmente por algún tiempo. 

Uno de los indios, sin embargo, que estaba atisban- 
do la oportunidad, trató de arrancar un trozo de papel 



(1) Ud cwt. o hundredwei^h equivale a 50 kilo^amos. 



116 JAMES COOK LIB. II 

que nuestro enviado tenia en la mano; pero ai marrar 
su golpe el indio adoptó una postura defensiva blan- 
diendo su patu'patu y haciendo ademán de agredir con 
él; disparáronsele desde el barco algunos tiros de per- 
digón, varios de los cuales le hirieron en la rodilla; esto 
puso fín a nuestro comercio, pero los indios aun per- 
manecieron junto al barco, merodeando en tomo y 
conversando con Tupia, principalmente acerca de las 
tradiciones relacionadas con las épocas antiguas de su 
país. De este tema fueron conducidos por las preguntas 

3ue Tupia les hizo, inspirado por nosotros, a que nos 
ijeran si habían visto alguna vez un barco como el 
nuestro o si sabían que alguno parecido hubiera toca- 
do en su costa. Todas estas preguntas fueron contesta- 
das negativamente, de manera que sus tradiciones no 
encerraiban recuerdo alguno de Tasman, aunque por 
una observación que hicimos aquel día comprobamos 

aue nos hallábamos sólo quince leguas al sur de la 
ahía Murderer (asesino), pues nuestra latitud era de 
41"* 5' 32", y la de Bahía Murderer, según Tasman, de 
40" 50'. 

Las mujeres de aquellas canoas y algunos de los 
hombres llevaban la cabeza cubierta de una manera que 
no habíamos visto nunca. Consistía el tocado en un ra- 
millete de negras plumas, de forma redondeada, atado 
sobre la coronilla, a la que cubría por completo, y de 
tal manera dispuesto que parecía alargarles la cabeza 
considerablemente. 

Después de comer fui en la pinaza, con Mr. Banks, 
el Dr. Solander, Tupia y varios más a otra cala, situada 
a dos millas de aquella en que el barco se hallaba fon- 
deado; durante la travesía vimos flotar algo en el agua, 
que nos pareció una foca muerta; pero luego de bogar 
hacia ello nos encontramos con que era el cuerpo de 
una mujer, que por todas las señales debía llevar muer- 
ta varios días. Seguimos a nuestra cala, donde des- 
embarcamos y hallamos una reducida familia de indios. 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 117 

que al acercarnos manifestaron gran terror y echaron a 
correr con excepción de uno. La conversación que éste 
mantuvo con Tupia atrajo pronto a los demás, menos a 
un anciano y a un niño» que permanecieron a distancia» 
pero sin dejar de avizoramos desde el bosque. Nuestra 
curiosidad nos indujo a indag^ar acerca de aquel cadá- 
ver de mujer que habíamos visto flotante» y nos dijeron 
por medio de Tupia que era de su familia» y que había 
muerto de enfermedad» y que» según era costumbre» 
habíanle atado una piedra al cuerpo y arrojádole al 
mar» pero que suponían que la picara se había desata- 
do. Cuando desembarcamos esta familia se ocupaba en 
condimentar algfunos manjares; el cuerpo de un perro 
estaba asándose en un homo y veíanse alrededor mu- 
chas cestas con provisiones. Al mirarlas indiferente- 
mente vimos dos huesos casi limpios de came que no 
parecían ser de perro» y que luego de examinados más 
detenidamente descubrimos que eran de un cuerpo hu- 
mano. Nos sobrecogió el horror ante aquel espectáculo» 
aunque no era otra cosa que la confirmación de lo que 
habíamos oído muchas veces desde nuestra llegada a la 
costa. No podíamos dudar de que los huesos eran hu- 
manos ni de que la carne había sido devorada. Se en- 
contraron en una cesta de provisiones; la came que 
permanecía adherida mostraba las señales del fuego y 
en los cartílagos percibíanse las marcas de los dientes. 
Para desvanecer nuestra incertudumbre» fundada sólo 
en apariencias hasta entonces» ordenamos a Tupia que 
les preguntara qué huesos eran aquellos» y los indios» 
sin la menor vacilación» contestaron que eran de un 
hombre; preguntóles después qué había sido de la car- 
né» y replicaron que se la habían comido. «Pero — dijo 
Tupia — ¿por qué no os coméis el cuerpo de la mujer 
que vimos .flotando en el agua?» «La mujer — dije- 
ron — murió de enfermedad; además» era de nuestra 
familia» y nosotros sólo nos comemos los cadáveres de 
nuestros enemigos que mueren en combate.» Al pre- 



118 JAMES COOK LIB. II 

juntárseles quién fuera el hombre cuyos huesos había* 
mos encontrado, dijéronnos que cinco días antes había 
liefifado a la bahía una canoa enemig^a con muchos tri* 

EulanteSy y que aquel hombre era uno de los siete que 
abfan matado. Aunque no era necesaria otra prueba 
de la horrible práctica se^fuida por los habitantes de 
esta costa, aun podemos reseñar otra más fehaciente. 
Uno de nosotros pregfuntó si tenían aún huesos huma- 
nos con carne, y ai respondernos que toda se la hablan 
comido, fíngfimos dudar de que los huesos fueran hu- 
manos y dijimos que eran de un perro, a lo cual una 
de los indios se agarró con afanoso ademán uno de sus 
antebrazos y, enseñándonoslo, dijo que el hueso que 
Mr. Banks tenía en su mano había pertenecido a aque- 
lla parte del cuerpo humano; al mismo tiempo, para 
convencemos de que la carne había sido comida, mor- 
dió con los dientes su propio antebrazo e hizo ademán 
de comer; también mordió y mascó el hueso que había 
cogido Mr. Banks, metiéndoselo en la boca y dando a 
entender por señas que había sido para él un delicioso 
bocado; devolvió entonces el hueso a Mr. Banks y si- 
guió acompañándole. Entre las personas de esta fami- 
lia había una mujer en cuyos brazos, piernas y rodillas 
aparecían terribles cortaduras; nos dijeron que se las 
había inferido a sí misma, en señal del. dolor que le ha- 
bía producido la muerte de su marido, a quien habían 
matado y comídose poco antes sus enemigos, que ha- 
bían venido de un lugar del E. hacia el cual apuntaron 
los indios. 

Miércoles 17. 

El navio se hallaba a menos de un cuarto de milla 
de tierra, y por la mañana nos despertó el canto de los 
pájaros; su número era innumerable y parecían anima- 
dos de un prurito de emulación filarmónica. Esta sal- 
vaje melodía era infinitamente superior a cuantas había- 
mos oído de la misma clase; hacía el efecto de campa- 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 119 

nillas acordadas del modo más exquisito, y es posible 
que la distancia y el rumor del agfua contribuyesen no- 
tablemente a embellecer el sonido. Hicimos algunas 
preguntas acerca de ello, y se nos informó de que es- 
tos pájarosi que cantan siempre aqui desde las dos de 
la madrugada, prolongando su concierto hasta la salida 
del Sol, permanecen, como nuestros ruiseñores, silen- 
ciosos durante el día. A última hora de la mañana se 
acercó al barco una canoa procedente del caserío indio, 
y entre sus tripulantes venía el anciano que subiera a 
bordo no bien entramos en la bahía. Tan pronto como 
se encontró la piragua al costado del barco reprodujo 
Tupia la conversación iniciada el día antes, concernien- 
te a su costumbre de comer carne humana, y durante 
el coloquio repitieron ellos lo que ya nos habían dicho. 
«Pero — di jo Tupia — ¿dónde están las cabezas?¿Os las 
coméis también?» «De las cabezas — dijo el anciano — 
no nos comemos más que los sesos, y la primera vez que 
venga traeré algunas para convenceros de que lo que os 
digo es verdad.» Después de prolongarse un rato esta 
conversación dijeron a Tupia que esperaban muy en 
breve a sus enemigos, para vengar la muerte de los 
siete hombres a quienes habían matado y devorado. 

Jueves 18. 

El 18 permanecieron los indios más tranquilos que 
de costumbre y ninguna canoa se llegó al barco, ni vi- 
mos a ninguno por la costa, pues habían suspendido la 
pesca y todas sus ocupaciones habituales. Presumimos 
que esperasen aquel día el ataque y nos dispusimos a 
observar lo que hubiera de pasar en tierra; pero nues- 
tra curiosidad resultó defraudada. 

Después de almorzar salí en la pinaza para tomar una 
idea de la bahía, que era de gran extensión y que con- 
tenía innumerables y pequeños fondeaderos y calas en 
todas direcciones; limitamos nuestra excursión, sin em- 
bargo, a la ribera occidental, y como la parte en que 



120 JAMES COOK LIB. II 

desembarcamos era una selva impenetrable, nada pu* 
dimos ver digno de noticia; matamos, no obstante, buen 
número de cuervos marinos (cormoranes), a quienes 
sorprendimos refugfiados en sus nidos de los árboles, y 

2ue asados o cocidos constituían un suculento manjar. 
*uando volvíamos vimos en una canoa a un hombre 
solo pescando; bogamos hacia él y, con gran extrañeza 
nuestra, no fíjó en nosotros la menor atención, ni aun 
en el momento de pasar a su lado; antes por el contra- 
rio, prosiguió en su ocupación cual si hubiéramos sido 
seres invisibles. No parecía, sin embargo, ser huraño 
ni estúpido; suplicámosle que sacara su red para exa- 
minarla, en lo que consintió sin dificultad; era aquélla 
de forma circular, tendida entre dos aros y de siete a 
ocho pies de diámetro; la parte superior estaba abierta 
y colgaban de la inferior, como cebo, unas cuantas ore- 
jas de mar; hízola descender hasta el fondo, y cuando 
presumió que habría sobre ella peces bastantes levan- 
tóla con suave movimiento, de manera que el pescado 
que con ella subía apenas sintiese que iba elevándose, 
hasta llegar casi a la superficie del agua, en cuyo mo- 
mento le hizo caer en la red con una brusca sacudida. 
Por este sencillo método había cogido peces en abun- 
dancia, y en verdad que hay tantos en esta bahía que 
la pesca no requiere trabajo ni artificio. 

Algunos de los nuestros encontraron en las inmedia- 
ciones de la selva, junto a un hoyo u horno, tres fému- 
res humanos, que trajeron al navio; una prueba más de 
que esta gente come carne humana: Mr. Monkhouse, 
nuestro cirujano, trajo también de un lugar en que había 
visto muchas casas abandonadas la cabellera de un 
hombre, que había encontrado con muchas otras cosas 
suspendidas de las ramas de un árbol. 

Viernes 19. 

El 19 por la mañana instalamos la fragua del armero 
para reparar las barras del gobernalle y para hacer otros 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 121 

trabajos de herrería. Todos los hombres estaban ocu- 
padoSy unos en carenar y otros en diversas operaciones 
relacionadas con el barco; algunos indios de otra parte 
de la bahía, donde nos dijeron que existía una ciudad 
que no habíamos visto, vinieron a bordo; trajeron gran 
cantidad de pescado, que nos vendieron por clavos, 
pues habían adquirido ya algunas nociones acerca de 
su uso, y en este tranco no intentaron ninguna ilega- 
lidad. 

Sábado 20. 

En la mañana del 20 nuestro anciano cumplió su pro- 
mesa y trajo a bordo cuatro de las cabezas pertene- 
cientes a otros tantos de los siete acerca de los cuales 
habíamosle preguntado; el cabello y la carne estaban 
intactos, pero advertimos que los sesos habían sido ex- 
traídos; la carne era blanda, pero indudablemente tie- 
nen algún sistema para impedir su putrefacción, porque 
no despedía olor desagradable. Compró Mr. Banks una 
cabeza, pero les costó mucho trabajo desprenderse de 
ella y no hubo manera de convencerlos para que ven- 
dieran una segunda; tal vez guardaran aquellos despo- 
jos como trofeos, cual los cráneos en América y las 
quijadas en las islas del S. Al examinar la cabeza com- 
prada por Mr. Banks advertimos que había recibido un 
golpe en las sienes, que había producido la fractura 
del cráneo. Hicimos otra excursión en la pinaza para 
explorar la bahía; pero no encontramos en sus riberas 
terreno llano de extensión bastante para un batatar, ni 
pudimos descubrir el menor síntoma de cultivo; no to- 

I)amos con un solo indio, pero encontramos un exce- 
ente puerto, y a eso de las ocho de la noche regresa- 
mos al barco. 

Domingo 2U 

El 21 Mr. Banks y el Dr. Solander salieron a pescar 
con sedal y anzuelo, y cogieron enorme cantidad en 



122 JAMES COOK LIB. 11 

todas las zonas de fondo rocoso y en profundidades 
de cuatro a cinco brazas; tendíase la red todas las no- 
ches, y rara vez dejaba de proporcionar provisiones 
para que se hartara la tripulación. Concedióse permiso 
este día a todos para que fueran a tierra al lugar de la 
aguada y se solazasen como tuvieran por conveniente. 

Lunes 22. 

En la mañana del 22 salí otra vez en la pinaza, acom- 
pañado de Mr. Banks y el Dr. Solander, con idea de 
reconocer el fín de la bahía; pero después de bogfar 
cuatro o cinco leguas sin lograr descubrir el punto bus- 
cado, tomóse contrarío el viento, y en vista de que 
había transcurrido la mitad del día desembarcamos en 
la ribera sureste, con objeto de ver lo que pudiera des- 
cubrirse desde los montes. 

Míster Banks y el Dr. Solander dedicáronse inmedia- 
tamente a herborizar cerca de la playa, y tomando yo 
un marinero subí a uno de los montes; cuando alcancé 
su cúspide se me ofreció una vista del brazo de mar in- 
terceptada por montes que en aquella dirección eran 
más elevados, y que se hacían inaccesibles por las sel- 
vas impenetrables que los cubrían; vi, sin embargo, so- 
bradamente recompensado mi esfuerzo, porque descu- 
bría el mar de la parte oriental del país y un paso que 
a él conduce desde el occidental, que se abría hacia 
el este de la boca de la bahía en que el barco se halla- 
ba fondeado. La tierra del flanco sureste de este brazo 
de mar aparecía como una estrecha faja de elevados 
montes y como formando parte de la margen suroeste 
del estrecho; por el lado opuesto parecía extenderse 
la tierra en dirección E. hasta perderse de vista, y hacia 
el SE. parecía haber una salida al mar que bañaba la 
costa oriental; en el lado este del brazo vi también al- 
gunas islas que antes habíanme parecido formar parte 
de la tierra fírme. Después de hacer este descubrimien- 
to descendí de la montaña, y luego de tomar un refri- 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 123 

^río emprendimos nuestro regreso ai barco. De cami- 
no reconocimos los puertos y calas que se hallan detrás 
de las islas que yo descubriera desde el monte, y en 
esta ruta vimos un viejo caserío compuesto de muchas 
casas que parecían llevar mucho tiempo abandonadas; 
vimos también otro pueblo habitado; pero el día estaba 
demasiado avanzado para que pensáramos en visitarlo, 
y en vista de ello caminamos lo más de prisa posible 
en demanda del navio, al que lleg^amos entre ocho y 
nueve de la noche. 

Martes 23. 

El día 23 lo empleé en prose^ir la exploración del 
paraje, y sobre una de las islas en que desembarqué vi 
mucnas casas que parecían abandonadas hacía mucho 
tiempo y entre las que no se encontraba vestigfio algu- 
no de sus pobladores. 

Miércoles 24. 

El 24 fui a visitar a nuestros amigos del heppah o 
caserío de la punta de la isla próxima al barco, que 
habían venido a vernos cuando llegábamos a la bahía. 
Recibiéronnos en actitud cortés y franca, mostrándo- 
nos todos los detalles de sus viviendas, que eran có- 
modas y limpias. La isla o roca sobre la que está encla- 
vada esta ciudad se halla separada de la tierra firme 
por una grieta o fisura tan estrecha, que un hombre 
casi podría saltar de una a otra; sus laderas eran tan 
abruptas que hacían innecesaria la fortificación artifi- 
cial; había, sin embargo, una sencilla empalizada y una 
pequeña plataforma defensiva hacia la parte de la roca 
en que el acceso se hacía menos difícil. 

La gente de aquel lugar nos trajo varios huesos hu- 
manos, cuya carne se habían comido, y nos los ofrecie- 
ron en venta; para la curiosidad de aquellos dé nos- 
otros que habíanlos comprado como recuerdos de la 
horrible costumbre que muchos se han resistido a creer. 



124 JAMES COOK LIB. 11 

no obstante las referencias de los exploradores, consti- 
tuían algfo así como un artículo comercial. En un rincón 
de este pueblo vimos, no sin gran sorpresa, una cruz 
exactamente igual a la de un crucifijo; estaba adornada 
con plumas, y al pregfuntar por qué se había levantado 
aquel signo, se nos dijo que era un monumento dedica- 
do a un difunto; habíamos entendido antes que no dan 
tierra a sus muertos, sino que los arrojan al mar; pero 
la pregunta que les hicimos encaminada a averiguar 
qué habían hecho del cadáver del hombre en cuya me- 
moria habíase erigido el monumento negáronse a con- 
testarla. 

Al separarnos de aquella gente nos dirigimos al otro 
cabo de la isla, y tomando allí el bote cruzamos a la 
tierra firme, donde vimos varias casas, pero no habitan- 
tes, como no fueran los tripulantes de unas cuantas 
canoas que por allí bogaban pescando al parecer. Des- 
pués de reconocer el paraje volvimos al barco para 
comer. 

Durante nuestra visita a los indios. Tupia, que siem- 
pre nos acompañaba, observó que siempre estaban ha- 
blando de mosquetes y de matar gente; no pudimos 
explicarnos el motivo de aquel tema de su conversa- 
ción, y tanto llegó a intrigarnos que no nos ocupamos 
de otra cosa durante todo el camino de regreso y que 
aun seguimos hablando de ello después de llegar al 
barco; hallábamonos perplejos entre las varias conjetu- 
ras que hubieron de insinuarse; pero al cabo supimos 
que el día 21 uno de nuestros oficiales, bajo pretexto de 
salir a pescar, habíase encaminado al heppah, y que al 
acercarse a su bote dos o tres canoas, por temor de ser 
atacado, había disparado tres tiros de mosquete, uno 
de postas y dos de bala, sobre los indios, que hubieron 
de retirarse con la mayor precipitación, aunque tal vez 
habrían venido con intenciones amistosas, porque su 
conducta anterior y ulterior abonaba esta presunción 
y porque no tenían motivos para esperar un trato se- 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 125 

mejante de una siente que se había conducido siem- 
pre con ellos no sólo humanitaria, sino cortésmente» 
y a quienes ellos no recordaban haber inferido el me- 
nor daño. 

Jueves 25. 

El 25 hice otro recorrido por la costa en la pinaza^ 
con dirección a la boca, acompañado de Mr. Banks y 
el Dr. Solander. Desembarqué en una pequeña cala 
para matar cuervos marinos, y fuimos a dar con una di- 
latada familia de indios, cuya costumbre es distribuirse 
entre las diversas ensenadas y calas, en las que abunda 
el pescado, permaneciendo unos cuantos en el heppah, 
al que acuden los demás en caso de peligro. Algfunos 
de los indios saliéronnos al encuentro y nos invitaron 
a incorporarnos al resto de su gfrupo, invitación que 
aceptamos de buen a^ado. Encontramos una reunión 
de treinta entre hombres, mujeres y niños, que nos re- 
cibieron con las más inequívocas demostraciones de 
amistad; repartimos entre ellos cintas y cuentas y reci- 
bimos en cambio besos y abrazos de hombres y muje- 
res, jóvenes y viejos; nos dieron también algún pescado» 
y al cabo de un rato regresamos, encantados de nues- 
tro nuevo conocimiento. 

Viernes 26» 

En la mañana del 26 salí en el bote con Mr. Banks y 
el Dr. Solander, y entré en una de las abras del este 
del brazo, con objeto de tomar otra vista del estrecho 
que une los mares oriental y occidental. A este propó- 
sito, habiendo desembarcado en lugar conveniente» 
subí a un monte de altura considerable, desde el cual 
pude observarlo en su totalidad, así como la tierra de la 
costa opuesta, que me pareció hallarse a cuatro leguas 
de distancia aproximadamente; pero como el horizonte 
estaba brumoso no pudimos extender nuestra vista por 
la parte sureste; resolví, sin embargo, tantear el paso 



126 JAMES COQK LIB. II 

con el barco no bien me hiciera al mar. En la cumbre de 
este monte hallé unas cuantas piedras sueltas, con las 
que formé una pirámide en cuyo interior hube de dejar 
balas de mosquete» perdigones, cuentas y otras cosas 
que llevábamos casualmente, y que habrían de resistir 
sin alteración el paso del tiempo, y que por no ser ma- 
nufactura india habrían de- servir para convencer a 
cualquier europeo que Uegfase a aquel lugar y demolie- 
se la pirámide de que otros europeos habían estado 
allí antes que él. Hecho esto, descendí del monte, y 
luego de saborear la agradable comida de cuervos ma- 
rinos y pescado que nos proporcionaron nuestros mos- 
quetes y nuestros sedales, comida que prepararon los 
del bote en un lugar que les habíamos señalado, en- 
contramos allí mismo otra familia india, que nos reci- 
bió, como de costumbre, con grandes manifestaciones 
de amistad y complacencia, enseñándonos dónde ha- 
bíamos de procurarnos agua y ayudándonos en todo lo 
que. pudieron. Desde este lugar fuimos al pueblo de 
que nos habían hablado los indios que nos visitaran 
el 19, y que, como todos los que habíamos visto antes, 
levantábase en una pequeña isla o roca, de tan difícil 
acceso, que para satisfacer nuestra curiosidad tuvimos 
que arriesgar nuestras vidas. También nos recibieron 
allí los indios con los brazos abiertos, nos llevaron a to- 
das partes y nos enseñaron cuanto el pueblo encerraba. 
La ciudad, lo mismo que las otras, componíase de 
ochenta o cien casas y sólo tenía una plataforma defen- 
siva. Llevábamos algunos clavos, cintas y papeles, con 
los que nuestros huéspedes quedaron tan satisfechos, 
que a nuestra partida nos llenaron el bote de pescado 
seco, del cual supimos cogían grandes cantidades. 

Sábado 27. — Domingo 28. 

Los días 27 y 28 se emplearon en disponer el navio 
para salir al mar, fíjar el travesano del gobernalle, lle- 
var piedras a bordo para colocarlas en la parte baja del 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 127 

almacén de gaüeiñt con objeto de inclinar el barco ha- 
cia popa, reparar los toneles y almacenar pescado. 

Lunes 29. 

El 29 recibimos la visita de nuestro anciano, cuyo 
nombre era Topaa» y la de otros tres indios, con quie- 
nes Tupia conversó larg^amente. Nos dijo el anciano 
que uno de los hombres sobre quienes hiciera fuego el 
oficial cuando visitó el heppah, so pretexto de pescar» 
había muerto; pero, con g^ran satisfacción, supe después 
que esta noticia no era cierta, y que si se tomaban al 
pie de la letra los cuentos de Topaa nos exponíamos a 
equivocamos con frecuencia. Míster Banks y el doctor 
Solander estuvieron varias veces en tierra durante los 
últimos tres días, no sin éxito; pero limitaron sus paseos 
a causa de la maleza exuberante, de tal suerte enmara- 
ñada, que llenaba el espacio que entre si dejaban los 
árboles y hacia los bosques casi impenetrables. Aquel 
dia fui yo también a tierra, dirigiéndome a la punta oc- 
cidental de la bahía, y desde un monte de considerable 
altura tomé una vista de la costa noroeste. La tierra 
más lejana que pude ver en tal dirección fué una isla 
que ya se ha mencionado, situada a unas diez leguas y 
no lejos de tierra firme; entre esta isla y el lugar en que 
yo me hallaba descubrí otras varías islas próximas a la 
costa, que formaban muchas ensenadas, en las que pa- 
recía haber buenos fondeaderos para los barcos. Des- 
pués de fijar las posiciones de los diferentes puntos para 
mi reseña levanté otro montón de piedras, en el que 
dejé una moneda de plata, balas de mosquete, cuentas 
.y un trozo de bandera vieja en lo alto. A mi regreso al 
barco visité a varios isleños a quienes había visto por 
la costa y adquirí una pequeña cantidad de pescado. 

Martes 30. 

El 30 por la mañana temprano envié un bote a una 
de las islas para recoger apio, y mientras la gente se 



128 JAMES COOK LIB. II 

ocupaba en esto desembarcaron en un lugar próximo 
al en que se hallaban varias chozas vacias veinte indios, 
entre hombres, mujeres y niños; tan pronto como pu- 
sieron el pie en tierra sentáronse en el suelo cinco o 
seis mujeres, formando corro, y empezaron a inferirse 
cortaduras en sus piernas, brazos y rostros con unas 
conchas y con afílados trozos de talco y jaspe. Nuestra 
Siente se enteró de que sus maridos habían muerto a 
manos de sus enemigos; pero mientras ellas cumplían 
esta horrible ceremonia los hombres se marcharon ha- 
cia las chozas con la mayor indiferencia. 

Habiendo preparado el carpintero dos postes para 
dejarlos en recuerdo de nuestra visita al lugar, ordené 
que se escribiera en ellos el nombre del barco, el año 
y el mes; plantóse uno de ellos en el lugar de la agua- 
da enarbolando la bandera del Reino y llevé el otro a 
la isla cercana al mar libre, llamada por los naturales 
Motuara. Fui primero al pueblo o heppa, acompañado 
de Mr. Monkhouse y Tupia; allí encontré a nuestro an- 
ciano, y dije tanto a él como a los demás, por medio 
de Tupia, que habíamos venido a plantar una señal en 
la isla para que sirviera de testimonio a los barcos que 
hubieran de venir de que nosotros habíamos estado 
allí antes. Consintieron en esto sin dificultad y prome- 
tieron no quitar nunca el poste; entonces obsequié a 
todos los presentes y regalé al viejo una moneda de 
plata de tres peniques con fecha de 1736 y algunos tor- 
nillos que tenían grabadas las armas del Rey, pues eran 
cosas que juzgué habrían de conservar mucho tiempo; 
llevé entonces el poste a la parte más alta de la isla, y 
después de hincarlo firmemente en el suelo coloqué 
sobre él la bandera del Reino y honré a la bahía con el 
nombre de Sonda de la Reina Carlota, al mismo tiem- 
po que tomé solemnemente posesión de la bahía y de 
toda la comarca adyacente en nombre de S. M. el Rey 
Jorge 111. Luego bebimos una botella de vino a la salud 
de o. M. y regalamos el casco al viejo que nos había 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 129 

acompañado al monte, que quedó sumamente compla- 
cido de nuestro obsequio. 

Mientras se plantaba el poste hicimos pregfuntas al 
viejo acerca del paso al mar oriental, cuya existencia 
nos confirmó, y entonces le pregfuntamos acerca de la 
tierra del suroeste del estrecho en que nosotros nos 
hallábamos situados; esta tierra, dijo, consistía en dos 
zühennuas o islas, cuyo contorno podía recorrerse por 
mar en pocos días, y a la que llamaban Tovy Poe- 
nammu, cuya traducción literal viene a ser «a^ua de tal- 
co verde», y de haberle entendido mejor hubiéramos 
sabido que Tovy Poenammu era el nombre concreto 
del lugfar en que se proveían del talco verde o piedra 
que les sirve para sus adornos y herramientas, y no el 
nombre general comprensivo del distrito meridional; 
dijo que había además una tercera zvhennua al este 
del estrecho, cuya circunnavegfación exigía muchas lu- 
nas; a ésta la llamó Eaheinomauwe, y a la tierra que bor- 
dea el estrecho le dio el nombre de Tierra Witte. Le- 
vantado el poste, y luego de procurarnos estas indica- 
ciones, regresamos al navio acompañados del anciano 
y seguidos de su canoa, en la cual volvió a tierra des- 
pués de comer. 

Miércoles 3h 

Completada el 31 nuestra provisión de madera y lle- 
nos de agua los toneles, mandé salir dos grupos de 
hombres, uno para cortar y hacer escobas y otro para 
pescar. Por la tarde tuvimos fuerte vendaval del NO., 
con tan ruda lluvia que nuestros pequeños músicos de 
tierra suspendieron el canto, que hasta entonces no ha- 
bíamos dejado de oír por las noches, con un placer del 
que era imposible verse privado sin sentimiento. 

Febrero* - Jueves /. 

El día 1 transformóse el vendaval en borrasca, con 
fuertes ráfagas de la tierra alta, una de las cuales rom- 

JAMIi COOKt rKIMIK Vligf , '-o T. II 9 



130 JAMES COOK LIB. H 

pió el ancl|i que habíamos fijado en la costa, obligán- 
donos a poner otra. A eso de media noche amainó el 
viento, pero continuó la lluvia con tal violencia, que el 
arroyo que nos surtiera de agua rebasó sus margesíes y 
se llevó diez toneles pequeños que alli se habían deja- 
do llenos de ama, y que, a pesar de buscar por todas 
partes en la cila, no pudimos recobrar. 

Sábado 5. 

Como pensaba aprovechar el día 3 la primera opor- 
tunidad para hacemos al mar, me dirigí al heppah de la 
costa oriental de la Sonda y adquirí una cantidad con- 
siderable de pescado seco para almacenarlo. La gente 
de aquel caserío confirmó todo lo que el anciano había 
dicho en relación con el estrecho y el país, y a medio- 
día me despedí de ellos. Algunos manifestáronse ape- 
nados y otros contentos de que nos marcháramos; el 
pescado me lo vendieron fácilmente, pero algunos mos- 
traron signos de desaprobación. Al regresar al barco 
hicieron varios una excursión hacia la costa norte para 
traficar con los naturales, con objeto de conseguir ma- 
or provisión de pescado, pero no tuvieron éxito. Por 
a tarde ya se había llevado al barco todo lo que hubie- 
ra en la costa, pues me proponía hacerme a la vela por 
la mañana, pero el viento no lo permitió. 

Domingo 4. — Lunes 5. 

El 4, mientras que esperábamos el viento nos entre- 
tuvimos en pescar y en coger conchas y semillas de di- 
versas especies, y el 6 por la mañana temprano embar- 
camos el ancla de amarre y echamos otra con objeto 
de remolcar el barco hacia fuera de la ensenada, ae^- 
pues de lo cual, a las dos de la tarde, nos hicimos a la 
vela; pero como cayese el viento a poco, vímonos obli- 
eados a anclar de nuevo junto a Motuara. Cuando ya 
Rabiamos desplegado velas vino a despedirse de nos- 
ptrqs nuestro viejo Topaa, y como deseát^un^ adq^i^qr 



i 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 131 

más indicacioBcs y enterarnos de si quedaba entre esta 
úfente aigún recuerdo de Tasman, ordenamos a Tupia 
que le preguntara ai había oído hablar de que hubiera 
visitado el país algún otro barco como el nuestro. Re* 
plicó neeativamente; pero dijo que sus antepasados ha<* 
bíMi dicho que un pequeño barco procedente de una 
tierra distante, llamada Ulimaroa, había venido, tripu- 
lado por cuatro hombres, que fueron muertos en cuan* 
to llegaron a tierra; y al preguntarle hacia dónde se ha- 
llaba aquella tierra, señaló al N. Nosotros habíamos 
oído hablar alguna vez de Ulimaroa a los de la Bahía 
de las Islas, de la que dijeron fuera visitado por sus 
antepasados, y Tupia habíanos hablado también de 
Ulimaroa, país del cual tenía confusas nociones tradi- 
dicionales, no muy diferentes de las de nuestro anciano; 
así, que no pudimos sacar ninguna conclusión cierta 
entre todas estas referencias. 

Martes 6. 

Poco después de anclar por segunda vez fueron a 
tierra Mr. Banks y el Dr. Solander para ver si quedaba 
algo por conocer de aquella naturaleza, y dieron casual- 
mente con la más agradable familia de indios que ha- 
bían visto, que les proporcionó ocasión de observar la 
disciplina social de esta gente. Las personas principa- 
les eran una viuda y un hermoso niño de diez años. La 
viuda lamentaba la pérdida de su marido con lágrimas 
de sangre, según su costumbre, y el niño, por el falleci- 
miento de su padre, había entrado en posesión de la 
tierra en que habíamos cortado la leña. La madre y el 
hijo sentábanse sobre unas esteras, y el resto de la fa- 
milia, en número de diez y seis o diez y siete, de am- 
bos sexos, estaban a su alrededor, todos al aire libre, 
pues no había por allí ninguna casa ni otro refugio con- 
tra las inclemencias del tiempo, que tal vez por cos* 
tumbre sobrellevaban sin gran dificultad. Su compor- 

tdmkiPto M wrXU y abierto. RegalAroq.fi los uu^trM 



132 JAMES COOK LIB. II 

pescado y un ascua para cocerloi y los invitaron repe- 
tidas veces a quedarse alli hasta la mañanai cosa que 
hubieran hecho de no hallarse el barco próximo a zar- 
par, y lamentaron grandemente no haber conocido an- 
tes a aquella familiai pues no dudaban que en un día 
hubieran obtenido por medio de ella más conocimiento 
acerca de las costumbres y modo de ser de los habi- 
tantes del país que el que habían podido adquirir du- 
rante toda nuestra estancia en la costa. 

El día 6| a las seis de la mañana saltó una ligera brisa 
del N. y nos hicimos a la vela; pero el viento se hizo 
variable y no pudimos hacer otra cosa que salir de Mo- 
tuara; por la tarde, sin embargo, una brisa algo más 
fuerte del NO. nos sacó de la Sonda, que voy a des> 
cribir. 

La entrada de la Sonda de la Reina Carlota se halla 
situada en la latitud 4V S., en la longitud 184'' 45' O. 
y en la zona media de la margen suroeste del estre- 
cho. La tierra de la punta sureste de la Sonda, llamada 
por los naturales Koamaru, junto a la cual yacen dos 
pequeñas islas y algunas rocas, forma la parte más an- 
gosta del estrecho. Desde la punta noroeste una co- 
rrida rocosa extiéndese por una longitud de dos millas 
en dirección NE. N., viéndose parcialmente sobre el 
agua. Por estas indicaciones que damos acerca de los 
cabos o puntas, la Sonda puede reconocerse suficien- 
temente: a la entrada tiene tres leguas de anchura; su 
longitud en las direcciones SO., SSO. y OSO. es de 
diez leguas, y en ella, según podrá verse en el plano, 
existe una colección de puertos que pueden decirse 
los más hermosos del mundo. La tierra que forma el 
fondeadero o cala en que nosotros estuvimos es llama- 
da por los naturales Totarranoe; el mismo fondeadero, 
al que yo llamé Ensenada del Navio, no es inferior a 
ninguno de los que hay en la Sonda, tanto por las bue- 
nas condiciones que ofrecen las tierras circundantes 
como por la seguridad. Hállase en la ribera occidental 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 133 

de la Sonda y es la más meridional de las tres calas 
que se abren frente a la Isla Motuara, que se levanta al 
este de ella. Puede entrarse en la Ensenada del Navio, 
bien cruzando el espacio intermedio entre Motuara y 
una larga isla, a la que los naturales llaman Hamo- 
te, bien dirigiéndose por el que limitan la isla de Mo- 
tuara y la costa occidental. En el último de estos cana- 
les hay dos bajos a tres brazas de profundidad, que 
pueden fácilmente percibirse por las algas que sobre 
ellos se desarrollan. Tanto al entrar en la Sonda como 
al salir de ella es preciso tener en cuenta las mareas, 
que suben a las nueve o las diez en los cambios y ple- 
nilunios y que producen una diferencia de nivel de 
siete a ocho pies. El flujo viene al estrecho por el SE. 
y bate con fuerza la punta noroeste, así como la sirte 
que se extiende al pie del mismo. El reflujo corre con 
mayor rapidez aún hacia el SE., batiendo las rocas y 
las islas que rodean la punta sureste. La declinación 
de la brújula fué de 13^ 5' E. 

La tierra que se extiende en tomo de la Sonda, que 
es tan elevada que se distingue desde veinte leguas de 
distancia, consiste casi en su totalidad en una serie de 
altos montes y valles profundos bien provistos de exce- 
lente madera, adecuada a todas las necesidades, con 
excepción de los masteleros, para lo cual resulta exce- 
sivamente dura y pesada. El mar abunda en pescados 
de diferentes especies; tanto, que sin salir del abra en 
que estábamos cogíamos todos los días con el cerco y 
los sedales cantidad bastante para toda la tripulación; 
y a lo largo de la ribera hallamos cuervos marinos en 
abundancia y otras diversas especies de aves silvestres, 
que aquellos que han vivido mucho tiempo reducidos 
al consumo de provisiones saladas no considerarán ali- 
mento despreciable. 

El número de habitantes apenas si excede de cua- 
trocientos, y viven desparramados por la costa, consis- 
tiendo su alimento en pescado y raíces de helécho. 



134 JAMES COOK LIE. It 

que se procuran con toda facilidadi pues no vimos te- 
rreno cultivado. Al menor asomo de peli^o retiranse 
a sus heppahs, o fuertes. En esta situación los encon- 
tramos y en esta situación continuaron por algún tiem- 
po después de nUestifa llegada. Comparados con los 
habitantes de otras regiones de este país, son pobres 
y sus canoas carecen en absoluto de adorno. El escaso 
tráfico que con ellos mantuvimos redújose a pescado, 
y en verdad que apenas disponen de otra cosa. Pare- 
cían, sin erabarsfo, tener algún conocimiento del hierro, 
a diferencia de los pobladores de otras comarcas, por- 
que se prestaron gustosos a tomar clavos a cambio de 
su pesca y a veces los prefirieron a los otros articalos 
que pudimos ofrecerles, caso que rara vez se nos había 
presentado. Mostráronse al principio aficionados al pa- 
pel, pero cuando vieron que se estropeaba con la hu- 
medad no lo quisieron más; tampoco concedieron gran 
valor al paño de Taiti; pero las grandes pie2as de paño 
inglés y la jerga roja gozaban entre eUos de gran pre- 
dicamento; esto demostraba que tenían discernimiento 
bastante para apreciar las ventajas que les ofredamos 
con el uso de tales artículos, lo cual no puede decirse 
de algunos de sus vecinos, a pesar de ostei^au- mucha 
mejor apar^ncia. Sus vestidos se han mencionado ya, 
especialmente la gran toca redonda de plumas que lie- 
vaban en la cabeza, y que distaba mucho de con^tuir 
un adorno inconveniente. 

Tm pronto como salimos de hi Sonda nos dirigimos 
hacia el E. para tomar bien el estrecho antes de que 
llegara el reflujo. A las siete de la tarde las dos peque- 
ñas islas inmediatas al Cabo Koamaru, que es la punta 
sureste de la Sonda de la Reina Carlota, marcaban E. a 
unas cuatro millas. Sobrevino entonces la calma casi 
absoluta, y al empuje del reflujo víníonos arrastrados 
en muy poco tiempo a las inmediaciones de una de las 
islas, que era una roca que se alzaba desde el fondo 
del mar casi verticalmente. No tardamos en damos 



CAF. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 135 

cuenta de (fue el pelii^ro aumentaba por momentos y 
de que no teniáraos más que un recurso para no pere- 
cer destrozados contra las rocas, recurso cuyo éxito 
debia verse en unoitf cuantos minutos. Estábamos a poco 
mas de un caMe de la roca, con más de setenta y cinco 
brazas de úgwi; pero echando el ancla y soltando anas 
ciento cincuenta brazas de cable losáramos sacar al na- 
vio de la corriente; no hubiera bastado esto para sal- 
vamos si la marea, cuya dirección efá S. ^^,5 E., no 
hubiera cambiado al SE. al encontrar la isla y conduei- 
doAOS más allá de la primera punta. En tai situación 
DOS hallábamos a más de dos cables de las rocas, y alti 
permanecimos mientras duró la fuerza de la marea, que 
se dir^a a( SE. con una velocidad de más de cinco 
millas por hora, desde poco después de las siete hasta 
media noche, en que cesó la marea. A las tres de la 
madhi^da estaba el anda a bordo, y con ligera brisa 
del NC). nos dirisfimos hacia la costa oriental; pero 
siéndonoa contraria la marea avanzamos muy poco; 
arreeió Intgo el viento, sin embargfo, corriéndose al N. 
y al NE., y con él y el reflujo cruzamos rápidamente la 
angfóstura del estrecho y nave^famos hacia la tierra más 
meridional que divisábamos, y que marcaba S. 22^,5 O. 
Sobre esta tierra elevábase una montaña de s;ran altu- 
ra, que se hallaba cubierta de nieve. 

La parte más anjfosta del estrecho que hábÑimos 
atravesado con tanta rapidez hállase entre Cabo Tie- 
rawitté, en la costa de Eaheinomauwe y Cabo Koama- 
ru; la distancia entre ambos puede ser de cuatro o cin- 
co lejfuas, y a pesar de la marea, una vez que se cono- 
ce su fuerza, puede cruzarse sin gran peK^fro. Es más 
seifuro, sin embargo, seguir la costa norte, pues por 
aquel lado parecía no haber nada que temer; pero en 
la otra ribera no sólo existen las islas y rocas próximas 
a Cabo Koamaru, sino una carrera rocosa que se ex- 
tiende siete millas al sur de aquellas islas a dos o tres 
millas de la cosita, la' cual haUa sido descubierta por mi 



136 JAMESCOOIC LIB. II 

desde el monte cuando tomé la sej^unda vista del es- 
trecho desde el mar oriental al occidental. La lonj^itud 
del estrecho que cruzamos no me atrevo a precbarla, 
mas puede juzg^arse de ella por la carta. 

Nueve legfuas al norte de Cabo TierawittCi y junto a 
la misma costa, hay una isla alta y visible, que se pue- 
de distinguir perfectamente desde la Sonda de la Reina 
Carlota, de la que dista seis o siete leguas. A esta isla, 
que hubo de meilbionarse cuando la doblamos, el 14 de 
enero, le di el nombre de Isla Entry (de la Entrada). 

Al este de Cabo Tierawitte se extiende la tierra, por 
el SE. E. en unas siete legfuas, terminando en una pun- 
ta y constituyendo la tierra más meridional de Eahei- 
nomauwe. Di a esta punta el nombre de Cabo Palliser, 
en honor de mi digno amigo el capitán Palliser. Se halla 
en la latitud de 4r 34' S. y en la longitud de 183^ 58' O. 
y marcaba aquel día, a las doce, S. 79^ E. a unas trece 
leguas, cuando el barco se hallaba en la latitud de 
4V 27' S., en tanto que Koamaru marcaba N. 45^ E. a 
siete u ocho leguas. La tierra más meridional que se 
hallaba a la vista marcaba S. 16^ O-, y la montaña ne- 
vada, SO. Estábamos entonces a unas tres leguas de la 
costa y frente a una profunda bahía, a la que di el nom- 
bre de Bahía Claudy (Nebulosa), en cuyo fondo se veía 
una tierra baja cubierta de altas arboledas. 

A las tres de la tarde nos hallábamos frente a la pun- 
ta más septentrional de la tierra que viéramos a medio- 
día, a la que llamé Cabo Campbel; está al SO. y a doce 
o trece leguas de Cabo Koamaru, en la latitud de 
41*^ 44' S. y en la longitud de 183^ 45' O. Forma con 
Cabo Palliser la entrada sur del estrecho, siendo la dis- 
tancia entre ambos puntos de trece a catorce leguas, 
según una línea dirigida de O. 22%5 S. a E. 22%5 N. 

Miércoles 7. — Jueves 8. 

Desde este cabo seguimos la costa con dirección 
SO. S. hasta las ocho de la noche, en que cayó el vien- 



CAP. VI PRIM£R VIAJÉ ALREDEDOR DEL MUNDO 137 

to« Hora y media después, sin embargfOi saltó una bue- 
na brisa del SO», con la cual enfílamos hacia él. La ra- 
zón que me hizo tomar este rumbo fué la idea insinua- 
da por algfunos ofíciales de que Eahienomauwe no era 
una isla y que la tierra debía de extenderse hacia 
el SE. entre Cabo Tumagfain y Cabo Palliser, entre los 
cuales había un espacio de aoce a quince leguas que 
no habíamos visto. 

Tenía yo ciertamente la firme convicción de que es- 
taban equivocados, no sólo por lo que había visto la 
primera vez que descubrí el estrecho, sino por otras 
muchas señales que concurrían a demostrar que la tie- 
rra en cuestión era una isla; resuelto, sin embargo, a que 
no quedara la menor duda acerca de una cuestión de 
tal importancia, aproveché el cambio del viento para 
navegar hacia el E.; y en consecuencia, conservé du- 
rante toda la noche el rumbo NE. E. 

A las nueve de la mañana estábamos (rente a Cabo 
Palliser, y vimos que la tierra se extendía en direc- 
ción NE. hacia Cabo Tumagain, el cual, scfrún cal- 
culé, debía de hallarse a veintiséis leguas de distancia; 
pero como el tiempo estaba tan brumoso que no nos 
permitía distinguir a más de cinco leguas, permanecí 
aún en el rumbo NE. con una brisa lij?era del S. y a 
mediodía Cabo Palliser marcaba N. 72 O. a unas tres 
leguas. 

Jueves 8. — Viernes 9. 

A eso de las tres de la tarde llegaron ¡unto al bar- 
co tres canoas con treinta o cuarenta hombres, que ve- 
nían siguiéndonos con gran esfuerzo y constancia dea- 
de algún tiempo antes; parecían más limpios y de me- 
jor casta que los que habíamos encontrado después de 
dejar la Bahía de las Islas, y en sus canoas observamos 
también los mismos adornos que ostentaban las de la 
costa septentrional. Subieron a bordo a pocas instan- 
cias que se les hicieron y su conducta fué amistosa y 



138 J A M E S C o o K LIB. H 

cortés. A nuestros re^fálos correspondierols con oirosi 
cosa que no babián hecho los naturales que hasta en- 
tonces habíamos visto. No tardamos en damos cuenta 
de que nuestros visitantes habían oído hablar de nos- 
otros, porque no bren llegaron a bordo preguiftaron 
por tifkow, que es el nombre que daban a los davos 
los que habían traficado con nosotros; p^ro claramente 
se veía que si habían oído hablar de clavos no habían 
visto ninguno, pues cuando se les dieron preguntaron 
a Tupia que era aquello. La palabra wkow no corres- 
pondía ciertamente a la noción de la natürateasa del 
objetOi sino solamente a su empleo, porque es bi mis- 
mti con que designan un instrumento, de hueso gene- 
ralmente, que ellos usan como barrenas y escoplos. Mas 
como sabían que teníamos whow que vender, era evi- 
dente que sus relaciones se extendían por lo menos 
hasta el Cabo Kindnappers, que distaba no menos de 
cuarenta y cmco leguas, pues era éste el punto más me- 
ridional de este lado de ta costa én que habímnOs man- 
tenido tráfico con le» naturales. Es también probable 
que el ligero conocimiento que los habitante» de la 
Sonda de la Reina Carlota tenían del hierro les hubie- 
ra sicfe comunicado por sus vecinos de Tierawüte, por- 
que ño teníamos razón alguna para pensar que los ha- 
bitantes de ninguna región de la costa tuvieran nociones 
del hierro o de su empleo antes de tocar nosotros en 
ella; tanto más, cuanto que la primera vez que se les 
ofreció artículos de esta clase parecieron desdeñarlos, 
como cosa que carece de vrior. Consideramos pro- 
bable que nos halláramos á la saseón en los dominios 
de Terato; mas al preguntarle», dijeron que no era 
su rey. 

Marcháronse ál cabo de un rato muy isatisfechos de 
los regalos que les hicimos, y proseguimos nuestra 
ruta NE. a lo largo de la costa hasta las once de la si- 
guiente mañana. Habiendo aclarado el tiempo ya, divi- 
samos el Cabo Tuniagain, que marcaba N. 22^,5 E. a . 



CAP. VI PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 139 

siete legfuas próximamente; llamé entonces a cubierta a 
los oficiales y les pregfunté si estaban ya o no conven- 
cidos de que Eahienomauwe era una isla; apresuráron- 
se a contestar afírmativamente, y desvanecidas todas 
las dudas, ceñimos el viento hacia el E. 



CAPITULO VII 



Viaje hacia el S. desde el Cabo Tuma^ain por la costa oriental 
de Poenamma, rodeando el Cabo Sur y volviendo a la boca oc- 
cidental del Estrecho de Cook, con lo cual se completa la cir- 
cunnavegación de esta tierra. — Descripción de la costa y de 
la Bahía del Almirantaz^. — Partida de Nueva Zelandia y 
otros particulares. 



Febrero de 1770. — Viernes 9. — Domingo 11.— 
ÍMnes 12. 

A las cuatro de la tarde del viernes 9 de febrero 
viramos de bordo, enfilamos el SO.| y proseguimos ha- 
cia el S. hasta el anochecer del 11, en que una brisa 
del NE. nos hizo retroceder hasta el Cabo Pallisser, al 
que vimos muy bien porque el tiempo estaba claro. En- 
tre el pie de la meseta y el mar hay una faja de tierra 
plana y baja por cuyo borde exterior se ven algunas 
rocas emergidas. La tierra que se extiende entre este 
cabo y el de Turnagaini bordeando el agua, es baja y 
llana en muchos puntos y se ofrece agradablemente 
cubierta de verdura; pero conforme se aleja del mar se 
levanta en montuosos accidentes. 

Martes 13. 

El 13 a mediodía nos hallábamos en la latitud de 
42^ 2' S.y marcando Cabo Palliser N. 20^ E. a ocho le- 
guas. Por la tarde saltó una brisa del NE. y nos dirigi- 
mos al SO. por O. enfilando la tierra más meridional 
que se divisaba» que marcaba S. 74^ Qt al anochecen 
La declinación fué de 15^ E. 



142 JAMES COOK LIB. II 

Miércoles 14. 

El 14 a las ocho de la mañana sólo habíamos reco- 
rrido veintiuna iegfuas al S. 58^ O. desde el mediodía 
de la víspera, y tuvimos calma. Nos hallamos entonces 
frente a la montaña de nieve que nos quedaba al NE.| 
y en esta dirección dejábamos atrás una cadena de 
montañas de la misma altura poco más o menos que la 
precedentes las cuales se elevan del inar y se extienden 
sobre la costa al NE. 22^^ S. La extremidad nordeste 
de esta cadena, que se interna en el país, no está muy 
distante del Cabo Campbell; hállase del Cabo Koa- 
maru veintidós leguas al SE. 22^|5 S. y treinta legras al 
oessuroeste del Cabo Palliser; son bastante altas para 
ser descubiertas desde mayor distancia. Al mediodía, 
la tierra más meridional que veíamos nos quedaba al 
SE. 45^ N.y a cinco o seis le^as; era una tierra baja y 
parecía ser una isla situada al pie de la cadena de 
montañas. 

Después de comer, habiendo embarcado Mr. Banks 
en un bote para cazar, vimos con nuestros anteojos 
cuatro ifrandes pira^fuas, tripuladas po^ cincuenta y 
siete hombres, que se alejaban de la ribera y se din* 
gían hacia él. fsX momento le hicimos señas para lla- 
marle a bordo; pero no las advirtió;, porque el navio 
estaba colocado con respecto a él en la dirección de 
los rayos del Sol. Estábamos muy distantes de la costa, 

Ír Mr. Banks no lo estaba menos del navio, que se ha- 
laba entre una y otro, y como reinase una gran calma, 
empecé a temer, que no descubriese las piraguas a 
tiempo de que pudiese llegar a bordo antes que le al- 
canzasen. Muy pronto, sin embargo, vimos ponerse en 
movimiento el bote, y tuvimos el placer de recibir a 
Mr. Banks a bordo. Ocupados los isleños en contem- 
plar el navio, no debían de haber advertido el bote; se 
acercarpn a nosotros a la distancia de un tiro de pie- 
dra^ y se detuvieron, miráodpnosi cpipQ aspo^hr^aos; 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 143 

en vano empleó Tupia toda su elocuencia para persua- 
dirlos de que se acercasen más; pero después de ha- 
bernos obser\'adp sAgún tiempo nos dejaroni m^rdián- 
dose a la costa, no habiendo podido hacer la mitad del 
camino hacia ella cuando sobrevino la noche. Creímos 
que estos isleños no habían oído hablar de nosotros» y 
no pudimos meaos de hacer varias reflexiones sobre la 
conducta y las diversas actitudes de los habitantes de 
esta costa. 

Cuando se acercaron a nuestro navio por primera 
vez, unos habían permanecido distantes de nosotros, 
entre adn^irados y temerosos; otros habíanse presenta* 
do en forma hostil, arrojándonos piedras; el isleño que 
encontráramos solo en un bote ocupado en pescar pa- 
reció considerarnos indignos de su atención; y otros, 
sin ser casi invitados a ello, habían venido a bordo 
con la mayor confianza y amistad. Por la conducta de 
estos últimos di el nombre de Lookers-on (espectado- 
res) a la tierra de donde provenían, que, como he ob- 
servado, tenía la apariencia de un^ isla. 

Jueves 15. 

A las ocho de la noche saltó una brisa del SSO., a 
favor de la cual navegamos hacia el SO. por haber 
creído ver tierra uno de a bordo en aque) cuadrante. 
Seguimos este rumbo hasta las seis de la mañana si- 
guiente, habiendo recorrido once leguas, pero sin ver 
mis tierra que la que habíamos pasado. Luego de na- 
vegar hacia el SE., con ligera brisa del ON., hasta me- 
diodía, nuestra latitud fué de 42"" 56' S., y marcan- 
do NN. 45^ O. la tierra frente a la cual habíamos pa- 
sado al mediodía anterior. Por la tarde tuvimos ligera 
brisa del NE., con la que seguimos hacia el O., acer- 
cándonos a tierra, que distaba ocho leguas de nos- 
otros. A las siete de la tarde estábamos a seis leguas 
de tierra y la extremidad más meridional de ella mar- 
caba 0$Q, 



144 JAMES COOK LIB. II 

Viernes 16- 

El 16 al amanecer descubrimos una tierra que corría 
al S. 22*^95 E. y que parecía separada de la costa en que 
nos hallábamos. 

A eso de las ocho saltó una brisa del NE., y con ella 
seguimos avanzando. A mediodía estábamos en la lati- 
tud de 43^ 19' S.y y el pico de la montaña nevada mar- 
caba N. 20^ E. a veintisiete leguas; la extremidad meri- 
dional de la tierra que divisábamos marcaba O., y la 
que habíamos descubierto por la mañana parecía ser 
una isla que se extendía de SSO. a SO 45^ O. en una 
distancia de ocho leguas. Por la tarde pusimos rumbo 
hacia el sur de ella con fresca brisa del N. A las ocho 
de la noche habíamos recorrido once leguas^ y la tie- 
rra extendíase entonces de SOO. a NO. Hallábamonos 
entonces a tres o cuatro leguas de la costa más próxi- 
ma y teníamos cincuenta brazas (1) de agua con buen 
fondo de arena. La declinación de la brújula fué, por 
la observación de aquella mañana, de 14!" 39' E. 

Sábado 17. — Domingo 18. 

Al día siguiente, 17, al salir el Sol vimos una parte 
de la Tierra de Tovy Poenammu, por el oeste de aque- 
lla hacia la cual nos habíamos dirigido, y que se exten- 
día hacia el O. 22**,5 SO., lo que nos confirmó en la 
opinión de que era una isla. A las ocho de la mañana 
las puntas de las extremidades de la isla nos quedaban 
al N. 76" O. y NNE. 45" E., teniendo al N. 20" O., a 
la distancia de tres o cuatro leguas, una abertura situa- 
da cerca de la punta meridional, que parecía formar 
una ensenada. 

Esta isla, a la que di el nombre de Mr. Banks, yace 
a cerca de cinco leguas de lá costa de Tovy Poe- 



(1) La braza inglesa, equivalente a seis pies ingleses, tí^^e |j|q« 
longitud de 1|828 metro». (Nota de la tdid&n español^} 



CAP. vil PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 145 

nammu; la punta meridional está al S. 2V O. del pico 
más elevado de la montaña de nieve, y por la observa- 
ción del Sol y de la Luna hecha por la mañana reco- 
nocimos Que se halla situada a los 43^ 32' de latitud S.| 
y a los 186'' 30' de longitud O. Es de ñgura, circular 
y tiene cerca de veinticuatro lejfuas de circunferen- 
cia; su altura es bastante considerable para hacerse vi- 
sible a doce o quince leguas de distancia. Su superficie 
es irregular y quebrada; parece ser más bien estéril que 
fecunda; sin embargo, estaba habitada, porque vimos 
humo en una parte, y a varios naturales que vagaban 
por otra. 

Cuando descubrimos esta isla por primera vez, por 
el SO., algunas personas de a bordo creyeron haber 
visto también tierra al SSE. y SE. 22'',5 E. Yo mismo 
estaba entonces sobre el puente, y les dije que a mi 
parecer no era otra cosa que una nube que el Sol disi- 
paría cuando se elevase sobre el horizonte; sin embar- 
go, coino yo no quería dejar ningún motivo de incer- 
tidumbre sobre una cuestión que podíamos aclarar por 
la experiencia, hice virar viento atrás y me dirigi al ESE. 
de la brújula, en la dirección que se aseguraba nos que- 
daba esta tierra. Al mediodía estábamos a los 44^ 7 de 
latitud S., teniendo al N., a distancia de cinco leguas, 
la punta meridional de la Isla Banks. Cerca de las sie- 
te de la tarde habíamos recorrido veintiocho millas, y 
no habiendo otra tierra que la que dejáramos atrás, ni 
nada que indicase alguna otra, nos dirigimos al SSO. y 
seguimos esta dirección hasta el día siguiente a medio- 
día, en que nos hallamos a los 45^ 16' de latitud, que- 
dándonos al N. 6^ 30' O. la punta meridional de la 
Isla de Banks a veintiocho leguas de distancia. 

La declinación por acimut fué aquella mañana de 
15" 30' E. 

Como no descubríamos aún ningún indicio de tierra 
al S., y yo creía, según la relación de los isleños que ha- 
bitan el Canal de la Reina Carlota, que habíamos avan- 

JAMES COOK: primer VIAJE. — T. II 10 



146 JAMES COOK LIB. 11 

zado bastante en esta dirección para doUar todas las 
tiem» que hablamos dejado atrás, me diriffi al O. Tu- 
vimos brisa moderada del NNO. y del N. hasta las 
ocho de la noche, en que se hizo variable; a las diet se 
Bjo al S., y sopló durante la noche con tal violencia 
que nos obligfó a rizar las g^avias. 

Lunes 19. 

Al sisfuiente dfa, 19, a las ocho de la mañana había- 
mos avanzado veintiocho legfuas al NNO. y al N., jrjuz- 
gdxíáo que estábamos al oeste de la Tierra de Tovy Poe- 
nammu nos diríg^imos al NO., con un viento fresco 
del S. A las diez, habiendo recorrido onée millas en 
esta dirección, vimos una tierra que se extendía del 
SO. al NO. a distancia de diez legfuas, y nos dirigimos a 
ella; pero una mar borrascosa nos impidió hacer mucho 
camino al S. A mediodía nuestra latitud era de 44** 38*; la 
punta suroeste de la Isla de Banks marcaba N. 58^ 30* E. 
a treinta leguas, y la tierra firme que se hallaba a la vista 
señalaba ON. A las siete de la tarde se extendían las 
últimas tierras del SO* por S. al NO., y a seis leguas 
de la costa tuvimos treinta y dos brazas de agua; 

Martes 20. — Miércoles 2U 

Al día siguiente, 20, a las cuatro de la mañana aos 
dirigimos hacia la costa al O. por SO., y en d espacio 
de cuatro leguas tuvimos de treinta y dos a trece bra- 
zas. Cuando tuvimos este calado, sólo estábamos a tres 
millas de la costa, por lo cual nos hicimos mar adentro. 
La dirección de la costa en este sitio es N. y S., poco 
más o menos; el suelo, hasta la distancia de cerca de 
cinco millas del mar es bajo y llano; pero en seguida se 
eleva en montañas de una altura considerable. El país 
nos pareció sumamente estéril, sin que viésemos nada 
en él que nos indicase estar habitado. Nuestra latitud 
a mediodía fué de 44"* 44', y la longitud que habíamos 
recorrido desde la Isla de Banks, 22' O. Durante las 



CAP. Vil PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 147 

últimas veinticuatro horas, a pesar de haber desplegado 
todo el velamen qué pudimos, sólo habíamos avanzado 
tres leguas a barlovento. Continuamos costeando aquel 
día y el siguiente, manteniéndonos entre cuatro y doce 
leguas de la costa, con treinta y cinco brazas de agua. 

Jueves 22. 

El 22 al mediodía, aunque no hicimos observaciones, 
por la simple inspección de la tierra juzgamos estar 
cerca de tres leguas más a! N. que el día precedente. 
Al ponerse el Sol aclaró el tiempo, que estuviera nu- 
blado, y descubrimos ai NO. por N. una montaña muy 
alta y picuda; al mismo tiempo vimos más distintamen- 
te la tierra, que se extendía del N. al SO. 45^ S. y que 
a cierta distancia de la costa parecía elevada y montuo- 
sa. Muy pronto conocimos que lo que los isleños del 
Canal de la Reina Carlota nos dijeran de una tierra 
al S. era falso, porque nos habían asegurado que se 
podía rodear en cuatro días. 

Viernes 23. 

El 23 tuvimos fuertes oleadas del SE., y esperando 
el viento del mismo rumbo nos mantuvimos a la distan- 
cia de siete a quince leguas de la costa, sin dejar de 
sentir la marejada y con calados variables de sesenta 
a setenta y cinco brazas. Mientras el tiempo estuvo en 
calma, Mr. Banks mató desde la chalupa dos Megales- 
triSf semejantes en todo a aquellas que encontráramos 
en la Isla del Faro, que fueron las primeras que vimos 
en esta costa, aunque hubiésemos hallado algunas po- 
cos días antes de descubrir tierra. 

Sábado 24» 

Al amanecer arreció el viento, que llegó a conver- 
tirse en fuerte vendaval del NNE. A las ocho de la 
mañana observamos que la tierra se extendía por el 
SO* 22'',S S. y enfilamos hacia ella. A mediodía estuvi- 



148 JAMES COOK LIB. II 

mos en la latitud de 45*" 22' S., y la tierra, que enton- 
ces se extendía de SO. 45^ S. a NNO., nos pareció 
accidentada por colinas y valles; por la tarde nos dirí- 
Sfimos al SOS. y SO. bordeando la costa, con fuerte 
viento del N., y aunque no estábamos muy distantes 
de ella, se hallaba tan nublado el tiempo, que nada 
pudimos descubrir distintamente, a excepción de una 
cadena de montañas muy altas, situada cerca del mar 
y paralelas a la costa, que en este paraje corre al 
SO., 22**,5 SO., y al N. 22^5 NE., y parece terminar- 
se en una punta redonda elevada al S. A las ocho de 
la tarde nos hallábamos enfrente de esta punta; pero 
como ya habia obscurecido, y no sabíamos cuál era la 
dirección de la tierra, permanecimos a la capa toda la 
noche, quedándonos la punta al O., a distancia de cer- 
ca de cinco millas; teníamos treinta y siete brazas de 
agua con fondo de pequeñas piedras. 

Domingo 25. 

El 25 muy temprano nos hicimos a la vela, quedán- 
donos la punta al N. a tres legfuas, y hallamos que la 
tierra, en cuanto nuestra vista podía alcanzar, se exten- 
día al SO. 22^,5 O. de esta punta, a la que di el nombre 
de Saunders. Nuestra latitud era de 45^ 35' SE., y nues- 
tra longfitud, de 189^ 4' O. Esta punta se reconoce su- 
ficientemente por la latitud que acabo de fijar y por los 
áng'ulos que forma la costa; sin embargo, cerca de tres o 
cuatro leguas al suroeste de la punta, y muy próxima a 
la costa, hay una montaña notable en forma de silla^ 
que puede servir de señal para distinguirla. A la distan- 
cia de una a cuatro leguas al norte del Cabo Saunders 
forma la costa dos o tres bahías, en las cuales nos pare- 
ció que había buen fondeadero y un abrigo seguro con- 
tra los vientos del SO. y del NO.; pero el designio en 
que yo estaba de dirigirme al S., a fin de determinar si 
esta tierra era una isla o un continente, me impidió en- 
trar en ninguna de las bahías. 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 149 

Lunes 26. — Martes 27, — Miércoles 28. 

Toda esta mañana nos mantuvimoSy con un viento 
del SO.| a poca distancia de la costa, que veíamos cla- 
ramente; es aljfún tanto elevada, y la superficie está 
cortada por muchas montañas cubiertas de bosques y 
de verdor; pero no advertimos ninsfún vestigio de habi- 
tantes. Al mediodía el Cabo Saunders nos quedaba al 
N. 30^ O., a la distancia de cerca de cuatro legfuas. Tu- 
vimos vientos variables y calmas hasta las cinco de la 
tarde, en que empezó a soplar del OSO., arreciando a 
poco de tal manera que nos destrozó la vela del trin- 
quete; luegfo de preparar otra proseguimos hacia el S. 
con dos gavias, y a las seis de la siguiente mañana la 
tierra que teníamos a la vista marcaba ON. y Cabo 
Saunders NO. a ocho leguas, y a mediodía teníamos 
este cabo al N. 20'' O., a catorce leguas. Nuestra lati- 
tud, por observación, fué de 46^ 36'. Continuó la bo- 
rrasca con duras ráfagas y fuertes marejadas durante 
toda la tarde. A las siete desplegamos las gavias y to- 
mamos rumbo S.; a mediodía del 27 nuestra latitud era 
de 46'' 54\ y nuestra longitud. I*" 24' E., contada desde 
Cabo Saunders. A las siete de la tarde desplegamos 
las mayores, a las ocho de la siguiente mañana rizamos 
las gavias, y al día siguiente, 28, al mediodía, nos hallá- 
bamos a los 47'' 43' de latitud, y a 2^^ 10' de longitud E. 
del Cabo Saunders. Entonces nos dirigimos al N.; por 
la tarde la declinación de la aguja fué de 16* 34' E. 
A las ocho de la noche viramos y nos dirigimos hacia 
el S. con viento del O. 

Marzo* — Jueves 1. — Viernes 2.— Sábado S. — Do^ 
mingo 4.— Lunes 5. 

El 1 de marzo al mediodía nuestra latitud, por calcu- 
lo, fué de 47" 52', y nuestra longitud, de I'' o' E., con- 
tado desde Cabo oaunders; nos dirigimos al S. hasta 
las tres y media de la tarde, siendo entonces núes- 



150 JAMES COOK LIB. II 

tra latitud de 48** S., y la longitud, de 188^ O.; no 
viendo ninguna apariencia de tierrai viramos de bor- 
do, y nos dirigimos al N« con fuerte marejada del SO. 
por O. Al dia siguiente, 2, al mediodía, nuestra latitud 
era de 46*" 42' !S. y el Cabo Saunders nos quedaba al 
N. 46"* O^ a la distancia de ochenta y seis millas. Con- 
tinuaron las borrascosas oleadas del SO* hasta el día 3, 
lo que nos confirmó en la opinión de que no había 
tierra en este rumbo. 

A las cuatro de la tarde nos dirigimos al O. con 
cuantas velas podíamos llevar. En la mañana del dia 4 
la declinación fué de ló'' 16' £• Vimos algunas balle- 
nas y focas, como nos había sucedido ya muchas veces 
después de pasar el estrecho; pero no habíamos halla- 
do ninguna mientras estuvimos en la costa de Eahei- 
nomauwe. Sondamos, tanto por la noche como por la 
mapana, sin encontrar fondo con ciento cincuenta bra- 
zas de cable. AI mediodía, el Cabo Saunders nos que- 
daba al N. 45'" O., y nuestra latitud, por observación, 
fué de 46'' 39' S. A la una y media de la tarde des- 
cubrimos tierra al O. por S. y nos dirigimos a ella, 
hallándonos a tres o cuatro millas antes de que se hi- 
ciese de noche. En esta tierra notamos varías fuegos 
durante la noche, y el 5 a las siete de la mañana es- 
tábaaiios distantes unas tres leguas de la costa» que 
nos pareció muy elevada» pero llana. A las tres de la 
tarde descubrimos la tierra, que se extiende del NE. 
por N. al NO. por N., y en seguida descubrimpa al 
S. por O. algunas tierras bajas que parecían formar 
una isla. 

Continuamos nuestro camino al O. por S., y dos 
horas después vimos sobre la tierra baja una eleva- 
da, que se extendía al S.; pero nos pareció que no se 
unía con la tierra de la costa por el N.; de modo que 
estas dos tierras deben de estar separadas por el mar, 
por una bahía profunda, o, en fín, por alguna otra tie- 
rra baja. 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 151 

Martes 6. — Miércoles 7. — Jueves 8. — Viernes 9. 

£1 6- a mediodía e^bmnos casi en la susma «tua- 
cipn que la víspera a la misma hora. Por la tarde» la 
daclioacióe de la ^üjula» por varios acimutes y ápgii- 
Iqs, fué de ly 10' £• El 7 a mediodía aos hallábamos 
a los 47^ 6' de latitud S.» y en las veinticuatro última^ 
boras habíamos andado doce millas. Nav^amos i^ O. 
todo el resto del día y el siguiente ha^ta ponerse el 
Sol; entonces las dos tierras de que acabamos de ha- 
blar nos quedaban del N. por E. al O.» a b distancia 
de siete a ocho leguas; en esta situación teníamos cin- 
cuepta y cinco In'azas» y la declinación, por amplitud, 
fu¿ de 16^ 29' E. £1 viento cambió del N. al O., y 
como teníamos buen tiempo y brillaba la Luna, ceñi- 
mos el viento hacia el SO. durante la noche. El día 9, 
a las cuatro de la mañana, descubrimos ante nosotros 
U9a pa4eiia de rocas, que se prolongaba desde el S. 
pipr 0*1 sobre las cuales rompía el mar en altas olas; 
no se hallabais a más de tres cuartos de milla, y, sin 
esabargo, teníamos cuarenta y cinco brazas de agua. 
ComQ el viento soplaba del NO. no podíamos doblar- 
las entonces; y no queriendo navegar contra el viento, 
viré hacia el E. El viento mudó poco después hacia 
el N., y nos permitió salvar dichas rocas. Nuestros son- 
deos al pasar spbre el bsAco acusaron de treinta y cinco 
a euarenta y siete brazas con fondo rocoso. 

ÍBste banco yace al SE., a seis leguas de la parte más 
merídioosl de la tierra y al SE. por E. de algunas mon- 
tañas notables próximas a la costa. A cerca de tres le- 
guas al norte de este primer banco hay otro que se en- 
cuentra a tres leguas de la costa, contra el cual rompe 
el mar con oleadas espantosas. Como pasamos las rocas 
al 9orte durante la noche, sin que descubriésemos las 
otra^, que estaban casi debajo de nosotros, antes de 
amanecer, es indudable que corrimos un peligro inmi- 
nente y que nuestra situación fué muy critica; di a estas 



152 JAMES CÓOK LIB. II 

rocas el nombre de Traps (Trampas), a causa de su si- 
tuación, muy a propósito para sorprender a los nave*- 
Sfantes distraídos o no muy prácticos. El 9 a mediodía 
la tierra que veiamos, que tenia la apariencia de una 
isla, se extendía desde el NE. por N. al NO. por O., 
y parecía estar distante de la tierra cerca de cinco le- 
•giias; el banco más oriental de las rocas nos quedaba 
al SE., a distancia de legua y media, y el más septen- 
trional, al NE. por E., a cerca de tres. Esta tierra es 
elevada y estéril; sólo vimos en ella algfunos arbustos 
esparcidos por una y otra parte, sin haber un solo ár- 
bol; sin embargfo, era notable por un gran número de 
manchas blancas, que tuve por vetas de mármol porque 
reflejaban los rayos del Sol. Ya habíamos observado 
otras manchas de la misma especie en diversas partes 
de este país, y en particular en la Bahía de Mercurio. 
Continuamos dirig^iéndonos al O. cerrando el viento, y 
al ponerse el Sol la punta más meridional de la tierra 
nos quedaba al N. ¿8^ E., a la distancia de cuatro le- 
guas, y teníamos al N. T* E. la tierra más occidental 
que veíamos. Di el nombre de Cabo Sur a la punta 
que yace a los 4T 19' de latitud S. y a los 192** 12' de 
longitud O.; la tierra más occidental que hallamos era 
una isla situada a la altura de la punta principal de la 
tierra fírme. 

Suponiendo que el Cabo Sur fuese la parte más me- 
ridional de este país, en lo cual estamos ciertos, espe- 
raba darle la vuelta por el O., porque unas gruesas 
oleadas del SO., que tuvimos después del último vien- 
to fuerte que habíamos sufrido, me convencieron de 
que no había tierra en esta dirección. 

Sábado 10. — Domingo //. 

La noche del 10 sopló un viento fuerte del NE. por N. 

Ídel N. que nos obligó a navegar con solo las velas 
aias; pero, por fortuna, a las ocho de la mañana se 
calmó. Al mediodía se mudó al O., y viramos de bor- 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 153 

do para dirigirnos al N. sin descubrir tierra* Nos dirigi- 
mos al NN£., cerrando el viento, sin ver jamás tierra 
hasta el día sig^uiente, 11, a las dos de la mañana, que 
descubrimos una isla al NO. por N. a la distancia de 
cinco legfuas. Dos horas después vimos ante nosotros 
una tierra, sobre la que viramos, dirig^iéndonos desvia- 
dos de ella hasta las seis, que nos aproximamos para 
examinarla más de cerca. A las once distábamos tres 
lejfuas; pero pareciéndonos que el viento volvía a so- 
plar hacia la costa, viré de nuevo para desviarme, diri- 
giéndome al S. Hasta entonces habíamos navegado 
alrededor de la tierra descubierta el día 5, que nos 
parecía no hallarse unida a la que existe al norte de la 
misma, y hallándonos al otro lado de lo que supusié- 
ramos fuese agua, una bahía o tierra baja, vimos que 
ofrecía la misma apariencia; pero cuando me puse a 
trazar el plano o mapa de ella sobre el papel no en- 
contré razón alguna para suponer fuese una isla, por 
el contrario, pensé que formaba parte de la tierra 
firme* 

Al mediodía la extremidad occidental de ésta nos 
quedaba al N. 59** O. y teníamos al S. 59** O., a poco 
más o menos de cinco leguas de distancia, la isla que 
habíamos descubierto por la mañana. Esta no es más 
que una roca desnuda, que tiene cerca de una milla de 
circunferencia y una altura notable; está situada a cinco 
leguas de tierra. La llamé isla de Solanders, en ho- 
nor de nuestro sabio naturalista. 

La costa se extiende al E. 22**,5 SE. y al O. 22%5 N. 
de esta isla, y forma una ancha bahía abierta, en la 
que nos pareció advertir que no existía ninguna en- 
senada o abrigo para los navios contra los vientos 
del SO. y el S. El terreno se ve cortado por escarpa- 
das montañas de altura considerable, en la cima de 
las cuales percíbense muchos sitios cubiertos por la 
nieve; no es, sin embargo, completamente estéril, por- 
que descubrimos algunos bosques, no sólo en los va- 



154 JAMES COOK LIB. II 

Uesi 3ioo en Ua tiems más elevadas; pero bo vimos 
por aquellos parajes nada que denotase que e^Auvie- 
ran habitados. 

Lunes /2. 

Seguimos naveg^ando hacia el SO. 22*^,5 S. hasta las 
cinco de la mañana del 12, en que el viento se corrió al 
SO. 22^5 O.» en vista de lo cual viramos contra el vien- 
to y pusimos la proa al NNO., hallándonos entonces 
en la latitud de 47'* 47' S., en la longitud de 193^ 50' O., 
y sufriendo fuerte resaca del SO. 

Martes 13. 

Duruite la noche tomamos el rumbo NONO., haaU 
las seis de la mañana del 13, en que» como no descubrié* 
ramos tierra, enfilamos la proa al N. 22^,5 NO. hasta tas 
ocho, hora en que nos dirigimos al NE. 22%5 E. para 
ganar la tierra, que llegamos a divisar a las diez por 
el ENE., pero que, como el tiempo estaba brumoso, 
nos fué imposible descubrir. Según las observaciones 
que hieimosi al mediodía nos encontrábamos en la lati- 
úid de 46"^ S. Dos horas después se disipó la niebla, y 
la tierra nos pareció elevada y montuosa. 

A las tres y media nos dirigimos hacia una bahia 
en que presumimos habría un buen fondeadero; peno 
al cabo de una hora observé que la distancia era ex- 
cesiva para llegar a ella antes de obscurecer y que d 
viento soplaba con demasiada fuerza para intesAar la 
empresa durante la noche en condiciones de seguri- 
dad. En vista de esto me contenté con recorrer la 
costa* 

Esta bahía, a la que di el nombre de Dusky (Bahía 
Obscura), se halla en los 45"" 47' de latitud S.; tiene 
tres o cuatro millas de anchura en la boca, y parece 
ser tan profunda como ancha; hay en ella muchas islas, 
tras de las cuales debe de haber un lugar defendido 
contra todos los vientos, pero en el que es probable 



CAP. Vil PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 155 

que no haya asfaa bastante para fondear (1). Cuwdo la 
punta septentrional de la bahia marca SE. 25^>5 S., se 
reconoce muy fácilmente por cinco rocas altas en for- 
ma de pico que se hallan en su parte media, y que tie- 
nen la apariencia de los cinco dedos de la mano de un 
hombre: por esto la llamé Punta Five Fingers (Punta 
de los Qnco Dedos); la tierra de esta punta se reco- 
noce además por ser el único terreno llano que se en- 
cuentra en una distancia considerable; es de gran alti- 
tud, se halla cubierto de bosque y se extiende en unas 
dos leguas hacia el N. La tierra vecina de la parte inte- 
rior de la bahia ofrece aspectos muy variadoSt porque 
se compone de montañas y rocas completamente esté- 
rilesi circunstancia que da a este cabo la apariencia de 
lina isla. 

La tierra más meridional que vimos al obscurecer 
nos quedaba al S.» a cinco o seis leguas de distanciai y 
por ser la punta más occidental de toda la costa la llamé 
Cabo Oeste. Se halla próximamente tres leguas al sur 
de Bahía Dusky, 45^ 54' de latitud S. y a los 193^ 17' de 
longitud O. La tierra de este cabo es de mediana alti- 
tud en la parte cercana al, mar y nada digno de aten- 
ción se observa en ella, sí se exceptúa una roca muy 
blanca situada dos o tres leguas al S. Al sur de esta 
roca se extiende la tierra en dirección SE., y por el N., 
alNNE. 

Miércoles 74. 

Después de permanecer a la capa toda la nociré 
del 14, comenzamos a navegar a las cuatro de la ma- 
ñana, siguiendo la dirección de la costa con rumbo 
NE. 45 N. con brisa moderada del SSE. Pasamos a 
mediodía por delante de un pequeño estrecho que da 



(1) Léase J. CooK, Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del 
mundo, volúmcBes núm'eroB 14, 15 y 16 de U coleoctón de Viajee 
clásicos editada por Calpe. 



156 JAMES COOK LIB. II 

acceso a una ensenada, que nos pareció muy abrigada 
y conveniente, formada por una isla que se hallaba si- 
tuada en el centro de la abertura. La tierra que se divi- 
sa por detrás está llena de montañas, cuyas cimas se 
ven cubiertas de nieve, la cual parecía muy reciente, y 
en realidad, durante los dos últimos días había sido el 
tiempo muy frío. A los dos lados del estrecho leván- 
tase la tierra verticalmente casi desde el mar hasta una 
altura sorprendente (1), y ésta fué la razón que me hizo 
desistir de meter al navio en aquel sitio, porque no 
podían esperarse otros vientos que el que soplara hacia 
dentro o hacia fuera de la ensenada, es decir, del E. o 
del O.; no juzgfué prudente penetrar en un sitio del que 
no hubiera podido salir sino a favor de un viento que 
por experiencia sabía sólo reinaba una vez al mes en 
tales parajes. Guiándome por estas consideraciones 
procedí contra la opinión de algfunos oficiales, que mi- 
rando tan sólo a las conveniencias inmediatas, sin 
meditar en las dificultades que pudieran ofrecerse, 
manifestaron en forma bastante enérgica el deseo de 
anclar. 

Por la tarde, a dos leguas de la costa, sondamos 
sin dar fondo con ciento ocho brazas de cable; segui- 
mos recorriendo la costa hasta el O., aprovechando 
cuanto nos fué posible el viento y manteniéndonos 
constantemente a dos o tres leguas de ella. A me- 
diodía nuestra latitud fué de 44 47', habiendo avan- 
zado sólo doce leguas en dirección NE. 22^5 N. en 
las últimas veinticuatro horas. Continuamos navegan- 
do a lo largo de ésta al NE. por E. hasta las seis de 
la tarde, en que nos pusimos a la capa para pasar la 
noche. 



(1) Para explicación de la morfolojfia y génesis de esta costa, 
léase la nota 3 de la pá^fina 108 del tomo I de J. CoOK, Viaje hacia 
el Polo Sur y alrededor del mundo, volumen 14 de la colección de 
Viajes cláeicoe editada por Calpe. 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 157 

Jueves 15. — Viernes 16. 

El 15 a las cuatro de la mañana nos dirigimos hacia 
tierra, y cuando vino el día vimos algo que parecía un 
canal; pero acercándonos más reconocimos que sólo 
era un valle profundo entre dos altas tierras; seguimos, 
por tantOi la misma ruta, conservándonos a cuatro o 
cinco millas de la costa. 

• El 16 a mediodía la punta más septentrional de la 
tierra que teníamos a la vista nos quedaba al N. 60^ E., 
a la distancia de diez millas; nuestra latitud, por ob- * 
servación, fué de 44"* 5', y nuestra longitud, de 2^ 8' E., 
contada desde Cabo Oeste. A las dos pasamos la pun- 
ta, de la que al mediodía distábamos diez millas, y vi- 
mos que se componía de rocas elevadas y rojizas, de 
las que se despeña una cascada que se divide en cua-^ 
tro arroyos pequeños, por lo que le di el nombre de 
Punta de la Cascada. Desde esta punta corre la tierrra 
al N. 76^ O., y después un poco más al N. A ocho le- 
guas al ENE. de la Punta de la Cascada, y a poca dis- 
tancia de la costa, hay una pequeña isla baja que nos 
' quedaba al S. por SE. cuando nos hallábamos a legua 
y media. 

A las siete de la tarde nos pusimos a la capa con 
treinta y tres brazas y fondo de arena muy menuda; a 
las diez la sonda daba cincuenta brazas, y a media no- 
che viramos viento atrás con sesenta y cinco, habiendo 
retrocedido muchas millas al NNO. desde que nos 
pusiéramos a la capa. 

Sábado 17. 

El 17 a las dos de la mañana no dimos fondo con 
ciento cuarenta bra;cas, lo que prueba que no lo hay 
sino cerca de la costa. Por este tiempo tuvimos calma; 
pero a las ocho se levantó una brisa, con la cual nos 
dirigimos a lo largo de la costa en dirección NE. por E., 
a la distancia de tres leguas. A las seis de la tarde, ha- 



158 JAMES COOK LIB. II 

llándonos a una legua de ia costa, tuvimos diez y siete 
brazas de agua, y a las ocho nos hallábamos a tres le- 
gras y teníamos unas cuarenta y cuatro, por lo que 
acortamos velas y nos pusimos a la capá, después de 
haber corrido diez legfuas al NE. por E. desde el me- 
diodía. 

Domingo 18, — Lunes 19. 

Durante la mayor parte de la noche tuvimos calma; 
pero él 18 a las diez de ia mañana se levantó uiía brisa 
listera del SO. por O., y volvimos a hacemos a la vela, 
sigfuiendo la costa el NE. por N., cdñ fuerte marejada 
del OSO., que se iniciara durante la noche. Al medio* 
dia del 18 notamos que los valles, así como las monta- 
ñas, estaban por la mañana cubiertos de nieve, que 
supusimos había caído parte por la noche, mientras 
que para nosotros llovía^ A las seis de la tarde acorta- 
mos velas, y a las diez nos detuvimos o pusimos a la 
capa, a cinco lejfuas de la costa. Como a media noche 
teníamos poco viento, dimos la vela, y el 19 por la ma- 
ñana nos dirisplmos al NE., ciñendo el viento hasta el 
mediodía, en que viramos de bordo hallándonos á cerca 
de tres legfuas de tierra. 

Martes 20. — Miércoles 21. 

Continuamos al E. hasta las dos de la mañana del 20, 
en que hicimos una bordada hacia el E., y acto se- 
gúiáo empezamos a navegar con rumbo OÉ. hasta el 
mediodía. Viramos entonces al E., con buen viento 
del N. 22^,5 NE. hasta las seis de la tarde, hora en que 
el viento se corrió al S. y SO., y con el cual nos diri- 
gimos al NE. 22'*,5 N. hasta el 21 a las seis de la ma- 
ñana, en que pusimos la proa al E. 22*^,5 NE. para bus- 
car la tierra, que divisamos poco después. Al mediodía 
nos hallábamos a tres o cuatro leguas de tierra, pero 
nada pudimos descubrir claramente en ella a causa de 
la niebla; y como teníamos mucho viento y gran mare* 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 159 

jada del OSO., que rompía cmitra la costa, consideré 
arriesgado acercarnos más. 

Jueves 22. — Viernes 23. 

Por la tarde tuvimos fresca brisa del SSO., y con 
ella seguimos la costa» que llevaba cKrección N., hasta 
las ocboi hora a que sondamos a dos o tres leguas de 
tierra y encontramos treinta y cuatro brazas; en vista 
de eHo tomamos el rumbo NON. hasta las ocho de la 
noche, poniéndonoá después a la capa con sesenta y 
tres brazas. A las cuatro de la mañana nos hallábamos 
a tres o cuatro millas de tierra y teníamos cincuenta y 
cnatro brazas de agua con una gran marejada de OSO., 
que iba a romper oblicuamente sobre la costa y que 
me hizo recelar verme precisado a echar el anda; pero 
unos vientos ligeros que empezaron a soplar, por in- 
tervalos, del SoO. alejaron de nosotros el peligro de 
que el navio chocara al llegar el reflujo. 

Al mediodía, la tierra más septentrional que velamos 
nos quedada al NE. por E., a diez leguas. Desde este 
momento tuvimos vientos flojos del S. con intervalos 
de calma hasta el mediodia del 23. La punta más orien- 
tal de la tierra que veíamos nos ouedaba ai E. lO"* N., 
a distancia de siete leguas, y al o. 18^ O. teníamos á 
seis lesfuas un cabo o punta en forma de montecillo 
redondo, cerca del cual pasáramos el día anterior a 
mediodía; a la altura de esta punta hay algunas rocas 
que se ven sobre la superficie del agua. Di a esta punta 
el nombre de Punta Rok (Punta de la Roca). Habien- 
do ya recorrido casi toda la costa nordeste de Tovy 
Poenammu, no nos falta sino dar una descripción del 
aspecto del país. 

Ya he dicho que el día 11, cuando nos hallábamos 
a la altura de la parte meridional, la tierra que descu- 
briamos era escarpada y montuosa, y que hay muchas 
razones para creer que la misma cadena de montañas 
se extiende por toda la longitud de la isla. Entre la 



160 JAMES COOK L!B. 11 

tierra mis occidental que descubrimos aquel día y la 
que vimos el 13 hay un espacio de seis leguas, en el 
que no divisamos la costa, aunque pudiésemos dis- 
tinguir muy bien las montañas situadas en el interior 
del pais. 

La costa cerca del Cabo Oeste es baja y se eleva sua- 
vemente y por grados hasta el pie de las montañas; la 
mayor parte está cubierta de bosques. Desde la Punta 
Five Fingers hasta los 44^ 20' de latitud hay una cade- 
na estrecha de colinas qué se elevan desde el mar, y 
que también se hallan cubiertas de bosques. Más atrás, 
y muy cerca de estas colinas, se ven unas montañas que 
forman otra cadena de prodigiosa elevación, compues- 
tas de rocas totalmente estériles y desnudas por com- 
pleto, si se exceptúan los lugares cubiertos por la nie- 
ve, que se percibe sobre la mayor parte en grandes 
masas, y que probablemente existe desde la creación 
del mundo. No es posible imaginar una perspectiva 
más silvestre, más abrupta ni más espantosa que la 
de este país cuando se le contempla desde el mar, 
porque en todo lo que alcanza la vista no se percibe 
sino los picos o cimas de las rocas, tan cercanas unas 
de otras, que en vez de valles no hay más que hen- 
deduras entre ellas. Desde los 44"^ 20' hasta los 42^ 8* 
de latitud estas montañas avanzan mucho hacia el inte- 
rior; la costa se compone de colinas y de valles cubier- 
tos de arbolado bajo, esto es, de arbustos de diversos 
grados de altura y extensión, y que parecen fértiles; la 
mayor parte de los valles forman llanuras de extensión 
considerable, enteramente cubiertas de árboles; pero 
es muy probable que el terreno en muchos parajes sea 
pantanoso y que esté sembrado de lagos o charcas. 
Desde los 42^ 8' hasta los 4V 31' de latitud no se dis- 
tingue cosa alguna digna de notarse; se eleva en coli- 
nas desde el mar, y se halla cubierta de bosques; pero 
como estaba el tiempo nublado y lleno de niebla cuan- 
do estuvimos en esta parte de la costa, vimos muy poco 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 161 

del interior. Solamente debemos exceptuar las cum- 
bres de las montañas, que se elevaban por encima de 
las nieblas que ocultaban sus bases; lo que me confir- 
mó en la opinión de que una cadena de montañas se 
extendía de una extremidad a otra de la Isla. 

Sábado 24- — Domingo\25. — Lunes 26. — • Martes 27. 

Después de comer tuvimos una brisa del SE., que 
antes de la noche nos condujo hasta la punta oriental 
que viéramos a mediodía; pero ignorando cuál fuera la 
dirección de la tierra del otro ladoi nos pusimos a la 
capa a cerca de una Itgua de la costa. A las ocho de 
la tarde, como disfrutásemos de un poco de viento, 
me aproveché de él y nos dirigfimos hacia la tierra 
hasta la media noche, en que nos volvimos a poner 
a la capa hasta las cuatro de la mañana del 24, en que 
i^Murejamos y vimos al amanecer una tierra baja que 
se extendía desde la punta al SSE. hasta donde po- 
día alcanzar la vista y cuya extremidad oriental parecía 
terminarse en unos montecillos redondos. El viento se 
había corrido al E., lo que nos obligfó a situamos a 
barlovento. El 25 a mediodía la punta oriental nos 
quedaba al SE. por S. a diez y seis millas de distancia 
y nuestra latitud era de 40^ 19'. Continuando el viento 
del E., nos hallábamos en la misma situación, poco 
más o menos, al mediodía siguiente. A las tres de la 
tarde se volvió el viento al O., v nos dirigimos al ESE. 
hasta la noche con cuantas velas podíamos llevar; en 
seguida las acortamos hasta la mañana del siguiente 
día, 27. Como tuvimos una espesa niebla toda la noche, 
sondamos continuamente y nos hallamos con treinta y 
cuarenta y dos brazas de agua. Al amanecer descubri- 
mos tierra al SE. por E., y una isla situada muy cerca 
marcaba ESE. a cerca de cinco leguas. Reconocí a esta 
isla por la misma que viera desde la entrada de la Son- 
da de la Reina Carlota, desde donde se veía al NE. 
por N. a nueve leguas de distancia. Al mediodía nos 

JAMBS COOK: primer VIAJE. — T. II 11 



162 JAMES COOK LIB. II 

quedaba al S. a cuatro o cinco milias, y teníamos al 
SE. por S.y a diez legfuas y media» la punta nordeste del 
canal. Nuestra latitud, por observación, fué de 43** 33' S. 

Miércoles 28, 

En este momento habíamos acabado de dar la vuel- 
ia a este país y había que pensar en dejarlo; pero como 
tenía a bordo treinta pipas vacías, no podía partir sin 
llenarlas. Rodeé, pues, la isla, y entré en una bahía si- 
tuada entre el Canal de la Reina Carlota y esta isla; 
dejé otras tres que se hallan junto a la costa occiden- 
tal, a tres o cuatro millas de la entrada por estribor. 
Durante este recorrido no dejamos de sondar de cua- 
renta a doce brazas. A las seis de la tarde echamos el 
ancla, con once brazas y fondo cenagfoso, junto a la 
costa oeste, en la segfunda ansa situada por dentro de 
las tres islas. Al día sigfuiente, 28, en cuanto amaneció, 
tomé un bote y fui a tierra para buscar una agrada y un 
paraje conveniente para el navio; hallé una y otro, con 
gran satisfacción mía. Luego que estuvo amarrado el 
navio, envié a tierra a un oficial para que diese la guar- 
dia a la aguada y despaché también al carpintero con 
sus ayudantes para cortar madera, mientras que la cha- 
lupa se ocupaba en desembarcar las pipas o toneles 
vacíos. 

Viernes 30. 

En estos trabajos pasamos hasta el día 30, en que, ob- 
servando que el viento se fijaba al SE., y habiendo 
completado la provisión de agua, hice remolcar al na- 
vio fuera del abra a fin de tener más campo para dar 
la vela, Al mediodía me embarqué en la pinaza para 
examinar la bahía en cuanto me lo permitiese el tiempo. 

Después de haberla remontado en un espacio de 
cerca de dos leguas, desembarqué en una punta de tie- 
rra al O., y subiendo a una colina vi el brazo occiden- 
tal de esta bahía, que se extiende al SE. por O. cerca 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 163 

de cinco legfuas; mas no pude descubrir su extremidad. 
Me pareció que había otras muchas entradas, o al me- 
nos pequeñas bahías, entre ésta y la punta nordeste de 
la Sonda de la Reina Carlota, y como todas están a cu- 
bierto de los vientos del mar por las islas que se hallan 
fuera, no dudo haya en cada una un fondeadero y un 
abrigfo. La superficie de la tierra en las cercanías de 
esta bahía, en lo que pude descubrir, está llena de co- 
linas y cubierta casi por todas partes de árboles, mato- 
rrales, heléchos, etc., que hacen el acceso a ella difícil 
y fatígfoso. Mister Banks y el Dr. Solander me acompa- 
ñaron en esta excursión, y hallaron muchas plantas nue- 
vas. Encontramos alonas chozas, que nos parecieron 
estar abandonadas hacía mucho tiempo; pero no vimos 
habitante algfuno. Mister Banks examinó alg^unas pie- 
dras sobre la playa; estas piedras se hallaban llenas de 
venas y tenían una apariencia mineral; pero no descu- 
brió ninsfún mineral; de haber tenido ocasión de exami- 
nar las rocas desnudas, quizá hubiera sido más feliz en 
su investigfación. Pensó también que lo que yo había 
tenido por mármol en otro sitio era una substancia mi- 
neral, y que como la latitud de este sitio correspondía 
a la de la América meridional, era probable que des- 
pués de suficientes investig^aciones se encontrara allí ai- 
fp&n mineral valioso. 

A mi vuelta por la tarde hallé a bordo todas nuestras 
provisiones de agfua y madera y el navio pronto para 
volverse a hacer a la mar. Resolví, pues, dejar esta co* 
marca y volverme a Insflaterra, siguiendo el camino por 
el cual pudiese llenar mejor el objeto de mi viaje; y con 
respecto a esto consulté el parecer de mis oficiales. Yo 
tenía gran deseo de seguir la ruta del Cabo de Hornos, 
porque hubiera podido decidir al fin si existe o no un 
continente meridional. Pero a este proyecto se opuso 
una dificultad bastante fuerte para hacérmelo abando- 
nar, y es que en este caso nos hubiéramos visto preci- 
sados a permanecer en medio del invierno en una latí- 



164 JAMES COOK LIB. 11 

tud muy avanzada al S. con una embarcaciÓB que no se 
hadaba en estado de acometer esta empresa; cinglando 
directamente hacia el Cabo de Buena Esperanza se 
presentaba la misma circunstancia con mayor fuerza 
todavía, porque tomando este partido no podíamos es- 
perar hacer ningún descubrimiento interesante. En vis- 
ta, pues, de todo esto, resolvimos volvemos a Europa 
por las Indias Orientales, y con este objeto, después de 
haber dejado la costa, dirigimos al E. hasta que encon- 
trisemos la costa oriental de la Nueva Holanda; seguir 
después la dirección de esta costa al N. hasta que hu- 
biésemos llegado a su extremidad septentrional. Mas 
por si este proyecto venía a ser impracticable, resolvi- 
mos además navegar en busca dé la tierra o islas que se 
dice haber sido descubiertas por Quirós. 

Sábado 31. 

Según este plan, el sábado 31 de marzo del año 1770 
aparejamos al amanecer y nos hicimos al mar, con la 
ventaja de un viento fresco del SE. y tiempo claro. To- 
mamos nuestro punto de partida desde el cabo orien- 
tal que habíamos visto el 23 al mediodía, y al que llamé 
por esto Cabo Farewell (Cabo del Adiós o de la Des- 
pedida). 

Llamé Bahía del Almirantazgo a aquella de que aca- 
bábamos de zarpar, y di el nombre de Cabo Stephens 
a la punta nordeste y Cabo Jackson a la sur, en ho- 
nor de los dos oficiales secreftarios entonces del Almi- 
rantazgo. 

La bahía de este nombre puede reconocerse fácil- 
mente por medio de la isla de que acabamos de hablar; 
yace dos millas al NE. del Cabo Stephens, en la latitud 
de 40^ 37' S. y en la longitud de 185^ 6' O., y su altu- 
ra es muy considerable. Entre esta isla y el Cabo Fa- 
rewell, que distan catorce o quince leguas en la direc- 
ción O. por N. y E. por S., la costa forma una gran 
bahía profunda, de la que apenas pudimos descubrir el 



CAP. VII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 165 

fondo mientras navesfábamos en linea recta de un cabo 
al otro; sin embargfOi es probable que su profundidad 
sea menor que lo que nos parecía» porque como encon- 
tramos alli el agfua menos profunda que en ningfún otro 
lugar situado a la misma distancia de la costa, hay mo- 
tivo para suponer que la tierra en cuyo fondo se halla 
situada es baja y, por consiguientCi no se la puede dis- 
tinguir con facilidad; por esto la he llamado Bahía 
Blind (Bahía Ciega), y pienso que es la misma a la que 
Tasman dio el nombre de Bahía de los Asesinos. 

Voy, pues, a dar una descripción de este país y de 
sus habitantes, de sus usos y costumbres, en cuanto 
hemos podido instruímos mientras dábamos vuelta a 
la costa. 



CAPÍTULO V III 



D«scrípeión general de Nueva Zelandia. — SítuadÓD, climí 

y producciones de esta isla. 



Nueva Zelandia fué descubierta el día 13 de diciem- 
bre del año de 1642, por el marino holandés Abel 
Jansen Tasman, de quien ya hemos hecho mención en 
el discurso de este viaje. Este naveg^ante atravesó la 
costa oriental de este país desde los 34^ de latitud 
hasta el 43^, entrando en el estrecho que divide las dos 
islas y que en la carta trazada por mí se llama el Estre- 
cho de Cook; pero habiendo sido atacado por Jos na- 
turales poco después de fondear en el lugar a que dio 
el nombre de Bahía Murderer y perecido en la refriegra 
algfunos de sus hombres no desembarcó nunca. 

Llamó Tasman a esta comarca Tierra de los Estados, 
en honor de los Estados g^enerales, o sea el Gobierno 
entonces de la Holanda; mas en el día distingfuimos 
este país en los mapas y cartas con el nombre de Nueva 
Zelandia. Todo el país, si se exceptúa la parte de la 
costa que el citado Tasman descubrió sin dejar su na- 
vio, habiendo permanecido desde entonces enteramen- 
te desconocido hasta el viaje del Endeavour, muchos 
autores han supuesto que formaba parte de un conti- 
nente meridional; mas en el día se ha reconocido que 
se compone de dos grandes islas separadas una de otra 
por un estrecho o paso que tiene cuatro o cinco leguas 
de anchura. 

Estas islas se hallan situadas entre los 34^ y 48'' de 



168 JAMES COOK LIB. II 

latitud S. y entre los 181 "^ y 194'' de longritud O., cuya 
situación está determinada» con una exactitud poco co- 
mún, por un gfran número de observaciones del Sol y 
de la Luna y otra del paso de Mercurio, efectuadas por 
Mr. Green, astrónomo cuyos talentos son bien reconoci- 
doSy pues fué enviado a los mares del S. por la Socie- 
dad Real de Londres» como lo hemos dicho en otro lu- 
crar, para observar el paso del planeta Venus sobre el 
disco del Sol. 

La más septentrional de estas islas se llama por los 
naturales del país Eaheinomauwe, y la más meridional, 
Tovy o Tavay Poenammu; sin embargfo» como lo he 
dicho antes, no estamos segruros de si el nombre de 
Tovy o Tavay Poenammu comprende toda la isla me- 
ridional o sólo una parte de ella. En la carta que he 
trazado se verá la fig^ura y extensión de estas islas» con 
la situación de las bahías y ensenadas que contienen» 
y las más pequeñas situadas en las cercanías. No puedo 
asegurar que esta carta sea igualmente exacta en todas 
sus partes. La costa Eaheinomauwe desde el Cabo Pal- 
liser al Cabo Este está dibujada con mucha exactitud» 
tanto en su figura como en su dirección y distancias de 
una punta a otra. 

^ Las ocasiones de que me he aprovechado para este 
trabajo y los métodos que he empleado apenas son sus* 
ceptibles de error. Desde el Cabo Este hasta Santa 
María de Van Diemen la carta quizá no esté tan exacta; 
pero no contiene errores considerables» a menos que 
se hayan escapado en algunos lugares» muy pocos» que 
se distinguen en diferentes partes de la carta por una lí- 
nea punteada» la cual no he tenido ocasión de examinar. 
Desde el Cabo María Van Diemen hasta los 36*^ 15' 
de latitud casi no nos hemos acercado a la costa más 
que de cinco a ocho leguas; por tanto» es posible haya 
errores en la línea que marca la costa. Hemos nave- 

Íado muy cerca de tierra desde los 36^ 15' de latitud 
asta la altura de la Isla de Entry» y si se exceptúa el 



CAP. VIH PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 169 

Cabo Tierra- Witte, no puede haber error esencial en 
esta parte de la carta. No hemos visto tampoco más 
que de lejos la costa entre la Isla de Entry y el Cabo 
Pallisery y por ello el mapa de esta parte de la costa 
no ha podido trazarse de un modo más exacto y precia 
so. En general, pienso que no se hallará en esta isla una 
fig'ura muy diferente de la que le he dado en la carta, 
y que habrá en aquélla pocas o ninguna ensenada que 
no se haya registrado en el diario o en el plano. No 
puedo decir otro tanto de Tovy Poenammu, porque la 
estación y las circunstancias no me han permitido pasar 
en las cercanías de esta isla tanto tiempo como he em;- 
pleado en examinar la otra; por otra parte, hemos su- 
frido unas tempestades t«i violentas que era difícil y 
peligroso el permanecer cerca de la costa. Sin embar- 
go, se reconocerá que la carta es bastante exacta des- 
de la Sonda de la Reina Carlota al Cabo Campbell, y 
al SO. hasta el grado 43 de latitud. Puede dudarse de 
la exactitud de la línea de la carta entre los 43^ y el 
44'' 20' de latitud, porque apenas divisamos las partes 
de la costa que representa. Desde los 44** 20' de lati- 
tud al Cabo Saunders estuvimos demasiado distantes 
de la costa para poder entrar en los pormenores, y^ 
por otra parte, el tiempo nos fué desfavorable. Desde 
el Cabo Saunders hasta el Cabo Sur, y aun hasta el 
Cabo Oeste, tengo motivos para temer que se descu- 
bran errores en muchos puntos de la carta, porque rara 
vez pudimos navegar junto a la costa y el viento nos* 
arrastró en ocasiones a tal distancia que no pudimos* 
divisarla. Desde el Cabo Oeste hasta el Cabo Farewell, 
y aun hasta la Sonda de la Reina Carlota, no debe fiar- 
se más en la exactitud de la representación. 

El país. 

Tovy Poenammu es en su mayor purte un país mon-- 
tttoso, y según todas las apariencias, estéril; no hemos- 
descubierto en toda la isla otros habitantes que los is"^ 



170 JAMES COOK LIB. II 

leños que vimos en la Sonda de la Reina Carlota y los 
que avanzaron hacia nosotros bajo las montañas de nie- 
ve, ni tampoco otros vestigfios de población que los 
fuegfos que vimos al oeste del Cabo Saunders. Eahei- 
nomauwe tiene un aspecto mejor, pues aunque el terre- 
no es verdad que se halla lleno de colinas, y aun mon- 
tañas, las unas y las otras están cubiertas de bosques y 
cada valle tiene un arroyo de agua, dulce. El suelo de 
estos valles, así como las llanuras, entre las cuales hay 
muchas en las que no crece árbol algfuno, es en grene- 
ral ligfero, pero fértil, y según la opinión de Mr. mnlcs, 
el Dr. Solander V de otras personas ilustradas de la tri- 
pulación, todas las semillas, plantas y frutos de Europa 
se darian alli con el mayor éxi|o. Los vegfetales que se 
encuentran en la misma isla nos han hecho creer que 
los inviernos son en ella más suaves que en Ingflaterra; 
pero hemos reconocido que el estío no era más cálido, 
aunque el calor fuese más uniforme; de suerte que si 
los europeos se estableciesen en este país les costaría 
muy pocos cuidados y trabajos el hacer crecer en gran 
abundancia cuanto se necesita para la vida. 

Cuadrúpedos. 

A excepción de los perros y los ratones, no hay otros 
cuadrúpedos en este país; a lo menos, no hemos visto 
otros, y aun los ratones son tan escasos, que muchas 
de nuestras gentes no vieron ninguno. Los perros viven 
con los hombres, que los mantienen y nutren para co- 
mérselos; a la verdad, puede que haya cuadrúpedos 
que no hayamos descubierto nosotros, pero esto es 
poco probable. En efecto, el objeto principal de la va- 
nidad de los naturales del país con respecto a su ves- 
tido es el de poderlo hacer con pieles de los animales 
que tienen; mas no les hemos visto jamás llevar la piel 
de otro animal que la de los perros y las aves. Hay fo- 
cas sobre la costa, y una vez hemos descubierto un león 
de mar; pero creemos que se cacen muy rara vez, por- 



CAP. VIII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 171 

que aunque vimos a alanos naturales llevar sobre el 
pecho» y estimar en mucho, unos dientes de estos pes- 
cados, trabajados en forma de agfujas para la cafaieza, 
no hemos hallado nin^no que estuviese vestido con 
sus pieles. También se encuentran ballenas sobre esta 
costa; pero parece que no tienen los isleños ni instru- 
mentos ni medios para cogerlas; sin embargo, hemos 
visto patu-patus hechos de hueso de ballena o de cual- 
quier otro animal, los cuales huesos presentaban exac- 
tamente la misma apariencia. 

Aves. 

Las especies de aves que se hallan en Nueva Zelan- 
dia no son numerosas, y si se exceptúa la gaviota quizá 
DO haya ninguna que sea exactamente como las de Eu- 
ropa; aunque es verdad que hay patos, ánades, cuervos 
marinos o cormoranes de muchas especies, y que se 
parecen bastante a las aves de Europa para ser llamadas 
con el mismo nombre por los que no las han examina- 
do con atención. Hay también halcones, mochuelos y 
codornices, que a primera vista se diferencian muy 
poco de las de Europa, y otras muchas avecillas, cuyo 
canto, según lo hemos dicho en el curso de esta narra- 
ción, es mucho más melodioso que ninguno de los que 
habíamos oido hasta entonces. 

De tiempo en tiempo se ven sobre la costa muchas 
aves del Océano, y en particular los albatros, pájaros 
bobos, gallinaza de Indias y un corto número de otras 
que sir Juan Narborough ha llamado pingüinos, y son 
los que los franceses llaman nuance, que parecen una 
especie intermedia entre el ave y el pescado, porque 
sus plumas, sobre todo las de las alas, se diferencian 
poco de las escamas; tanto, que quizá deberemos mirar 
sus alas como aletas, de que se sirven únicamente para 
sumergirse, y no para acelerar su movimiento, aun 
cuando se hallen en la superficie del agua. 

Los insectos no abundan más que las aves, pues se 



172 J A M E S C o o K LIB. II 

reducen a un corlo número de mariposas y escarabajos, 
a unas moscas muy semejantes a las de Europa, y a unas 
especies de mosquitos y moscas que quizá sean tdéa« 
ticas a las de la América septentrional, din embargfo, no 
hemos visto muchas de estas dos plagas, miradas, con 
razón, como una maldición en todo país en que aban- 
dan. Es cierto que hallamos un corto número de ellas en 
casi todos los sitios donde bajamos a tierra; pero nos 
causaron tan poca incomodidad, que no hicimos uso de 
las precauciones que habíamos imaginado para p<mer 
nuestras caras al abrigo de sus picaduras. 

Si los animales son raros en esta tierra, en cambio se 
hallan con abundancia en el mar; todas las pequeñas 
ensenadas hormiguean de pescados muy sanos y de un 
gusto tan agradable como los de Europa. En todas par- 
tes donde tondeó el navio y en todos los sitios por 
donde nos hacía pasar un ligero viento, sobre todo al S., 
pudimos, con la caña y el anzuelo, pescar lo suficiente 
para proveer y sostenerse toda la tripulación. Cuando 
anclábamos, nos proporcionaba la caña una abundante 
provisión cerca de las rocas, y con la red sacábamos 
todavía más; de modo que dos veces que fondeamos 
en el Estrecho de Cook, cada individuo del navio que 
no fuese perezoso o imprevisor, pudo salar pescado 
bastante para comer algunas semanas después de ha- 
cemos al mar. La diversidad de los pescados era igual 
a su abundancia; teníamos congrio de muchas especies, 
y entre ellas una que era exactamente la misma que el 
de Inglaterra. Estos pescados se hallan en numerosas 
tropas en los escollos o bajíos, donde los pescan los 
naturales, que nos vendieron muchísimos a muy bija 
precio. Hay también pescados de muchas especies que 
jamás habíamos visto; pero los marineros al punto die- 
ron nombres a todos; de modo que hablábamos aquí 
tan familiarmente de las rayas, sargos, sollos, merluzas 
y de otros muchos como si nos hallásemos en Inglate- 
rra; y aunque no sean de la misma familia, es necesa- 



CAP. VIII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 173 

rio convenir en que no son indios del nombre que 
se les ha dado. 

El manjar más delicado que nos proporcionó el mar 
en este lug^ar fué una especie de cabrajo o cangrejo 
grande, probablemente el mismo que, según el viaje de 
lord Anson, se halló en la Isla de Juan Fernández, con 
la diferencia de que es menor, sin ser pequeño. Este 
cangrejo difiere del de Inglaterra en muchas cosas; 
esto es, tiene mayor número de espinas sobre el lomo, 
y es encarnado aun cuando esté recién sacado del agua. 
Nosotros compramos gran cantidad a los naturales que 
habitan al N., los cuales los pescan sumergiéndose en 
el agua cerca de la costa y desprendiéndolos con los 
pies del fondo a que están pegados. También tuvimos 
un pescado que Frezier, en su viaje al continente es- 
pañol de la América meridional, ha descrito bajo el 
nombre de elefante, pejegallo o pez-gallo, del cual co- 
mimos con gusto su carne, aunque no es muy delicada. 
También hemos encontrado muchas especies de rayas, 
que son todavía menos delicadas que el elefante; pero 
en compensación también hemos tenido diversas espe- 
cies de perros de mar, moteados de blanco, que tienen 
un sabor exactamente semejante al de nuestras mejo- 
res rayas, pero mucho más agradable; en fin, tuvimos 
un pescado chato, que se parece a los lenguados, carri- 
llos o carrelets, anguilas, congrios de diferentes espe- 
cies> y otros muchos, que los navegantes que visiten 
en lo sucesivo esta costa no dejarán de hallar en ella, 
y además otros muchos mariscos de concha, y en par- 
ticular ostras, pechinas, etc. 

ArboleSf plantas. 

Los árboles ocupan el primer rango entre las pro- 
ducciones vegetales de este país; se hallan en él bos- 
ques de una vasta extensión llenos de madera la más 
derecha y a propósito para carpintería; todos los árbo- 
les son los más hermosos, rectos y gruesos que hemos 



174 JAMES COOK LIB. II 

visto jamás; el g^rueso, ei grano y la dureza aparente 
de estas maderas las hacen muy a propósito para toda 
especie de construcción, sea naval o terrestre, y aun 
para toda obra, si se exceptúan los mástiles, como ya 
he dejado indicado, por ser muy duros y pesados. Se 
encuentra en este país un árbol, en particular, que 
cuando estuvimos en la costa se distinsfuia por una flor 
de color de escarlata, que parecía ser un conjunto de 
muchas fíbras; es del grueso de una encina, poco más 
o menos; la madera es sumamente dura y pesada y ex- 
celente para toda obra de molino; se halla también otra 
clase de árbol, muy alto y derecho, que crece en las 
lagunas; es bastante grueso para hacer de él mástiles 
de navio por grandes que sean, y si se puede juzgar 
por el grano, parece muy sólido. Ya dije más arriba 
que nuestro carpintero pensaba que este árbol se pa- 
recía al pino; pero es probable que pueda hacerse más 
ligera entallándola, y entonces se harían de ella los más 
hermosos mástiles del mundo; tiene una hoja semejan- 
te a la del tejo, y lleva unas bayas en pequeños mano- 
jitos o ramilletes. 

La mayor parte del país se halla alfombrada de verde, 
y aunque no se encuentra una gran variedad de plane- 
tas, nuestros naturalistas quedaron muy satisfechos de 
la cantidad de especies nuevas que descubrieron de 
entre cerca de cuatrocientas que han sido descritas 
hasta ahora por los botánicos, o que hemos visto, por 
otra parte, durante el curso de este viaje, con excep- 
ción de cinco o seis especies que se habían recogido 
en Tierra del Fuego. No hemos hallado más que el 
cardo, el moral de las Indias y una o dos especies de 
gramas lo mismo que las de Inglaterra, dos o tres es- 
pecies de helécho semejantes al de las islas de Amé- 
rica, y corto número de plantas que se hallan en casi 
todas las partes del mundo. 

En este país tampoco se hallan muchos vegetales 
que puedan comerse; pero nuestra tripulación, después 



CAP. VIH PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 175 

de haber estado tanto tiempo en el mar, comió con 
tanto placer como provecho el apio silvestre y una es- 
pecie de berro que crece en ^ran abundancia en toda 
la costa. También encontramos una o dos veces una 
planta semejante a la que los labradores y gfente del 
campo llaman en Inglaterra Lamb's guarters o fathen 
(cuarto de cordero o gfallina gorda), que hicimos her- 
vir en vez de legfumbres (1). Tuvimos también la for- 
tuna de hallar un dia una palma de palmitos, que nos 
proporcionó una deliciosa comida. Entre las produccio- 
nes vegetales que parecen crecer sin cultivo en este país 
no hemos visto otras que las expresadas que puedan 
comerse, si se exceptúa la raiz del helécho y una plan- 
ta enteramente desconocida en Europa, de la que co- 
men los isleños, y que encontramos de un sabor muy 
desagradable. Entre las plantas cultivadas sólo hemos 
hallado tres que puedan comerse, a saber: las batatas 
dulces, las patatas y los cocos. Hay plantíos de muchos 
acres de las dos primeras, y creo que un navio que se 
hallase en este lugfar por otoño en tiempo de recolec- 
ción podría comprar cuanta cantidad quisiese de bata- 
tas y patatas, por garande que pudiere ser la que se 
necesitara. 

Los naturales del país cultivan también calabazas, y 
con su {ruto, esto es, con la misma calabaza, hacen va- 
sijas que les sirven para diversos usos. También hemos 
hallado allí el moral de papel chino, igual al de que los 
isleños del mar del S. fabrican sus telas; pero es tan 
raro, que aunque los habitantes de Nueva Zelandia las 
hagan también, no tienen más que lo suficiente para 
servirles de adorno, como pendientes, en los agujeros 
que se abren en las orejas, según he indicado ya. 

Entre todos los árboles, arbustos y plantas de este 
país no hay ninguno que lleve fruto, a menos de que 
se quiera dar este nombre a una baya que ni tiene dul- 



(1) Especie afín a los bledos. 



176 JAMES COOK LIB. II 

zura ni sabor y que sólo los muchachos se tomaban el 
trabajo de co^^er. Se encuentra una planta de la que se 
sirven los naturales en lugar de cáñamo o de lino, y 
que es superior a todas las que se emplean en otros 
países para los mismos usos; hay dos especies de esta 
planta; pero las hojas de ambas se parecen a las del 
gladiolo o espadilla, aunque las flores son más peque- 
ñas y los granos o semilla más numerosos; en la una son 
amarillaSi y en la otra, de un rojo obscuro. El vestido 
ordinario se compone de hojas ae estas plantas sin mu- 
cha preparación; también fabrican sus cordones, hilos 
para sus cañas, cordajes, etc., que son mucho más fuer- 
tes que todos los que se hacen de cáñamo y a los cua- 
les no pueden compararse. De la misma planta, prepa- 
rada de diverso modo, sacan largas fibras delgadas, 
brillantes como la seda y tan blancas como la nieve, 
con las cuales manufacturan sus más bellas telas, muy 
fuertes, porque las tales fibras tienen una prodigiosa 
tenacidad. Sus redes, de las cuales algunas, como he 
dicho antes, son de una extensión enome. se fabrican 
con estas hojas, pues todo el trabajo consiste en cor- 
tarlas en tiras de una anchura regular, que se van anu- 
dando unas a otras (1). 

Una planta que puede emplearse tan ventajosamente 
en tantos usos útiles seria una adquisición importante 
para Inglaterra, en donde, según las apariencias, cre- 
cería y prosperaría sin costar mucho trabajo, porque 
parece muy vivaz y no necesita un suelo o terreno es- 
pecial. Se la encuentra igualmente en las colinas que 
en los valles, ya en el terreno seco, ya en las lagunas 
más profundas; sin embargo, parece que prefije los 
sitios pantanosos; porque hemos observado que en 



(1) Esta planta es el llamado lino de Nueva Zelandia, o Phor- 
mium tenax. Véase el segundo viaje de J. CoOK, Viaje hacia el 
Polo Sur y alrededor del mundo, en la colección de Viajes clási" 
eos editada por Calpe. 



CAP. VIII PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 177 

ellos se cria más lozana y pomposa esta planta que en 
cualquier otra parte. 

Ya he dicho que vimos una gran abundancia de are- 
na femigfinosa en la Bahia de Mercurio, y que por con- 
secuencia debía hallarse, infaliblemente, a poca distan- 
cia de allí alguna mina de hierro. En cuanto a los demás 
metales, no tenemos bastante conocimiento del país 
para formar conjeturas sobre la materia. 

Si la Gran Bretaña pensase alguna vez en establecer 
una colonia en este país, el sitio mejor que podría es- 
coger para ello serían las orillas del Támesis o el lugar 
que circunda la Bahia de las Islas. En uno u otro sitio 
se tendría la ventaja de una buena ensenada, y por me- 
dio del rio sería fácil extenderse y establecer una co- 
municación con el interior del país. La hermosa madera 
que abunda en este paraje suministraría con poco gas- 
to y trabajo embarcaciones muy a propósito para tal 
navegación. No puedo determinar exactamente qué 
profundidad es la del agua con que podría contar un 
buque que navegase por este río, aun en la parte que 
yo he recorrido con la chalupa, porque esto depende 
de la profundidad que haya en la barra, embocadura o 
bajíos situados en la parte más estrecha del río, que 
jamás tuve ocasión de examinar; pero pienso que una 
embarcación que no desplazase más de doce pies de 
agua sería muy conveniente para esta navegación. 

Los habitantes. 

Cuando llegué por primera vez a la costa de este 
país imaginamos que la población era mucho más con- 
siderable que lo que después hemos visto. El humo que 
percibimos a gran distancia de la costa nos hizo pen- 
sar que el interior estaba poblado, y quizá no nos en- 
fañábamos con respecto al país situado detrás de Bahía 
bbreza (Poverty Bay) y en la Bahía de la Abundan- 
cia (Bay of Plenty), en la que los habitantes nos han 
parecido ser más numerosos que en las otras zonas; 

JAMU COOKt raiMBK VIAJB.~ T. II 12 



178 JAMES COOK LIB. II 

pero tenemos motivo para creer que en general esta 
gran isla no se halla habitada más que en la costai don- 
de no encontramos sino algunos pocos isleñosi y que 
toda la costa occidental desde el Cabo Maria Van Die- 
men está enteramente desierta; de modo que, todo 
bien considerado, el número de los habitantes de Nue- 
va Zelandia no guarda proporción con la extensión 
del país. 






CAPÍTULO IX 

bescnpción de los habitantes de Nueva Zelandia. — Viviendas. 
Vestidos, adorno. — Alimentos, cocina y modo de vivir. 



La estatura de los habitantes de Nueva Zelandia es 
comparable en general a la de los europeos más altos; 
tienen los miembros fuertes, carnosos y bien propor- 
cionados; pero no están tan sfruesos como ios indolen- 
tes y sensuales isleños del mar del S. Son extraordina- 
riamente activos y vigforososi descubriéndose en todo 
cuanto hacen una habilidad y destreza de mano poco 
comunes. He visto quince pag^ayas trabajando (esto es^ 
remando) a un lado de una canoa con una velocidad 
increíble, y, sin embargo, los remeros guardaban el com- 
pás en sus movimientos cual si todos los brazos estu- 
viesen animados por un alma sola. Su tez, en general, 
es morena; pero hay pocos que la tengan más obscura 
que la de un español tostado por el sol, y la de la 
mayor parte es mucho más blanca. En las mujeres no 
se advierte la finura de miembros inherente a su sexo; 
pero su voz es de una notable dulzura, y por ella se las 
distingue principalmente, pues el vestido de. los dos 
sexos es igual; sin embargo, tienen, como las mujeres 
de los demás países, más vivacidad y alegría y más ex» 
presión en el rostro que los hombres. Los zelandeses 
tienen cabellos y barba negros; sus dientes son muy 
iguales y tan blancos como el marfil; gozan de una 
salud excelente, v hemos visto muchos que nos pare- 
cieron de edad bastante avanzada. Las facciones de 



180 JAMES COOK LIB. II 

ambos sexos son bastante bellas; hombres y mujeres 
parecen ser de carácter muy afable, y se tratan unos a 
otros del modo más tierno y afectuoso; pero son impla- 
cables para con sus enemigos, a los cuales, como he 
dicho en otra parte, no dan cuartel. Quizá parezca ex- 
traño que haya guerras frecuentes en un país en que 
tan pocas ventajas proporciona conseguir la victoria, y 
que cada distrito de una tierra habitada por gentes tan 
pacíficas y tan suaves sea enemigo de todos los que le 
rodean, rero es posible que entre estos isleños los 
vencedores saquen de sus victorias más ventajas de las 
que pudiera creerse a primera vista, y que se dejen 
llevar a la lucha por motivos que la adhesión o la amis- 
tad no lleguen a evitar. Por 1q que hemos dicho de 
ellos, parece que su principal alimento es el pescado, 
que no pueden proporcionarse más que en la costa, la 
cual no les suministra cantidad suficiente sino en cierto 
tiempo. Las tribus que viven en el interior, si hay al- 
gunas, y aun las que habitan la costa, deben, pues, ha- 
llarse con frecuencia expuestas a morir de hambre, pues 
su país no produce carneros, cabras, cerdos ni ganado 
alguno; no tienen tampoco aves domésticas, ni conor 
cen el arte de cazar las silvestres en bastante número 
para subvenir a su alimento. Si los vecinos les impiden 
coger pescado, que suple a todos los demás alimentos 
animales, no cuentan para su subsistencia, si se excep^ 
túan los perros, más que con los vegetales que hemos 
descrito, siendo ios principales la raíz del helécho, los 
yames v batatas; de modo que si estos recursos Uegfan 
a faltarles, el hambre y la miseria deben ser horroro- 
sas. Entre los habitantes de la costa deben de hallarse 
muchas tribus en esta desgracia o escasez con bastan- 
te frecuencia, ya porque sus plantíos no hayan produ- 
cido la cosecha necesaria, ya porque no tengan bas- 
tantes provisiones secas para la estación en que el pes- 
cado escasea. Estas reflexiones nos permiten explicar 
el peligro continuo en que parecen vivir todos los pue^ 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 181 

blos de este país y ei cuidado que se toman en forti- 
ficar sus aldeas; y aun podrían tales consideraciones 
también dar razón de la horrible costumbre de comer- 
se a los hombres que mueren peleando en el campo o 
de otro modo violento; porque la necesidad de aquel 
ú quien el hambre impele al combate domina todo 
sentimiento de humanidad que pudiera impedirle go- 
zarse en devorar el cuerpo de su adversario. Sin em- 
hñrgOf es necesario observar que» si esta explicación 
del orígfen de una costumbre tan bárbara es verdade- 
ra, los males que acarrea acaban con la necesidad que 
la produjo. Luego que el hambre hubo introducido 
ésta costumbre en esta costa, propagóse necesariamen- 
te a la otra, por razón de venganza. Cualquiera que 
sea el modo de pensar de ciertos hombres especulati- 
vos y filósofos que afirman ser cosa indiferente comer- 
se o enterrar el cuerpo de un enemigo, como el cubrir 
o dejar desnudas la garganta y muslos de una mujer, y 
que sólo una preocupación nos hace temblar de horror 
en el primer caso y sonrojarnos en el segundo cuando 
se infringe la costumbre que entre nosotros se obser- 
va, poniendo a un lado este punto de controversia, 
puede afirmarse con verdad que el hábito de comer la 
carne^ humana es de muy perniciosas consecuencias 
para nosotros, pues tiende manifiestamente a concul- 
car un principio que constituye la base de la seguridad 
humana, y que detiene con más frecuencia la mano del 
asesino que el sentimiento del deber o el temor del 
cadalso. 

La muerte debe perder mucho de su horror entre los 
que están acostumbrados a comer cadáveres, y el hom- 
bre a quien no contenga este horror natural no sentirá 
San repugnancia de hacerse asesino. Es más fácil in- 
ngir o pasar por encima de la ley del deber y del 
terror al castigo que por los sentimientos naturales o 
ios debidos a Tas preocupaciones de la infancia, que se 
han arraigado por el háoito de observarlas. El horror 



192 JAMES COOK LIB. II 

que experimeata un asesino depende menos del honí- 
cidio en sí mismo que de sus efectos naturales, y se 
debilita a medida que se familiiM'iza oon estos efectos» 
Sesfún nuestras leyes y nuestra religión, el asesinato y 
el robo son castigados con el mismo suplicio en este 
mundo y en el otro; mas, entre (os que cometen un robo 
deliberado, pocos habría que quisiesen hacerse culpa- 
bles de un homicidio premeditado, aunque ello hubie* 
ra de reportarles mayores ventajas que las que se pro- 
metieran con el primer delito. Existen además las míis 
fuertes razones para creer que unos hombres acostum- 
brados a comer carne humana podrían despedazar un 
cadáver con tan poca repugnancia o escrúpulo como 
el que experimentan nuestros cocineros despedazando 
un conejo muerto; que no les costaría más trabajo co- 
meter un asesinato que un robo, y que, por consiguien- 
te, privarían a un hombre de la vida con el mismo rer 
mordimiento que sentirían al arrebatarle su propiedad; 
así, los hombres puestos en estas circunstancias se ha- 
rían asesinos por unos intereses tanto o más ligeros 
como los que inducen a robar. Si alguno duda de la 
exactitud y verdad de este razonamiento, que se pre- 

Íunte a sí mismo si no se creería más seguro junto a un 
ombre que siente un grande horror a la destrucción 
de sus semejantes, ya por consecuencia del instinto na- 
tural, que no se ha anulado en él, ya por las preocupa- 
ciones que adquiriera en edad temprana, y cuya ener- 
gía iguala casi a la de las naturales inclinaciones, que 
con otro que, tentado de asesinarle, sólo se detuviera 
por consideraciones de interés; porque pueden redu- 
cirse a miras de interés todos los motivos de simple 
deber, pues que se determinan todos por la esperanza 
dé un bien o el temor de un mal. 

Sin embargo, la situación y las circunstancias en que 
se hallan estos pueblos miserables, así como su carác- 
ter, servirían perfectamente a los que quisiesen esta- 
blecer una colonia entre ellos. Necesitan socorros por 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 183 

SU situación^ su carácter ios hace susceptibles a ia amis- 
tady y, sea io que quiera io que pueda decirse en favor 
de la vida salvaje de aquellos que gozan de los dones 
de la Naturaleza en una voluptuosidad ociosa, la civi- 
lización seria ciertamente una felicidad para aquellos a 
quienes la Naturaleza ingrata apenas suministra lo ne- 
cesaríoi y se ven obligados casi a destruirse mutuamen- 
te para no perecer de hambre. 

Habituados estos pueblos a la guerra» cualquiera que 
sea la causa de ella, y teniendo por costumbre a todos 
ios extranjeros como enemigos, estaban siempre dis- 
puestos a atacarnos cuando no advertían nuestra supe- 
rioridad sobre ellos; mas no conocían otra que ia del 
numero, y siempre que veían que esta ventaja se halla- 
ba de su parte, no dudaban de que todas las pruebas 
que les dábamos de amistad eran artificios que el temor 
y la maldad nos inducían a emplear para inclinarlos a 
respetar nuestra existencia. Pero una vez convencidos 
de nuestra fuerza, después de habernos obligado a ser- 
vimos de nuestras armas de fuego, aunque cargadas 
solamente con perdigones, y cuando reconocieron nues- 
tra clemencia y vieron que no hacíamos uso de estos 
elementos tan terribles sino para defendernos, mostrá- 
ronse de repente amigos nuestros, depositando en nos- 
otros una confianza sin limites, e hicieron cuanto pudie- 
ra obligarnos a corresponderles del mismo modo. Es 
además muy notable que, una vez establecido comercio 
de amistad con nosotros, rara vez tuvimos que recon- 
venirlos por una mala acción contra él, si bien es ver- 
dad que mientras nos habían mirado como enemigos 
que veníamos a la costa a sacar ventaja de ella habían 
empleado contra nosotros todo género de medios sin 
escrúpulo alguno; por esto, sin duda, cuando trafica- 
ban, habiendo recibido el precio de una cosa cuyo 
cambio nos ofrecieran, retenían en su poder tranquila- 
mente la mercancía y el valor que habíamos dado por 
ella, bien persuadidos de que al robar a unos hombres 



184 JAMES COOK UB. II 

que no tenían otro designio que el de robarles a ellos 
obraban según razón y justicia. 

Ya he observado antes que los isleños de los mares 
del S. no tenían idea del decoro en relación con las 
cosas ni con las acciones; pero no era así entre los ha- 
bitantes de Nueva Zelandiai pues hemos advertido en 
su trato mutuo y en sus maneras tanta reserva, decen- 
cia y modestia con respecto a unas acciones que, sin 
embargo, no consideran criminales, como se encuen- 
tra entre los pueblos más civilizados de Europa. Las 
mujeres no eran inabordables; pero el modo como su- 
cumbían era tan decente cual es entre nosotros el de 
una mujer que cede a los deseos de su esposo; y den- 
tro de sus ideas, el trato entrañaba la misma inocencia. 
Cuando alguno de nosotros solicitaba a una joven, dé- 
basele a entender que precisaba el consentimiento de 
los suyos, y bastaba en general un presente adecuado 
para que viera cumplidos sus deseos; pero una vez 
cumplidos estos preliminares, era también necesario 
que tratara a la esposa durante una noche con la mis- 
ma delicadeza que entre nosotros se emplea, y el ga- 
lán que se jactara de haberse permitido licencias que 
hollaran esa delicadeza, podía estar seguro de verse 
rechazado. 

Uno de nuestros caballeros, que habíase dirigido a 
una familia de la mejor calidad, recibió una contesta- 
pión que, traducida a nuestro lenguaje, en espíritu y en 
forma, decía lo que sigue: «Cualquiera de estas mu- 
chachas se sentirá honrada por su solicitud; pero tiene 
usted primero que hacerme un regalo proporcionado, 
y es preciso que venga y duerma con nosotros en tie- 
rra, porque la luz del día debe ser testigo de lo que 
pase entre ustedes.» 

He observado antes que estos isleños no son tan 
limpios en sus personas como los taitianós, porque 
como no viven en un clima tan cálido, no se bañan tan 
frecuentemente; pero el aceite con que se untan los 



J 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 185 

cabellosi como aquellos isleños, es lo más desagrada- 
ble que tienen. Este aceite es una gfrasa derretida de 
pescado o de ave; pero los indios más distinguidos la 
emplean fresca; los de clase inferior se sirven de la 
rancia, lo que les hace tan desagradables al olfato como 
los hotentotes. Sus cabezas no carecen de piojos; pero 
también hemos observado que conocían el uso de los 
peines de hueso y de madera. Algunas veces llevan 
estos peines prendidos en la cabeza, como un adorno, 
moda que reina en el dia entre las señoras de Inglate- 
rra. Los hombres tienen corta la barba ordinariamente, 
y los cabellos atados sobre la cabeza, formando un 
moño, en el que ponen plumas de aves de diversos 
modos y según su capricho. Los hay que las hacen so- 
bresalir a cada lado de las mejillas, lo que presentaba 
a nuestros ojos su fígura sumamente deforme. Algunas 
de las mujeres llevan el cabello corto, y otras lo dejan 
ondear sobre sus espaldas. 

Los cuerpos de ambos sexcs se hallan salpicados de 
manchas negras llamadas amoco; para esto emplean el 
mismo método que en Taiti, llamado tatowp; pero los 
hombres tienen mayor número de estas manchas que 
las mujeres; éstas no se pintan en general parte alguna 
de su cuerpo, a excepción de los labios; sin embargo, 
algunas tenían en ciertas partes del cuerpo pequeñas 
manchas negras. Los hombres, por el contrario, pare- 
ce que aumentan algo todos los años a este caprichoso 
adorno, de modo que muchos de entre ellos, que pa- 
recían de edad muy avanzada, estaban cubiertos de 
estas manchas casi desde la cabeza a los pies. Además 
del amoco llevan otras señales rarísimas, que imprimen 
en su cuerpo por un método que nos es desconocido; 
estas señales son ciertos surcos de cerca de una línea 
de profundidad y de igual anchura, como se nota en 
un árbol de un año cuando se le hace una incisión; las 
orillas de estos surcos son dentadas; siguiendo siempre 
el nuevo método y haciéndose completamente negros, 



186 JAMES COOK LIB. II 

presentan un aspecto horrible. La cara de los ancianos 
está casi enteramente cubierta de estas señales; los jó- 
venes no se ennesfrecen más que los labios, como ¡as 
mujeres; pero tienen comúnmente una mancha ne^a 
en el carrillo y sobre un ojo, procediendo así por gira- 
dos hasta que Uegran a viejos, y estas manchas los hacen 
más respetables. A pesar de que nos disgustaba la ko- 
rrible deformidad que estas manchas y surcos imprimen 
en el rostro del hombre, imagen de la Divinidad, no po- 
díamos menos de admirar el arte y destreza con que las 
imprimen en la piel. Las señales del rostro, ordinaria- 
mente son espirales y trazadas con mucha precisión y 
aun elegancia, correspondiendo exactamente las de un 
lado con las del otro. Las señales del cuerpo se pare- 
cen un poco al follaje de los adornos antiguos ejecu- 
tados a cincel y a las circunvoluciones o círculos con- 
céntricos de las obras afiligranadas; pero se descubre 
en estas señales o marcas tal fecundidad de imagina- 
ción, que de cien hombres que a primera vista nos pa- 
recía que llevaban exactamente las mismas figuras, no 
encontrábamos dos en los que fuesen semejantes, exa- 
minadas de cerca. Observamos que la cantidad y la 
forma de estas rayas eran diferentes en las diversas 
partes de la costa; y así como los taitianos las llevan 
principalmente en las nalgas, en Nueva Zelandia ocu- 
rre lo contrario, es decir, que era ésta la única parte 
del cuerpo donde no las había, o, en general, la que 
estaba menos marcada. (Véase la lámina I.) 

Estos pueblos no solamente taracean su piel, sino 
que también se valen de la pintura, pues que, como he 
dicho más arriba, se pintan todo el cuerpo con almaza- 
rrón u ocre rojo; otros lo frotan con esta materia, seca; 
otros lo aplican en anchas fajas, mezclado con aceite 
que siempre permanece fresco; así, que no es posible 
tocarlos sin sacar manchas de pintura; de suerte que 
las expansiones de aquellos de los nuestros que come- 
tieron el delito de robar un beso a alguno de aquellos 



CAFilX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 187 

pimpollos hallábanle escritas en sus rostros en carac* 
teres perfectamente legfibles. 

El vestido de los habitantes de Nueva Zelandia es 
el más caprichoso y tosco que puede ofrecerse al pri* 
mer golpe de vista de un extranjero, pues se compone 
de las hojas de una especie de gladiolo o espadilla (1)» 
descrito ya entre las producciones vegetales de este 
país. Cortan estas hojas en tres o cuatro bandas o tiras 
cuando están secas, y las entrelazan unas con otras» 
formando una especie de tela que es intermedia entre 
la malla y el paño; las puntas de las hojtfs, que tienen 
ocho o nueve pulgadas, sobresalen y se retuercen en 
la teta formando una especie de ruedo o peludo; para 
un vestido completo son necesarias dos piezas de esta 
tela, si puede dársele este nombre; la una se ata sobre 
la espalda con un cordón, y cuelga hasta las rodillas; 
al cabo de este cordón atan una aguja de hueso que 
pasa fácilmente por las dos partes de este vestido de 
encima y las junta; la otra pieza esta rodeada a la cin- 
tura y cuelga hasta el suelo. Sin embargo, los hombres 
no llevan esta parte inferior sino en ciertas ocasiones 
excepcionales; pero tienen un ceñidor, del cual pende 
una cuerdecita destinada a diversos usos. Los isleños 
del Mar del Sur se remangan el prepucio para impedir 
que cubra el glande; pero éstos, por el contrario, esti- 
ran el prepucio sobre el glande, y para evitar que se 
retraiga por alguna contracción, atan aquél con el cor- 
dón que cuelga de su ceñidor. El glande parecía ser 
en realidad la única parte de su cuerpo que querían 
ocultar, porque con frecuencia se despojaban de todo 
con la mayor indiferencia, menos del ceñidor y de la 
cuerda, y mostraban la mayor confusión cuando, para 
satisfacer nuestra curiosidad, se les pedía que se des- 
atasen el cordón, a lo cual nunca accedían sino con la 



(1) El Phormium, o lino de Nueva Zelandia. (Véase la nota de 
la página 176.) 



188 JAMES COOK LIE. II 

mayor repugnancia y vergüenza. Cuando no tienen más 
vestido que el de encima y se sientan en ei suelo se 

Carecen a una casa cubierta de paja; aunque ésta cu- 
ierta sea desagradable, está, sin embargo, bien adap- 
tada al modo de vivir de unos hombres que muchas 
veces duermen al aire libre, sin tener otra cosa con que 
ponerse al abrigo de la lluvia. 

Además de esta especie de tela grosera de que aca- 
bamos de hablar tienen otras dos con la superfície lisa, 
y se fabrican con mucho arte, siendo semejantes a las 
que se usan por los habitantes de la América meridional, 
y de las que compramos algunas piezas en Río de Janei- 
ro. Una de éstas es más tosca, pero diez veces más re- 
sistente que nuestras peores harpilleras; para manufac- 
turarla ordenan sus hilos del mismo modo que nosotros, 
poco más o menos. La segunda se hace extendiendo 
muchos hilos, muy cerca unos de otros, en la misma 
dirección, lo que compone la cadena o urdimbre, como 
la llaman los tejedores, y cnizando por medio otros 
hilos que sirven de trama. Estos hilos se hallan sepa- 
rados unos de otros cerca de media pulgada y se pa- 
rece algo el tejido a los trozos de estera de caña que 
se ponen a veces bajo los platos en la mesa. Esta tela 
es mucha veces rayada, y siempre de una vista bastan- 
te agradable, porque se la fabrica con las fíbras de la 
misma planta y la preparan de manera que brilla como 
la seda. Los isleños la manufacturan en una especie de 
bastidor del tamaño de la tela, que tiene ordinaria- 
mente cinco pies de largo y cuatro de ancho; los hilos 
de la urdimbre se atan a los extremos del bastidor, y 
la trama o entretejido se va haciendo con la mano, lo 
que debe de ser un trabajo bastante fastidioso. 

En los extremos de estas dos especies de telas hacen 
los isleños sus bordaduras o. franjas de diversos colo- 
res, como las de nuestros tapices; estos bordados se 
trazan por varios modelos, y se trabajan con una lim- 
pieza y elegancia que deben sorprender a quien las 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 189 

considere con atención, y mucho más careciendo, como 
carecen, de adujas a propósito para hacer primores. El 
vestido en que elios tienen más vanidad es el forrado 
de piel de perro, cuya piel emplean con tanta economía 
que la cortan en tiras, que cosen unas a otras sobre el 
vestido, guardando alguna distancia; lo que prueba que 
los perros no abundan mucho en el país. Estas tiras son 
también de diversos colores y están dispuestas de ma- 
nera que producen a la vista un vistoso efecto. Hemos 
visto, aunque raras veces, algunos vestidos adornados 
de plumas en vez de las tiras de piel de perro, y tamr 
bien hemos visto uno que se hallaba enteramente cu- 
bierto de plumas encarnadas de papagayo. 

Ya he descrito el vestido del hombre muerto la pri- 
mera vez que fuimos a tierra en la Bahía de la Pobre- 
za; pero durante nuestra estancia en el país sólo vimos 
otro semejante, y fué en la Sonda de la Reina Carlota. 

Las mujeres, contra la costumbre general de su sexo, 
parece que fijan menos su atención en el vestido que 
los hombres; llevan ordinariamente cortados los caber 
líos, como lo he indicado antes; pero cuando los dejan 
crecer jamás los atan en lo alto de la cabeza, ni pren- 
den tampoco en ellos plumas como adorno; sus vesti- 
dos son de la misma materia y tienen la misma forma 
que los del otro sexo; sin embargo, el vestido, o sea el 
faldellín de debajo, les envuelve siempre el cuerpo, 
menos cuando entran en el agua para coger cangrejos 
de mar, pues entonces se lo quitan; mas ponen buen 
cuidado en que no las vean los hombres. Habiendo 
desembarcado un día en una isla de la Bahía de Tola- 

Ía, sorprendimos a muchas en esta ocupación. La casta 
Kana y sus ninfas no pudieron haber dado tantas prue- 
bas de confusión y de dolor a la vista de Acteón que 
las que estas mujeres dieron a nuestra aproximación: 
unas se escondieron entre las rocas y otras se zambu- 
lleron en el mar hasta que se hicieron un ceñidor del 
que pendía otra especie de tela de hierbas marinas-. 



190 JAMES COOK LIB. II 

que por fortuna encontraron aUi^ con que se cubrieron; 
y cuando salieron notamos que aun con este velo su 
modestia padecía mucho en nuestra presencia. Ya he 
hablado antes del ceñidor y del paño o (aidellin que 
comúnmente usan, y así, excuso repetirlo. 

Los dos sexos se abren las orejas y ag^randan sus* 
«gujeros de modo que pueda hacerse entrar por ellos 
cuando menos un dedo; de estos a^fuieros sé cuelsfan 
varios adornos de diversa especie: telas, plumas, hue- 
sos gfrandes de aves, y algunas veces un pedacito de 
madera. Ordinariamente se colgfaban también los cla- 
vos que les dábamos, y todas las demás cosas que po- 
dían llevar en forma de pendientes. Varias mujeres se 
ponían también el plumón del ave llamada albatros, tan 
blanco como la nieve, y que levantado por delante y 
por detrás del agujero en forma de moño, casi tan grue- 
so como un puño, presenta un golpe de vista muy sin- 
gular V que, aunque extraño, nada tiene de desagrada- 
ble. Además de los adornos que hacen entrar en los 
agujeros de las orejas se cuelgan asimismo otros mu- 
chos con cordones, como son tijeras o agujas de talco 
verde, que estiman sobremanera, los dientes de sus pa- 
rientes muertos, dientes de perro, y cuantas cosas pue- 
den proporcionarse y que miran como de algún valor. 
Las mujeres llevan también brazaletes y collares com- 
puestos de huesos de aves, conchas u otras substan- 
cias, que engarzan en forma de rosario. Los hombres 
cuelgan algunas veces de un cordón que rodea su cue- 
llo un trozo de talco verde o de hueso de ballena, que 
tiene casi la fígura de una lengua, sobre el cual se Ve 
esculpida, aunque groseramente, la fígura de un hom- 
bre, adorno que los isleños estiman en mucho. Hemos 
visto un zelandés que tenia agujereado el cartílago qoe 
separa las fosas nasales, y al que llaman los anatómicos 
septum nasi; había hecho pasar por el agujero una plu- 
ma, que salía, atravesando las narices, por cada lado 
sobre las mejillas, y probablemente habría adoptado 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 191 

esta singularidad caprichosa y ridicula como un gran 
adorno; pero entre todos los isleños que en aquel pais 
hemos visto no hemos hallado ninguno que llevase 
otro igual, ni aun hemos notado tampoco en sus nari- 
ces el agujero que pudiera servir a semejante objeto. 

Viviendas. 

Las habitaciones de aquellos isleños son la más pri- 
mitiva y torpe de todas sus obras, si se exceptúa su ex- 
tensión; apenas igualan a las perreras que para ence- 
rrar a los perros se usan en Inglaterra; rara vez tienen 
más de diez y ocho a veinte pies de largo, ocho o diez 
de ancho y cinco o seis de alto desde la viga que se pro- 
longa de una extremidad a otra, v que forma la cum- 
bre, hasta tierra. La armazón es de madera, y ordina- 
riamente de estacas delgadas; los lados o paredes y el 
techo se componen de hierbas secas y de heno, y es 
necesario confesar que el conjunto del edificio no ca- 
rece de solidez. Hay también algunas casas guarneci- 
das por dentro con cortezas de árboles; de modo que 
en tiempo frío deben proporcionar un buen abrigo. El 
techo está inclinado como el de nuestras casas de 
campo; la puerta, situada en uno de los extremos, sólo 
tiene la altura suficiente para admitir a un hombre, que 
ha de arrastrarse para entrar. Cerca de la puerta hay 
un agujero cuadrado que sirve de ventana y chimenea 
a un tiempo, porque el hogar se halla hacia esa extre- 
midad, casi al medio de la habitación y entre las dos 
paredes; en alguna parte visible, y ordinariamente cer- 
ca de la puerta, atan una tabla cubierta de tallas ejecu- 
tadas a su modo; esta tabla tiene para ellos tanto pre- 
cio como para nosotros puede tener un cuadro; las 
paredes y el techo se prolongan también cerca de dos 
pies hacia fuera de cada extremidad, de modo que for- 
man una especie de pórtico, en el que hay bancos para 
el uso de la familia. La parte del terreno destinada 
para hogar está encerrada en un especie de agujero 



192 JAMES COOK LIB. If 

cuadrado hondo, rodeado de pequeños tabiques de 
madera o de piedra, en medio de ios cuales se encien- 
de el fuesfo. A lo largo de las paredes, en lo interior 
de la habitación, extienden un poco de paja, sobre la 
que duerme la familia. 

Enseres. 

Sus muebles y utensilios son tan escasos, que pue- 
den contenerse, y se contienen ordinariamente, en una 
especie de caja o arca, exceptuándose las cestas de las 
provisiones, las calabazas en que conservan el agua 
dulce y los mazos con que machacan sus raíces de 
helécho, que se colocan fuera de la puerta. Algunos 
instrumentos groseros, sus vestidos, sus armas y las 
plumas que ponen en sus cabellos componen el resto 
de sus tesoros. Los que son de clase distinguida y 
cuya familia es numerosa, tienen tres o cuatro casas en- 
cerradas en un recinto o patio, y los tabiques, hechos 
con estacas y heno, tienen de diez a doce pies de altura. 

Cuando estuvimos en tierra en el cantón o distrito 
llamado Tolaga vimos las ruinas, o más bien la arma- 
zón, de una casa inacabada, mucho mayor que ninguna 
de las que habíamos encontrado hasta entonces; tenía 
treinta pies de longitud, quince de anchura y doce de 
altura; las paredes estaban adornadas de muchas tablas 
esculpidas y bien trabajadas; pero no pudimos saber á 
qué uso se destinara esta casa cuando se empezara a 
fabricar y por qué no se había concluido. 

A pesar de cfae estas gentes están bastante bien de- 
fendidas de las inclemencias del tiempo en sus habita- 
ciones, cuando hacen sus excursiones para buscar raí- 
ces de helécho o pescar parecen indiferentes acerca de 
todo refugio; lo que únicamente hacen algunas veces es 
un resguardo contra el viento; otras ni siquiera toman 
esta precaución: se acuestan y duermen bajo los mato- 
rrales y malezas con sus mujeres y sus hijos, colocando 
sus armas en su rededor, como he dicho antes. La cua- 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 193 

dríila de cuarenta o cincuenta isleños que vimos en la 
Bahía de Mercurio, en un distrito que los naturales lla- 
man Opoorage, no construyó jamás el menor abrigo 
mientras nosotros permanecimos allí, aunque la lluvia 
cayó muchas veces por espacio de veinticuatro horas 
sin dejarlo. 

Alimentos* 

Ya hemos hecho la enumeración de lo que compone 
sus alimentos. La raíz de helécho es el principal; les 
sirve de pan, crece sobre las colinasi y es, poco más o 
menos, la misma que producen los distritos elevados 
de Injflaterra, y que en ingflés se llama indiferentemen- 
te Fer Brucken o Brakes, Las aves que comen los días 
de fiesta consisten sobre todo en pingfüinos, albatros y 
en un corto número de otras especies de que se ha 
hecho mérito en el curso de esta relación. 

Culinaria* 

No tienen vasija en que puedan calentar y hervir 
ajfua, ni otro modo de preparar los alimentos que co* 
cerlos en una especie de horno, o asarlos. Construyen 
hornos semejantes a los. de los insulares de los mares 
del S., y nada tenemos que añadir a la descripción que 
ya se ha hecho de su modo de asar los alimentos, sino 
que el largo asador al cual prenden la carne se sitúa 
oblicuamente hacia el fuego; para esto apoyan la extre- 
midad del asador contra una piedra y le sostienen casi 
al medio contra otra; según acercan más o menos la 
extremidad de esta segunda piedra, aumentan o dismi- 
nuyen a voluntad la oblicuidad del asador. 

Va he observado en otra parte que al norte de Nue- 
va Zelandia hay plantíos de batatas, yames y cocos; 
pero no los hemos visto hacia el sur; los habitantes de 
esta parte deben vivir únicamente de pescado y de raí- 
ces de helécho, si se exceptúan los recursos acciden- 
tales y raros que pueden hallar en las aves del mar y en 

JAMES COOK: PRIURS VIAJB. — [j. II 13 



194 JAMES COOK LIB. II 

ios perros. Es cierto que no pueden proporcionarse 
helécho y pescado en todas las estaciones del año, 
porque hemos visto provisiones secas de estas dos cla- 
seSy amontonadas, y algfunos de los isleños manifesta* 
ron gran resistencia a desprenderse de ellas, particular- 
mente del pescado, cuando quisimos comprarlo para 
embarcarlo. Esta circunstancia pareció confirmar mi 
modo de pensar, de que el país apenas produce para 
la subsistencia de sus habitantes, y que, por consigfuien- 
te, el hambre es la causa de perpetua hostilidad y la 
que excita, naturalmente, a comer los cadáveres de 
aquellos que mueren en los combates. 

Tampoco hemos observado que tengan otra bebida 
que el agua; si realmente no consumen licores embria- 
gantes, son en este punto más felices que todos los de- 
más pueblos que hasta entonces habíamos visto o de 
quienes hemos oído hablar. 

Como la intemperancia y la inactividad son quizá el 
único origen de las enfermedades críticas y crónicas, 
no parecerá extraño que estos pueblos gocen constan- 
temente de una perfecta salud. Siempre que hemos ido 
a sus lugares, los niños, muchachos y ancianos, los 
hombres y las mujeres, se reunían en derredor de nos- 
otros movidos de la misma curiosidad que nos inducía 
a mirarlos; pero jamás hemos encontrado uno solo que 
pareciese afectado de alguna enfermedad; y entre los 
que hemos visto enteramente desnudos no hemos no- 
tado la más ligera erupción sobre la piel, ni vestigio 
alguno de pústulas ni de otra especie de semejantes 
enfermedades. Cuando vinieron a nosotros en sus pri- 
meras visitas y observamos sobre diferentes partes de 
sus cuerpos pintas blancas, hallamos que estas prove- 
nían de la espuma del mar que en la travesía los había 
mojado, y que habiéndose secado después había deja- 
do sobre la piel unas sales en forma de polvo blanco 
muy tenue, que nosotros a primera vista hubimos de 
considerar como manifestaciones de lepra o escorbuto. 



CAP. IX PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 195 

Hemos hecho mención más arriba de otra prueba de 
la salud de estos pueblos, al hablar de la facilidad con 

2ue se curan y cicatrizan las heridas muy recientes, 
luando examinamos al hombre que recibiera el balazo 
«n la parte carnosa del brazo se hallaba su herida en 
tan buen estado y tan próxima a curarsCí que si yo no 
hubiese estado segfuro de que nada se había hecho para 
ello, habría tomado, tn beneficio de la Humanidad, 
cuantas informaciones hubiera podido sobre las plantas 
vulnerarías y métodos quirúrgicos que se emplean en 
el país. 

Lo que prueba todavía más que los habitantes del 
país están exentos de enfermedades es el pan número 
de ancianos que vimos, de los cuales, muchos, si he- 
mos de juzgar por la pérdida de los cabellos y dientes, 
parecían muy viejos; sin embargo, ninguno de ellos es- 
taba decrépito; y aunque no tuviesen ya en los múscu- 
los tanta fuerza como los jóvenes, no se mostraban 
menos alegres ni menos ágiles. 



CAPITULO X 



I>e las canoas y de la nave^ción de los habitantes de Nueva Ze> 
landia. — Asfrícaltura. — Armas y música. — Gobierno. — Re- 
ligión. — Lenguaje de estos insulares. — Objeciones contra la 
existencia de un continente meridional. 



La inventiva de estas grentes se manifíesta mis que 
«n cualquiera otra cosa en sus canoas: éstas son largas 
y estrechas y de una forma casi igual a la de los barcos 
-que se usan para la pesca de la ballena en Nueva Ingla- 
terra. Las mayores de estas piraguas parecen destinadas 
principalmente a la guerra, y llevan cuarenta, ochenta 
o cien hombres armados; nosotros medimos una que 
estaba varada en Tolaga, y tenia sesenta y ocho pies de 
largo, cinco de ancho y tres y medio dé profundidad; 
el fondo era agudo, con las bandas rectas y en forma 
de cuna; se componía de tres troncos huecos de cerca 
de dos pulgadas y media de grueso, bien unidos unos 
a otros por una fuerte atadura; cada banda estaba for- 
mada de una sola tabla, de sesenta y tres pies de largo, 
de diez a doce pulgadas de ancho y cerca de un cuarto 
de grueso; todas estaban firmemente unidas y sujetas 
al fondo con mucha destreza. Tenían un número con- 
siderable de travesanos tendidos de una a otra bordas, 
a las que estaban sólidamente atados a fín de reforzar 
la piragua. El adorno de la proa avanzaba cinco o seis 
pies más allá del cuerpo del barco, y tenía cerca de 
cuatro pies y medio de altura. El de la popa estaba 
fijado a la extremidad posterior como el codaste de un 
navio lo está sobre su quilla, y tenía cerca de catorce 



198 JAMES COOK LIB. II 

pies de alto, dos de ancho y pulgada y media de grue- 
so. Ambos estaban compuestos de tablas talladas, cuya 
diseño era mejor que la ejecución. Todas las canoas 
están construidas por este modelo, a excepción de 
unas cuantas que hemos visto en Opoorage o en la 
Bahía de Mercurio, que eran de una sola pieza, talladas 
y ahuecadas por el fuego, y es rara la que no alcanza 
veinte pies de longitud. Algunas de las más pequeñas 
llevan balancines; a veces se acoplan dos, pero esto 
es muy raro. La talla de los adornos de la popa y de 
la proa de las pequeñas piraguas, que parecen única- 
mente destinadas a la pesca, consiste en una fígura de 
hombre cuyo rostro es de lo más feo que puede ima- 
ginarse, pues de su boca sale una lengua monstruo- 
sa, sirviendo de ojos unas conchas blancas de orejas 
de mar. 

Pero las grandes piraguas, que parecen ser los bu- 
ques de guerra, se hallan magnifícamente adornadas 
de obras caladas y cubiertas de franjas flotantes de 
plumas negras, que ofrecen un agradable golpe de vis- 
ta; las tablas de los caperoles o regalas están esculpi- 
das también, las más veces de un modo grotesco, y de- 
coradas con ramilletes de plumas blancas colocadas 
sobre un fondo negro. Una descripción verbal de ob- 
jetos enteramente nuevos no puede dar justa ¡dea de 
ellos sino haciendo percibirlos en cierto modo por com- 
paración con otros que conocemos y a los cuales se 
asemejan, haciendo que la imaginación del lector se fíje 
en esta semejanza; como la labor de talla de esta gente 
es muy singular en su estilo y no presenta analogías con 
ninguna cosa de las que se conocen en nuestra parte 
del Océano, ya «en el cielo, en la Tierra o en las aguas 
que bañan la Tierra», no tengo más remedio que refe- 
rirme a las reproducciones que se encontrarán en la 
lámina. (Véase la lámina II.) 

Los remos de las piraguas son pequeños, ligeros y 
esmeradamente cortados; la pala es de forma oval, o 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 199 

más bien comparable a una ancha hoja; es puntiaguda 
por el caboy más ancha por en medio, y va disminu- 
yendo por grados hasta el mango; la pagaya o remo 
tiene cerca de seis pies de longitud; el palo o astil, 
comprendida la empuñadura, tendrá unos cuatro, y la 
pala, dos. Por medio de estos remos hacen navegar a 
sus piraguas con pasmosa velocidad. 

Los isleños no-son hábiles en la navegación ni cono- 
cen otro modo de dar la vela que dejarse llevar del 
viento. La vela, que es de estera o tejido de red, está 
tendida entre dos estacas verticales fíjadas a una y otra 
borda, y que sirven a un mismo tiempo de mástiles y 
de vergas. Dos cuerdas corresponden a nuestras esco- 
tas, y están atadas a lo alto de cada estaca. Por muy 
grosero e incómodo que sea este aparejo, las piraguas 
navegan muy ligeras llevadas por el viento y goberna- 
das por dos hombres, que van sentados sobre la popa, 
y cada uno de los cuales lleva un remo en -la mano a tai 
objeto. 

Herramientas. 

Después de haber detallado las [producciones de su 
industria, voy a hacer la descripción de sus instrumen- 
tos. Tienen dos especies de hachas y de tijeras, que les 
sirven también de taladros o punzones para abrir agu- 
jeros. Como no tienen metales, fabrican sus hachas con 
una piedra negra y dura o con talco verde, que es duro 
y tenaz. Sus tijeras se componen de huesos humanos o 
de pedazos de jaspe, que sacan de un bloque en angu- 
lares trozos afílados como piedras de chispa. Los isle- 
ños estiman sus hachas más que todo cuanto poseen, y 
jamás quisieren cedernos una sola, cualquiera que fuese 
el objeto que les presentásemos en cambio. En cierta 
ocasión les ofrecí una de nuestras mejores hachas y 
otras mucha cosas, por una de las suyas; pero el pro- 
pietario no quiso vendérmela, de lo que deduje que las 
buenas hachas son muy raras entre ellos. Los pequeños 



200 JAMES COOK LIB. II 

instrumentos de jaspe ios empiean para concluir sus 
obras más delicadas; pero como no saben afilarlos, se 
sirven de ellos hasta que están enteramente gastados, 
en cuyo caso los desechan. Una vez dimos a los habi- 
tantes de Tolaga un pedazo de vidrio, y en poco tiem- 
po hallaron medio de agujerearlo para atarlo con un 
hilo alrededor de su cuello como un adorno, e imagi- 
namos que el instrumento de que se valieron para esto 
era de jaspe. No hemos podido saber con certeza cómo 
dan el corte a sus herramientas ni de qué modo afilan 
el arma que llaman patu-patu; pero probablemente será 
reduciendo a polvo un trozo de la misma materia y fro- 
tando un arma contra otra con el polvo interpuesto. 

Redes. 

Ya he hecho mención de sus redes, y sobre todo de 
la red grande, que es de una extensión enorme, pues 
vimos una que parecía ser obra de todos los habitan- 
tes de un lugar, y creo también que esta red pertencr 
cía a la comunidad. También he dado una descripción 
particular de la otra red circular que se extiende por 
medio de dos o tres cercos o aros, según el modo que 
se usa en las de coger pájaros; asimismo he hablado 
de la manera que las enceban y se sirven de ellas. Sus 
anzuelos son de hueso o de conchas, y, en general, mal 
hechos. Tienen cestos de mimbre de diversas especies 
y tamaños, en los cuales ponen el pescado que toman 
y encierran sus provisiones. 

Agricaltura. 

Su cultivo es tan perfecto cuanto se puede esperar 
de un país en que un hombre no siembra más que para 
sí mismo, y donde la tierra apenas da lo necesario para 
la subsistencia de los habitantes. Cuando llegamos por 
primera vez a Tegadoo, cantón situado entre la Bahía 
de la Pobreza y el Cabo Oeste, acababan de sembrar- 
se las semillas, que todavía no habían principiado a 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 201 

g'erminar. El terreno estaba tan igmlf hueco y bien la- 
brado como el de nuestras huertas; cada raíz tenía su 
pequeño montículo^ hallándose todos dispuestos en li- 
neas quinconcialesy y las clavijas de madera de que se 
habían valido para esta operación estaban todavía en 
el terreno* No hemos tenido ocasión de ver trabajar a 
los labradores, pero hemos examinado el instrumento 
que les sirve de pala y de arado a un tiempo; es una 
larga estaca delgada con corte por uno de los lados a 
un extremo, y con un trozo de madera atado transver- 
salmente a poca distancia del mismo, a fín de que el 
pie pueda hacerlo entrar fácilmente en la tierra; con 
este instrumento revuelven una porción de terreno de 
seis a siete acres de extensión, a pesar de no tener 
la herramienta más de tres pulgadas de ancho; pero 
como el suelo es ligero y arenoso, ofrece poca resis- 
tencia. 

En la parte septentrional de Nueva Zelandia es don- 
de parece que se conoce y practica mejor la agricul- 
tura, el arte de fabricar telas y otras muchas propias 
de un estado de paz; en la parte meridional se ha- 
llan pocas señales de estas industrias, pero las artes de 
guerra están muy florecientes en toda la costa. 

Armas. 

Las armas de los isleños de esta parte no son mu- 
chas, pero si muy destructoras; tienen lanzas, dardos, 
hachas y patu-patus; la lanza tiene catorce o quince 
pies de largo; es puntiaguda por ambos cabos, y algu- 
nas veces se las ve guarnecidas de un hueso. Se aga- 
rran por el medio, de modo que la parte de atrás, con- 
trapesando a la de adelante, dirige un golpe más difí- 
cil de parar que el de un arma que se empuñe por uno 
de los cabos nada más. Ya he dado una descripción 
sufíciente del dardo y de las demás armas, y he notado 
también que estos pueblos no tienen hondas ni arcos; 
lanzan el dardo y las piedras con la mano, pero se sir- 



202 JAMES COOK LIB. II 

ven rara vez del dardo, como no sea para la defensa 
de sus fuertes. Sus combates en las piraguas o en tierra 
se efectúan ordinariamente cuerpo a cuerpo, y la mor- 
tandad debe de ser, por consiguiente, horrorosa, pues 
que si el primer golpe de algunas de sus armas obra el 
efecto perseguido, no necesitan secundarlo para matar 
a su enemigo. Sin embargo, parece que ponen su prin- 
cipal confianza en el patwpatu, que llevan atado a la 
muñeca con una fuerte correa, para evitar que se les 
escape con la fuerza; los principales personajes del país 
lo llevan ordinariamente pendiente de la cintura; es un 
adorno militar, y forma parte de su vestido, como el 

Ruñal entre los asiáticos y la espada entre los europeos* 
lo tienen armadura defensiva; pero, además de sus ar- 
mas, los jefes llevan un bastón de mando, del mismo 
modo que nuestros oficiales. Este era comúnmente una 
costilla de ballena, tan blanca como la nieve y decora- 
da con tallas, aplicaciones d^e pelo de perro y de plu- 
mas; pero algunas veces era un palo de seis pies de 
largo, adornado del mismo modo, lleno de conchas 
clavadas en él, que se parecen mucho al nácar. Los que 
llevan estas señales de distinción ordinariamente son 
viejos, o a lo menos han pasado de la edad madura, y 
tienen más manchas de amoco sobre el cuerpo que los 
demás. 

Todas las canoas que vinieron trajeron a bordo uno 
o muchos isleños con este distintivo, según el porte 
de la embarcación. Cuando se aproximaban a un cable 
del navio tenían la costumbre de detenerse, y los 
jefes, levantándose de su silla,' se ponían un vestida 
que parecía destinado para esta ocasión, y era ordina- 
riamente una piel de perro. Tomaban en la mano su 
bastón de mando o un arma y enseñaban a los demás 
lo que debían hacer. Cuando se hallaban a demasiada 
distancia para alcanzarnos con la lanza o con una pie- 
dra creían también que ellos mismos no estaban al al- 
cance de nuestras armas, y entonces nos dirigían su 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 20S 

desafio, cuyas palabras eran casi siempre las mismas: 
Haromai, haromai harre ata a patu oge. «Venid a nos- 
otroSy y con nuestro patu-patu os mataremos a todos.» 

Mientras proferían estas amenazas, se acercaban in- 
sensiblemente hasta que se hallaban muy cerca del 
navio; hablaban por intervalos con la mayor tranquili* 
dad, y respondían a todas las preguntas que les hacía- 
mos; otras veces renovaban su aesafío y amenazas, 
hasta que al fin, animados por la timidez de que nos 
suponían poseídos, reanudaban su canción y su danza 
de sfuerra, que era el preludio del ataque, y duraba al- 
gunas veces tanto tiempo que para hacerla acabar nos 
veíamos obligados a dispararles algunos tiros de fusil» 
Muchas veces se retiraban arrojándonos piedras a 
bordo, como si se hubiesen dado por contentos con 
habernos hecho un insultó del que no nos atrevíamos 
a vengarnos. 

El baile o danza guerrera consiste en un gran nú- 
mero de movimientos violentos y en las más feas con- 
torsiones; la cara juega en este baile un importante 
papel, pues muchas veces hacen salir de su boca una 
lengua de increíble longitud, levantan sus párpados 
con tanta fuerza que se descubre el blanco de los ojos 
por alto y bajo, de modo que forma un círculo alrede- 
dor del iris. Nada omiten de cuanto pueda hacer la 
figura del hombre deforme y espantosa; mientras dura 
este baile enarbolan sus lanzas, agitan sus dardos y 
hienden el aire con sus patu-patus. Esta horrible dan- 
za siempre va acompañada de una canción, no des- 
agradable, y en la cual cada estrofa se termina por un 
suspiro ruidoso y profundo que dan todos a concierto. 
Vimos en los movimientos de los bailarines una fuer- 
za, una firmeza y una destreza tales, que no pudimos 
menos de admirarlos; en sus canciones guardan la 
medida del compás con la mayor exactitud. He oído 
más de cien pagayas o remos golpear a un tiempo en 
las bordas de sus canoas, con tanta precisión que pa- 



204 JAMES COOK LIB. II 

recia solamente un gfolpe que se daba en cada tiempo 
de la música. 

Alguna vez los isleños cantan para divertirse, sin 
bailar, una canción que no es muy diferente de la del 
baile; pero también hemos oído a veces otras can* 
tadas por las mujeres, cuyas voces son de una dulzura 
y una melodía muy notables, y que tenían un acen- 
to tan agradable como tierno. La medida del compás 
en estas canciones es lenta, y la cadencia, melancólica. 
Toda esta música, en cuanto pudimos nosotros juzgar, 
sin un gran conocimiento del arte, nos pareció ejecu- 
tada con más gusto que el que debía esperarse de 
unos salvajes pobres y errantes que habitan un país 
medio desierto. Parece que sus aires se componen de 
muchas partes, y que estas se cantaban por muchas 
voces juntas. 

Tienen unos instrumentos sonoros; pero apenas se 
les puede dar el nombre de instrumentos de música, 
porque el uno es la concha llamada trompeta de Tri- 
tón, con la cual hacen un ruido que no difiere mucho 
del que nuestros pastores producen con el cuerno. El 
otro es una pequeña flauta de madera, que se parece 
a un bolo de niño, pero mucho más pequeña, y es tan 
poco armonioso como el silbato que en Inglaterra se 
llama peavhystle. Parece que no miran estos instru- 
mentos como muy a propósito para la música, porque 
jamás les hemos visto ni oído que acompañasen su voz 
con ellos ni que formasen compases que tuviesen la 
menor relación con ningún aire o tono musical. 

Después de lo que he dicho sobre la costumbre que 
tienen estos isleños de comer carne humana, añadiré 
únicamente que en casi todas las ensenadas donde 
desembarcamos hemos hallado huesos humanos toda- 
vía cubiertos de carne, cerca de los sitios en que se 
había encendido fuego, y que entre las cabezas que 
trajera a bordo el anciano algunas parecían tener ojos 
y adornos en sus orejas, como si estuviesen vivas. La 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 205 

que Mr. Banks compró se ia vendieron muy a disgus* 
to: parecía haber sido de un joven como de catorce a 
quince años, y por las contusiones que notamos en un 
lado juzgamos debían haberle dado muchos golpes, de 
los cuales había muerto, y además le faltaba un pedazo 
de hueso cerca del ojo* Esto nos confirmó en la opinión 
de que estos isleños no dan cuartel ni guardan a ningún 
prisionero para matarle y comerle después, como los 
habitantes de la Florida; porque de conservar los prí* 
sioneros, este pobre joven, que no se hallaba en esta- 
do de hacer mucha resistencia, hubiera sido uno de 
ellos; pero sabemos, por otra parte, que fuera muerto 
con los otros, pues el combate había ocurrido pocos 
días antes de nuestra llegada. 

En otra parte hemos dado una descripción bastante 
detallada de las cindadelas o Keppahs de estas gfentes; 
todas están fortificadas, y desde la Bahía de Plenty 
(de la Abundancia) hasta la Sonda de la Reina Cario* 
ta los habitantes parece que residen en ellas habitual- 
mente; pero en las cercanías de la Bahía de la Pobre-* 
za, de la de Hawk, de Tegadoo y de Tolaga no hemos 
visto tales heppahs, sino solamente casas aisladas, dis* 
persas. Sin embargo, en todas las faldas de las colinas 
hay plataformas muy largas, guarnecidas de piedras y 
de dardos, que sirven probablemente de retiro a estas 
gentes cuando se ven reducidas al último extremo. 
Efectivamente, los hombres que están en alto pueden 
combatir con mucha ventaja contra los que están deba- 
jo, sobre los cuales les es fácil a aquéllos hacer llover 
una nube de piedras y dardos, al paso que a éstos les 
es imposible emplear semejantes armas con igual efica-» 
cia. Es probable que los fuertes no sirvan a los que los 
ocupan sino para repeler un ataque súbito, porque 
como los defensores de la plaza no tienen agua, les se- 
ría imposible sostener un sitio. No obstante, almace- 
nan en estos fuertes cantidades considerables de raíces 
de helécho y de pescado seco; pero deben de ser pro- 



206 JAMES COOK LIB. II 

visiones de reserva para las épocas de escasez, que 
sobrevienen de cuando en cuando, como nuestras ob- 
servaciones nos demostraron; por otra parte, mientras 
el enemigo ronda la vecindad puede ser fácil a los mo- 
radores del fuerte proporcionarse agua en la pendiente 
de la colina, mientras que aquéllos no pueden recogfer 
del mismo modo raíz de helécho ni coger pescado. 

Los pueblos de este distrito nos pareció que cono- 
cen todas las ventajas de su situación; también aparen- 
taban vivir en la mayor seguridad; sus plantíos eran 
más numerosos; sus piraguas, mejor decoradas; sus ta- 
llas, más bellas, y sus telas, más fínas. Esta parte de la 
costa estaba también más poblada; quizá debían la 
abundancia y la paz de que gozaban en apariencia a 
la ventaja de estar asociados bajo un solo jefe o rey, 
porque todos los habitantes de este distrito nos dijeron 
que eran subditos de Teratu. Cuando nos indicaron 
con la mano la residencia de este príncipe juzgamos 
que estaba en el interior; pero cuando conocimos un 

f>oco mejor el país vinimos a saber que se hallaba en 
a Bahía de la Abundancia (Plenty). 

Gobierno. 

Es sensible que nos hayamos visto precisados a dejar 
Nueva Zelandia sin conocer de Teratu más que el nom- 
bre. Su territorio debe de ser muy extenso, porque era 
reconocido por soberano desde Cabo Kidnappers, al 
N. y al O., hasta la expresada Bahía de la Abundancia. 
Esta longitud de la costa comprende más de ochenta 
leguasv y no sabemos hasta dónde podrían extenderse 
sus dominios al O. Los lugares fortificados que hemos 
visto en la Bahía de la Abundancia formaban quizá los 
limites de sus estados; asi, que en la Babia de Mercu- 
rio los isleños no estaban sujetos a su autoridad ni a la 
de ningún otro jefe; porque por todas partes donde 
desembarcamos, y siempre que hablamos a los habi- 
tantes de esta costa, nos dijeron que estábamos a corta 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 207 

distancia de sus enemigfos. En los dominios de Teratu 
hemos hallado muchos jefes subalternos, a los cuales 
se tenía el mayor respeto, y probablemente adminis- 
traban la justicia. Cuando nos quejamos a uno de ellos 
de un robo cometido a bordo del navio por un isleño 
dio al ladrón muchos puntapiés y puñadas, que éste 
recibió como un castigo que se le infligía por una auto* 
ridad a la cual no debía hacer resistencia. No hemos 
podido saber si esta autoridad se transmitía por heren- 
cia o por nombramiento; pero hemos notado que en 
esta parte, como en otras, los jefes eran hombres de 
madura edad; supimos, sin embarg-o, que en algunos 
distritos la autoridad de los jefes era hereditaria. 

Las pequeñas sociedades que hallamos en las zonas 
meridionales parecían tener muchas cosas que les eran 
comunes, y en particular sus hermosas telas y sus re- 
des. Las hermosas telas, que eran quizá despojos de 
guerra, guardábanse en una pequeña choza, construi- 
da para este objeto en medio del lugar. Las redes que 
vimos fabricarse por partes en casi todas las casas, se 
reunían en seguida para que todo formase un depósito. 
Los habitantes de Nueva Zelandia parece que hacen 
menos caso de las mujeres que los isleños del Mar del 
Sur; y tal era la opinión de Tupia, que se quejaba de 
ello como de una afrenta inferida al sexo. Notamos 
que los dos sexos comían juntos; pero no supimos con 
certidumbre de qué modo dividen entre sí sus trabajos: 

Ío estoy por creer que los hombres labran la tierra, 
acen las redes, cazan las aves, van a pescar en las pi- 
raguas, y que las mujeres recogen la raíz de helécho, 
cogen, cerca de la playa, cangrejos de mar y demás 
mariscos y otros, preparan los alimentos para comer y 
fabrican las telas; ésas eran a lo menos sus ocupacio- 
nes cuando se nos presentó la ocasión de observarlas, 
lo que nos sucedió rara vez; porque, generalmente, por 
dondequiera que íbamos era un día de fíesta: hombres, 
mujeres y niños se agolpaban alrededor de nosotros, 



208 JAMES COOK LIB. II 

ya por satisfacer su curiosidadi ya por comprar algunas 
de las preciosas mercancías que llevábamos con nos- 
otros, y que consistían principalmente en clavos, pape- 
les y pedazos de vidrio. 

Religión. 

No deberán suponer los lectores que hemos adqui* 
rido conocimientos muy extensos sobre la religión de 
estos pueblos. Reconocen la influencia de muchos se-» 
res superiores, de los cuales el uno es supremo y los 
demás subordinados a él; explican el origen del mundo 
y la producción del género humano casi del mismo 
modo que los de Taiti. Sin embargo, Tupia parecía 
tener sobre estas materias mayores luces que ninguno 
de los habitantes de Nueva Zelandia, y cuando se en- 
contraba dispuesto a instruir a estos, lo que hacía al- 
¡runas veces en largos discursos, estaba seguro de ha- 
lar un numeroso auditorio, que ie escuchaba con un 
silencio tan profundo, con tanto respeto y atención, que 
no podíamos menos de desearles un maestro mejor. 

Ignoramos qué homenajes tributan a las divinidades 
que reconocen; pero no hemos visto sitios o lugares 
destinados ai culto público, como los moráis de los is- 
leños del Mar del Sur. No obstante, advertimos cerca 
de un plantío de batatas dulces un pequeño recinto 
cuadrado, cercado de piedras, en medio del cual se 
había levantado una de las estacas puntiagudas que les 
sirven de pala, de la cual pendía un cesto lleno de raí- 
ces de helécho. Preguntado a los naturales del país 
sobre este objeto, nos dijeron era una ofrenda dirigida 
a sus dioses, por la cual se esperaba hacerlos más pro- 
picios y obtener de ellos una cosecha abundante. 

No podemos formarnos una idea precisa del modo 
de que disponen de sus muertos, porque las noticias 
que se nos dieron sobre esto difíeren mucho entre sí. 
En las zonas septentrionales de Nueva Zelandia nos 
dijeron que los enterraban, y en la parte meridional. 



CAP. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 209 

supimos que los arrojaban al mar. Es cierto que no 
hemos visto sepulcros en el país y que afectaban ocul* 
tarnos con una especie de misterio todo lo relativo a 
sus muertos; pero cualesquiera que sean sus cemente- 
rios, los vivos mismos son una especie de monumentos 
funerarios. Apenas hemos visto una sola persona, del 
uno o del otro sexo, en cuyo cuerpo no hubiese algu- 
na cicatriz de las heridas que se habian hecho como 
testimonio de su dolor por la pérdida de un pariente o 
de un amigo. Algunas de estas heridas estaban tan re- 
cientes, que aun no se había restañado la sangre del 
todo, lo que prueba que la muerte había arrebatado 
algún isleño en la costa mientras nosotros residimos en 
ella. Esto era tanto más extraordinario cuanto que no 
habíamos sabido se hubiese hecho ninguna ceremonia 
funeral. Algunas de las cicatrices eran muy anchas y 
profundas, y hemos hallado muchos habitantes con la 
cara desfigurada por ellas. También observamos en este 
país un monumento de otra especie, quiero decir, la 
cruz que hallamos colocada cerca de la Sonda de la 
Reina Carlota. 

Después de haber descrito lo mejor que me ha sido 
posible los usos y creencias de los habitantes de Nueva 
Zelandia, así como sus piraguas, sus redes, muebles, 
instrumentos y vestidos, observaré solamente que las 
semejanzas que hemos hallado entre este país y las 
islas del Mar del Sur con respecto a estos diferentes 
objetos son una fuerte prueba de que todos estos is- 
leños tienen el mismo origen y de que sus antecesores 
comunes eran oriundos del mismo país (1). Cada uno 
de estos pueblos cree por tradición que sus padres vi- 
nieron en tiempos muy antiguos de otro país, y todos 



(1) Se supone que la raza polinesia procede del valle del Gan- 
rr^B en tiempos prearíos y que ha residido en Indonesia, de donde 
sus miembros emigraron en dos épocas diferentes durante el prí« 
mer milenio de la era cristiana. (Ñola de la edición española,) 

jAMit cooKt nimii viigB. — t. n 14 



210 



JAMES COOK 



L». a 



ÍMensan, según esta misma tradición, que este pmm se 
lamaba Heawije; pero la analogfia de lengfuaje parece 
establecer este hecho de un modo incontesíable.' Ya 
he dejado dicho que Tupia se hacia entender perfec- 
tamente de los zelandeses cuando les hablaba ea aa 
propio lenj^uaje; en efectOi reuniendo y comparando 
diferentes palabras de las dos lenjgfuas, seg^n el dialec- 
to de las islas meridionales y septentrionales de que se 
compone Nueva Zelandia, se ve que el idioma de Taiti 
no se diferencia más del de ésta que entre si los dia* 
lectos de las dos islas de la misma Nueva Zelandia. 



INGLÉS 



NUEVA ZELANDIA 



TAITl 



Un jefe 

Un nombre . . 
Una mujer. . . 
La cabeza. . . . 
El cabello . . . 

La oreja 

La frente .... 

Los ojos 

Las mejillas. . 

La nariz 

La boca 

E3 mentón . . . 

El brazo 

El dedo 

El vientre.... 
El ombligo... 

Ven acá 

Pescado...,. 
Concejo.... 

Cocos. 

Patatas dulces 

BataU 

Aves 

No 

Uno 

Dos 

Tres 



NORTE 

/nU 

Taata 

Uehaine 

íupo 

Macoui ..... 

Terringa 

fre..:. 

MtOa 

Paparrínga . • 

Ehiuh 

Hangaatau. . . 
íeauguei .... 

Maiaieara • . . 

Ateragu 

Apeio 

narotnoy, ... 

Hüoa 

Coaura 

TVzfo ....... 

Cumala 

TuphuhL,.,. 

Mannu 

Caoura 

Takai. ...... 

Rúa 

Torau 



SUR 

Iriti. Iré. 

TaeOa Toaáo. 

Uehaine. .... Awahmnm. 

Hioupho lapo, 

HiU'U Rouran, 

Hitahigi Terri, 

Hie /re. 

Himata Atoja. 

Hiain £Ai*a. 

Higaaei Autau, 

Heicaoue, 

Rema. 
Hermeg^h • . . Maniau. 

Ogu. 

Hiapeto Peto, 

HiromaL .... Marromai, 

Hüca ....... &I*. 

Coaura ..... Toaiw. 

Taro Taro. 

Cumala Cumala. 

Tuphuhi .... TuphuhL 

Mannu Mannu, 

Caoura Amre, 

Takmi. 

Rom. 

Tonw. 



CAF. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 211 



INGLES 



NUEVA ZELANDIA 



TAIfl 



Cuatro 

Cinco 

Seíi 

Siete 

Ocho 

Nueve 

Die^ 

Los dientes. . 

£1 viento... . 

Un ladrón . . . 

Evfininar. . . . 

Cantar 

Malo 

Arboles 

Abuelo 

¿Cómo «e lla- 
ma esto o 
lo otro?. . . 



NORTE 

Hñ 

Rema 

Onou 

¡tu 

Uerau 

Iva 

Anga 

Henmhiu. . . . 

Miho 

Amuia, 

Aiatakiieike, . 

Jhira 

Kino 

Iratau 

Tauhauna, . 



$JL7R 



/cerno. 



Onon. 

Mto. 

¿/ama. 

Hiva. 

Hurau- 
Hemhou Nihiou, 

Matai. 

TttoíL, 

Matait^i. 

Hiva. 

Kino íno. 

Iratau Iraou. 

Taubauna, . . Tauhauna. 



Ouaiterra . . . Ouaiterra. 



Ouaiiemu 



Por estos ejemplos creo aparece demostrado que los 
lengfuajes de Nueva Zelandia y de Taiti son radical- 
mente los mismos. Los de las regalones septentríonid y 
meridional de Nueva Zelandia difieren príndpalmente 
en la pronunciación, del mismo modo que una palabra 
inglesa se pronuncia gueite en Middlesex y guíete (1) en 
Yorkshire; y como las palabras del Norte y el Medio- 
día no fueron escritas por la misma persona, es posible 
que hayamos empleado más letras para producir el 
minno sonido en unas que en otras. 

He de observar también que la característica del 
lenguaje, sobre todo en las zonas meridionales, se Bia- 
nifiesta por la anteposición de algún articulo al nombre, 
como nosotros hacemos con the y a; los artículos em- 
pleados en este país eran generalmente he o ko; es 
también aquí corriente añadir la palabra oeía a muehas 



(1) La voz inglesa es gate. 



ItíA JAllESCOOK LIB. ti 

Maí latítüd muy avanzada, voy a dar las razoMs que ate 
kiduGen á crecí' que al norte de loa 40^" de latihid S. 
no hay ninj^n cabo de nínedn continente merídionaL 

A pesar de lo que se halla en los mapas de alanos 
geógrafos y de lo que se ha dicho por Mr. Dalrymple 
edn respecto a Quírós, está fuera de toda probabilidad 
el qúle haya Visto seBal algfuria de un continente al sor 
de las dos islas que descubrió a los 25"* ó 26"" de la* 
titudí y qtíe supong^o podrán estar situadas entre los 
130* y 140"* de lon^ud O.; y todavía parece menos 
verosímil que haya descubierto alffo que en su opinióft 
fuese un signó conocido o indudable de semejante tíe- 
ítm^ porque si eSto fuese habría dado ciertamente la 
vela al S. para buscarla; y suponiendo que la indicación 
fuese infalibléi debería haberla hallado por esta vis. 

El descabriiíiiento de un continente meridional f 
el obieto primordial del viaje de Quirós, y nadie psre* 
ee haberlo tomado con inis afán que ¿I; de suerte que 
si ha estado a los 26'' de latitud S. y a los 156^ de lon- 
jfitud O.^ én que Mr. Dalrymple ha situado las islas 
deseubiertas por aquel navegíinte, se puede deducir 
rádonálmenté que no hay ningfuna parte de continente 
■leridional que se extienda a esta latitud. 

Según la relación del viaje de Roggewin, no parecerá 
menos evidente, en mi opinión, que entre los 130^ y 
150* de longitud O. no hay ningún continente al norte 
de los SS'^ éb latitud S. Míster Pingre ha insertado un 
eJttracto del viajé de Roggewin y una carta de los mares 
del S. en un tratado del paso de Venus sobre el disco 
del Sol, paSo que había ido a observar, y por las raaso» 
ses que pueden verse en su obra parece suponer que 
después de haber hallado la Isla Easter, que coloea a 
Ida 28^ V2 d^ latitud S., a los 123'' de longitud O.^ este 
iave^ánte se dirigió a SO« hasta los 34^ S^, y después 
al ONE.; y si efectivamente fué ésta su ruta, está pro^ 
bado sin réplica que no hay continente al norte de los 
35^ S. Es verdad que Mr. Dalrymple dijo que la suya 



CAr. X PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 215 

itté diferente, y que después de la Isla Easter se dirigió 
9Í NO.y siguiendo iuego una dirección que es poco 
náa o menos la misma de Le Maire; sin embargo, es 
preciso confesar que es imposible determinar de una 
manera cierta y segura cuál fué la ruta de Roggewin» 
porque en las relaciones que se han publicado de su 
viaje no se hace mención de las longitudes ni de las 
latitudes. En cuanto a mi ruta, sea al N., al S. o al O., 
nada he descubierto que haya podido tomar por una 
señal de tierra, si no es algunos dias antes de descu'- 
brir la costa oriental de Nueva Zelandia. Es'cierto que 
muchas veces he visto grandes bandadas de aves, pero 
ordinariamente eran de las que se hallan a una distan- 
cia considerable de la costa; es verdad también que he 
encontrado frecuentemente montones de ovas; pero yo 
no podría deducir de esto que hubiese alguna tierra 
en la vecindad, porque he sabido de modo fidedigno 
que una cantidad considerable de ovas llamadas oxc 
ges (ojos de buey), aue sólo crecen en las islas de Amé- 
rica, se ven todos los años sobre la costa de Irlanda, 
la cual dista de aquélla mil doscientas leguas. 

He aquí las razones en que me fundo para decir que 
no hay continente al norte de los 40^ de latitud S.; pero 
no puedo asegurar igualmente que no lo haya al sur de 
los 40^; pues estoy tan distante de querer desanimar 
las tentativas que se pueden hacer aún para resolver 
al fín una cuestión que por tan largo tiempo ha pre- 
ocupado la atención de muchas naciones, que habién- 
dose reducido con mi viaje a tan corto espacio la única 
situación posible de un continente meridional al norte 
de los 40^ de latitud que digo, sería lástima demorar la 
exploración de esta porción del Globo; tanto más, cuan- 
to que una expedición hecha para este objeto probable- 
mente reportaría grandes ventajas. Desde luego se re- 
solvería la cuestión principal, tan largo tiempo incierta, 
y aun cuando no se hallase el continente, se podría des- 
cubrir en las regiones del trópico nuevas islas, entre las 



216 JAMES COOK UB. II 

cuales hay verosímilmente muchas que aun no han sido 
reconocidas por ningún navio de Europa. Tupia nos ha 
hecho poco a poco ia descripción de más de 130 de 
estas isiasy y en una carta geogrkñca que él mismo ha 
trazado ha puesto hasta setenta y cuatro (1). 



(1) Léase J. [Cook, Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del 
mundo, volúmenes 14, 15 y 16 de la colección de ViajeM eláMWom 
editada por Calpe, en el que el s^an navegante desvaneció la 
creencia en la existencia del continente austral. 



JAMES COOK 



RELACIÓN DE SU PRIMER VIAJE 
ALREDEDOR DEL MUNDO 



LIBRO TERCERO 



CAPÍTULO PRIMERO 



TrairtMia deide Nueva Zelandia a Bahía Botaajr (Boiánioa), e& la 
costa oriental de Nueva Holanda, llamada hoy Nueva Gales del 
Svr; incidentes que alíi ocurrieron, y descripción del paí^ y sus 
habitantes. 



ttarzo de 1770.— Sábado 5/.— Abril.— Lunes 2. 
Lunes 9. — Martes 10. 

Habiendo zarpado de Cabo Farewell, que se halla en 
b latitud de 40^ 33' S. y en la longitud de 186^ O., el 
sábado 31 de marzo de 17709 tomamos rumbo 0« con 
fresca brisa del NNE., y el 2 de abril a mediodía nues^ 
tra latitud, deducida por observación, fué de 40^, y 
Doestí'a longitud, contada desde Cabo Farewell, de 
r 31' O. En la mañana del 9, en la latitud de 38'' 29' S., 
irimos un ave del trópico (1), lo que es muy raro eti tan 
elevada latitud. 

El 10 por la mañana, en la latitud de 38^ 51' S* y en 
la longitud de 202^ 43' O., la declinación de la brú-* 
Hila resultó por amplitud de 11"* 25' E., y por acimut, 
de ir 20'. 

Miércoles 11. 

En la mañana del 11 fué la declinación de 13^ 48', ó 
sea dos grados y medio más que el dia anterior, aunque 
esperábamos que hubiera sido menos. 



(1) Especie del género PhaStorif o afín a ella. (Noim de /« edl* 
don española^ 



220 JAMES COOK LIB. in 

Viernes 13. — Sábado 14. — Domingo 15. — leo- 
nes 16. — Martes 17. 

Durante el dia 13, hallándonos en la latitud de 
39"* 23' S. y en la longitud de 204^ 2' O., la declina- 
ción fué de 12^ 27' E., y en la mañana del 14, de 11^ 30'. 
En este día vimos también algún pez volador. El 15 vi- 
mos un huevo de ave y una gaviota, y como éstas nan- 
ea se alejan de tierra, continuamos sondando toda la dck 
che, pero no dimos fondo con ciento treinta brazas de 
cable. El 16 a mediodía nuestra latitud fué de 39^ 45' S, 
y la longitud, de 208"* O. Hacia las dos se corrió el 
viento al OSO., con el cual viramos y nos dirigimos 
al NO.; poco después un pequeño pájaro de tierra se 
posó en una jarcia, pero no dimos fondo con ciento 
veinte brazas. A las ocho viramos y tomamos rumbo S., 
que conservamos hasta las doce de la noche, hora ea 
que viramos y nos dirigimos al NO. hasta las cuatro de 
la mañana, en que tomamos de nuevo rumbo S. con 
fresca brisa del OSO. acompañada de ráfagas y bruma 
hasta las nueve, a cuya hora aclaró el tiempo, y como 
el viento amainase aprovechamos la ocasión para hacer 
varias observaciones del Sol y de la Luna, siendo el 
resultado medio de ellas 207"* 56' O. de longitud y 
39^ 36' S. de latitud a mediodía. Tuvimos entonces 
fuerte vendaval del S. y gran marejada del mismo cua- 
drante, que nos obligaron a navegar con el trinquete y 
la mesana toda la noche, durante la cual sondamos cada 
dos horas, sin dar fondo con ciento veinte brazas. 

Miércoles 18. — Jueves 19- 

En la mañana del 18 vimos dos gallinas de ¡Puerto 
Egmont (1) y un pintado (2), que constituyen señales 

(1) O MegalestriM. Léase Ch argot {].), El *Poarguoi'Pa»?» 
en el Antartico, de la colección de Viaje» modernos editada por 
Calpe. (Nota de la edición española.) 

(2) El petrel pintado. (Nota de la edición española^ 



CAP. 1 PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 221 

segaras de la proximidad de tierra, ia cual, realmente, 
aegún nuestros cálculos, no podía hallarse lejos, dado 

3ue nuestra longitud era de 1^ al oeste del borde oriental 
e la Tierra de Van Diemen, ateniéndonos a la longitud 
marcada por Tasman, de quien no podíamos suponer 
que se hubiera equivocado mucho en tan breve espacio 
como el que separa esta tierra de Nueva Zelandia; y te- 
niendo en cuenta nuestra latitud, no debíamos estar a 
más de cincuenta o cincuenta y cinco leguas del lugar 
de que partiera este navegante. En el curso del día tuvi«* 
mos frecuentes ráfagas y gran oleaje, A la una de la ma- 
drugada nos pusimos a la capa y sondamos, sin dar 
fondo con ciento treinta brazas. A las seis vimos que la 
tierra se extendía de NE. a O. en una distancia de cin- 
co o seis leguas, teniendo entonces ochenta brazas con 
buen fondo de arena. 

Continuamos la ruta occidental con viento del SSO. 
hasta las ocho, en que desplegamos cuantas velas pu- 
dimos y seguimos la costa, que llevaba dirección NE., 
en demanda de la tierra más oriental que se hallaba a 
la vista, siendo nuestra latitud de 37^ 58' S., y la lon- 
gitud, de 210" 39' O. 

La punta más meridional que divisábamos marca- 
ba O. 22^,5 S.; me pareció estar en la latitud de 38^ y 
en la longitud de 2ll" 7', y recibió el nombre de Pun- 
ta Hicks, por haber sido Mr. Hicks, el primer teniente, 
quien la descubrió primero. Al sur de esta punta no se 
veía tierra, aunque el horizonte estaba claro por aquel 
cuadrante, y teniendo en cuenta nuestra longitud y 
comparándola con la de Tasman, no la que aparece 
eo sus cartas impresas, sino la que figura en el extrac- 
to del diario de Tasman, publicado por Rembrants, 
la masa de la Tierra de Van Diemen debía hallarse 
al S ; y en verdad que la repentina calma del mar, 
después de amainar el viento, me dio motivos para pen- 
Éar que asi era; pero como no la veía y había observado 
que esta costa se extendía por NE. y SO., o más bien 



222 JAMES COOK LIB. ftt 

hacia el E., no puedo precisar si la punta perten^^ce 
o no a la Tierra de Van Diemen. 

A mediodía fué nuestra latitud de 37^ 50\ y nuestra 
lonntud, de 210^ 29' O. El litoral se extendía de ÑO. 
a ENE., y una punta muy visible marcaba N. 20^ E. a 
cuatro le^fuas de distancia próximamente. Esta punta 
se levanta formando un redondo cerro muy semejante 
al de Ram Head, a la entrada de la Sonda de Plymouth, 
por lo cual le di este nombre. La declinación, tomada 
en esta mañana por un acimut, fué de 3° 7' E. Por lo 
que nosotros habíamos visto de U tierra, parecía bi^ 
y llana; la orilla era una playa blanca, pero el interior 
verde y selvático. A eso de la una vimos al mismo tiem- 
po tres trombas: dos se produjeron entre nosotros y 
tierra, y la tercera, a mayor distancia a babor; este fe*- 
nómeno es tan conocido que no es necesario dar aqi¿ 
de él una descripción detallada. 

A las seis de la tarde acortamos velas y nos pusimos 
a la capa para pasar la noche, con sesenta y seis brazas 
de a^a y buen fondo de arena. La úerra más septen- 
üional que divisábamos entonces marcaba NE. 45^ E., y 
una pequeña isla situada junto a una punta de la tierra 
fome. O., a dos leguas. Esta punta, a la que llamé Cabo 
Howe, puede reconocerse por la dirección del litoral, 
que es N. a un lado y SO. al otro; también se denota 
por algfunas redondas colinas que hay en sus cercamas. 

Viernes 20. 

Nos pusimos a la capa para pasar la noche, y a las 
cuatro de la mañana nos hicimos a la vela y n^veg^joos 
sobre la costa con rumbo N. A las seis la tierra más 
septentrional que veíamos marcaba NNO. y nos hallá- 
bamos entonces a cuatro leguas de la costa. A medie- 
día pasamos la latitud Só^'S!' S.y la longitud 209''S3'O., 
a tres leguas de tierra. Por haber aclarado el ti^upo 
pudimos obtener una buena vista del país, que ofreda 
un grato panorama: es de moderada elevación y pre- 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 223 

senta vcriidos accidentes^ con mont^ y vaAes, iJjbiras 
y planicies» eon reducidos prados» pero cubierto de 
jicaque en gfeneral; el declive de los montes y colínas 
es suave y las cúspides no son muy sitas, oesfuimos 
navei^do sobre la costa hacia el N. consiento del $., 
y por la t»rde vimos humo en diversos puntos» por lo 
que supimos que el pais estaba habitado. Acortamos 
velas a ks seis de la tarde y sondamos: encontramos 
co4tt'enta y cuatro brazas con buen fondo» y prosegrní*- 
fOQS nuestra ruta con viento suave hasta las doce» .e» 
que nos pusimos a la capa con noventa brazas. 

Sábado 21 • 

A las cuatro de la mañana desplegamos velas de aue" 
vo» hallándonos a unas cinco leguas de tierra» y a las 
seis pasamos frente a una elevada montana cercana a ia 
costa» a la que por su figura llamé Monte Dromedvy; 
por bajo de esta montaña forma la tierra una punta» a 
la que di el nombre de Punfca Dromedary» y sobre eUa 
bay un cerro picudo. Nuestra latitud fué en tales mo- 
jmentos de 36"" 18' S.; nuestra longitud» 209^ S5' O.» y 
la dedinación» 10"* 42' E. 

Domingo 22. — Lunes 23. 

£nlre diez y once hicimos Mr. Green y yo varias 4»b- 
servaciones de Soi y de la Luna» cuyo resultado medio 
«os dio la longitud de 209'' 17' O. Por una observación 
idel djá anterior nuestra longitud fué de 210*" 9' 0.« de 
la que ai se restan 20' quedan 209'' 49' para la lotngúud 
del barco a medíodia» y La media entre ésta y la última 
observación nos da 209'' 33\ que es la longitud que 
fijo para «sta costa. A mediodía nuestra longitud iué 
M 35" 49' S.; Cabo Dromedary marcaba S. ^O** O. a 
doce leguas» y un golfo en el que había tres o cuatro 
islotes mareaba NO. O, a cinco o seis leguas. 

Este golfo parecía •ofrecer poco abrigo para los imn- 
tos del mar» y es» sin embargo» el único Jugar de la eos^ 



224 JAMES COOK UB. III 

ta en que había posibilidad de anclar. Segfuimos bor* 
deando la costa con dirección NE. y NNE. a tres le* 
gVLBSf y vimos humo en muchos puntos cercanos a la 
playa. A las cinco de la mañana pasamos (rente a una 
punta de tie va que se alzaba en un acantilado vertical, 
y a la que por esta razón di el nombre de Punta Upright 
(Derecha). Nuestra latitud fué de 35^ 35' S. cuando esta 
punta marcaba precisamente O. a dos legfuas; en esta 
situación tuvimos treinta y una brazas con fondo are- 
noso. A las seis de la tarde cayó el viento; nos ceñimos 
hacia el ENE., y en aquel momento la tierra más sep* 
tentríonal marcaba NE. 45^ E. A media noche» con se- 
tenta brazas de a^fua, nos pusimos a la capa, y así per- 
manecimos hasta las cuatro de la mañana, en que nos 
hicimos a la vela con dirección a tierra; pero al romper 
el día nos encontrábamos casi en el mismo sitio que el 
día anterior a las cinco de la tarde, lo cual nos hizo 
comprender que nos había arrastrado tres leguas al S. 
la marea o una corriente durante la noche. Después se- 
Sfuimos navegando sobre la costa con dirección NNE.» 
ton suave brisa del SO., y estuvimos tan cerca de tierra 
que distinguimos sobre la playa a varios indígenas, que 
nos parecieron ser negros o por lo menos de tez muy 
obscura. A mediodía nuestra latitud, calculada por ob- 
servación, fué 35° 27 S., y nuestra longitud, 209° 23' O., 
marcando Cabo Dromedary S. 28° O. a diez y nueve 
leguas; un cerro picudo, muy visible, que parecía un 
palomar, con una cúpula, y al que por esta razón di el 
nombre de Palomar, N. 32° 30' O., y una pequeña isla 
baja, pegada a la costa, NO. a dos o tres leguas. Al 
descubrir esta isla por la mañana había yo concebido 
la esperanza, basándome en su apariencia, de que po- 
dría encontrar refugio para el navio detrás de ella; pero 
cuando me acerqué me convencí de que no ofrecía se- 
guridad ni para atracar un simple bote; hubiera, sin 
embargo, intentado enviar uno a tierra, de no haber 
virado el viento en aquella dirección y a no ser por la 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 225 

marejada del SE., que rompía sobre la tierra y que ha- 
bíamos observado desde nuestra Uegfada a estos parajes. 
La costa seg^uía siendo de altura moderada y constituida 
alternadamente por rocosas puntas y playas arenosas; 
pero hacia el interior, entre Monte Dromedary y el Pa- 
lomar, vimos altas montañas, que, con excepción de 
dos, estaban cubiertas de bosque; estas dos se hallan 
detrás del Palomar y hácense notar por las planicies de 
sus cimas y por los abruptos acantilados rocosos que 
las rodean hasta donde pudimos verlas. Los árboles que 
crecen por todas partes en este país parecen ser grue* 
sos y altos. La declinación en este día fué de 9"" 50' E., 
y durante los dos últimos días, la latitud, deducida por 
observación» fué de doce o trece millas al S. con relación 
de la calculada por la cuenta del barco, lo cual podía 
deberse tan sólo a una corriente de tal dirección. A 
eso de las cuatro de la tarde, hallándonos a unas cinco 
leguas de tierra, viramos, tomamos rumbo SE. y E., y 
habiendo cambiado el viento por la noche de E. a NE. 
y N., viramos a las cuatro de ia mañana y nos diri- 
gimos hacia tierra, encontrándonos entonces a nueve 
o diez leguas de ella. A las ocho empezó a caer el 
viento, sobreviniendo la calma poco después. A me- 
diodía nuestra latitud, por observación, fué de 35^ 38', 
y nuestra distancia a tierra, de seis leguas próximamen- 
te. Cabo Dromedary marcaba S. 37 O. a diez y siete 
leguas, y el Palomar, N. 40""; en esta situación teníamos 
setenta y cuatro brazas de agua. Por la tarde tuvimos 
alternadamente brisas ligeras y calmas hasta las seis^ 
en que saltó una brisa del NO.; hallándonos entonces 
a cuatro o cinco leguas de la costa, tuvimos setenta 
brazas de agua. El Palomar marcaba N. 45^ O.; Monte 
Dromedary, S. 30^ O., y la tierra más septentrional que 
divisábamos, N. 19° E. 

Martes 24. 

Navegamos hacia el NE. hasta el mediodía siguienteif 

JAMES COOK: PRIMBR VIAJE. — T. II 15 



226 JAMES COOK LIB. Ilf 

con suave brisa del NO., y viramos entonces, tomando 
rumbo occidental. Nuestra latitud, por observación, fué 
de 35* 10' S., y la longitud, 208'* 51' O. Una punta que 
yo había descubierto el día de San Jorge, y a la que 
di por esto el nombre de Cabo Jorge, marcaba O. a 
diez y nueve leguas, y el Palomar, cuya latitud y longi- 
tud eran, respectivamente, según mi cálculo, 35° 19' S. 
y 209° 42' O., S. 75° O. Por la mañana habíamos en- 
contrado por amplitud una declinación de 7° 50' E., y 
por varios acimutes, 7° 54' E. Tuvimos fresca brisa del 
NO. desde mediodís^hasta las tres, que se corrió al O., 
virando nosotros y tomando rumbo N. A las cinco de 
la tarde, hallándonos a cinco o seis leguas de la costa, 
con el Palomar al OSO. y a nueve leguas de nosotros, 
tuvimos ochenta y seis brazas de agua, y a las ocho, 
con tormenta y fuertes ráfagas huracanadas, nos pusi- 
mos a la capa en ciento veinte brazas. 

Miércoles 25. 

A las tres de la madrugada nos hicimos de nuevo a 
la vela hacia el N., aprovechando la ventaja de un ven- 
daval del SO. A mediodía estuvimos a tres o cuatro 
leguas de la costa y en la latitud de 34° 22' S. y en la 
longitud de 208° 36 O. En el espacio recorrido desde 
el mediodía anterior, que fué de cuarenta y cinco mi- 
llas en dirección NE., vimos humo en varios puntos 
cercanos a la playa. A dos leguas al norte de Cabo 
lorge parecía la tierra formar una bahía que prometía 
refugio contra los vientos del NE.; pero como el vien- 
to nos acompañaba no me fué posible reconocerla sin 
bordear, lo que me hubiera costado más tiempo del 
que yo deseaba gastar. La punta norte de esta bahía 
recibió, por su figura, el nombre de Long Nose (Na- 
riz Larga); su latitud es de 35°,6, y ocho leguas al nor- 
te de ella hay una punta, a la cual, por el color de la 
tierra que la circunda, di el nombre de Punta Red 
(Roja); su latitud es de 34° 29', y su longitud, 208° 45' O. 



CAP. I PRIM£R VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 227 

AI NO. de Punta Roja y hacia el interior se ve un mon- 
te redondo cuya cúspide se asemeja al casco de un 
sombrero. En la tarde de este mismo día tuvimos lige- 
ra brisa del NNO. hasta las cinco, en que vino la cal- 
ma; en tal momento estuvimos a tres o cuatro leguas 
de la costa y tuvimos cuarenta y ocho brazas de agua; 
ia declinación, por acimut, fué de 8^ 48' E., y las ex- 
tremidades de esta tierra marcaban NE. N. y SO. S. 
Antes de obscurecer vimos humos en diversos puntos 
de la costa y hogueras en dos o tres ocasiones. Duran- 
te la noche reinó la calma y nos vimos arrastrados mar 
adentro hasta la una de la madrugada, en que, a favor 
de una brisa de tierra, navegamos con rumbo NE., ha- 
llándonos entonces en treinta y ocho brazas. 

Jueves 26^ — Viernes 27. — Sábado 28. 

A mediodía cambió el viento al NE. N. cuando nos 
encontrábamos en los 34^ 10' S. de latitud y en los 
208'' 27' de longitud O.; la tierra distaba de nosotros 
cinco leguas y se extendía de S. S/"" a N. 45'' E. En esta 
latitud se ven algunos acantilados blancos, que se alzan 
verticalmente desde el mar hasta una altura considera- 
ble. Nos alejamos de la costa hasta las dos, en que vi- 
ramos navegando en busca de tierra hasta las seis, hora 
en que estuvimos a cuatro o cinco millas de tierra con 
cincuenta brazas de agua. El litoral seguía una direc- 
ción de S. 28** O. a N. 25** 30' E. Viramos y navegamos 
mar adentro hasta las doce; viramos entonces hacia 
tierra hasta las cuatro de la mañana, y aun hicimos otra 
salida hasta el amanecer; durante todo este tiempo per- 
dimos terreno a causa de la variabilidad de los vientos. 
Continuamos navegando a cuatro o cinco millas de tie- 
rra hasta la tarde, en que nos acercamos a dos millas, 
y entonces boté la pinaza y la yola con propósito de 
desembarcar; pero la pinaza hacía tanta agua, que me 
vi obligado a embarcarla de nuevo. En este momento 
vimos a varios naturales que caminaban apresurada- 



228 JAMES COOK LIB. III 

mente por la playa, cuatro de los cuales llevaban a 
hombros una pequeña canoa. Halagónos la idea de que 
fueran a botarla y venir al navio; pero al vernos defrau- 
dados resolví dirigirme a tierra en la yola, haciéndome 
acompañar de tantos hombres como en ella cupieran: 
embarqué, pues, con sólo Mr. Banks, el Dr. Soíander^ 
Tupia y cuatro remeros; nos encaminamos a la parte de 
la costa en que los indios habían aparecido, y en la que 
se veían cuatro pequeñas canoas varadas a la orilla. Los 
indios se sentaron sobre las rocas y parecieron aguar* 
dar nuestro desembarco; pero, con gran contrariedad 
de nuestra parte, cuando ya estábamos a un cuarto de 
milla echaron a correr y se internaron en los bosques; 
decidimos, sin embargo, desembarcar y hacer cuanto 
pudiéramos por lograr una entrevista, pero también en 
esto salimos chasqueados, porque encontramos la eos* 
ta batida en todas partes por tan fuerte oleaje que era 
materialmente impracticable desembarcar con un bote 
tan pequeño; vimonos, pues, obligados a contentamos 
con la contemplación desde el agua de los objetos que 
se nos presentaban; las canoas, de cerca, parecían muy 
semejantes a las más pequeñas de Nueva Zelandia. 

Observamos que entre los árboles cercanos a la ori- 
lla, que no eran muy gruesos, no existía maleza y pu- 
dimos apreciar que muchos de ellos pertenecían a la 
especie de las palmeras y algunos a la de las palmas de 
palmitos; después de mirar afanosamente tuvimos que 
volvemos, con nuestra curiosidad más excitada que sa- 
tisfecha, y a las cinco de la tarde regresamos a bordo» 
Hacia esta hora sobrevino la calma y nuestra situación 
hízose poco agradable; hallábamonos a menos de milla 
y media de tierra y en el recinto formado por algunos 
rompientes de la parte sur; mas, por fortuna, vino de 
tierra una ligera brisa que nos sacó del peligro; con 
ella navegamos hacia el N., y al romper el día descu- 
brimos una bahía que parecía ofrecer buen abrigo con- 
tra todos los vientos, y en la que, por tanto, resolví en- 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 229 

trar con el barco. Reparada la pinaza, la envié con el 
contramaestre a sondar la boca mientras que yo me las 
había con el viento, que venía en contra. A mediodía 
la boca de la bahía marcaba NNO. a una milla, y al ver 
una humareda en la costa dirigimos hacia el lugar en 
que se elevaba nuestros anteojos y no tardamos en des- 
cubrir a diez indios, que al aproximarnos abandonaron 
su fuego y retrocedieron hacia una pequeña eminencia, 
desde la que podían observar convenientemente nues- 
tros movimientos. Poco después dos canoas, cada una 
con dos hombres a bordo, llegaron a la orilla, tocando 
en la parte de debajo de la eminencia, y los tripulantes 
de ellas se unieron a los que estaban en el altozano. 
La pinaza, que había sido enviada por delante para 
sondar, llegó entonces a aquel sitio, y todos los indios 
se alejaron más monte arriba, con excepción de uno 
que se escondió entre unas rocas cercanas al atracade- 
ro. Al seguir la pinaza a lo largo de la costa' tomaron 
el mismo camino muchos de los indios, caminando pa- 
ralelamente a la embarcación y guardando cierta dis- 
tancia; cuando ésta volvió nos dijo el contramaestre 
que en una cala situada un poco al interior de la bahía, 
varios indios, que habían bajado a la playa habíanle in- 
vitado a desembarcar, por medio de signos y palabras 
cuyo significado desconocía; pero que todos ellos es- 
taban armados de largas picas y de un arma de madera 
cuya forma se asemejaba a la de una cimitarra. Los in- 
dios que no siguieran al bote, al ver que el navio se 
aproximaba, produjerpn gestos de amenaza y blandie- 
ron sus armas, especialmente dos, que ofrecían un as- 
pecto singular, pues sus rostros parecían cubiertos de 
polvo blanco y sus cuerpos pintados con anchas fran- 
jas del mismo color, que pasaban oblicuamente sobre 
sus pechos y espaldas y que recordaban en cierto modo 
el correaje de nuestros soldados dispuesto en bando- 
lera; la misma clase de franjas cubrían sus piernas y ro- 
dillas, como grandes charreteras; cada uno de aquellos 



230 JAMES COOK LIB. III 

hombres tenía en su mano el arma semejante a la cimi- 
tarra, que parecía tener dos pies y medio de larg^a, y 
hablaban entre si con gpran animación. 

Continuamos nuestro avance hacia la bahía, y a hora 
temprana de la tarde anclamos junto a la costa sur, a 
dos millas de la entrada, en seis brazas, marcando SE. 
la punta sur y E. la norte. Al entrar vimos en ambas 
puntas de la bahía unas cuantas chozas y a varios in- 
dios, entre los que había hombres, mujeres y niños» 
Junto a la extremidad sur vimos cuatro pequeñas ca* 
noas, en cada una de las cuales había un hombre, que 
se ocupaba afanosamente en golpear los pescados con 
una larga pica o lanza; casi llegaban hasta la zona del 
oleaje, y ponían tanta atención en su quehacer que, no 
obstante haber pasado el navio a un cuarto de milla de 
ellos, apenas si volvieron hacia él los ojos; es posible 
que, ensordecidos por las olas y abstraídos por comple- 
to en su trabajo o ejercicio, no vieran ni oyeran pasar 
el barco. 

El lugar en que el navio había anclado daba frente a 
una pequeña aldea compuesta de seis u ocho viviendas; 
mientras nosotros nos disponíamos a echar el bote al 
agua vimos salir del bosque a una anciaqa seguida de 
tres niños; venía cargada de leña, de la que llevaban 
también una pequeña porción los niños; cuando ella 
llegó a las casas otros tres niños, más pequeños que los 
otros, saliéronle al encuentro; miró ella al barco varias 
veces, pero sin denotar sorpresa ni recelo; no tardó en 
encender fuego, y a poco llegaron las canoas que estu- 
vieran pescando. Desembarcaron los hombres, y luego 
de varar sus canoas empezaron a preparar su comida,, 
sin parar mientes en nosotros, no obstante hallarnos a 
media milla. Es muy digno de notarse que de todos los 
indios que había visto hasta entonces ninguno llevaba 
ropaje ni cosa que le pareciese, y ni aun las viejas lle- 
vaban la hoja de higuera. 

Después de comer tripuláronse los botes y salimos 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 231 

del barco, acompañados de Tupia. Tratamos de des- 
embarcar donde veíamos gente, y empezamos a conce- 
bir la esperanza de que así como había pasado inadver^ 
tida para ellos la entrada del navio en la bahía, pasara 
también nuestro desembarco; pero en esto nos equivo- 
camos, porque tan pronto como nos aproximamos a las 
rocas, dos hombres bajaron a ellas para disputarnos el 
terreno, en tanto que huían los demás. Cada uno de 
los dos paladines venía armado con una lanza de diez 
pies de largfa y un palo, que parecían manejar como si 
constituyera un instrumento auxiliar para enristrar o 
arrojar la lanza; dirigiéronse a nosotros con grandes 
voces y en un lenguaje duro y malsonante, del que ni 
nosotros ni Tupia comprendimos una palabra; blandían 
sus armas y parecían dispuestos a defender su costa 
cuanto pudieran, a pesar de no ser más que dos y cua- 
renta nosotros. No pude menos de admirar su bravura, 
y resuelto a que las hostilidades no comenzaran entre 
nosotros con tan palmaria desigualdad, ordené que se 
aprestasen los remeros; entonces les hablamos por sig- 
nos durante un cuarto de hora, y con objeto de probar- 
les nuestra buena voluntad les eché clavos, cuentas y 
otras chucherías, que ellos recogieron y con las que pa- 
recieron muy complacidos. Diles entonces a entender 
por señas que necesitábamos agua, y por todos los me- 
dios que pude imaginar me esforcé por convencerlos 
de que no queríamos hacerles daño; hiciéronnos señas 
con los brazos, señas que yo deseaba interpretar como 
de invitación; pero al tratar de acercar el bote vinieron 
de nuevo a estorbarlo. Uno parecía ser un joven de 
diez y nueve a veinte años, y el otro, un hombre madu- 
ro; como no tenía otro recurso que emplear, disparé un 
mosquete al aire. Al ver esto el más joven dejó caer un 
paquete de lanzas sobre la roca; pero cambiando de 
intención al instante volvió a recogerlas con gran prisa; 
nos tiraron una piedra, y en vista de esto ordené que 
se les disparase un tiro de mosquete con postas, que 



232 JAMES COOK LIB. III 

hirió ai más viejo en las piernas; echó a correr inme* 
diatamente hacia una de las casas, que se hallaba a cien 
yardas; creímos terminada la contienda y desembarca* 
mos acto seguido; pero no habíamos hecho más que 
dejar el bote cuando volvió, y comprendimos entonces 
que sólo había abandonado la roca para buscar un es* 
cudo de defensa. Tan pronto como subió de nuevo nos 
arrojó una lanza y otra su compañero; ambas caye- 
ron sobre el pelotón que formábamos, mas sin herir a 
nadie, por fortuna. Disparóseles un tercer tiro de perdi- 
gón, y uno de ellos nos arrojó otra lanza, inmediata- 
mente después de lo cual echaron a coiter; de haber- 
los persegpuido, segfuro es que habríamos podido apo- 
derarnos de uno de ellos; mas como advirtiese míster 
Banks que las lanzas podían estar envenenadas, juzgué 
imprudente aventurarme a penetrar en los bosques* 
Encaminámonos a las chozas, en una de las cuales en- 
contramos a los niños, que se habían escondido detrás 
de un escudo y alguna corteza; nos asomamos un poco, 
pero los dejamos en su retiro sin que supieran que los 
habíamos descubierto, y al salir de la vivienda dejamos 
algunas cuentas, cintas, trozos de paño y otros presen- 
•tes, que esperamos habrían de procurarnos la simpatía 
de los moradores cuando volvieran; pero las lanzas que 
por allí encontramos las recogimos todas, y nos lleva- 
mos cincuenta; tenían de seis a quince pies de longi- 
tud y todas ellas se hallaban provistas de puntas o ar- 
pones, cada uno de los cuales se hallaba guarnecido 
de una espina muy aguda; o}>servamos que se hallaban 
untadas de una substancia viscosa de color verde, lo 
que vino a corroborar la presunción de que estuvieran 
emponzoñadas, aunque luego descubrimos el error: por 
las algas que encontramos adheridas vinimos a entender 
que se habían usado para la pesca. Al examinar las ca- 
noas que había en la orilla observamos que eran las 
peores que habíamos visto: tenían de doce a catorce 
pies de longitud y estaban fabricadas de uiía pieza con 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 233 

la corteza de un árbol» atado por ios extremos y sepa- 
rado en su parte inedia por travesanos de una a otra 
borda. Buscamos a^a dulce, pero no la encontramos, 
como no fuera la de un pequeño hoyo abierto en la 
arena. 

Luego de embarcar en nuestro bote depositamos 
nuestras lanzas en el navio, v nos dirigimos después a 
la punta norte de la bahía, donde viéramos a varios in- 
dios en ef momento de nuestra entrada; pero la encon- 
tramos desierta. Aquí, sin embargo, encontramos agua 
dulce, que brotaba de las rocas y formaba charcos en 
las depresiones del terreno; pero su situación hacía di- 
fícil el abastecimiento. 

Domingo 29. 

Por la mañana envié una partida de hombres a la 
parte de la costa en que primero habíamos desembar- 
cado, con orden de abrir hoyos en la arena para que 
en ellos viniera el agua a depositarse; pero al ir yo a 
tierra con otros varios poco después, practicando un 
reconocimiento más cuidadoso, descubrimos un arro- 
yuelo más que suficiente para nuestro objeto. 

Al visitar la choza en que habíamos visto a ios niños 
nos contrarió grandemente el observar que las cuentas 
y las cintas que dejáramos allí la noche anterior no 
habían sido tocadas y que no se veía ningún indio. 

Después de enviar a tierra unos cuantos toneles va- 
cíos y de dejar a un grupo de hombres cortando ma- 
dera, fui yo en la pinaza a sondar y reconocer la bahía; 
durante mi excursión vi a varios indios, pero todos hu- 
yeron al acercarme yo. En uno de los lugares en que 
desembarqué encontré varias pequeñas hogueras en 
las que se cocían mariscos frescos; también encontré 
allí las ostras más grandes que he visto en mi vida. 

En cuanto los leñadores y aguadores volvieron al 
navio para comer, diez o doce de los naturales bajaron 
al lugar y miraron los toneles con gran atención y cu- 



234 JAMES COOK LIB. III 

ríosidad, pero no ios tocaron; retiraron las canoas que 
estaban cerca del atracadero y desaparecieron de nuevo» 
Por la tarde, cuando nuestra g^ente volvió a tierra, diez 
y seis o diez y ocho indios, todos armados, acercáron- 
se audazmente a cien yardas de ellos y se detuvieron; 
dos avanzaron un poco más, y Mr. Hicks, que manda- 
ba con otro el s^po de tierra, salió a su encuentro 
mostrándoles los presentes en tanto que se aproxima- 
ba, y dándoles a entender su amistosa disposición por 
todas las señas que se le ocurrieron; pero no obtuvo 
resultado alguno, porque antes de que pudiera subir se 
retiraron ellos y a nada hubiera conducido perseguir* 
los. Por la tarde fui con Mr. Banks y el Dr. Solander a 
una cala arenosa del norte de la bahía, donde en tres 
o cuatro redadas cogimos más de tres cwt. de pescado, 
que fué equitativamente distribuido entre la tripulación. 

Lunes 30. 

A la mañana siguiente, antes de romper el día, ba- 
jaron los indios a las viviendas que daban frente ai 
navio, y se los oyó gritar varías veces. No bien se hizo 
la luz, vióseles andar por la playa, y poco después se 
retiraron a los bosques, en los que encendieron varías 
hogueras a una milla de la costa. 

Fueron los nuestros a tierra, como de costumbre, y 
con ellos Mr. Banks y el Dr. Solander, que se dirigie- 
ron a los bosques en busca de plantas. Nuestros hom- 
bres, que se hallaban ocupados en coger hierba y que 
se habían separado un tanto del grueso de la gente, 
vieron venir hacía ellos un grupo de catorce o quince 
indios armados de palos, que al decir del sargento de 
los guardias marinas brillaban lo mismo que mosque- 
tes. Al verlos acercarse los que estaban recogiendo 
hierba, se congregaron y se dirigieron adonde estaba 
el resto de la gente. Envalentonados los indios por esta 
apariencia de fuga, los persiguieron; detuviéronse, sin 
embargo, a unas doscientas yardas, y después de lanzar 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 235 

varios gritos se volvieron a los bosques. Bajaron otra 
vez por la tarde, en la misma disposición; detuviéronse 
a cierta distancia, gfritaron y se retiraron. Sequiles yo 
solo y sin armas hasta una distancia considerable a lo 
largo de la costa; pero no pude lograr que se detu- 
vieran. 

En este día tomó Mr. Green la altura del sol meri- 
diano, junto a la entrada sur de la bahía, y obtuvo la 
latitud de 34^ S. La declinación de la aguja fué de 
11" 3* E. 

Mayo« — Martes 1. 

Por la mañana temprano fué enterrado junto al lugar 
de la aguada el cuerpo de Forby Sutherland, que mu- 
riera en la tarde precedente, y por esta razón di a la 
Íunta sur de la bahía el nombre de Punta Sutherland» 
ambién resolví en este día hacer una excursión al in- 
terior del país. Míster Banks, el Dr. Solander y yo, con 
otros siete, convenientemente equipados para la expe- 
dición, nos pusimos en marcha, dirigiéndonos primero 
a las chozas cercanas al lugar de la aguada, adonde 
continuaban acudiendo todos los días algunos indios; y 
aunque los pequeños regalos que allí dejáramos antes 
no habían sido retirados, dejé otros un poco más va- 
liosos, que consistían en paiío, espejos, peines y cuen- 
tas, encaminándonos después al interior. Encontramos 
el suelo pantanoso en unas partes y arenoso en otras^ 
y el aspecto del terreno ofrecía una hermosa variedad 
de bosques y prados. Los árboles son todos altos, rec- 
tos y carecen de maleza en torno, hallándose situados 
a tal distancia uno de otro que todo el país, o por lo 
menos aquella parte en que las charcas no hacían im- 
practicable el cultivo, podía admitir los trabajos agrí- 
colas sin cortar ninguno de los árboles. Entre éstos se 
' halla el terreno cubierto de hierba, de la que hay gran 
abundancia, formando matas de un tamaño tal que pue- 
den abarcarse con la mano y que están muy próximas. 



236 JAMES COOK LIB. III 

Vimos muchas viviendas y lugares en los que habían 
<lormi(lo sobre la hierba sin ning^ún resguardo; pero 
5Ólo vimos a un indio, que echó a correr en cuanto nos 
descubrió. 

En todos los puntos que visitamos dejamos regalos, 
confiando en que a la postre habrían de granjearnos la 
amistad y simpatía de los naturales. Vimos fugazmente 
a un cuadrúpedo próximamente del tamaño de un cone- 
jo; el galgo de Mr. Banks, que vino con nosotros, le 
persiguió, y hubiérale atrapado de no haber encojado 
a poco de echar a correr, tropezando contra el tronco 
<le un árbol que se hallaba escondido entre los altos 
hierbajos. Vimos después el excremento de un animal 
que paciera sobre la hierba, y que juzgamos no pudie- 
ra ser otro que un venado, y las huellas de otro, cuya 
pesuña se asemejaba a la de un perro y que debía de 
tener el tamaño de un lobo; descubrimos también la 
pista de un animal pequeño, cuyo pie se parecía al 
^e una comadreja. Los árboles abundaban en pájaros 
de diversas especies, entre los cuales había muchos de 
gran belleza, especialmente oropéndolas y verderones, 
que volaban en bandadas de varios cientos. Hallamos 
algún bosque que había sido talado por los naturales 
por medio de un instrumento romo, y otros en los que 
los árboles habían sido descortezados. No eran muy 
numerosas las especies arbóreas; entre otras, veíase una 
cuyo tronco robusto segregaba una goma poco dife- 
rente del sanguis draconis, y en algunos de ellos vimos 
peldaños tallados de tres en tres pies para facilitar el 
ascenso. 

Regresamos de esta excursión entre las tres y las cua- 
tro de la tarde, y después de comer a bordo volvimos 
al lugar de la aguada, donde los hombres se ocupaban 
en llenar los toneles. Mister Gore, el segundo teniente, 
había sido enviado por la mañana en un bote para dra- 
gar ostras al principio de la bahía; terminado el servi- 
cio, haciéndose acompañar de lin oficial y despidiendo 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREOEDOljí DEL MUNDO 237 

al bote, se encaminó por tierra al lugar de la aguada.. 
En el trayecto que hizo encontró un grupo de veinti** 
dos indios, que le siguieron, acercándosele a veces 
hasta veinte yardas; al verlos tan cerca, Mr. Gore se 
detuvo y les hizo frente, con lo cual ellos se detuvie* 
ron, y cuando echó a andar de nuevo continuaron los 
indios en su seguimiento; no le atacaron, sin embargo^ 
a pesar.de hallarse todos armados de lanzas, y tanto él 
como el oficial llegaron a la aguada sanos y salvos. Los 
indios, que habían abandonado su persecución, al di* 
visar el grupo que formaban los nuestros hicieron alto 
a la distancia de un cuarto de milla y allí se quedaron» 
Mister Monkhouse y dos o tres de los aguadores die- 
ron en la idea de marchar hacia ellos; pero al ver que 
los indios permanecían donde estaban, a pesar de que 
iban acercándose más y más, se vieron sobrecogidos 
los nuestros por un temor repentino, muy común en los 
atropellados, y se retiraron más que aprisa; este paso, 
cuyo resultado no fué otro que el de acercarles el pe* 
ligro que trataban de eludir, envalentonó a los indios, 
y adelantándose tres o cuatro, dispararon sus jabalinas 
sobre los fugitivos, con tal fuerza, que alcanzaron una 
distancia de cuarenta yardas y que cayeron entre ellos» 
Como los indios no perseguían a los nuestros, habien* 
do éstos recobrado su ánimo, se detuvieron para reco- 
ger las lanzas que habían caído en torno de ellos, y al 
ver esto los indios empezaron a retroceder. Llegué en 
este preciso momento con Mr. Banks, el Dr. Solander 
y Tupia, y deseoso de convencer a los indios tanto de 
que no los temíamos como de que no tratábamos de 
hacerles daño alguno, avanzamos hacia ellos haciéndo- 
les señas de invitación y súplica; pero no hubo manera 
de persuadirlos de que esperaran nuestra llegada. Mis- 
ter Gore nos dijo que había visto algunos en el inte- 
rior de la bahía que le habían invitado por señas a 
desembarcar, cosa que él, con gran prudencia, había 
rehusado. 



238 JAMES COOK LIB. III 

Miércoles 2. 

La mañana del si^fuiente dia fué tan lluviosa que to- 
dos nos alebramos de permanecer a bordo. Aclaró, sin 
embargo, por la tarde e hicimos otra excursión hacia 
el S., sigfuiendo la orilla del mar. Desembarcamos, y 
Mr. Banks y el Dr. Solander cogfieron muchas plantas; 
pero aparte de esto no vimos nada curioso. Al entrar 
por primera vez en los bosques, encontramos a tres 
indios, que huyeron al instante; algunos más vieron ios 
nuestros; pero todos desaparecieron con gran precipi* 
tación al verse descubiertos. Por la audacia desplega- 
da por esta gente con ocasión de nuestro primer des- 
embarco y por el terror que después los sobrecogía al 
vernos, parece que se hallaban intimidados por nues- 
tras armas de fuego; y no es que tuviéramos razón al- 
Euna para creer que nuestras descargas de perdigones 
ubieran hecho mucho daño a aquellos sobre quienes 
nos habíamos visto obligados a disparar cuando nos 
atacaran al salir del bote; pero no era improbable que 
hubieran visto los efectos de ellas desde sus puestos 
de espionaje, sobre los pájaros que habíamos matado. 
Tupia, que se había hecho ya un buen tirador, solía es- 
caparse para tirar a los papagayos, y nos había contado 
que hallándose una vez en esta caza había encontrado 
a nueve indios, que al verle corrieron llenos de con- 
fusión y de terror. 

Jueves 3. 

Al día siguiente, doce canoas, en cada una de iais 
cuales había un hombre, vinieron hacia el lugar de la 
aguada y permanecieron a media milla bastante tiem- 
po; estuvieron pescando con lanza, en cuya ocupación, 
de la misma manera que los que viéramos en ocasión 
anterior, se absorbieron en tal forma que no parecían 
mirar otra cosa. Ocurrió, sin embargo, que un grupo 
de los nuestros salió de cacería por aquel lugar, y uno 



CAP. 1 PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 239 

de los indiosy cuya curiosidad habíase al cabo desper- 
tado al ver las escopetas, fué visto por Mr. Banks varar 
su canoa en la playa y encaminarse hacia donde esta- 
ban los cazadores; se volvió un cuarto de hora des- 
pués, se embarcó en su canoa y marchó en busca de 
sus compañeros. 

Este incidente parece autorizar la conjetura de que 
los naturales habían llegado a conocer el poder des- 
tructor de nuestras armas de fuego sin que nosotros 
nos diéramos cuenta, porque este hombre no había 
sido descubierto por ninguno de los que formaban el 
grupo cuyas operaciones había estado observando. 

En tanto que Mr. Banks se ocupaba en recoger plan- 
tas junto al lugar de la aguada, fui yo con el Dr. Solan- 
der y Mr. Monkhouse hacia el interior de la bahía, con 
objeto de reconocer aquella parte del país y realizar 
otras tentativas para entablar relación con los natura- 
les. Durante la excursión encontramos once o doce pe- 
queñas canoas tripuladas por sendos hombres, proba- 
blemente los mismos que luego vimos en la costa, y 
que se acercaron a tierra al vernos llegar. Encontramos 
a otros indios en la costa la primera vez que desem- 
barcamos, que inmediatamente tomaron sus canoas y 
se alejaron remando. Nos internamos algún tanto, y el 
aspecto del terreno en nada se diferenció del que he- 
mos descrito ya; pero el suelo era mucho más rico, 
porque en vez de arena encontré una capa de tierra 
obscura bastante profunda que juzgué muy adecuada 
para la producción de toda clase de cereales. En las 
selvas hallé un árbol cuyo fruto recordaba a la cereza 
por su forma y color; el jugo era de un agrio gustoso, 
pero carecía ae aroma. Vimos también de cuando en 
cuando hermosísimas praderas; en algunos puntos pre- 
sentábase el terreno rocoso, pero eran escasos; la pie- 
dra es arenisca y podía usarse ventajosamente para la 
construcción. Cuando regresamos al bote vimos humo 
por otra parte de la costa, y hacia ella nos encamina- 



240 JAMES COOK LIB. III 

mosy con la esperanza de hallar gente; pero tambiéa 
huyó al ver que nos aproximábamos. Encontramos cerca 
de la playa seis pequeñas canoas y seis hogfueras con 
alsfunos mariscos que en ellas se tostaban, y unas cuan* 
tas ostras; esto nos hizo pensar que en cada canoa había 
estado un hombre, que luego de coger algún marisco 
había desembarcado para comérselo y que cada uno 
había hecho una hoguera separada con tal objeto; pro- 
bamos su comida y les dejamos en cambio hilos de 
abalorios y otras cosas que creímos habrían de agrá* 
darles. Al pie de un árbol de aquel lugar hallamos una 
f uentecilla de agua dulce, alimentada por un manantial^ 
y como el día se había consumido casi por completo» 
regresamos al navio. Por la tarde Mr. Banks hizo una 
leve excursión con su escopeta, y encontró tantas co* 
dornices semejantes a las de Inglaterra, que podía ha- 
ber matado cuantas hubiera querido; pero su objetivo 
era la variedad más que el número. 

Viernes 4. 

A la mañana siguiente, como el viento no me permi- 
tía hacerme a la vela, mandé que fueran a tierra varios 
grupos para que trataran de entrevistarse con los natu- 
rales. Un ofícial que figurara en uno de los grupos, 
habiéndose apartado largo trecho de sus compañeros, 
se encontró con un anciano, una mujer y unos cuantos 
niños pequeños; estaban sentados debajo de un árbol 
al lado del agua, y ninguna de las partes vio a la otra 
hasta que estuvieron juntos; los indios mostraron te- 
mor, pero no trataron de huir. El hombre no tenía otra 
cosa que darles que un papagayo que había matado; 
se lo ofreció; pero ellos lo rehusaron por miedo o por 
aversión. Poco tiempo estuvo a su lado, porque vio que 
varias canoas se hallaban' pascando cerca de la playa, 
y hallándose solo temió que saltaran a tierra para ata- 
carle; dijo que aquellas gentes tenían una tez muy obs- 
cura, pero no negra; que el hombre y la mujer pare- 



tAr; 1 PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 24i 

tiííU ser muy viejos, pues ambos tenían el cabello jfria; 
que el cabello del hombre estaba enmarañado j que 
M barba era larga y descuidada; el cabello de la mujer 
era corto, y que tanto el uno como el otro estaban 
completamente desnudos. Mister Monkhouse, el chv*- 
jano, y uno de los hombres que estuvieron en el j^nipo 
que recorrió las inmediaciones de la aguada, se sepa- 
raron también de sus compañeros, y al salir de una es- 
pesura vieron a seis indios que estaban reunidos a eiii- 
cuenta yardas de ellos. Uno pronunció una palabra en 
tono muy fuerte, que se supuso fuera una señal, porque 
inmediatamente partió hacia los nuestros, desde el bos- 

?ie, una jabdina, que estuvo a punto de hacer blanco, 
uando los indios vieron que había marrado el golpe 
huyeron con la mayor precipitación; pero al volver 
Mr. Monkhouse al lugar de donde había sido lanzada 
la jabalina vio a un joven indio, como de diez y nueve 
a veinte años, bajar de un árbol y echar a correr con 
tal velocidad que hizo imposible la persecución. MiSMr 
Monkhouse era de opinión de que había sido espiado 
por aquellos indios al atravesi^ la espesura, y que el 
jtdven había quedado escondido en el árbol para atro- 
jarle la lanza al avisarle los otros que pasaba cetica; 
pero fuera como fuera, no podía dudarse de que el 
joven era quien había lanzado la jabalina. 

Por la tu'de me encaminé con otros varios a la costa 
norte, y mientras que algunos de los nuestros tendían 
la red, recorrimos nosotros varias millas, siguiendo des- 
pués la dirección de la costa. Encontramos este lugar 
desprovisto de bosque y algo semejante a los marjales 
de Inglaterra; la superficie del suelo hallábase, sin em- 
bargo, cubierta de unas plantas finas que llegaban a las 
rodillas; las colinas cercanas a la costa eran bajas; pero 
detrás de ellas se levantaban otras cuya altura iba 
aumentando a medida que se alejaban ae la costa en 
sucesivas cadenas, hallándose separadas unas de otras 
por lagunas y pantanos. Cuando regresamos al bote 

JAMBf COOK: primer Vli^B. — T. II 16 



242 JAMES COOIC UB^ IH 

DOS encontramos con que nuestra ¿ente había cosridQ 
en la red gfran cantidad de pececillos que se conocen 
en las Indias Occidentales, y a los que llaman nuestros 
marineros Leather jackets (chaquetas de cuero) por el 
espesor de su piel. Había yo enviado al segundo tcr 
niente en la yola para pescu^ con arpón, y al regresar 
al navio supe que también había sido afortunado. El 
había observado que las grandes rayas, de las que hay 
mucha abundancia en la bahía, seguían la marea alta 
hasta las aguas poco profundas; aprovechó, en vista de 
eso, la oportunidad de la marea y acertó a varias que 
nadaban en dos o tres pies de agua: una de ellas pesó 
nada menos que ciento cuarenta libras después de sa- 
carie las entrañas. 

Sábado 5. 

A la mañana siguiente, como el viento siguiera so- 
plando del N., envié de nuevo a la yola, y se mató una 
más grande aún, porque después de sacarle las entra- 
ñas pesó trescientas treinta y seis libras. 

La gran cantidad de plantas que Mr. Banks y el doc- 
tor Solander habían recogido en este lugar me indujo 
a darle el nombre de Bahía Botany (1). Está situada en 
la latitud de 34^ S. y en la longitud de 208^ 37' O. Es 
segura, espaciosa, cómoda y puede ser reconocida por 
la tierra de la costa del mar, que es llana casi y de altura 
moderada, más alta en general que hacia el interior, 
con abruptos acantilados rocosos cerca del mar, que 
ofrecen la apariencia de una larga isla pegada a la cos- 
ta. El puerto se halla hacia la parte media de esta tie,- 
rra, y al aproximarse viniendo del S. se descubre ante3 
de que el barco llegue a su altura; pero no se descubre 
tan pronto cuando se llega del N. La entrada tiene 
poco más de un cuarto de milla de anchura y la línea 



(1) En la costa oriental de Australia. (Nota de la edidán 
pañola.) 



CAP. I PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 243 

de las puntas tiene la dirección ONO. Para entrar es 
preciso bordear la costa S. hasta que llegñ el navio a 
un islote desnudo que se halla junto a la orilla N.; por 
la parte de adentro de esta isla la mayor profundidad 
por ese lado es de siete brazas, disminuyendo a cinco 
un poco más arriba. A considerable distancia de la ori- 
lla sur hay un bajo que corre desde el interior de la 
punta sur hasta la parte más interior del puerto; pero 
hacia la costa norte y noroeste hay un canal de doce a 
catorce pies en la marea baja, de una longitud de tres 
o cuatro leguas y que llegfa hasta un punto en que hay 
tres o cuatro brazas; pero encontré en la ensenada muy 
poca agua dulce. Anclamos junto a la costa sur, a una 
milla de la entrada, con miras a la ventaja de hacernos 
a la vela con viento S. y por haber juzgado yo esta si- 
tuación conveniente para la aguada; pero después en- 
contré un hermoso arroyo en la costa norte en la pri- 
mera cala arenosa cercana a la isla, ante la cual puede 
un barco permanecer rodeado de tierra y repostarse 
con abundancia tanto de madera como de agua. Por 
todas partes hay abundancia de madera; pero solo vi 
dos clases de ella que pudieran considerarse adecua- 
das a la construcción. Aquellos árboles son tan grue- 
sos o más gruesos que los robles ingleses y alguno de 
ellos era muy semejante; se trata de la especie que des- 
tila la goma rojiza parecida al sanguis draconis, y la 
madera es pesada, dura y de coloración obscura, como 
el lignum vUcb; los otros árboles son altos y rectos, 
ofreciendo analogías con el pino, y su madera, que 
tiene cierta semejanza con la de la encina americana, 
ed dura y pesada también. Hay algunos arbustos y va- 
rías especies de palmeras; también se encuentran en 
abundancia hacia el fondo de la bahfa los manglares. 
El terreno es llano en general, poco elevado y se ha- 
lla cubierto de bosque hasta lo que pudo alcanzar 
nuestra vista. Las selvas, según he observado ya, abun- 
dan en aves de gran belleza, sobresaliendo la familia 



244 J A M B S C o o K UB. €11 

de lot pmp9fflcyM; eacontraiiios taoibiéD lechucas euc* 
taoMote i^ftles a las de Ingflaterra* Hacia el fondo de 
la ensenada» en el qae hay extensas llanuras de arena 
j léjfamo» se ven muchas aves acuáticas, la nuiyoria de 
las cuales nos eran completamente desconocidas. 

Una de las mas notables era blanca y negra, mucho 
más grande que un cisne y análoga, por su forma, a 
un pelícano. Sobre aquellos bancos de arena y cieno 
se encuentran en abundancia ostras, m^uscos y pechi- 
nas, que parecen constituir el principal sustento de los 
habitantes, que se van con sus canoas hacia los bajos 
y los cogen con las manos« No vimos que comienm 
ninguno crudo, ni van siempre a tierra a prepararlos, 
porque tienen fuego en sus canoas piura tal objeto. No 
se alimentan, sin embargo, solamente de esto, sino aue 
cogen una gran variedad de pescados, algunos de los 
cuales pescan con arpones, y otros con anzuelos y 
dales. Todos los habitantes que vimos estaban 
pletamente desnudos; no parecían ser numerosos «i 
vivir en sociedades; sino que, como los demás anima- 
les, estaban distribuidos a lo largo de la costa y por 
las selvas. Acerca de su modo de vivir, sin embaigo, 
fué poco lo que pudimos averiguar, ya que no logra* 
mos tener con ellos la menor relación; después del 
primer encuentro, con ocasión de nuestro desembarco, 
no volvieron a acercarse bacante para que fuera posí* 
ble parlamentar, ni tampoco tocaron un solo articulo 
de los que dejamos en sus chozas y en los lugares por 
ellos frecuentados, con intención de que se los Ue«> 
varan. 

Durante mi estancia en este puerto hice ondear la 
bandera inglesa todos los días en tierra y que se íbs- 
crilÑera en uno de los árboles inmediatos al lugar de 
la aguada el nombre del barco y el número del año. 

La pleamar es a las ocho en los plenilunios y en 
los cambios, y la diferencia de altura de las aguas al- 
canza de cuatro a cinco pies. 



CAPÍTULO II 



KecQrrído desde Bahía Botany a Babia Trínityi eoptioaando li 
descripción del país y de sos habitantes y producciones. 



]Hayo* — Domingo 6, 

El domingo 6 de mayo, «I amanecer» zarpamos de 
Bahía Botany con ligfera brisa del NO., que no tardó 
en correrse al S., dirígfiéndonos por la costa al NNE., 
y a mediodía nuestra latitud, por observación, fué de 
33^ 50' S. A e3a hora estuvimos a dos o tres millas de 
tierra y frente a una ensenada o puerto en la que pa- 
recía haber buen anclaje, y a la que llamé Puerto Jak- 
-soa. Hállase esta ensenada tres legfuas al norte de 
Bahía Botany; la declinación, deducida por varios ací-<= 
mutes, pareció ser de 8^ E. Al anochecer, la tierra 
más septentrional que divisábamos marcaba N. 26*^ E., 
y un trozo de costa quebrada, que parecía formar una 
ensenada, marcaba N. 40'' O. a cuatro legfuas. Esta 
bahía, que está en la latitud de 33*^ 42', recibió el nom-» 
bre die Babia Broken (Bahía Quebrada). Seguimos por 
la costa con dirección NNE. toda la noche, conservan* 
ikmos a unas tres legfuas de tierra, y con treinta y dos 
a treinta y seis brazas de agua y fondo duro arenoso. 

Lunes 7. — Martes 8. 

El 7, poco después de salir el Sol, tomé varios aei- 
mates con cuatro agujas de la brújula de acimut, ob* 
teniendo como resultado medio la declinación de 
7^ 56' E. A mediodía nuestra latitud, por observación, 



246 JAMES C o 0*K LIB. III 

fué 33^ 22' S. Estuvimos a tres leguas de tierra; la más 
septentrional que se hallaba a la vista marcaba N. 19^ £•, 
y unas tierras que se proyectaban sobre el mar en tres 
puntas redondas, y a las que di por esta razón el nom* 
bre de Cabo Tres Puntas, marcaban SO. a cinco le- 
guas. Nuestra longitud» contada desde Babia Botany^ 
era 19' E. Por la tarde vimos humo en varios puntos 
de la costa» y a hora más avanzada hallamos la decli* 
nación de 8^ 25* E. A esta hora estuvimos a dos o tres 
millas de la costa, con veintiocho brazas, y al medio- 
día siguiente no habíamos adelantado un paso hacia 
el N. Nos alejamos de tierra con vientos del NE. hasta 
las doce de lá noche, y a cinco leguas tuvimos setenta 
brazas; a seis leguas, 80, que es la extensión que abar- 
caron los sondeos; porque a diez leguas no dimos 
fondo con ciento cincuenta brazas de cable. 

Jueves 10. — Viernes 11. 

Con viento NE. hasta la mañana del 10 continuamos 
haciendo bordadas, sin que cambiara nuestra situación 
en otros respectos; pero un ramalazo del SO. nos per- 
mitió avanzar por la costa bastante hacia el N. Ai 
amanecer, nuestra latitud fué de 33^ 2' S., y la decli- 
nación, 8^ E. A las nueve de la mañana pasamos frente 
a un monte muy visible, algo internado en la costa y 
parecido al casquete de un sombrero, y a mediodía 
nuestra latitud, por observación, fué de 32^ 53' S*, y 
nuestra longitud, 208'' O. Estuvimos a dos leguas de 
la costa, que se extendía de N. 41** E. a S. 41^ O., y 
una roca redonda de regular tamaño, o más bien una 
isla, que yace junto a tierra, marcaba S. 82 O. a una 
distancia de tres o cuatro leguas. A las cuatro de la 
tarde pasamos a cosa de una milla de una baja punta 
rocosa, a la que llamé Punta Stephens, al noijte de la 
cual se ve un brazo de mar, al que di el nombre de 
Puerto Stephens: este brazo, visto desde el mayor, me 
pareció abrigado de los vientos. Se halla en la latitud 



CAPl 11 PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 247 

de 32*^ 40\ en la longitud de 207** 51' y en su entrada hay 
tres islas pequeñas^ dos de las cuales son altas; y eti 
la tierra firme, cerca de la orilla, hay unas colinas re- 
dondas y elevadas, que parecían islas desde lejos. 

Al pasar frente a esta bahía, a dos o tres millas de 
distancia, acusaron nuestros sondeos de treinta y tres 
a veintisiete brazas, de lo cual deduje que debía haber 
dentro suficiente calado. En la tierra, a poca distancia, 
vi humo en varios puntos, y a las cinco y media la tie- 
rra más septentrional que se veía marcaba N. 36^ £., y 
Punta Stephens, SO. a cuatro leguas. Nuestros sondeos 
nocturnos dieron de cuarenta y dos a cuarenta y ocho 
brazas a tres y cuatro leguas de distancia de la costa, 
que formaba dos promontorios. Esta punta fué deno- 
minada Cabo Hawke; está en la latitud de 32^ 14' S. y 
en la longitud de 207^ 30' O., y a las cuatro de la ma- 
ñana marcaba O. a ocho millas próximamente; al mis- 
mo tiempo la tierra más septentrional que se divisaba 
marcaba NE. y parecía ser una isla. A mediodía seña- 
laba esta tierra N. 8^ E.; la más septentrional que se 
veía, N. 13* E., y Cabo Hawke, S. ST O. Nuestra la- 
titud, por observación, fué de 32^ 2' S. y probaba que 
nos hallábamos doce millas más al S. de lo que indica- 
ba la corredera; era, pues, probable que hubiera una 
corriente en tal dirección. Por la amplitud y el acimut 
de la mañana se calculó una declinación de 9^ 10* E. 
Durante nuestra ruta costera de la tarde vimos humo en 
varios puntos cercanos a la playa, y una de las humare- 
das se vio sobre la cima de una montaña, siendo la pri- 
mera que habíamos visto Qn terreno tan elevado desde 
nuestra llegada a la costa. Al ponerse el Sol teníamos 
veintitrés brazas a legua y media de la costa; la tierm 
más septentrional marcaba N. 13^ E., y tres colinas de 
gran altura y sección horizontal, que se hallaban muy 
próximas una de otra y cercanas a la playa, NNO. Como 
aquellos cerros presentaban gran semejanza mutua re- 
cibieron el nombre de los Tres Hermanos. Están en la 



248 jAiiEacooK ub*w 

bititud de 31'' 40' y son visibles desde c^toree o diw 
y seis lejnias. Navegrimios al NE. N. dorante la noche» 
CM calado variable de veintisiete a setenta y aiete bra*- 
zas y a una distancia de la costa de dos a seis leffuaa. 

Al romper el día tomamos rumbo N., enfilando la 
tierra mas septentrional que veíamos. A mediodía es- 
tuvimos a cuatro leguas de tierra y en la latitud de 
31"* 18' $.y deducida por observación, que nos demoe^ 
tro hallarnos quince millas más al S. de lo que indica- 
ba la corredera; la lonjfitud fué de 206'' 58' O. Por la 
tarde fuimos hacia tierra, en varios puntos de |a cual 
vimos humaredas hasta las seis, en que, hallándonos a 
tres o cuatro millas y en veinticuatro brazas de aguat 
navesfamos hacia fuera con fresca brisa del N. y NNO. 
hasta media noche, en que tuvimos ciento diez y ocho 
brazas a ocho leguas de tierra y viramos. A las tres de 
la madrugada se corrió el viento al O., y con él vira* 
moa y nos dirigimos hacia el N. A mediodía nuestra 
latitud, calculada por observación, fué de Sff* 43' S^ y 
la longitud, de 206'' 45' O. A esta hora estuvimos a 
tres y cuatro leguas de la costa, cuya extremidad nort» 
visible marcaba N. 13*^ O., v una punta o promontorio 
en que vimos hogueras de fas que se desprendía gran 
cantidad de humo, Q. a cuatro leguas. Di a esta púa* 
ta el nombre de Cabo Smokey (Humoso); es de coqsí* 
derable altura y redonda en su cúspide; cerca de ella, 
y más hacia el interior de la tierra, hay otras dos mu** 
cbo más altas y extensas, siendo muy bajo el terreno 
inmediato. Nuestra latitud fué de 30'' 31' o., y la longt* 
tud, de 206'' 54' O.; en tal día la latitud, que se calculó 
por observación, sólo difería cinco millas al S. de lo 
que indicaba la corredera. Vimos humo en varios sitioa 
a lo largo de la costa, además del que se observara ea 
Cabo Smokey. 

Por la tarde hicimos varias bordadas a favor del viea* 
to NE., y a tres o cuatro millas de la costa, y sonda-* 
mos treinta brazas; después, con viento de tierra, na** 



CIAPt II PRIMER VIAJE ALREDEPOR DEL MUNDO 249 

vcfamof hacda el N., temendo de veiotiune a treipUi 
bnmf a cuatro o cinco millas. 

Limes 14. 

A laa cinco de la mañana 9e corrió el viento al N. y 
aopló fwrtei acompañado de ráfagas huracanadas; a 
laa ocho empegó a tronar y llover, y al cabo de una 
hora vino la calma, que aprovechamos para sondar, ha^ 
liando ochenta y seis brazas a cuatro y cinco leguas de 
U costa; poco después saltó vendaval del S*, coa el 
que nos dirigimos al NE. en demanda de la tierra mas 
septentrional que a la vista teníamos. A mediodía estu- 
vimos a cuatro leguas de la costa y, según la observa- 
ción, en la latitud de 30^ 22', o sea nueve millas mas 
al & de lo que indicaban nuestros cálculos, y en la 
longitud de 206'' 39* Ó. Unas tierras cercanas a la cos- 
ta» de gran altura, marcaban O. 

Martes 15. — Miércoles 16. 

Conforme avanzábamos hacia el N. desde Bahía Bo- 
tany la tierra iba aumentando gradualmente de altitud; 
-de manera que por la latitud en que nos encontrábamos 
podía considerarse montuoso el terreno. Entre esta la^ 
titud y la de la bahía se presenta una grata variedad de 
montes, valles y planicies, todos cubiertos de bosque, 
cuyo aspecto era semejante a los que ya se han descri* 
to concretamente; la tierra cercana a la costa es en ge- 
neral baja y arenosa, con excepción de la de las puntas, 
que es rocosa, y sobre muchas de las cuales se ven ele- 
vados cerros que se alzan bruscamente desde el agua y 
que parecen islas. Por la tarde se interpusieron entre 
la tierra y nosotros varias pequeñas islas rocosas, la 
más meridional de las cuales tenía una latitud de 30^ 10', 
y la más septentrional, 29"* 58 ^ hallándose próximamen- 
te a dos leguas de tierra; a dos millas de la isla más 
septentrional, y en la parte del mar, tuvimos treinta 
y tres brazas de agua. Aprovechando la luna, seguimos 



250 JAMES COOK LIB« IIÍ 

la costa toda la noche en las direcciones N. y NE., cá* 
minando siempre a unas tres leg'uas de tierra y con 
veinte o veintidós brazas de agua. En cuantcr amaneció 
desplesfamos todas las velas que pudimos, pues reinaba 
viento fuerte, y a las nueve de la mañana, hallándonos 
a una legua de tierra, divisamos humaredas en varios 
puntos, y valiéndonos de nuestros anteojos vimos a 
unos veinte indios, con sendos fardos sobre sus espal- 
das, que supusimos fueran de hojas de palmeras para 
las techumbres de sus viviendas. Seguimos observán- 
dolos por espacio de una hora, durante la cual conti- 
nuaron su marcha por la playa y subieron una senda 
que remontaba con suave pendiente una colina, tras de 
la cual se ocultaron; ninguno de ellos se detuvo para 
mirarnos; antes al contrario, prosiguieron su camino sin 
denotar curiosidad ni sorpresa, aunque era imposible 
que no hubieran visto el barco al echar cualquier ojea- 
da en tanto que marchaban por la costa; y eso que el 
barco debía constituir para ellos un objeto de contem- 
plación no menos estupendo y maravilloso que para 
nosotros una montaña flotante con todos sus bos- 
ques. A mediodía nuestra latitud, por observación, fué 
28** 39' S., y la longitud, 206** 27' O. Una alta punta, a 
la que llamé Cabo Byron, marcó NO. O. a tres millas. 
Se halla en la latitud de 28*" 37' 30" S., en la longitud 
de 206** 30' O. y puede ser reconocida por una montaña 
de pico muy agudo que hay más hacia el interior y que 
marcaba NO. O. Desde esta punta se extiende la tie- 
rra en dirección N. 13** O.; la tierra hacia el interior es 
elevada y montuosa, pero baja en las inmediaciones de 
la costa, y hacia el sur de la punta es también llana y 
baja. Continuamos bordeando la costa, con fresca bri- 
sa, hasta el anochecer, en que descubrimos de pronto 
unos rompientes a proa, enfilados sobre la ruta del na- 
vio y a babor. Entonces estábamos a cinco millas de 
tierra y teníamos veinte brazas de calado; navegamos 
hacia el E. hasta las ocho, hora en que habíamos avan- 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 25t 

zado ocho millas y aumentado el calado a cuarenta y 
cuatro brazas; pusimonos entonces a la capa con proa 
al £«y y asi permanecimos hasta las diez, en que, hallan** 
donos con setenta y ochd brazas, viramos y nos pusi* 
Dios a la capa con la proa a tierra hasta las cinco de la 
mañana; hicimonos entonces a la vela, y al salir el Sol 
nos vimos sorprendidos al ver que nos encontrábamos 
más hacia el S. de lo que estuviéramos la noche, ante** 
rior, no obstante haber reinada viento S. y soplado 
fuerte toda la noche; también volvimos a encontrar los 
rompientes, que salvamos a una legua de distancia. Se 
hallan en la latitud de 28^ 8' S. y se extienden mar afue«* 
ra desde una punta de tierra junto a la cual hay una 
pequeña isla. Pueden reconocerse también por el mon- 
te picudo que acaba de mencionarse, y que marca 
SO. O. con relación a la sirte, y al que por esta razón 
denominamos Monte Warning (Aviso). Hállase siete u 
ocho leguas tierra adentro, en la latitud de 28'' 22' S. La 
tierra circundante es elevada y montuosa; pero aquél 
es suficientemente visible para que se le distinga en« 
tre todos los demás accidentes. La punta de esta par-» 
te del rompiente fué llamada Punta Danger (Peligro). 
Al norte de esta punta la tierra es baja y se extiende 
al N. OE., pero no tarda en tomar una dirección N. 
más marcada. 

Jueves 17. 

A mediodía estábamos a dos leguas de tierra y, por 
la observación, en la latitud de 27^ 46' S., es decir, 
diez y siete millas más al S. de lo que señalaba la co- 
rredera. La longitud era de 206"* 26' O., Monte Warning 
marcaba S. 260^ a catorce leguas, y N. la tierra más 
meridional que se hallaba a la vista. Proseguimos nues- 
tra ruta costera a unas dos leguas de tierra, en direc- 
ción N. 66^,15 £., hasta las cuatro o las cinco de la 
tarde, en que descubrimos un rompiente a babor. El 
calado era de treinta y cinco brazas, y al obscurecer. 



2S2 JAMES C o o K UB. III 



Ia tíerrm que a mediodía se nos presentara como la mis 
septentrional, que fonnaba una pmta» y a la que di 
el nombre de Punta Look-out (Vigfia), marcaba O. « 
enntaro o cinco millas; NO. la tierra nms septentrional 
en este momento, y el rompiente, NO. O. La latitud de 
Punta Look«out era de 27^ 6'. Al norte de esta punta 
fionsa la costa una ancha bahia, a la que Uamé Babia 
Moretón, y hacia el fondo de la cual hay una tierra tan 
baja que apenas sí pude divisarla desde lo alto del 
mayor. Los rompientes se encuentran a tres o cuatro 
millas de Punta Look-out, y en aquel momento batía 
sobre ellos una fuerte marejada del S. 

Continuamos hacia el NNE. basta las ocho, en que, 
bebiendo doblado los rompientes y aumentado el ca- 
lado, nos pusimos a la capa hasta media noche, en que 
de nuevo tomamos el rumbo NNE. A las cuatro de la 
mañana teníamos ciento treinta y cinco brazas de agua 
y al amanecer nos dimos cuenta de que durante la no-* 
che habíamos avanzado al N. y alejádonos de tierra 
más de lo que suponíamos, dada la ruta que llevaba* 
mos^ pues nos encontrábamos a siete le^fuas de la cos- 
ta^ por lo menos; me corregfí hacia NOO.» por tanto, 
con fresca brisa del SSO. La tierra mis septentrional 
de la noche anterior marcaba ahora SSO. a seis leguas, 
y fué designada con el nombre de Cabo Moretón por 
ser la punta norte de la Bahía Moretón; su latitud es 
de 26^ 56', y su longitud, de 206^ 28'. Desde Cabo Mo- 
retón toma la costa una dirección O. hasta donde la 
vista alcanza, y por haber en esta porción de litoral uñ 
espacio en el que no se descubría tierra y haber obser- 
vado algunos que el mar adquiría una tonalidad más 
pálida, formamos la opinión de que desembocaba ue 
río al fondo de la Bahía Moretón. Teníamos entonces 
treinta y cuatro brazas y buen fondo de arena; esto sóle 
bastaba para producir el cambiante observado en el 
color del agua, y no era preciso admitir la existencia 
de un río en el fondo de la bahía para explicar el he- 



CAP. n PRIMER VIAJE ALREDBDOR DEL MUNDO 253 

cho de que por allí no se descubriese la tieñra, pues 
suponiendo que el terreno fuese en aquellas inmedia- 
eiones tan bajo como el que observáramos en oftras 
den regiones de la costa, hubiera sido imposible per* 
cibirlo, dada la situación del navio; mas por si algte 
futuro navejfante se decidiera a resolver la cuestión de 
m hay o no un rio en aquel lugar, cuestión que moa*- 
otros no pudimos^ aclarar a causa del viento, advertim- 
mos que la situación del punto puede reconocerse 
iriempre por tres montes que se levantan al norte M 
mbmo, en la latitud de 26^ 53\ Tales montes se hattaa 
algo internados y muy próximos uno a otro; hácense 
ttotar por la forma ilingular de su elevación, pues se 
parecen mucho a un horno de vidrio, por lo cual les di 
el nombre de Glass Houses; el más septentrional de los 
fres es el más alto y ancho; otros montes picudos se 
levai^jm más al interior y ai N.; pero no son tan nota*- 
bles, ni con mucho. A mediodía nuestra latitud, por 
observación» fué de 26^ 28* S., resultando que nos has- 
tiábamos diez millas más al N« de lo que daba la conie'^ 
dera, circunstancia que por primera vez se nos presen" 
taba en esta costa; la longitud era de 206** 46'* A esá 
miraia hora estuvimos entre dos y tres leguas de tieira 
y con veinticuatro brazas de agua. Un cerro bajo y tñ" 
dondo que constituía el cabo sur de una bahía arenosa 
marcaba N. 62^ O. a tres leguas» y la punta dé %ierrm 
más septentrional que veíamos, N. 22''3 E. En tal día 
vimos humo en varios puntos, alguno de los cuales se 
hallaba muy tierra adentro. 

Los sondeos que hicimos en nuestra ruta a lo largo 
de la costa y a dos leguas de ella acusaron de veinticua- 
tro a treinta y dos brazas con fondo arenoso. A las seis 
de la tarde la punta más septentrional de tierra marcaba 
N. 22%5 O. a cuatro leguas; a las diez, NO. 0. 45^ O., 
y como no divisábamos tierra al norte de ella nos pii' 
simos a la capa, un tanto perplejos acerca del derrote- 
ro que habíamos de tomar. 



254 J A M E S C o o K UB» Uf 

Viernes 18. 

A las dos de la mañana» sin embargo, nos hicimos a 
la vela con viento SO., y al amanecer vimos extender* 
se la tierra en dirección N. 66^,5 E. con relación a la 
punta que marcara la noche antes SO. a tres o cuatro 
lesfuas. Se halla en la latitud de 2y 58' y en la longfi- 
tud de 206^ 48' O.; la tierra que se extiende por la 
parte de adentro de la punta es de altura moderada y 
uniforme; pero la punta propiamente dicha es tan des- 
ig^al, que parece formar dos pequeñas islas yacentes 
junto a la tierra, por cuya razón le di el nombre de 
Punta Double Island (Isla Doble); puede reconocerse 
también por los blancos acantilados de su parte norte» 
Allí la tierra se extiende hacia NO. y forma una ancha 
y abierta bahía, cuyo fondo es tan bajo y llano que 
apenas si podía descubrirse en él la tierra desde cu- 
bierta. Al cruzar la bahía el calado fué de veintidós a 
treinta brazas con fondo de arena blanca. A medios- 
día estuvimos a tres lesfuas de tierra, en la latitud 
de 25"^ 34' S. y en la longitud de 206^ 45' O.; la Punta 
Double Island marcaba S. 22^,5 O., y la tierra más sep- 
tentrional que veíamos, N. 22'',5 E. Esta parte de la 
costa, que es de altura moderada, se presentaba más 
estéril que todas las que habíamos visto y más arenoso 
el tefreno. Con nuestros anteojos pudimos descubrir 
que las arenas, que se extienden en grandes mancho- 
nes de muchos acres, eran movedizas, y que algunas no 
llevaban mucho tiempo en el lugar en que se hallaban, 
porque vimos en varios puntos árboles medio enterra- 
dos cuyas puntas aun estaban verdes, en tanto que 
otros mostraban sus troncos desnudos, denotando lle- 
var rodeados por la arena bastante tiempo para haber 
llegado a secarse. En otros parajes las selvas parecían 
ser formadas por bajas malezas, y no vimos señales de 
habitación. Dos culebras de agua nadaron junto al bar- 
co; mostraban bonitas manchas y eran por todos con- 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 255 

ceptos semejantes a las de tierra, con la diferencia de 
que sus colas eran anchas y planas, como para servir- 
les para la natación, en vez de aletas. En la mañana de 
este dia la declinación fué de 8^ 20* E., y por la tarde, 
de 8^ 36*. Durante la noche continuamos hacia el N. 
con ligera brisa de tierra, manteniéndonos a dos o tres 
lejfuas de la costa y con un calado de veintitrés a veini* 
tisiete brazas y buen fondo de arena. 

Sábado 19. — Domingo 20. — Lune$l2J. 

£1 19 a mediodía estuvimos a cuatro millas de tie- 
rra, con sólo trece brazas. Nuestra latitud fué de 25^ 4\ 

V la tierra más meridional que divisábamos marcaba 
N. 21^ O. a ocho millas. A la una, hallándonos aún a 
cuatro millas de tierra, pero con diez y siete brazas de 
agua, doblamos un promontorio redondo y negruzco, 
o una punta de tierra, sobre la que estaban reunidos 
muchos indígenas, y a la cual di por esto el nombre de 
Promontorio ludían; se halla en la latitud de 25^ 3'. A 
cosa de cuatro millas, y al NO. del promontorio, hay 
otro muy parecido, desde el cual se extiende la tierra 
algo más hacia el O.; cerca del mar es baja y arenosa, 

V tras ella nada se veía, ni siquiera desde el palo mayor* 
No lejos del Promontorio Indian vimos más indígenas, 
y en las inmediaciones de la costa, hogueras por 'la 
noche y humaredas por el día. Seguimos al N. durante 
toda la noche, conservándonos a una distancia de la 
costa comprendida entre cuatro millas y cuatro leguas, 
y con diez y siete y treinta y cuatro brazas de calado. 
Al romper el día la tierra más septentrional marcaba 
OSO. y parecía terminar en una punta, desde la cual 
vimos que se extendía un rompiente hacia el N. hasta 
más allá del alcance de la vista. Después de haber ce- 
ñido el viento hacia el O. antes de clarear, prosegui- 
mos nuestra ruta hasta que vimos la sirte a estribor. 
Bordeámosla con rumbo NO. primero y NE. después, 
pasando a una o dos millas de ella y sondando de siete 



2S6 JAMfiS COOK UB. Itt 

a trece brazas con buen fondo de arena. A medioAa 
nuestra latitud» por observación^ fué de 20*" 26\ lo qua 
acusaba trece millas más al N. de lo que marcaba h 
corredera; la extremidad del rompiente nos pareció 
marcar NO., y la punta de tierra de la que partía, 
S. 66^,5 O. a veinte millas de nosotros. Llamé a esta 
punta Cabo Sandy (Arenoso) por los dos grandes maa« 
chones de arena blanca que en ella se veían. Tiene al* 
tura suficiente para que se la divise desde una distan- 
cia de doce leguas en tiempo claroi y se halla en la 
latitud de 24° 45' y en la longitud de 206° 51'; la tie- 
rra se extiende desde ella ai SO. hasta perderse de 
vista. 

Continuamos bordeando la parte oriental de la sirte 
hasta las dos de la tarde, en que, juzgando que habría 
bastante calado para que el barco pudiera pasar, envié 
por delante a un bote para que sondara, y en cuanto 
desde él se nos dio la señal de que había más de cinco 
brazas, Ceñimos el viento y doblamos la cola del rom* 
píente con seis brazas. Nuestra latitud fué entonces de 
24° 22', y Cabo Sandy marcó S. 45° E. a ocho leguas; 
pero la dirección del rompiente es NNO. y SSE. casi 
exactamente. Es digno de notarse que cuando el navia 
«e hallaba a seis brazas, el bote, que apenas si distaba 
de nosotros un cuarto de milla al S., tenía poco más de 
cinco, y que inmediatamente deapués de que la sonda 
acusara seis brazas tuvimos trece y luego veinte, no 
obstante haberse apresurado el hombre a echar el plo^ 
mo; por estos datos conjeturamos que el bajo debía de 
ser muy abrupto en su parte oeste. Llamé a este rom* 
píente Barra Break Sea (Tajamar), porque después de 
doblarla tuvimos mar tranquila y en su parte sur fuerte 
marejada del SE» A las seis de la tarde la tierra de 
Cabo Sandy se extendía del S» 17° E. al S. 27° E. en una 
distancia de ocho leguas; nuestro calado fué de veinti- 
trés brazas, y con los mismos sondeos proseguimos 
hacia el O. toda la noche. A las siete de k mañana 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEI>OR DEL MUNDO 257 

vimos desde el mayor que ia tierra de Cabo Sandy 
marcaba SE. 45^ E. a trece legfuas; a las nueve descu- 
brimos tierra por el O., y poco después vimos humo 
en varios puntos. Nuestro calado había descendido a 
diez y siete brazas, y a mediodía sólo teníamos trece» 
no obstante hallarnos a siete legfuas de la tierra, que se 
extendía por NO. y ONO. Nuestra latitud fué enton- 
ces de 24^ 28' S. Desde unos cuantos días atrás había- 
mos visto unas aves marinas llamadas bubias, que no 
habíamos encontrado hasta entonces; durante la última 
noche una pequeña bandada había cruzado sobre el 
barco con dirección NO., y por la mañana, desde media 
hora antes de salir el Sol y hasta una hora después, no 
cesaron de cruzar bandadas, procedentes del NNO., y 
que volaban hacia el SSE., sin que se viera a ningfuna 
seguir otra dirección;^sto nos hizo presumir hubiera 
un lago, río o brazo poco profundo en el fondo de la 
larga bahía que se hallaba al sur de nosotros, adonde 
aquellas aves debían de dirigirse en busca de alimento 
por el día, y que hacia el N., y a distancia no muy 
considerable, debía de haber algunas islas a las que 
fueran a cobijarse por la noche. A esta bahía le di el 
nombre de Bahía Hervey, en honor del capitán Hervey. 
Por la tarde navegamos hacia tierra con rumbo SO., a 
favor de una brisa del SE., hasta las cuatro, en que, 
hallándonos en la latitud de 24"* 36', a dos leguas de 
tierra y con nueve brazas, viramos y seguimos bordean- 
do la costa, que llevaba dirección NO. O., pudiendo 
cerciorarnos al mismo tiempo de que la tierra aun se 
extendía al SSE. en una distancia de ocho leguas. 
Cerca del mar la tierra es muy baja; pero hacia el in- 
terior se alza en elevados montes, todos cubiertos de 
selvas frondosas. 

Mientras estuvimos bordeando la costa, los son- 
deos acusaron de siete a nueve brazas, y al hallar seis 
en uno de los sondeos, nos decidimos a anclar para 
pasar la noche. 

jAMis cooKi ramn víais. — t. ii 17 



258 JAMES COOK LIB. III 

Martes 22. 

A taa seis de la mañana levamos anclas y nos hictnos a 
la vela con buena brisa del S., con rumbo NO. 22^5 O.» 
navegfando hacia tierra hasta Hegfar a dos millas de etta 
y sondtf de siete a ocho brazas; entonces nos dirigi- 
mos al NNO.y que era la dirección que llevaba la tie- 
rra^ y a mediodfai nuestra latitud fué de 24^ 19". Prose- 
guimos esta ruta a la misma distancia de tierra, con ca- 
lados variables de siete a doce brazas, hasta las cinco 
de la tarde, en que nos hallamos frente a la punta svr 
de una ancha bahía, en la que tuve propósito de anclar. 
Durante esta marcha descubrimos con nuestros ante- 
ojos que la tierra se hallaba cubierta de cocoteros, ár- 
boles que no habíamos visto desde que dejáramos las 
islas del Trópico. Vimos también a dos hombres cami- 
nando por la costa, que no se dignaron fijar en nos- 
otros su atención. Por la tarde, habiendo ceñido el 
viento y hecho dos o tres bordadas, anclamos a eso de 
las ocho en cinco brazas con buen fondo de arena. L|a 
punta sur de la bahía marcaba E. 66^,5 S. a dos millas, 
y la 'punta norte, NO. 22%5 N. y a la misma distancia 
próximamente. 

Miércoles 23, 

Por la mañana temprano fui a tierra con unos cuan- 
tos hombres para reconocer el país, acompañado de 
Mr. Banks, el Dr. Solander, otros caballeros y de Tu- 
pia; el viento soplaba fuerte, y era tan frío que, hallán- 
donos a cierta distancia de la orilla, requerimos nues- 
tros capotes como equipo necesario para el viaje. 
Desembarcamos en la parte interior de la punta sur de 
la bahía, donde encontramos un canal que daba acceso 
a un extenso lago. Procedí a reconocer este canal, y 
hallé tres brazas de agua, después de haber recorrido 
una milla; al llegar a este punto encontramos un bajo 
sobre el que había poco más de una braza; mas pasa- 



€AP% II PRIMER VIAJE A(.REDEDOR PEL MUNDO 259 

moa sobre él y tuvimos de nuevo tres brazas, h^ entra- 
dsk de este canal sp abre junto a la punta sur de ía 
babii^ y tanto su oiarjf^n oriental como U occide^ital 
^e hallan constituida^ por un gmn banco de arepa; tie- 
ne un cuarto de milla de ancbívra y se extiende en di- 
rección SO. En este lugar hay espacio para que pue- 
dan fondear en sejfurídad aí^funos barcos y hay un 
pequeño arroyo de agua dulce. Quise bogar al interior 
d^l liago, pero me lo impidieron los bajos. Encontramos 
varios barrancos y charcas de agua salada, sobce las 
cudlesy asi como en las orillas del lago, se produce el 
verdadero mangle (1) tal como se ve en las Indias Oc- 
cidentales, y que era el primero de tal especie que 
habíamos encontrado. En las ramas de estos mangles 
había mudios nidos de una curiosa espepie de hormi- 
gas, que eran verdes como la hierba; cuando las ramas 
se sacudían salían en gran número y castigaban al ofen- 
sor con un mordisco mucho más doloroso que el que 
sus congéneres ñosi habían producido siempre. Sobre 
aquellos mangles vimos también pequeñas orugas en 
gran abundancia; sus cuerpos eran espesamente vello- 
sos, y estaban colocadas sobre las hojas unas junto a 
otras, como soldados en fíla, formando ringleras de 
veinte o treinta; cuando las tocamos advertimos que 
los apéndices capilares de sus cuerpos eran como agu- 
jas, y nos produjeron un dolor más agudo, aunque me- 
nos duradero. El país es aquí mucho peor que el que 
circunda la Bahía Botany: el terreno es seco y areno- 
so; pero las laderas de los montes están cubiertas de 
árboles, que crecen separados sin que haya maleza 
entre unos y otros. Encontramos aquí el árbol que pro- 
duce una goma parecida al sanguis draconis; pero es 



(1) El mangle a que aqui Cook se refiere puede ser la especie 
Rhizophora mangle, si acaso no ha confundido con ella a otras 
australianas, tales como la Bruguiera rheedü o la Heretiera Utiora- 
ü$, (Nota de la ecUdón españoui,) 



260 JAMES COOK LIB. III 

algo diferente del de la misma especie que hablamos 
visto antes, porque las hojas son muy larjfas y cueisfan 
como las del sauce llorón. Encontramos también en 
ellos mucha menos goma, lo cual viene a contradecir 
la opinión de que cuanto más cálido es el clima mayor 
es la exudación de resina. En una planta que produce 
resina amarilla observamos que ésta se exudaba en me- 
nor proporción que la de la especie correspondiente 
en la Bahia Botany. Entre los bajos y los bancos de 
arena vimos muchas grandes aves, algunas de las mis* 
mas especies que viéramos en Bahia Botany, mucho 
mayores que cisnes, y que supusimos fueran pelicanos; 
pero eran tan tímidas que nunca pudimos tenerlas al 
alcance de nuestras armas. En la tierra vimos una es- 
pecie de avutardas, de las que matamos una; era ma- 
yor que un pavo y pesó diez y siete libras y media. To- 
aos convinimos en que era la mejor ave que habíamos 
comido desde nuestra salida de Inglaterra, y en su ho- 
nor llamamos a este brazo de mar Bahía Bustard (Avu- 
tarda); se halla en la latitud de 24** 4* y en la longitud 
de 208^ 18\ El mar parecía abundar en pescado; mas 
tuvimos la mala fortuna de que se nos hiciera pedazos 
la red la primera vez que la tendimos; sobre los ban- 
cos de légamo y bajo los manglares hallamos innume- 
rables ostras de varías especies, entre ellas el martillo, 
y una gran cantidad de pequeñas madreperlas; si en 
aguas más profundas existe igual proporción de tales 
ostras en pleno desarrollo, podría establecerse aquí 
una pesquería de perlas con gran provecho. 

La gente que quedó a bordo dijo que mientras es- 
tuvimos nosotros en los bosques habían bajado por la 
parte en que estaba el navio unos veinte indígenas, 
que luego de haberle contemplado desaparecieron; 
pero los que estuvimos en tierra, aunque divisamos hu- 
maredas en varios sitios, no vimos gente; el humo se 
levantaba en puntos excesivamente lejanos para que 
nos fuera posible llegar a ellos por tierra; sólo perci- 



CAP. II PRIMER VIAJB ALREDEDOR DEL MUNDO 261 

bimos uno más cercano, y hacia él nos diris^mos. En- 
contramos diez pequeñas hogueras aun con llama, a 
pocos pasos una de otra; pero la gente se habia mar- 
chado; vimos por allí varias vasijas de corteza, que su- 
pusimos habrían contenido agua, y algunas conchas y 
espinas, que debían de ser los restos de una comida 
reciente. Vimos también en el suelo varios trozos de 
corteza blanda de una longitud y anchura comparables 
a las de un hombre, que imaginamos pudieran ser sus 
lechos, y a barlovento de las hogueras, un pequeño 
sombrajo de pie y medio de altura y del mismo mate- 
rial. Todo ello hallábase entre un espeso grupo de ár- 
boles, que proporcionaba buen abrigo contra el viento. 
El lugar parecía muy hollado, y como no vimos ningu- 
na casa ni restos de ellas, nos inclinamos a creer que 
asi como estas mentes carecen de vestidos no tienen 
tampoco vivienda, y que pasan las noches a la intem- 
perie, como los demás habitantes de la naturaleza: el 
mismo Tupia, con aire de superioridad y compasión, 
movió la cabeza y dijo que eran iaata enos, «pobres 
desgraciados». Medí la altura vertical de la última ma- 
rea, y acusó ocho pies sobre la marca del reflujo, y por 
la hora de la bajamar de aquel día deduje que la 
pleamar debía ocurrir en los plenilunios y cambios a 
las ocho. 

Jueves 24. 

A las cuatro de la mañana levamos anclas, y con 
suave brisa del S. nos apartamos de la bahía. Al zar- 
par, nuestros sondeos acusaron de cinco a diez y siete 
brazas, y al clarear, que fué cuando tuvimos mayor ca- 
lado, frente al extremo septentrional de la bahía des*" 
cubrimos unos rompientes que se extendían desde di- 
cho cabo hacia el mar en dirección NNE. y en una lon- 
gitud de dos o tres millas, a cuya extremidad se veía 
una roca apenas emergida. Mientras pasamos estas ro- 
cas a la distancia de media milla tuvimos de quince a 



262 JAMES C o o K LIB. fll 

veitite brázasi y no bien las doblamos nos corregfiíñbs 
tomando ti rumbo de la costa ONO. y en demandare 
la tierra mis lejana que divisábamos. A mediodía ntiés- 
tra latitud, por observación, fué de 23^ 52' S.; {a piarte 
norte de la Babia Bustard marcüba S. 62^ E. á diez ém- 
HáSi y la tierra mas septentrional que se V^ía, N. 60^ O;; 
la longitud era de 208^ 37', y la distancia que nos sejf>á- 
raba de la tierra más próxima, seis millas, hallándótios 
en catorce brazas de agua. 

Viernes 25. 

Hasta iaS cinco de la tarde reinó lá calma; pero des- 
pués nos dirigimos bordeando la tierra á favor de Hi» 
viento NO. hasta las diez de la noche, en que nos pu- 
simos a la capa, habiendo tenido durante todo el tra- 
yecto de catorce a quince brazas. Desplegamos las ve- 
las a las cinco de Isc mañana, y al romper él diá 4a fie- 
rra más septentrional marcaba N. 70^ O. Poco después 
vimos más tierra, que parecía un c6n|unto de islas, y 
que marcaba NO. N. A las nueve pasamos una "pftinta 
a una tñilla de distancia, con cattece brazas. Esta pot^a 
resultó hiAlárse justamente bajo el Trópico de CSápri- 
comio, y por esta razón la llamé Cabo Gapricomió; su 
longitud es de 208"* 58' O.; su altura es considerable, apa- 
rece blanca y estéril, y puede reconocerse por algunas 
islas que yacen al NO. y por algunas pequeñas rocas 
que se hallan a una legua de ella por el SE. AI oes- 
te del cabo parecía haber un lago, y sobremos dos 
bancos que formaban su entrada vimos un número in- 
creíble de grandes pájaros semejantes al pelicaitio. 
La tierra más septentrional que divisábamos marca- 
ba N. 24^ O. desde Cabo Capricornio y páredá ser una 
isla; pero la tierra firme se extendía por ON. 45"^ N«, qué 
fué la dirección que tomamos, teniendo dé síeis a Quin- 
ce y de seis a nueve brazas con áspero fondo de 
arena. A mediodía nuestra latitud, por observación, 
fué de 23^ 24' S.; Cabo Capricornio marcaba S. 60^ E. a 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 263 

dos legfuai) y um pequeña isla» NE., a dos millas; en 
esta ntuadóa tuvimos nueve brazas, hallándonos a cua- 
tro millas de tierrai la cual justo al mar es bqa y are- 
nosa, exceptuando las puntas, que son altas y rocosas. 
El terreno es montuoso bacía el interior, pero el pano- 
rama dista mucho de ser agradable. Seguimos nave- 
gando hacia el NO. hasta las cuatro de la tarde, en que 
sobrevino la calma, y poco después anclamos con doce 
bracas, teniendo en tornó nuestro la tierra fírme y las 
islas y marcando Cabo Capricornio S. 54*" E. a cuatro 
leguas. Por la noche observamos que la marea subía y 
bajaba cerca de siete pies, y que el flujo corría hacia 
el O. y el reflujo hacia el E., lo cual es contrario a lo 
que habíamos observado cuando estuviéramos ancla- 
dos al este de la Bahía Bustard. 

Sábado 26. 

A las seis de la mañana levamos anclas con suave 
brisa del S. y navegamos hacia el NO. entre la corrida 
de islas más exterior y la tierra firme, dejando varias 
islas pequeñas entre la tierra y el navio, junto a las cua- 
les pasamos; como los sondeos fuesen irregulares, de 
cuatro a doce brazas, envié al bote por delante para 
sondar. A mediodía estuvimos a tres millas de tierra y 
a la misma distancia próximamente de las islas que nos 
separaban del mar; nuestra latitud, por observación^ 
fué de 23^ T S. La tierra firme por esta parte es elevada 
y montañosa; las islas que la flanquean son también 
altas en su mayoría y de reducido circuito, ofreciendo 
la apariencia de ser más estériles que feraces. A tal 
hora vimos humo en varios puntos muy distantes hacia 
el interior, y esto nos hizo conjeturar que debía de 
haber un lago, río o brazo que se internara en el país; 
tanto más, cuanto que habíamos pasado por dos luga- 
res que presentaban un aspecto semejante; pero núes** 
tro calado era demasiado escaso para aventuramos a 
penetrar donde era probable que encontrásemos me- 



264 JAMES COOK UB. III 

nos* No habíamos avanzado hacia el N. una hora cuan- 
do nos encontramos con tres brazas; anclé en vista de 
ellOf y mandé al contramaestre sondar el canal que se 
extendía a sotavento, entre la tierra firme y la isla más 
septentrional; parecía ser bastante ancho, pero sospe- 
ché que sería poco profundo, cosa que la realidad me 
confirmó, pues el contramaestre me participó a su re- 
ceso que en muchos puntos sólo había tenido dos bra- 
zas y media, y allí donde habíamos anclado no había 
más que diez y seis pies, o sea dos sobre el calado del 
barco. Mientras que sondaba el canal el contramaestre, 
Mr. Banks trató de pescar con sedal y anzuelo desde 
las ventanas de su camarote; el agua tenía poca pro- 
fundidad para que hubiera pescado; pero el fondo ha- 
llábase cubierto casi por completo de cangfrejos, que 
se apresuraron a hacer presa en el anzuelo, presa que 
agfarraron entre sus patas tan firmemente, que no la 
abandonaron hasta que estuvieron a bastante altura 
sobre el agua. Aquellos cangrejos pertenecían a dos 
especies que no habíamos visto hasta entonces: los de 
una de ellas veíanse adornados del más hermoso azul 
que puede imaginarse, y que correspondía al ultrama- 
rino, con el cual se hallaban teñidas sus garras y todas 
sus articulaciones y artejos, siendo el matiz de gran 
intensidad; la parte inferior de sus cuerpos era blanca 
y tan finamente pulida que recordaban exactamente, 
tanto por su brillo como por su color, el blanco de la 
antigua porcelana de China; los otros mostraban tam- 
bién en sus articulaciones la coloración ultramarina, 
pero algo más rebajada, y en el dorso tenían marcadas 
tres manchas pardas que ofrecían un aspecto singula- 
rísimo. La gente que había estado en el bote sondando 
refirió que en una isla sobre la cual habíamos visto dos 
hogueras habían ellos percibido a varios indígenas, que 
los habían llamado y mostrádose al parecer muy de- 
seosos de que desembarcaran. Por la tarde se corrió 
el viento al NE., con lo que tuvimos oportunidad para 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 265 

retroceder tres o cuatro millas en la ruta que llevaba- 
mos, después de lo cual cambió el viento al S., obli- 
jfándonos a anclar de nuevo en seis brazas. 

Domingo 27. 

A las cinco de la mañana envié al contramaestre 
para que buscara un paso entre las islas mientras que 
desplegfábamos el velamen, y no bien amaneció segfui- 
mos al bote, que nos hizo señal de haber hallado el 
paso. Tan pronto como nos vimos con calado bastante 
nos hicimos a la vela con rumbo N., siguiendo la costa, 
sondando de nueve a quince brazas y sin dejar de ha- 
llar pequeñas islas por la parte del mar. Al mediodía es- 
tuvimos a dos lesfuas de tierra y, por observación, en la 
latitud de 22^ 53* S. La punta de tierra más septentrio- 
nal que veíamos marcaba entonces NNO. a diez millas* 
Di a esta punta el nombre de Cabo Manifold (Múlti- 
ple) por el gran número de elevadas colinas que pare- 
cía haber sobre él; se halla en la latitud de 22** 43' S. y a 
unas diez y siete leguas de Cabo Capricornio en direc- 
ción N. 26° O. Entre estos dos cabos forma la costa 
un amplio golfo, al que llamé Golfo Keppel, y también 
designé á las islas con el nombre de Islas de Keppel. 
En este golfo hay buen anclaje, pero no sé los aprovi- 
sionamientos que puede proporcionar; no cogimos pes- 
cado a pesar de haber estado fondeados, pero es pro- 
bable que haya agua dulce en varios puntos, porque 
tanto las islas como la tierra firme están habitadas. 
.Vimos humo y hogueras sobre ésta y gente sobre las 
islas. A las tres de la tarde doblamos Cabo Manifold, 
desde el cual se extiende la tierra al NNO. La tierra 
del cabo es alta y compónese de montañas que se ele- 
van bruscamente sobre el mar. Puede reconocerse por 
tres islas que yacen a su altura, una de las cuales está 
muy próxima a la costa y ocho millas mar afuera las 
otras dos. Una de estas islas es baja y llana y redondas 
y altas las otras. A las seis de la tarde nos pusimos a 



266 JAME$ COOK LIB. III 

la capa, marcando NO. la tierra más septentrional que 
se hallaba a la vista y N. 31^ O. varías islas que se 
hallan a su altura. Nuestros sondeos después de las 
doce acusaron de veinte a veinticinco brazas, y a horas 
más avanzadas de la noche, de treinta a treinta y cuatro. 

Lunes 28. 

Al amanecer nos hicimos a la vela cuando marcaba 
Cabo Manifold SE. a ocho lejfuas y el mismo rumbo a 
cuatro millas las islas cuya posición había yo fijado la 
noche antes. 

La punta más lejana que se veía de la tierra firme 
marcaba N. ñT" O. a veintidós millas; pero pudimos 
divisar varías más al norte de esta db'ección. A las nue- 
ve de la mañana estuvimos freitte a la punta que yo 
llamé Cabo Town^end. Se halla en la latitud de 22^ 15*, 
en la lonjfitud de 209"* 43*; la tierra es alta y llana y al 
parecer más desnuda que selvática. Cinco millas hacia 
fuera de esta punta, y en dirección norte, hay varias 
islas; tres o cuatro leguas al SE. forma la tierra una 
bahía a cuyo fondo parecía haber un brazo o ensenada. 
Al oeste del cabo la tierra se extiende al SO. 45'' S. 
y forma allí una ancha bahía que se vuelve hacia él H. 
y que probablemente comunica con él brazo, haciendo 
una isla de la tierra del Cabo. Tan pronto como rodea- 
m.os este cabo ceñimos el viento al O. con objeto de 
pasar entre las islas que yacen desparramadas por la 
bahía en gran número, y que se extienden por el mar 
más allá de lo que la vista alcanza, aun desde el pallo 
mayor; estas islas son de altura y circuito varíadísimos; 
tanto, que a pesar de ser numerosas no hay dos ijfua- 
les. No habíamos avanzado mucho a favor del viento 
cuando disminuyó el calado y nos vimos oblisfadós a 
virar para sortearlo. Luego de enviar un bote por de- 
lante viré al ON. dejando muchas islas, rocas y sirtes 
entre nosotros y la tierra firme y otras muchas más ex- 
tensas por la parte de afuera; nuestros sondeos ha^ta 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 267 

cerca de mediodía acusaron de catorce a diez y siete 
hratas y laego el bote hizo la señal de haber tocado 
un banco. Ceñí entonces el viento hacia el E.; pero 
de repente i)Os vimos en tres brazas y media; echamos 
tin ancla inmediatamente, con lo que el navio se puso 
a la capa con las velas desplegadas. Cuando esto se 
hizo teníamos cuatro brazas coii fondo áspero de arena» 
y percibimos una fuerte corriente de marea diríg[ida 
al NO. 45^ O,, que tenía una velocidad de tres millas 
por hora y por la cual nos habíamos visto arrastrados 
sobre el banco. Nuestra latitud, por observación, fué 
de 22^ 8' S.; Cabo Townshend marcaba E. 16^ S. a tre* 
ce millas, y la tierra más occidental que veíamos, 
O. 22^,5 N. En estos momentos nos rodeaba ^an nú* 
mero de islas. 

Por la tarde, habiendo sondado alrededor del barco 
y comprobado que había calado suficiente para nave- 
gar sobre el bajo, levamos el ancla, y a eso de las tres 
nos hicimos a la vela, dirigfiéndonos al O. bordeando 
la tierra, no sin haber enviado un bote para que fuera 
sdiídatido por delante. A las seis de la tarde anclamos 
en diez brazas con fondo de arena, a dos millas de 
tierra, la parte más occidental de la cual marcaba ONO., 
y uñ sfrupo de numerosas islas que yacían a bastante 
distancia de nosotros, mar afuera aún, se hallaba a la 
vista. 

Martes 29. 

A las cinco de la mañana siguiente envié al contra- 
maestre con dos botes para sondar la entrada de una 
ría que teníamos al O. a una legua, y en la cual me 
proponía entrar con el barco para esperar unos cuan- 
tos días a que aumentase la Luna, en tanto que reco- 
nocía el país. Tan pronto como se pudieron desplegar 
lais velas nos hicieron los botes señal de que haofa 
anclaje, en vista de lo cual nos dirigimos hacia él bra- 
zo y anclamos en cinco brazas a una legua de la entra- 



268 JAMES COOK LIB. III 

da del mismOi que por la fuerza que se observaba en 
el flujo y el reflujo juzgué fuera un rio que se internaba 
en el país a una gran distancia. Ocurrióseme varar el 
barco en este lugar para limpiar su fondo; desembar- 
qué, pues, con el contramaestre para buscar un sitio 
adecuado, viniendo con nosotros Mr. Banks y el Dr* So- 
lander. La marcha se nos hizo sumamente molesta por- 
que el terreno se hallaba cubierto de una especie de 
hierba cuyas semillas eran muy agudas y estaban bal- 
deadas hacia atrás, de manera que cuando penetraban 
en nuestra ropa, cosa que ocurría a cada paso, nos lle- 
gaban a la carne; al mismo tiempo nos vimos envuel- 
tos en una nube de mosquitos, que no cesaban de 
atormentarnos con sus aguijones. Pronto hallamos va- 
rios parajes en los que el barco podía ser varado; pero, 
con gran contrariedad nuestra, no pudimos encontrar 
agua dulce. Continuamos, sin embargo, recorriendo el 
país, y vimos árboles resinosos como los que ya había- 
mos encontrado antes, y en los que también observa- 
mos que exudaban una pequeña cantidad de resina. 
En las ramas de éstos y en las de otros hallamos hoz^ 
migueros fabricados con caliza que tenían el tamaño 
de un bushel (1) y que se asemejan a los que se des- 
criben en la Historia Natural de Jamaica, de sir Hans 
Sloan, volumen 11, página 221, lámina 238; pero no son 
tan acabados y perfectos. Las hormigas que habitaban 
estos nidos eran muy pequeñas, y sus cuerpos, blan- 
cos. Pero en otras especies del árbol encontramos una 
pequeña hormiga negra que perforaba todoá los tallos, 
y después de extraer la medula, ocupaba el espacio que 
quedaba vacío; sin embargo, todas aquellas partes de 
la planta en que estos insectos habían formado* su vi- 
vienda, y en las que habitaban en número sorprenden- 
te, echaban hojas y flores y aparecían tan lozanas 
como las que no habían sido atacadas. Encontramos 



(1) El bushel equivale a 36385 litros. (N. del T.) 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 269 

también un número increíble de mariposas; tanto» que 
en el espacio de tres o cuatro acres el aire estaba de 
tal modo invadido por ellas» que se veían millones en 
todas direcciones, en tanto que sobre las ramas de los 
árboles había otras muchas que permanecían eh repo- 
so. Hallamos también un pez pequeño de especie sin- 
gular: era poco más o menos del tamaño de un pez 
fluvial y tenía, dos fuertes aletas en el pecho; le halla- 
mos en lugares completamente secos» donde supusi- 
mos que habría sido dejado por la marea; pero no pa- 
recía haber languidecido por la falta de agua» pues al 
acercamos dio un salto valiéndose de las aletas del 
pecho» mostrando tanta agilidad como una rana; y tam- 
poco manifestaba preferir el agua a la tierra» porque 
, cuando le encontramos en el agua» le vimos con fre- 
cuencia saltar y caminar por terreno seco; también 
observamos que en aquellos lugares en que sobresa- 
lían del agua los guijarros a poca distancia uno de otro 
prefería saltar de una a otra piedra a pasar por el agua» 
y vimos a varios de ellos transponer de esta manera la 
distancia que separaba los montones de légamo hasta 
que llegaban a terreno firme» por el cual se alejaban 
saltando (1). 

Por la tarde reanudamos nuestra busca del agua 
dulce» pero sin éxito» y en vista de ello» resolví hacer 
mi estancia aquí lo más corta posible; habiendo obser- 
vado» sin embargo» desde una eminencia que el brazo 
de mar penetraba bastante en el país» resolví seguirlo 
a la mañana siguiente. 

Miércoles 30. 

Al amanecer fuimos a tierra» y subiendo a una ele- 
vada montaña tomé una vista de la costa y de las islas 
que la flanquean» así como sus situaciones» habiendo 



(1) El pez a que aqui se refiere Cook es, probablemente» el 
CmitoduM Forsteri. (Nota de la edición española.) 



270 JAMES COOK LIR. m 

llevado conmigo para este objeto una brájuJUL acinuí^); 
pero observé que la aguja variaba hasta 30^ a veces en 
su posición, y una vez encontré que diferia nada menos 
que dos puntos en una distancia de catorce pies. Tomé 
«Jgunas de las piedras sueltas que habia en el suelo y 
las apliqué sobre la aguja, pero no produjeron efecto. 
En vista de esto formé la opinión de que habia mine- 
ral de hierro en las montañas, mineral del que ya ad- 
virtiera indicaciones tanto aqui como en otros parajes 
cercanos. Despu^ de hacer mis observaciones en el 
monte seguí remontando la ria con el Dr. Solander; 

Earti al principio del flujo, y mucho antes de la pleiamar 
abia avanzado ocho leguas aguas arriba. Su anchura 
en este punto era de dos a cinco millas en dirección 
SO. S.; pero más allá se ensanchaba en todas direccio- 
nes y formaba un gran lago, que por el NQ. comunica- 
ba con el mar; y no sólo vi el mar en esta dirección, si^o 
(pie observé que la marea ascendente penetraba cqn 
fuerza en aquella dirección; vi también que un brazo 
de este lago se extendía hacia el E., y no es improba- 
ble que tenga comunicación con el mar por el foDdo 
de la bahía que se halla al oeste de Cabo Townshend. 
En la ribera sur de este lago hay una cadena de altas 
colinas, a la que hubiera deseado subir; pero conio es- 
tábamos ya en la pleamar y el día acababa, temí verme 
comprometido entre los bajos por la noche; taato más, 
cuanto que el tiempo era obscuro y lluvioso; y en vista 
de esto me dirigí hacia el navio lo más rápidamente 
que pude. En esta excursión sólo vi a dos indígenas, y 
esto, a distancia; ellos siguieron al bote por la orilla 
un buen trecho; pero como la marea venía con fuerza 
en mi favor no consideré prudente esperarlos; vi, sin 
embargo, varias hogueras por una parte y humo por 
otra, pero también a distancia. Mientras que yo reco- 
rría el brazo con el Dr. Solander, Mr. Banks trataba de 
penetrar en el país, hacia donde se dirigían también 
algunos de los nuestros que habían tenido licencia para 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 271 

ir a tierra. Mister Banks y su partida bailaron su cami- 
no interrumpido por un pantano» cubierto de mangta* 
res» no obstante lo cual decidieron pasar; el tungo les 
llegfaba casi hasta las rodillas» a pesar de lo cual ellos 
aigfuieron resueltamente; pero antes de haber llegado a 
la mitad del camino se arrepintieron de su decisión: el 
fondo estaba lleno de ramas de árboles entrelazadas» 
que unas veces hacían presa en el calzado» otras deja* 
ban pasar los pies por los huecos que formaban» y otras 
los enredaban de Ul suerte que se vieron obligadoa a 
debatirse en el fango y ayudarse con sus manos. Al 
cabo de una hora lo cruzaron» sin embargo» y calcula'- 
ron que pudiera tener como un cuarto de milla. Des- 
pues de un corto paseo llegaron a un lugar en que se 
veían los restos de cuatro pequeñas hogueras y cerca 
de ellas algunas conchas y huesos de pescado que ha- 
bían sido tostados. Encontraron también montones de 
hierba colocados unos junto a otros» y en los que par 
rocían haber dormido^ cuatro o cinco hombres. El se- 
gundo teniente» Mr. Gore» que fué por otra parte» vio 
un poco de agua en el fondo de un hoyo» y cerca de 
él la pista de un animal de gran tamaño; viéronse algu- 
nas avutardas» pero no se pudieron matar» como nin- 
guna otra de las aves» con excepción de unas pocas y 
hermosas oropéndolas iguales a las que habíamos visto 
en Bahía Botany. Mister Gore y uno de los guardias 
marinas» que recorrieron diferentes lugares» dijeron ha- 
ber oído voces de los indios cerca de ellos» pero sin 
ver a ninguno; el país aparecía en general arenoso y 
estéril» y como no se halla dotado de agua dulce no 
puede suponerse que tenga habitantes sedentarios. Los 
profundos hoyos excavados por los torrentes de los 
montes prueban que en ciertas estaciones del año las 
lluvias deben ser aquí muy fuertes y copiosas. 

La ría en que el barco fondeó fué designada con 
el nombre de Sonda Thirsty (de la Sed) porque no 
nos proporcionó agua dulce. Se halla en la latitud 



272 JAMES COOK LIB. III 

de 22"^ 10' S., en la longfitud de 210"* 18' O., y puede 
aer reconocida por un Sfrupo de pequeñas islas sitúa* 
das junto a la costa, a una distancia de dos a cinco le- 
guas en dirección NO.» y por otro grupo que hay frente 
a la boca, tres o cuatro leguas mar afuera. Sobre cada 
una de las puntas que limitan la entrada hay un cerro 
elevado y redondo, que por el NO. forma una pen* 
ínsula, a la que rodea el agua en la pleamar; destácanse 
mucho sobre la costa, y la distancia que las separa viene 
a ser de dos millas. En esta ria hay buen anclaje en 
siete, seis, cinco y cuatro brazas, y hay también luga- 
res convenientes para varar un navio, en los cuales las 
mareas tienen una diferencia de altura de diez y siete 
a diez y ocho pies. La pleamar viene en los plenilunios 
y cambios a eso de las once. Ya he observado que 
aqui no hay agua dulce y que tampoco pude procurar- 
me ninguna otra clase de provisiones; vimos dos tor- 
tugas, pero no pudimos coger ninguna, ni nos fué 
posible pescar ni proporcionarnos volatería como no 
fueran unos pocos pajarillos de tierra; encontramos las 
mismas especies de aves marinas que en Bahía Botany, 
pero tan tímidas, que no pudimos tenerlas al alcance 
de las escopetas. 

Jueves 31. — Junio* — Viernes /. — Sábado 2. — 
Domingo 3. — Lunes 4. — Martes 5. 

Como nada me inducía a permanecer más tiempo en 
este lugar, mandé levar anclas a las seis de la mañana 
del jueves 31 de mayo, y me hice a la mar. Nos dirigi- 
mos hacia el NO. con fresca brisa del SSE., navegando 
por fuera de las islas que bordean la costa y al NO. de 
la Sonda Thirsty, pues parecía no haber paso seguro 
entre ellas y la tierra fírme; al mismo tiempo teníamos 
por la parte de fuera un gran número de islas que se 
extendían hasta perderse de vista; durante nuestra mar- 
cha en esta dirección el calado fué de ocho, nueve y 
diez brazas. Al mediodía la punta occidental de Sonda 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 273 

ThirstVy a la que llamé Pier Head, marcaba S. 36^ E. a 
cinco leguas; la punta oriental del otro brazo que co- 
munica con la Sonda, SO. a dos leguas; el grupo de 
blas, que, según acaba de decirse, se extendían entre 
nosotros y la punta, y la parte más lejana de tierra que 
se hallaba a la vista del otro lado del brazo, NO. Nues- 
tra latitud, por observación, fué de 21'' 53'. A las doce 
y media el bote que iba sondando por delante dio la se- 
ñal de un bajo, e inmediatamente ceñimos el viento 
hacia el NE. Entohces teníamos siete brazas; a poco, 
cinco, y en el próximo sondeo, tres, en vista de lo cual 
mandé echar el ancla al instante y puse el navio a la 
capa. Pier Head, la punta noroeste de Sonda Thirsty, 
marcaba SE. a seis leguas, y se halla a mitad de cami- 
no entre las islas cercanas a la punta oriental del brazo 
occidental y tres pequeñas islas que se hallan situadas 
más hacia fuera que ellas y en la misma dirección. 
Empezaba entonces a subir la marea, cuya dirección 
era NOO. 45'' O., y habiendo sondado por las inme- 
diaciones del banco, sobre el cual habíamos encontrado 
tres brazas, y hallado bastante profundidad alrededor, 
desplegamos velas, y luego de rodear las tres islas que 
acaban de mencionarse, anclamos a barlovento de ellas 
en quince brazas de4igua, y como el tiempo era obs- 
curo, cerrado y lluvioso, aJli permanecimos hasta las 
siete de la mañana. A dicha hora desplegamos velas de 
nuevo y nos dirigimos al NO. con fresca brisa del SSE., 
sin perder de vista la tierra firme ni dejar de ver islas 
en torno nuestro, algunas de las cuales se perdían en 
el horizonte. El brazo occidental. Sonda Broad (Ancha), 
estaba en aquel momento frente a nosotros; a su entrada 
tiene una anchura de nueve a diez leguas por delante y 
dentro de él hay varias islas, y probablemente escollos, 
porque nuestros sondeos fueron muy irregulares y va- 
riaron bruscamente de diez a cuatro brazas. A medio- 
día nuestra latitud, por observación, fué 2V 29' S.; una 
punta de tierra que forma la entrada noroeste de la 

JAMU OOOKI PKIMU VIAJI. — T. II 18 



274 JAMES COOK UB. III 

Sonda Broad,. y a la que he llamado Cabo Palmerston, 
que está situado en la latitud de 21^ 30' y en la longitud 
de 210"* 54' O.j marcaba ON. a tres lepruas. Nuestra laH- 
tud era 2V 27^ y nuestra long^itud, 2x0*^ 57*. Entre este 
cabo y Cabo Townshend se abre la bahia a la que he lla- 
mado Bahía Inlets (Brazos). Continuamos hacia el NO. 
¡r luego al NO. por N., que era la dirección que seguía 
a costa, con bastantes velas, llevando un bote por de- 
lante para sondar; al principio los sondeos fueron muy 
irregulares: de nueve a cuatro brazas; pero después se 
regularizaron, acusando de nueve a once. A las ocho 
de la noche, hallándonos a dos leguas de la tierra firme, 
anclamos en once brazas con fondo de arena, y poco 
después encontramos que la marea se dirigía en flujo 
hacia O. A la una fué la bajamar y a las dos y media 
el navio se dirigió al E., y continuó en esta dirección 
hasta las seis de la mañana, en que la marea había he- 
cho subir las aguas once pies. Entonces desplegamos 
velas y seguimos la costa en dirección NNO. Por lo 
que habíamos observado de la marea durante la noche, 
veníase a deducir que el flujo llegaba del NO., en tan- 
to que el del día anterior, así como el de varios días 
antes, había llegado del SE.; pero no era ésta la pri- 
mera vez, ni la segunda, que habíamos observado lo 
mismo. Al amanecer, la declinación fué de 6^ 45' E., y 
al navegar a lo largo de la costa entre la isla y la tierra, 
a dos leguas de ésta y a tres o cuatro de aquélla, nues- 
tros sondeos fueron regulares, de doce a nueve brazas 
pero a eso de las once de la mañana empezamos a 
navegar otra vez sobre escollos, encontrándonos de 
pronto con tres brazas; pero atravesamos la zona sin ne- 
cesidad de echar el ancla. A mediodía estuvimos a dos 
leguas de tierra y a cuatro de las islas exteriores. Nues- 
tra latitud, por observación, fué de 20^ 56*, y un elevado 
promontorio, al que llamé Cabo Hillsborough, marca- 
ba O. 45^ N. a siete millas. La tierra por aquí ofrece 
un panorama variado de montañas, colinas, llanuras y 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 275 

valles y se presenta bien cubierta de prados y bosques; 
las islas que se extienden paralelamente a la costa y a 
cinco y ocho millas de ella son de altura y extensión 
variadas; apenas se halla algfuna que teng^a más de cinco 
leguas de circunferencia, v muchas no llegfan a cuatro; 
además de esta cadena de islas, que se halla a cierta 
distancia de la costa, hay otras mucho más pequeñas, 
que se hallan situadas junto a ella, en muchos puntos 
de las cuales vimos humaredas. 

Continuamos bordeando la costa a una distancia de 
dos legfuas, con sondeos regulares de nueve a diez 
brazas. Al ponerse el Sol la punta más lejana de tierra 
marcaba N. 48'' O., y al norte de ésta veíase una eleva- 
da meseta, que tomé por una isla, y cuya punta nor- 
oeste marcaba 41^; pero, no estando seguro de que 
hubiera paso, anclé a las ocho de la noche, con diez 
brazas de agua con fondo cenagoso. A eso de las diez 
empezó la marea hacia el N., y a las dos había descen- 
dido el agua nueve pies; empezó a subir después, y el 
flujo vino del N., en la dirección de las islas más leja- 
nas de la costa, lo que constituye una indicación de 
que no habia paso por el NO. Esto, sin embargo, rio 
se comprobó hasta el amanecer, en que nos hicimos a 
la vela con viento NO. A las ocho de la mañana des- 
cubrimos una tierra baja por el espacio en que creía- 
mos habría una abertura, que resultó ser una bahía de 
cinco o seis leguas de longitud hacia el interior; ceñi- 
mos el viento hacia ella con dirección £., rodeando la 
punta norte de la bahía, que marcaba entonces NE. 
or N. a cuatro leguas; desde esta punta se extendía 
a tierra al NO. 45 O., y encontramos un estrecho o 
paso entre ella y una gran isla, o un grupo de islas 
paralelos. Como teníamos el reflujo en nuestro favor, 
nos dirigimos hacia este paso, y al mediodía e^stába- 
mos a la entrada; nuestra latitud, por observación, era 
de 20^ 26' S.; Cabo Hillsborough marcaba SE. a diez 
leguas, y la punta norte de la bahía, S. 19*^ O. a cuatro 



E 



276 J A M E S C o o K LIB. iir 

• 

millas. Esta punta, a la que llamé Cabo Conway, se 
halla en la latitud 26^ 36' S. y en la longitud 211^ 28' O., 
y la bahía situada entie este cabo y Cabo Hillsborough 
recibió el nombre de Bahia Repulse . El mayor calado 
que sondamos en ella fué de trece brazas, y el menor, 
de ocho. En todas partes se encontró allí anclaje segu- 
ro, y confio en que después de un reconocimiento de- 
tenido se puedan encontrar buenos puertos, especial- 
mente en la parte norte de Cabo Conway, porque 
precisamente hacia el interior de ese cabo hay dos o 
tres pequeñas islas que bastan por si solas para defen- 
der aquel flanco de la bahia de los vientos S. y SE.f. 
que parecen reinar como alisios. Entre las muchas islas 
que guarnecen esta costa hay una que se distingue de 
las dem^s; es de reducido circuito, muy alta, picuda, 
y se halla al E. por S. de Cabo Conway a diez millas de 
distancia, y al extremo sur del paso. Por la tarde cruza- 
mos el paso, que tenia de tres a siete millas de anchu- 
ra y de ocho a nueve leguas de longitud en dirección 
NO. 45^ O. y SE. 45** E. Está forma.do al O. por ia 
tierra fírme, y al E., por las islas, una de las cuales pre- 
senta en esta parte cinco leguas por lo menos de Ion* 
gitud. Nuestro calado en el curso del estrecho fué de 
veinte a veinticinco brazas, con buen anclaje por todas 
partes, y el paso, en general, puede considerarse como 
un puerto seguro, sin contar con las pequeñas bahías 
V abras que se encuentran a ambos lados, donde los 
barcos pueden fondear como en un estanque. La tie- 
rra, tanto la fírme como la de las islas, es elevada y 
está accidentada con montes y valles, bosques y pra* 
dos, que le dan grato verdor. En una de las islas divi* 
samos con nuestros anteojos a un hombre, a una mu- 
jer y una canoa con balancín, que parecía ser más 
grande y muy distinta de aquellas que habíamos vis* 
to; estaban construidas con trozos de corteza atados 
por sus extremos, y presumimos que las gentes de por 
aquí se hallaran más adelantadas que los habitantes de 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO . 277 

ias zonas que habíamos visitado. A las seis de la tarde 
casi doblábamos el extremo norte del paso; la punta 
NO. de la tierra firme que se hallaba a la vista marca- 
ba N. 54% y la extremidad norte de la isla, NNE.» des- 
cubriéndose entre ambas el mar abierto. Por haber 
descubierto este paso el día de Pentecostés le llamé 
Paso de Pentecostés, y a las islas que lo forman. Islas 
de Cumberland, en honor de Su Alteza Real el duque. 
Prosesfuimos con bastantes velas, sin dejar el plomo 
en toda la noche, conservándonos a tres leguas de la 
costa y con un calado de veintiuna a veintitrés brazas. 
Al amanecer pasamos frente a la punta que marca- 
ra NO. por la noche, y a la que llamé Cabo Gloucester. 
Es un alto promontorio, cuya latitud es de 19^ 59' S., 
siendo su longitud de 211** 49' O., y puede recono- 
cerse por una isla situada en alta mar al NO. 22^5 a 
cinco o seis leguas del mismo, y a la que llamé Isla 
Holborne. Hay también varias islas próximas a tierra 
entre la Isla Holborne y el paso de Pentecostés. Al 
oeste de Cabo Gloucester se extiende la tierra por SO. 
y SSO., formando una profunda bahía cuyo fondo ape- 
nas si pude divisar desde el mayor; es muy bajo y 
está en prolongación de la tierra deprimida que viéra- 
mos al fondo de Bahía Repulse. Llamé a esta bahía 
Bahía Edgecumbe; pero no me detuve a reconocerla 
continuamos nuestra ruta occidental en demanda de 
atierra más lejana que podíamos distinguir en esa di- 
rección, que marcaba O. por N. 45^ N. y parecía ser 
elevada. A mediodía estuvimos a tres leguas de tierra, 
en la latitud de 19^ 47' S., deducida por observación, y 
Cabo Gloucester marcaba S. 63^ E. a siete leguas y 
media. A las seis de la tarde doblamos la punta más 
occidental que acaba de mencionarse, a tres millas de 
distancia, y por levantarse bruscamente sobre las tie- 
rras bajas que la circundan la llamé Cabo Upstart (En- 
hiesto). Se halla en la latitud de 19"" 39' S., en la longitud 
de 212*' 32' O., catorce leguas al ONO. del Cabo Glou- 



i 



278 J A II E s c o o K UB. Ilt 

cesteri y es bastante alto para dejarse ver a doce len- 
guas de distancia; más tierra adentro hay algunas ele- 
vadas colinas o montañas, que, al igual del cabo, ofre- 
cen un panorama estéril. 

Después de doblar este cabo seguimos navegando 
al ONO.y que era la dirección de la tierra, con bastan- 
tes velas y con diez y diez y seis brazas hasta las dos 
de la madrugada, en que descendió el calado a siete; en 
vista de esto ceñimos el viento al N., creyéndonos muy 
cerca de tierra; al romper el día vimos confirmada 
nuestra creencia, pues nos hallábamos a poco más de 
dos leguas de ella. En esta parte de la costa, por ser 
la tierra muy baja, parece hallarse más lejana de lo que 
está en realidad, a pesar de ser accidentada y de pre* 
sentar un panorama variado, con cerros aquí y allá. A^ 
mediodía pasamos a cuatro leguas de tierra en quince 
brazas, y nuestra latitud, por observación, fué de 
19* 12' S., marcando Cabo Upstart S. 32** 30' E. a 
doce leguas. A esa hora se vieron algunas espesas hu- 
maredas sobre las tierras bajas. Al anochecer del día 
anterior, hallándonos frente al Cabo Upstart, la decli- 
nación había sido de 9^ E. próximamente, y al ama- 
necer de este día no fué más que de 5^ 35'; conjeturé 
en vista de esto que debía de haber sido influenciada 
la aguja por el mineral de hierro o por otra substancia 
magnética subterránea. | 

Miércoles 6, — Jueves 7. — Viernes 8. 

Seguimos hacia el ONO., que era la dirección de la 
costa, con un calado de doce a catorce brazas hasta 
el 6 a mediodía, en que nuestra latitud, por observa- 
ción, fué de 19"* 1' S., abriéndose ante nosotros una 
bahía que se extendía de S. 45^ E. a SO. 45*" S. en una 
longitud de dos leguas. Esta bahía, a la que llamé Ba* 
hía Cleveland, parecía tener cinco o seis millas de ex- 
tensión en todas direcciones; a la punta oriental la llamé 
Cabo Cleveland, y a la occidental, que tenia el aspecto 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 279 

de una isla. Isla Magfnética, por haber observado que 
no reg^a bien la brújula en sus inmediaciones; ambas 
son elevadas» así como la tierra fírme que limitan^ for- 
mando el conjunto la superficie más quebrada, rocosa 
y estéril de cuantas habíamos visto en la costa; no ca- 
recía, sin embargfo, de habitantes, porque vimos huma- 
redas en diversos puntos del fondo de la bahía. La tie- 
rra más septentrional que se hallaba a la vista a tal hora 
marcaba NO. y parecía una isla, porque no pudimos 
descubrir tierra más allá del ON. Navegamos hacia 
el ONO. bordeando la tierra, cuya parte más lejana 
marcaba al anochecer ON. y por fuera de la cual veía- 
se una tierra prominente, que juzgué no formaba parte 
de la principal. Al amanecer doblamos la zona oriental 
de esta tierra, que resultó ser un grupo de islas situa- 
das a cinco leguas de la tierra firme; a esa hora, nave- 
gando entre las dos costas, avanzamos despacio con 
rumbo NO. hasta mediodía, en que nuestra latitud, por 
observación, fué de 18^49* S., hallándonos a cinco leguas 
de tierra; la parte noroeste de ella marcó NO. 45"^ O., y 
las islas se extendían de N. a E., estando la más pró- 
xima a dos millas; Cabo Cleveland marcó S. 50^ O. a 
diez y ocho leguas. Nuestros sondeos habían dismi- 
nuido en la marcha desde el mediodía anterior de ca- 
torce a once brazas. 

Miércoles 6. 

Por la tarde vimos varías espesas humaredas que se 
elevaban de la tierra fírme; vimos también sientes y ca- 
noas en una de las islas, en la que parecía haber coco- 
teros; como hubieran sido muy de desear unos cuan- 
tos cocos» envié a tierra al teniente Hicks, y con él 
fueron Mr. Banks y el Dr. Solander, en busca de aque- 
llas provisiones que les fuera posible traer, mientras 
que yo ene mantenía frente a la isla con el navio. Re- 
gresaron a eso de las cinco de la tarde, contando que 
lo que habíamos tomado por cocoteros no eran sino 



280 J A M E S C o o K LIB. III 

una especie de pequeños palmiteros, y que fuera de 
catorce o quince plantas, nada habían encontrado que 
mereciera la pena de traerse. Mientras estuvieron en 
tierra no vieron a ningún indíg^ena, pero en el momen- 
to en que zarpaban uno de aquéllos se acercó a la pla- 
ya y lanzó un fuerte grito; estaba tan obscuro que no 
pudieron verle, no obstante haber vuelto a la costa, 
pues cuando oyó que el bote volvía huyó o se escon- 
dió, porque no pudieron echarle la vista encima ni lo- 
Sfrar que respondiera a las voces que le dieron. Des- 

[>ués de regfresar los botes nos dirigimos al NO., hacia 
a tierra más septentrional, frente a la cual pasamos a las 
tres de la madrugada, habiendo dejado atrás las islas 
tres o cuatro horas antes. A esta tierra, por razón de su 
figura, la denominé Punta Hillock (Cerro Picudo); es 
de considerable altura y puede reconocerse por un re- 
dondo cerro o por una roca que sq halla unida a la 
punta, pero que parece destacarse de ella. Entre este 
cabo y la Isla Magnética forma la costa un ancho golfo, 
al que denominé Golfo Halifax; ante él se extiende el 
grupo de islas que acaba de mencionarse y algunas 
otras más cercanas a la costa. Estas islas defienden a la 
bahía de todos los vientos y le permiten ofrecer buen 
anclaje. La tierra cercana a la playa, por el fondo de la 
bahía, es baja y se halla cubierta de bosque, pero más 
adentro forma una alta meseta, que parecía estéril y 
rocosa. 

Doblada Punta Hillock, continuamos hacia el NNO., 
siguiendo la tierra y aprovechando la luna. A las seis 

Jasamos frente a una punta de tierra situada al 
10. 45^ O. y a once millas de Punta Hillock, a la que 
llamé Cabo Sandwich. Entre aquellas dos puntas la tie- 
rra es muy elevada, quebrada y rocosa. Cabo Sandwich 
se reconoce no sólo por la accidentada tierra que lo 
domina, sino por unas -pequeñas islas que se ¥«a al E. 
a una milla de distancia y por otras que se hallan si- 
tuadas dos leguas al N. Desde Cabo Sandwich se ex- 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 281 

i 

tiende la tierra al O. y después al N., formando una 
hermosa y amplia bahía, a la que llamé Bahfa Rockinsf^ 
ham, donde parece haber buen refugfio y anclaje, pero 
no me detuve a reconocerla; continué hacia el N. bor- 
deando la costa, pasando junto a un fifrupo de peque- 
ñas islas que se hallan en alta mar ¿ente a la punta 
norte de la bahía. Entre las tres islas más exteriores y 
las cercanas a la costa encontré un canal de una milla 
de anchura, por el cual pasé, y sobre una de las islas 
cercanas vimos con los anteojos hasta treinta indíj^e- 
nas, entre hombres, mujeres y niños, que se hallaban 
reunidos y mirando al barco atentamente, siendo la 
primera vez que advertíamos curiosidad entre ellos; 
todos estaban desnudos, con los cabellos cortados, y 
su tez tenía el mismo color que las de los que había- 
mos visto con anterioridad. A mediodía nuestra lati- 
tud, por observación, fué de 17^ 59*, y pasamos frente 
a la punta norte de Bahía Rockin?ham, que marcaba 
O. a dos millas. Este límite de la oahía está formado 
por una isla de considerable altura que aparece desig- 
nada en la carta con el nombre de Isla Dunk, y que 
yace tan cerca de la costa que no se distinsfue de ella 
fácilmente; nuestra lon^fitud era de 213** 57* O., Cabo 
Sandwich marcaba SE. 45^ E. a diez y nueve millas, y 
la tierra más septentrional que veíamos, N. 45^ O.; 
nuestro calado en las últimas veinticuatro horas no 
había pasado de diez y siete ni bajado de siete brazas. 
Al amanecer, la extremidad norte de la tierra marcaba 
N* 25^ O.; conservamos nuestra ruta NO. a lo largo de 
la costa y a una distancia de tres o cuatro leg^uas, ha- 
biendo naveg^ado toda la noche con bastante vela y con 
doce y catorce brazas de calado. 

Sábado 9. 

A las seis de la mañana pasamos varias pequeñas 
islas, a las que llamé Islas Frankland, y que distan dos 
leguas de la tierra fírme. La punta más distante que se 



282 JAMES COOK LIB. III 

veía al N. marcaba NO. 45'' O., y juzgamos que for> 
maba parte de la tierra firmey aunque después compro- 
bamos no era sino una isla de altura considerable y de 
cuatro millas de circuito. Entre esta isla y una punta 
de tierra fírmci de la que dista la isla dos millas, pasé 
con el navio. A mediodía estábamos en medio del 
canal y, por observación, en la latitud de 16^ 57' S.» con 
veinte brazas. La punta de tierra frente a la cual nos 
hallábamos recibió el nombre de Cabo Grafton; su la- 
titud es de 16^ 57' S., y su longitud, de 214° 6' O. La 
tierra por esta parte, así como toda la costa que se ex- 
tiende veinte leguas al sur de nuestra actual posición^ 
es alta, de superficie rocosa y de escasa riqueza fores- 
tal; durante la noche habíamos visto varias hogueras, y 
al mediodía alguna gente. Después de rodear Cabo 
Grafton observamos que la tierra se extendía al NO. O.^ 
y tres millas al oeste del cabo encontramos una bahía, 
en la que anclamos a dos millas de tierra, en cuatro 
brazas con fondo cenagoso. La punta oriental de la 
bahía marcaba S. 74° E.; la occidental, S. 83° O., y una 
isla baja, verde, cubierta de bosque, en alta mar^ 
N. 35° E. Esta isla, que se halla al NE. 45° E. y a tres o 
cuatro leguas de Cabo Grafton, se llama en la carta 
Isla Green (Verde). 

Domingo JO. 

Tan pronto como ancló el navio, pasé a tierra acom- 
pañado de Mr. Banks y el Dr. Solander. Como era mi 
principal objetivo procurarme agua dulce y el fondo de 
la bahía era un terreno bajo cubierto de manglares, 
donde no era probable encontrarla, me encaminé hacia 
el cabo, y hallé dos pequeños arroyos, de difícil acceso 
a causa del oleaje y de las rocas que había en la orilla; 
vi también, al rodear el cabo, un pequeño arroyo que 
corría sobre la playa hacia una cala arenosa, en la que 
no penetré con el bote por advertir#que no era fácil 
desembarcar. Al llegar a tierra observé que el país se 



CAP. II PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 283 

levantaba por doquier en abruptas colinas rocosas, y 
como no se ofrecía por aiii fácil aprovisionamiento de 
agua dulce, no quise perder tiempo en buscar tierras 
más bajas por otra parte. Regresamos al navio lo más 
pronto que pudimos, y hacia media noche levamos an- 
clas y navegamos hacia el NO. con poco viento y al- 
gunos chaparrones. A las cuatro de la mañana aumen- 
tó la brisa del SE. y aclaró el tiempo; seguimos al 
NNO. 45^ O. bordeando la tierra a tres leguas, con diez, 
doce v catorce brazas. A las diez viramos hacia el N. 
con objeto de flanquear una isla baja que se veia a dos 
leguas de la tierra, y la mayor parte de la cual, por co- 
rresponder a esta hora la pleamar, se hallaba cubierta 
por las aguas; tres leguas al noroeste de esta isla» 
junto a la tierra fírme, hay otra isla que se eleva bas- 
tante y que a mediodía marcó N. 55*" O. a seis u ocho 
millas. A esta hora fué nuestra latitud de 16^ 20' S.» 
Cabo Grafton marcaba S. 29^ E. a cuarenta millas, y la 
tierra más septentrional a la vista, N. 20'' O., siendo 
nuestro calado de quince brazas. Entre este punto y 
Cabo Grafton forma la costa una ancha, si bien no 
profunda, bahía, a la que, por haberse descubierto el 
domingo de la Trinidad, llamé Bahía Trinity. 



FIN DEL TOMO SEGUNDO 



S1722S 



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lumen con 123 fotograbados y 14 láminas. 

Charcot (Db. J.): El tPourquoi-Paaf^ en él 
Antartico. Un volumen con 121 fotograba- 
dos, 43 láminas y 3 mapas. 

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Polo. Tomos I y II, con más de 100 foto- 
grabados, 50 láminas y cartas en color. 

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renos. Un volumen con 55 grabados. 

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tomo II contiene 98 fotograbados, 24 lámi- 
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EN PRENSA: 

SvEN JEedin: Transhimalaya. Dos volúmenes 
con numerosos grabados. 

Eblakd Nordenskjóld: Exploraciones y aven- 
turas en América del Sur. 



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